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El valor de las cosas
De lo sublime a lo bochornoso

domingo 24 de abril de 2022
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El valor de las cosas. De lo sublime a lo bochornoso, por Fernando Castillo Pérez
Los designios del márquetin y del consumismo son inexpugnables.

No hace mucho acudí a una librería enorme que hay en un centro comercial monstruoso, de nuevo cuño. Se llama Oasiz. De la librería no recuerdo el nombre, pues entre tanta enormidad tiendo a diluirme, empequeñecerme, o directamente inhibirme en vida.

Muchas tiendas, lagos, tumbonas con vistas a una gigantesca pantalla en la que se emiten anuncios sodomizantes de la voluntad… señales orientativas para los que nos perdemos con facilidad… exposiciones de coches de películas famosas…

Ostentación para la obnubilación. La paradoja de un enorme laberinto comercial en el que no hay pérdida. Una oda para los impresionables. Un conducto tubular hacia el consumismo libre, pero inducido. Prestidigitación para el subconsciente. Catarsis de márquetin. Propósito de hipnosis.

Hojeé el libro con el cuidado de un bibliotecario ante un incunable para maravillarme con sus hermosos contenidos.

Pero al final entré en la librería de techos altísimos y estanterías blancas de baldas interminables. Allí peleaban cientos de títulos, miles quizá. Libros ansiosos, a codazos por hacerse un hueco y ser los elegidos por potenciales compradores, supuestos lectores, que paseábamos nuestras miradas entre las portadas. Imposible detenerse en todas. Es por ello que hay libros que cuentan con posiciones privilegiadas. Destacadas cabeceras estratégicamente situadas y letreros llamativos de novedades para que las miradas de los hambrientos lectores no pasen desapercibidas frente a los manjares más exquisitos. La crème de la crème, la pole de los libros.

Una vez más eres libre para buscar, pero inducido para encontrar. Los designios del márquetin y del consumismo son inexpugnables. Allí lucía, reinaba y destacaba una de las joyas literarias de este joven siglo que habitamos. En uno de los escalones del pódium literario podíamos deleitarnos con la excelsa pluma del autor Melendi y su obra Wasaps con mi gurú. Uno no puede sino fascinarse. Amor a primera vista. Hojeé el libro con el cuidado de un bibliotecario ante un incunable para maravillarme con sus hermosos contenidos. Cierto es que el título no engaña, y en el interior de sus páginas se nos revelan mensajitos de wasaps, con sus colorines y todo. Recordé aquel libro de Cela llamado La insólita y gloriosa hazaña del Cipote de Archidona, que se componía de la correspondencia que éste tuvo con el académico Alfonso Canales a propósito de la paja que le hicieran a un mozalbete en el pintoresco pueblo malacitano. Similitudes que nada tienen que ver. De nuevo la paradoja. Recordé también un libro llamado El gilipollas, de Fructuoso Bartol. En cierta parte me sentí así al verme con aquel libro en la mano.

Con estupor dejé el libro de nuevo sobre la estantería.

Me pregunté entonces por la deriva de la literatura en particular, de la cultura en general. A menudo se ha presumido de una cierta superioridad moral e intelectual cuando nos referíamos al mundo de la cultura. Hablar de alguien que desarrollase su actividad dentro del mundo de la cultura le otorgaba un plus, incluso una cierta presunción de veracidad. Hoy vemos cómo se promueve, difunde y promociona un libro que consiste en los mensajitos de teléfono que se manda un cantante con quien sea. Pienso entonces en todos aquellos escritores desconocidos que pasan años escribiendo una novela, un ensayo… que se documentan, que corrigen, que narran, que se exprimen la imaginación para ofrecer el zumo de sus fantasías. No puedo dejar de pensar que muchos de ellos, después, enviarán sus obras a las grandes y medianas editoriales para obtener el silencio infinito o, en el mejor de los casos, una amable negativa.

¿Será Melendi uno de los próximos candidatos al Nobel de Literatura?

También se me ocurre pensar en Nietzsche cuando pariera Así habló Zaratustra, en Quevedo alumbrando El Buscón… Me los imagino de pie, frente a la estantería blanca de la librería de techos altos, con el libro de mensajes de wasaps de Melendi en la mano. Por último, traté de imaginarme a José Luis Ramírez Cerda, fundador de la editorial Diana, actualmente integrada en el Grupo Planeta, que han sido los padres de la criatura en lo que a la publicación se refiere. “Diana ha dinamizado el mercado editorial confiriendo prestigio a esta actividad en México… interesa a los sectores de la población lectora y estudiosa”, reza en su propia web. Mis felicitaciones y condolencias al pueblo mexicano. Otra vez la paradoja…

Pensé o soñé en el valor de las cosas.

¿Será Melendi uno de los próximos candidatos al Nobel de Literatura? Veamos qué pasa, pero esto sería ya otro artículo.

Fernando Castillo Pérez
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