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Misery, Montaigne, Stephen King y el hábito de escribir

martes 4 de abril de 2023
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Stephen King
La relatividad de lo bueno o malo en arte es un tema que preocupa a Stephen King sin duda por su propia posición en el mundo literario.

Mal que le pese a Harold Bloom, cualquier lector empedernido incurrirá en algún momento en Stephen King, así como todo bicho que camina terminará, tarde o temprano, en el asador. Porque, ¿quién no ha conocido a un adolescente fanático de King (si no lo ha sido él mismo) o no ha visto una película basada en alguna de sus novelas? Todo lo cual no alcanza per se para aventar las sospechas de comercialismo que se cierne sobre su profuso, desmesurado don de escritor.

Por fortuna, no todo es blanco o negro en el arte y la novela Misery —que como El resplandor o Carrie sufre la competencia de excelentes películas— no es sólo lo que parece.

Precisamente por eso vayamos, primero, a lo que parece. Misery narra la historia de Paul Sheldon, un escritor que se ha hecho famoso por escribir una saga basada en un personaje llamado Misery. Deseoso de cambiar de rumbo literario, decide en su última entrega matar a su criatura. Volviendo en su coche con el manuscrito de un nuevo libro tiene un gravísimo vuelco en medio de la nieve del que lo rescata una ex enfermera, Annie Wilkes, casualmente fanática de su saga. Ésta lo recluye en su casa bajo el pretexto de curarlo, pero el escritor pronto descubre que la mujer está perturbada: lo obliga a quemar su última novela y a escribir una nueva entrega de la saga de Misery para que reviva al personaje. Esto es lo único que interesa a Annie, y lo único que mantiene al escritor con vida, aunque sometido a permanentes presiones y crueldades, las cuales le hacen vislumbrar que, cumplido su cometido, probablemente Annie lo matará.

El resto de la trama es conocido o de momento irrelevante a los fines de este trabajo, cuyo modesto fin es señalar que, tras esta historia, tan bien explotada como un imponente crescendo, hay otro tema, más intelectual, que corre en paralelo y la acompaña de manera notablemente armónica.

“Misery”, de Stephen King
Misery, de Stephen King (Vintage, 2019). Disponible en Amazon

Para conocer ese tema, relacionado con la trama principal, aunque distinto de ella, alcanza con reproducir el epígrafe que King coloca como apertura del segundo capítulo del libro: “El hábito de escribir no provoca miseria; nace de la miseria”. La cita aparece firmada por Michel de Montaigne. Primera sorpresa: el título de la novela, así como el nombre del personaje creado por Sheldon, están tomados de una reflexión del noble francés renacentista sobre el oficio de escribir, enjundia poco esperable, quizás, de una novela de King. Queda así definida esta clave alternativa que permite entender el tema, no oculto, pero al menos levemente velado de la obra: se trata de una reflexión sobre las causas o los estímulos para escribir, y también, en lógico paralelismo, sobre sus consecuencias. ¿Qué mejor, entonces, para poner a prueba el aserto de Montaigne, que someter a un personaje escritor a un estado de presión poco menos que ideal? Revive aquí la vieja cuestión de la novela como laboratorio de ideas.

Si se lee el texto bajo esta luz, no será difícil encontrar dispersas en su fábrica infinidad de alusiones, algunas ficcionales y otras de corte más ensayístico, sobre un tema caro a cualquier escritor, pero especialmente a King, un self-made man que superó la ruina económica familiar para acceder a una consagración planetaria gracias a una literatura exitosa como pocas. De tal manera que Misery vendría a ser una reflexión sobre las condiciones de la inspiración, y secundariamente sobre los efectos de ella.

Dado que la obra se titula “miseria”, vale una reflexión sobre el término. En el uso habitual, “miseria” puede referirse tanto a la pobreza extrema de medios económicos, como a una situación de gran dolor o angustia anímica o de profunda indignidad moral. King trasmuta lo que hubiera sido el objeto de un ensayo —que no es su fuerte— en una novela. Y describe esa operatoria con todas las letras: “Como sustantivo común, miseria significaba dolor. Usualmente prolongado y a menudo sin sentido; como nombre propio Misery significaba un personaje y un argumento, este último, con toda seguridad prolongado y sin sentido, aunque de todos modos germinaría muy pronto”.

Misery es, así, el nombre de un personaje de ficción que obsesiona a la ex enfermera psicótica, que también le da este nombre al cerdo que cría en su establo, como una suerte de Circe norteamericana. Pero para muchos, tal como he comprobado, quizás por influjo del film y de la formidable actuación de Kathy Bates, el nombre quedó asociado a ese personaje, algo similar a lo que sucedió con el doctor Frankenstein y su engendro, que terminó robándole su nombre. Claro que, de algún modo, Annie Wilkes es “Misery”: ella, como demiurga, tiene el poder de devolverle la vida al personaje literario y al mismo tiempo encarna en sí misma toda la miseria que sobreviene a Paul.

Es además inevitable —e iluminador— consignar que la palabra “miseria” tiene connotaciones dantescas: apenas uno la menciona aparece la famosa cita del Canto V del Inferno: “Nessun maggior dolore che ricordarsi del tempo felice nella miseria” (“No hay mayor dolor que recordar el tiempo feliz en la miseria”). De allí no cuesta mucho inferir, a contrario sensu, que no habría mayor placer que recordar tiempos de miseria en la bonanza. ¿Podrá ser este uno de los estímulos de la escritura, contrariando a Montaigne?

King introduce la idea expresamente:

Paul recordaba un ensayo de Edmund Wilson en el que Wilson decía, en su típico estilo gruñón, que el criterio usado por Wordsworth para escribir buena poesía (una emoción fuerte recordada en un tiempo de tranquilidad) podía también servir para la mayoría de las ficciones. Probablemente era cierto. Paul había conocido escritores a quienes les resultaba imposible escribir después de una perturbación tan minúscula inclusive como una riña conyugal, y a él mismo por lo general le resultaba imposible escribir cuando estaba perturbado. Pero había ocasiones en las que se daba una suerte de efecto inverso: ocasiones en las que se había puesto a trabajar no sólo porque el trabajo tenía que ser terminado sino porque era un modo de escapar de algo que lo estaba perturbando. Solían ser las ocasiones en las que estaba fuera de su alcance rectificar las causas de la perturbación.

Como se ve, King admite los dos supuestos: que la escritura nazca de la miseria, generalmente para intentar huir de ella, o que nazca del recuerdo de la miseria en una época de bienestar. Si en el Romanticismo gozaba de prestigio la inexorable miseria del artista como fuente de suprema inspiración, en la actualidad los artistas parecen desear vivir bien y les conviene sostener la tesis contraria, al margen de que ambas pueden ser válidas.

A lo sumo, la miseria del artista es casi normalidad para el resto de los mortales: la diferencia es que el artista es un neurótico hipersensible. Esa posibilidad también la tiene en cuenta King, y la pone en boca de la cruel Annie (a quien también le conviene): “Porque los escritores recuerdan todo, Paul. Especialmente las heridas. Sácale la camisa a un escritor, apunta a las cicatrices y te contará la historia de cada una, hasta la más pequeña. Y de las grandes sacan novelas, no amnesia. Si quieres ser escritor un poco de talento no te vendrá mal, pero lo único realmente necesario es esa capacidad de recordar la historia de cada cicatriz”.

El hábito de escribir no necesita de la miseria: al contrario, se escribe para escapar de ella.

Con esta reflexión, el escritor parece ir poniéndose de acuerdo consigo mismo. El hábito de escribir no necesita de la miseria: al contrario, se escribe para escapar de ella, sea material o anímica, o para recordarla cuando se está bien y puede uno ponerse a escribir; en todo caso, es el propio escritor quien por exceso de susceptibilidad magnifica su propia experiencia, y sabe elevar a drama, y así dar interés a las “comunes venturas de la gente”, las mismas que, según Borges, aterraban al hipersensible Edgar Poe.

La cuestión, sin embargo, no queda así zanjada, porque deja al menos dos aspectos pendientes. El primero es que la cita de Montaigne, antes de afirmar que la escritura nace de la miseria, aclara que no la provoca, como si esto fuera un prejuicio que es necesario negar previamente.

Si bien parece claro que nadie se dedicaría a escribir para ser desdichado (habría allí un serio problema de orientación vocacional), Misery juega también con esta idea, porque la trama se la permite explotar holgadamente. En efecto: para mantenerse vivo, Paul Sheldon debe escribir El regreso de Misery. Si no lo hace, la hybris se apoderará de Annie y ella podrá descargarla sobre el cuerpo del escritor, ya sea bajo la forma de torturas, mutilaciones o liso y llano asesinato. Pero al mismo tiempo, si termina esa novela, la presencia de Paul dejará de ser necesaria: también la escritura se cobrará su vida. Esa escritura forzada, al mismo tiempo que nace de la miseria de la situación a que ha quedado sometido, es también para Paul fuente de miseria, porque con ella se agota su propio reloj vital.

Para ilustrar esta idea, ya prefigurada en su cita de Edmund Wilson, King apela a dos recursos. El primero es comparar a Paul con Scherezada (sic), a la que asimila a una suerte de Penélope literaria que debe tejer y destejer relatos, unos tras otros, para preservar la vida. “Scherezada para mí mismo, volvió a pensar. En ese caso se había enfrentado a una idiotez que era increíblemente colosal: le debía la vida al hecho de que quería terminar esa mierda que Annie le había obligado a escribir”.

El segundo recurso es la peregrina reflexión de un tal rabino Bernstein, que intentaba explicar que los judíos se dejaron acorralar por el nazismo porque “la mayoría tenía un piano y no querían abandonarlo. A él lo acorraló el libro. Cuando tienes un piano es difícil pensar en mudarse”.

No es una humorada: el libro es el piano de Paul Sheldon; tiene que terminarlo porque es un escritor atrapado en un contexto donde preservar su vocación significa dirigirse a la muerte. Nuevamente aquí, el adagio de Montaigne parece quedar impugnado por segunda vez: no sólo la miseria no es la fuente unívoca de la escritura, sino que a veces efectivamente la provoca.

La segunda cuestión que King aborda de modo ficcional, y que probablemente sea la más compleja, trasciende determinar si la miseria o la prosperidad pueden ser estímulos para el hábito de escribir: el mayor problema es si lo que se produce en esas circunstancias es de buena calidad. Queda claro que es el mismo King quien se expone aquí, puesto que su posición en el orbe literario es de alguien dotado de destreza y productividad extremas, aunque no suficientemente valorado por la academia y los intelectuales. Y esto al margen de que sus primeros libros se hayan escrito a despecho de la penuria económica y la ausencia paterna, y luego haya forjado los siguientes al calor de la prosperidad y un reconocimiento masivo en todo el mundo.

Para poner a prueba esta cuestión, King concibe a Annie como la típica lectora de los siglos XVIII o XIX: no en vano es mujer y consumidora de una saga que emula a la novela por entregas o al folletín; para ella leer es, mutatis mutandis, como seguir una telenovela por televisión. No obstante, tiene ideas propias y un orgullo que no se avienen a ser fácilmente despreciados. Escuchémosla:

No soy una ignorante, sabes. He leído sobre algunos de los llamados “autores famosos”, y sé que a menudo son muy desagradables. Por ejemplo F. Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway y ese tipo de Mississippi, Faulkner o como se llamara, esos sujetos pueden haber ganado el premio Pulitzer y otros más, pero no eran más que unos borrachos y vagabundos de cualquier modo. Y otros también… cuando no estaban escribiendo maravillosas historias estaban bebiendo o acostándose con rameras o tomando drogas o quién sabe qué otras cosas peores.

Más al principio del libro, encontramos el siguiente diálogo, que comienza Paul:

—¡Usted no reconocería la buena literatura aunque viniera caminando y le mordiera la nariz!

—En primer lugar, lo bueno no me mordería la nariz (…). En segundo lugar, yo sí reconozco lo bueno cuando lo veo…

La relatividad de lo bueno o malo en arte, o mejor dicho la extrema dificultad para distinguirlos cuando se carece de una formación y de una cultura, o de explicarlos cuando se las tiene, es un tema que preocupa a King sin duda por su propia posición en el mundo literario. Quizás por esto, lo que King hace escribir a Paul Sheldon a raíz de la miseria es ostensiblemente malo. La “metanovela” que se incluye en Misery, incluso distinguida tipográficamente a través del facsímil de un mecanografiado, no deja lugar a dudas, llevando incluso a pensar que funciona dentro de la novela como un mentís absoluto a la idea de la miseria como fuente productiva de buen arte. También esa calidad, baja hasta lo hilarante, es una exigencia del contexto, no sólo de aquel al que lo somete la enfermera loca, sino del propio mercado al que él se debe: “Paul podía escribir un nuevo Bajo el volcán, Los hermanos Karamazov y El sonido y la furia; no les importaría. Ellos querían Misery, Misery y más Misery”. Esto es: Paul ya era un mal escritor antes de su desgracia.

Ni siquiera puedes complacer a una gorda ex enfermera loca. Quizá te quebraste también tu hueso literario en el accidente.

Aun haciendo un gran esfuerzo, el resultado de Paul es todavía peor que lo habitual en él, aunque no parezca admitirlo: “Ni siquiera puedes complacer a una gorda ex enfermera loca. Quizá te quebraste también tu hueso literario en el accidente… salvo que esa fractura no se cura”. A tal punto es malo que Annie lo detecta: “Es correcto, pero también horripilante. No es como ninguno de los otros libros de Misery”. Paul le responde con la mente: “El hombre que escribió estas páginas estaba en un estado de ánimo bastante horripilante, querida”. Y unos párrafos más adelante, sitiado por una inaguantable presión: “Ahora no sería capaz de escribir nada, la jornada estaba echada a perder. Pero de algún modo nada la había echado a perder nunca. Podía ser echado a perder, eso lo sabía; a pesar de la famosa fragilidad del acto creativo, siempre había sido la única cosa sólida, la más confiable en su vida: nada había logrado nunca contaminar ese loco pozo de sueños: ni la bebida, ni la droga ni el dolor. Y ahora corrió a ese pozo como el animal sediento que encuentra un arroyo en el crepúsculo, y bebe de él, lo que significa decir que encontró el agujero en el papel y se metió dichosamente por él”.

En el último capítulo de la novela, quizás el de mayor interés por ser el menos obviamente novelístico y el más ambiguo y vacilante, Paul Sheldon se ve jaqueado por sus editores para escribir un relato real de su secuestro y su escritura bajo amenaza, pero no puede hacerlo. Y se dedica a reflexionar sobre la calidad de lo que produce, en un riesgoso solapamiento entre la persona del autor y el personaje: “La verdad, valía la pena insistir, era que el desprecio creciente de la crítica respecto de su obra como la de un ‘escritor popular’ (que era tal como él entendía un estadio apenas, apenas superior al de ‘mercenario’) lo había lastimado gravemente. No coincidía con su autoimagen de escritor serio que se limitaba a cocinar estas tontas novelas para subsidiar su (trompetas) ¡obra real!”.

El escritor se ha librado de la miseria que lo obligó a escribir por supervivencia, pero ahora su miseria es no encontrar inspiración y verse sometido nuevamente a la rutina de su negocio. “Estaba bebiendo demasiado y no escribía en absoluto. Sus pesadillas eran horribles”. Pero de pronto aparece la última clave del libro: la inspiración, epifanía que se produce de la mano de una imagen: un chico que camina por las calles de Nueva York con un carrito, en el que lleva una jaula con un zorrino dentro. Nada más. King desarrolla esta experiencia, sobre el filo del final: “Hay que tener una idea para escribir una novela como para seguir escribiéndola”, proclama el escritor, del que predica: “Su procedimiento usual cuando era necesario tener una idea era ponerse un abrigo y salir a dar un paseo. Si no necesitaba tener una idea, tomaba un libro cuando salía a caminar. Reconocía que las caminatas eran un buen ejercicio, pero eran aburridas. Si uno no tenía alguien con quien charlar mientras caminaba, un libro era una necesidad. Pero si se necesitaba tener una idea, el aburrimiento podía ser a una novela bloqueada lo que la quimioterapia a un paciente de cáncer”.

En suma: la literatura no nace de la miseria ni la provoca: nace más bien de una idea, del fulgor de una aparición, de la activación de la mente, de la sacudida del sopor. Así, Paul, tocado por esa revelación callejera, pudo al fin “escribir en medio de la gratitud y el terror, llorando”, aunque sus piernas doloridas estuvieran a cincuenta calles de distancia, aunque recordase la miseria de ese ser que, confinado a la oscuridad de un sótano, se viese obligado a recordar con la piel, como afirma King en uno de los momentos más poéticos de toda la novela. Y aunque nunca sepamos, en definitiva, si lo que Paul es capaz de producir será, por lo menos, decente.

Para sintetizar: en Misery, King cuenta una historia con su habitual destreza, un relato atrapante, al mismo tiempo que ensaya su propia teoría acerca de los estímulos y las condiciones necesarias para escribir literatura de calidad, no un remedo de ella.

Sumo dos detalles más, nada menores. Las citas de este trabajo provienen de la traducción de Misery publicada por el sello Emecé en 1988, que lleva la firma de César Aira y el subtítulo absurdamente vendedor (agregado por el editor local) de “El riesgo de la fama”. Puede resultar curioso el nombre de Aira asociado al de King, y podría cerrarse el tema tomándolo como un compromiso laboral del escritor argentino. Pero podemos permitirnos pensar algo más: asociar a dos escritores prolíficos, muy distintos en todo lo demás y aun opuestos, que se encuentran justo en el medio de una reflexión sobre el hábito de escribir que nunca logra que la aguja se pose claramente en el fiel de la balanza.

El detalle final es la cita de Montaigne. Leí los ensayos completos del señor de Eyquem en mi adolescencia y volví a ellos para buscar la cita y ver cómo funcionaba en el marco del ensayo el que el pensador la ubicó. No me fue posible encontrarla, como tampoco con la ayuda de un buscador en la Web, intentando diversas versiones con palabras clave en distintas lenguas. La frase aparece, suelta, en varios sitios de Internet, en algunos casos como “atribuida a Montaigne”. Hasta tanto algún “montañista” avezado despeje esta duda, cabría pensar en un juego borgeano: King fraguó una cita apócrifa para ponerla a prueba en su novela, que gozaría así de un prestigio reflejo. No sería poca cosa. Por lo demás, y cito a Borges nuevamente, confieso “mi innumerable contrición y cansancio”.

Daniel Varacalli Costas
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