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Relato borracho

martes 28 de febrero de 2023
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Relato borracho, por Carlos Ayesta
Al ver la cámara el hombre parecía abriendo las puertas de su hogar. Él era su hogar.

Para costear mis estudios, trabajaba en una fábrica de cuadernos entre las esquinas de Junín y Zea, en San Agustín del Sur. Eso ocurría en la Caracas de los años setenta.

Pasando la calle había una licorería. Siempre veía allí a un personaje evidentemente ebrio. Ebrio todo el tiempo. Nos veíamos. Él hacía cosas, se expresaba con su rostro y sus manos.

Un día vi a un niño limpiabotas que observaba al borrachito. Era una imagen conmovedora, trágica, llena de humanidad ancestral, que evocó en mí la experiencia infantil de llevar una vida con un padre alcohólico. Ese es un sufrimiento indescriptible que tortura el alma de un niño. Es un dolor que marca, un dolor con heridas que no cicatrizan.

De puro reflejo de fotógrafo desenfundé la cámara, un tesoro que guardaba siempre en el bolsillo del pantalón. Una antigua Leica IIIf con un lente Elmar 3.5, cargada con película. Tenía un segundo rollo. Era todo. Mis recursos.

Cuando me asomé a la calle se acercaba otro niño, un vendedor de periódicos. Apresurado tomé la primera foto, que resultó fallida y parcialmente velada por una entrada de luz. Me detuve en el medio de la calle y tomé la segunda. El encuadre de la escena fue como abrir una ventana hacia lo oscuro del alma con la angustiosa noción de una duda: si estaría a la altura al cruzar el umbral del encuadre y si tendría película suficiente.

Al ver la cámara el hombre parecía abriendo las puertas de su hogar. Él era su hogar. Gesticulaba, actuaba como en un escenario, era su modo de expresarse. Luego supe que por efectos del alcohol tenía destruidas las cuerdas vocales. Me mostraba una escultura hecha con un silenciador de carro. También levantaba el vaso, el cigarrillo, la carterita de aguardiente. De pronto se ponía a escribir o a dibujar. Actuaba para la cámara y también para los demás espectadores.

 

Relato borracho, por Carlos Ayesta
Tomar entre sus manos la cabeza de la muñeca cambió el diálogo que sosteníamos. Parecía buscar la materialización de un hijo.

El encuentro

El tiempo se detuvo y olvidé mi nombre, le dejé saber a la mano derecha cuántas fotos me quedaban. La danza del espejo continuó con sus historias mudas. Fueron muchas, demasiadas para un rollito de fotos. La calle se llenó de espectadores invisibles, hasta que alguien desde un autobús lanzó la cabeza de una muñeca. La danza se detuvo. Tomar entre sus manos la cabeza de la muñeca cambió el diálogo que sosteníamos.

Hacía de todo con la cabeza de la muñeca. Parecía buscar la materialización de un hijo. De repente parecía estar explicando algo, enseñando algo. Con la mayor seriedad. Y de pronto payaseaba, hacía comedia.

La conversación se volvió sutil y profunda, el borrachito hurgaba en los recuerdos felices. Debería tenerlos. Desarrollaba su evocación con tristeza y con ironía.

De un profundo dolor surgía la ternura, como una de las más hermosas emociones. Era enterrar al hijo, era enterrar a la madre. La cámara seguía enmarcando la belleza de la muerte en pleno San Agustín.

 

La presencia del niño limpiabotas fue el desencadenante de la peculiar conversación. El borrachito no lo quería ver, pero poseído por su condición maternal y su vuelo de artista, se detiene a observar al impávido niño y lo veía como queriendo renacer, como deseando repetir la niñez. A continuación, le mostró con orgullo lo mejor de su arte: esbozó el Cubo Mágico, ese antiguo símbolo de la sabiduría. Una geometría enclavada en su corazón, inmune a los efectos del alcohol.

En ese momento guardé la cámara con todas las fotos tomadas y se acabó la silente conversación.

Fui a revelar las películas y hacer las hojas de contacto en el Laboratorio de Fotografía del profesor Carlos Herrera. Al ver las imágenes caí en cuenta de que toda la historia vivida la había experimentado en blanco y negro: no recordaba el color de la escena. Todas a foco y bien expuestas. Hice las impresiones en papel fotográfico y escogí la mejor, la que podría gustarle al borrachito. En la licorería no lo habían vuelto a ver, lo busqué por todos los recovecos de San Agustín durante varios días. Nadie sabía su nombre. De tanto andar y preguntar, finalmente un señor más o menos lúcido dentro de su ebriedad, me dijo: “¡Ah, sí!, a él lo encontraron muerto en una cuneta por allá”. Y agregó: “Una vez fue maestro de escuela”.

Fue un gran dolor saber eso. No pude ofrecerle ni siquiera un pedacito del espejo que él me regaló.

La serie “El borrachito” resultó ser una parte de la selección de fotos en la exposición conjunta Carlos \ Herrera y Ayesta (1976) en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Central de Venezuela (UCV).

 

 

Carlos Ayesta
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