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Ser orilla, por Eugenio Luján Palma
(selección)

lunes 17 de abril de 2023
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Eugenio Luján Palma

Este texto es la quinta de las once “estampas” que conforman el libro Ser orilla (Onuba, 2022), en el que el filósofo español Eugenio Luján Palma reivindica valores como la solidaridad o la tolerancia. “Nuestra piel es orilla, como lo es la de los demás, quienes esperan que en ellas los otros también atraquemos”, dice el autor en estas líneas.

Fotografía: Cristina Luján Rodríguez


“Ser orilla”, de Eugenio Luján Palma
Ser orilla, de Eugenio Luján Palma (Onuba, 2022). Disponible en la web de la editorial

Ser orilla
Eugenio Luján Palma
Ensayos
Editorial Onuba
Huelva, España (2022)
ISBN: 978-84-125652-2-5
138 páginas

La Higuerita, una isla que dejó de serlo hace algunos siglos por tal violento terremoto, que sus dañinas consecuencias las sufrieron importantes ciudades del sur de Europa. Capricho telúrico del que surgió ese brazo de tierra que la une desde entonces a la península. Aunque en su esencia, ella sigua siendo isla. Porque ser isla no conlleva aislamiento, sino más bien advenimiento: ser lugar de encuentro.

Ser isla significa ser orilla infinita por sus cuatro costados.

Infinita, como los minúsculos granos de fina arena que la conforman, que no arañan la piel, sino que la acarician y templan cuando en ellos reposa.

Infinita, como los castillos o las figuras de arena con los que los más pequeños la decoran por doquier.

Infinita, como la gama de vibrante colores —rivales del más pleno arco iris— con los que las engalanan las sombrillas agitadas con la entrada del foreño; o las múltiples toallas, que la tapizan.

Infinita, como los rayos del vivificante sol que, tras excitar la melanina, broncea —con la sutileza de avezado pintor— esa pálida piel invernal, dotándola de un brillante dorado único.

Infinita, como las huellas con las que caminantes errantes rubrican la arena, en busca de calmar su espíritu y diseñar nuevos sueños por los que pelear más tarde. Huellas que, como cicatrices, no se borran por el mar o el aire, sino que quedan registradas en la memoria de cada una de sus playas.

Infinita, como los sueños e ilusiones que comienzan a poblar las mentes de oriundos y foráneos, en cuanto estas destierran al estrés bajo el estruendo armónico de las olas al quebrarse en la orilla, dejándose invadir por la calma y la tranquilidad.

Orilla infinita, como la piel, que no solo recubre y protege el cuerpo, sino que es nuestro primer contacto con el otro.

Infinita, como ese rugir de las olas al romper, que comienzan en la playa de la Gaviota —la más occidental—, y en un persistente rulo de agitada espuma, se va extendiendo por la del caminito de Santa Ana y la Playa Central. Ininterrumpida ola empujada por el viento y la marea hasta la Playa del Camping, la del Hoyo —donde sigue bramando el estruendo al partirse contra la arena—, hilando en girar continuo con la de la Casita Azul, la Playa de la Redondela… Y así, en un eterno romperse en espuma y enrularse de nuevo en enérgica agua marina, sigue extendiéndose hasta llegar más allá de La Antilla, dejando atrás el eco de su ronroneo.

Orilla infinita, como la piel, que no solo recubre y protege el cuerpo, sino que es nuestro primer contacto con el otro. Orilla también, aunque diferente: acogedora de otras olas en forma de besos perdidos, puerto de labios deseados, atraque de sensuales caricias, refugio de abrazos fraternales, o testigo morado de la violencia más deleznable. La piel que nos recubre, ese órgano de apariencia infinita que nos protege —como la orilla—, no nos aísla: nos pone en contacto con los demás, con los otros, nos abre a la realidad que nos circunda.

A esos a quienes, el pensador parisino calificaba como “el infierno”, y que desgraciadamente muchas personas siguen sintiéndolo así. Tomando prestado aquella optimista afirmación que hizo fortuna en el siglo XIX que decía “un fantasma recorre Europa”; hoy, desde mí más aguerrida defensa de la tolerancia y de la libertad, sintiéndola tambalear en los diferentes países que nos rodean, me atrevo a distorsionarla desde el pesimismo y afirmo que “un fantoche recorre Europa”: el del miedo al otro, el de la segregación del diferente, el del racismo y la xenofobia más despreciable.

Fantoche le llamo porque es una bandera, un lema, agitado por manos ocultas —cuyos dueños son conocidos por todos—, pero que aprovechan las inestables circunstancias económicas, sociales y políticas para hacer rebaño, y querer legitimar así una supuesta necesaria defensa de indefinidos caracteres propios que, según jalean, van camino de la desaparición. Fantoche porque, como marionetas en sus bocas, quieren manejar a personas que están viviendo duras circunstancias. Fantoche porque, además, lo hacen desde la fanfarronería: arrogándose una superioridad en el discurso, y una arrogancia en sus expresiones, que aparentan una legitimidad que ni tuvieron antaño, ni tienen hoy, ni tendrán jamás: a no ser para defender privilegios concretos de interesados individuos.

De ahí la necesidad hoy de reivindicar ser orilla. Nuestra piel es orilla, como lo es la de los demás, quienes esperan que en ellas los otros también atraquemos. Que, como olas de sentimiento, de entendimiento, de colaboración, arribemos con diferente ímpetu. Olas que serán de diferente tamaño y grado, que rugirán con más o menos intensidad, que marcarán en mayor o menor medida esa piel que las acoge. Pero necesarias para que una orilla siga estando viva. Y así, nuestra piel se convierte —a su vez— en orilla para otras playas.

A lo largo de la historia del pensamiento se han dado muchas definiciones de qué es ser persona, qué nos caracteriza como seres humanos. Ser orilla es la que propongo. Abierto siempre a los demás, padeciendo, sintiendo con el otro y desde el otro, empatizando con sus sensibilidades, con sus sueños, con sus problemas, es como la humanidad ha logrado evolucionar y mantenerse. Porque solo desde el padecer con los demás, aparece el puente de la solidaridad, del apoyo mutuo. Y esa ha sido la clave de nuestro mantenimiento y desarrollo como especie.

Ser solidarios, ser empáticos con los otros, tratarnos desde la fraternidad, no es una opción: es una necesidad, una cualidad de la supervivencia. Por ello, a este sentimiento, los humanos lo hemos preservado, resguardado y cuidado a lo largo de la historia, dándole la categoría de valor moral. Reconociendo su valía como uno de los pilares imprescindibles sobre los que construir toda comunidad humana. La necesidad de compartir proyectos, sentimientos, problemas, sufrimientos, nos hace seres sociales. En la sociedad que construimos con los otros, encontramos la manera de adaptarnos a un hábitat inhóspito para el que no teníamos —como especie—, ninguna cualidad específica. La solidaridad surge de la compasión: de padecer junto al otro. De compartir sufrimientos, de entender la alegría o el dolor ajeno, nace la necesidad de buscar soluciones en común. Y eso es a lo que llamamos sociedad.

Nacemos como consecuencia de la interacción de dos personas que optaron por no aislarse, que se abrieron a compartir un sentimiento común. Que decidieron ser orilla, una de la otra.

En origen, ya somos un producto biológico de la sociedad humana: nuestra vida proviene de la interrelación de dos personas, no de la voluntad del que va a nacer. Nos formamos durante nueve meses en el útero materno, dependiendo absolutamente de nuestra madre. Y al nacer, es el útero social quien nos acoge, ese que nos conformará psicológica y culturalmente, y del que ya no nos desprenderemos hasta nuestra muerte. Nacemos como consecuencia de la interacción de dos personas que optaron por no aislarse, que se abrieron a compartir un sentimiento común. Que decidieron ser orilla, una de la otra. Y nos formamos en esa constante fricción con los demás: entre ser olas que arriban, y orillas que las reciben.

Necesario contacto con los otros, que llevó a Aristóteles —allá por el siglo IV a. C.— a inventar una disciplina como la ética. Esa que establece los principios justos por los que debe darse toda convivencia humana. Si la sociedad es necesaria para nuestra supervivencia, dotémosla —pensó el estagirita— de unas normas precisas que determinen cómo deben darse las relaciones humanas, estableciendo qué comportamientos son admitidos y deben ser fomentados, porque favorece nuestro desarrollo como especie; y qué otros son prohibidos o condenados, porque contribuirían a nuestra desaparición. De ahí que la solidaridad siempre haya ocupado en esta disciplina un puesto destacado, como conducta imprescindible para la supervivencia de cualquier grupo humano.

No hay discusión posible ante la necesidad de convivir con los otros, porque ellos son cada uno de nosotros; y sin ellos, nosotros ni somos ni siquiera estaríamos. De ahí, que no haya comportamiento más abyecto que el de negar al otro su propia identidad como individuo, de cosificarle quitándole su dignidad, de catalogarle como ajeno a mí desde la segregación en cualquiera de sus formas. No se trata de elegir entre discriminar (ser xenófobo, racista) o no, sino en comprender que dentro de la especie humana no cabe la exclusión por ningún motivo: salvo de aquellos que ni admiten ni demuestran ser comprensivos y tolerantes con los demás.

Vivimos en un mundo tan intercomunicado por la globalización, como deshumanizado por la segregación. Se hacen cada vez más visibles individuos que consienten que su piel les aísle, aunque vivan rodeadas de gentes. Personas que no dejan que otras atraquen en su orilla; que se cierran a diferentes formas de ser o de sentir; que impiden el acceso o el contacto con quienes saben, o presumen, que son o piensan o visten o actúan de manera diferente. Tiempos los de hoy en los que, cada vez, aparecen más países sin mar con la intención de declararse islas sin orillas, levantando insalvables fronteras desde las que aislarse. Buscando así preservar no sé qué tipo de identidad propia, que no se vea perturbada ni por movimientos migratorios, ni de refugiados ni de marginados. Ciudadanos y mandatarios que han olvidado la esencia fundamental de la especie humana: ser mezcolanza. En la naturaleza no existe nada puro, y menos aún en el contexto de la evolución de las especies, ya sea a nivel biológico (genético) o cultural.

En este sentido, no hay nada que preservar salvo la diversidad y la pluralidad, de donde procede la verdadera riqueza: esa que permite fusionar tendencias, ideas y costumbres, y desde las que se consigue diseñar nuevos caminos que se convierten en el futuro de las comunidades y los pueblos. Levantar muros infinitos que aíslen a una sociedad no es preservar nada, sino empobrecer y arruinar a quienes se quedan dentro. Es el principio de su fin. Quienes piden preservar su identidad, mantenerse en su pureza, podrán morir de éxtasis, pero a largo plazo nunca prosperarán. Aunque desgraciadamente, sea un discurso que vuelve a estar vigente en nuestra Europa actual, quizá porque permite amasar cuantiosos dividendos.

Diversidad, mezcolanza, fusión que en esta isla de La Higuerita se expresa en la variedad de apellidos de sus gentes autóctonas, muy enraizados con aquellas otras del levante, que hace siglos la fundaron; pero también plagados de ascendencia portuguesa, gallega, extremeña… De la evolución de los diferentes artes de pesca, o diseño de sus naves —desde las pateras a los antiguos galeones, pasando por las parejas, los caballeros o barcos de cabotaje—, en su larga historia marinera. Sin olvidar su rica gastronomía, repleta de guisos y confituras autóctonos con reminiscencias de otras tierras. Donde se ha sabido emulsionar, a los ingredientes propios de la costa y de estas orillas, con aires foreños, consiguiendo así elaborar platos propios llenos de personalidad isleña. O de su folclore, que viven en la calle a lo largo de las diferentes estaciones, y donde sobresale su peculiar interpretación de la sentida Semana Santa, con multitudinarios pasos luminosos y pacientes costaleros; o los carnavales, personalísima puesta en escena de unas carnestolendas callejeras, que encuentran su máxima expresión en unas ácidas pero risueñas chirigotas, o esas más sentidas y evocadoras murgas. Actos peculiares del folclore isleño, imposible de entender fuera de una Andalucía occidental, lugar de paso y de encuentro de personas, civilizaciones y culturas.

La piel se eriza, reacciona, al contacto cálido de otra piel, de la misma manera que los individuos reaccionamos desde la empatía.

Reivindiquemos cada día la peculiaridad y la necesidad de ser orillas por los cuatro costados (como lo son las islas que no viven del a-isla-miento): como individuos, pero también como pueblos, como sociedades y como territorios. Porque no existe el ser humano solo, desvinculado, desligado de los otros: eso es una quimera, fruto de una razón que idea tenebrosos conceptos abstractos, en su afán por obtener un conocimiento más general de la realidad; ni tampoco se puede construir un país aislado de los demás.

La piel se eriza, reacciona, al contacto cálido de otra piel, de la misma manera que los individuos reaccionamos desde la empatía. Cada persona es única, en sus experiencias y pensamientos, pero con la capacidad de empatizar con esos otros que me rodean. Reivindiquemos sin miedo la compasión, la fraternidad, el sentir mutuo, como forma de vida propia de la humanidad: porque es la única manera de vivir con y en otras orillas; de con-vivir con otras pieles; de ser puerto abierto a quien quiera atracar en mí. Seamos orilla para quienes abandonan en patera a familiares y a sus ciudades. Quienes, por la guerra o el hambre o la persecución, dejan atrás todo sus referentes emocionales, sentimentales y culturales, y se arriesgan a buscar lejanas orillas. Seamos esas orillas abiertas a la mar donde puedan arribar esas otras que buscan la comprensión, el entendimiento, el calor, la cercanía. Abiertas siempre a nuevos vientos, a nuevas ideas, a formas diferentes de entender la realidad. Así son las sociedades actuales, rebosantes de pluralidad y diversidad, como la humanidad misma: y cuanto más aceptemos esta realidad, más nos enriqueceremos todos.

Refugiados, marginados, emigrantes: personas errantes, como errante es la humanidad. El isleño ha sido también emigrante. Muchas familias se vieron obligadas a salir de La Higuerita para instalarse en pueblos costeros del norte, en busca de una prosperidad que aquí no encontraban. El bravo Cantábrico ha sido protagonista de la valiente brega del marinero isleño, que las más de las veces salió triunfante en su faenar; aunque, en otras, se convirtió en el duro tributo que cada cierto tiempo la mar se cobra. Jóvenes isleños de entonces que vieron en aquellas Escuelas Náuticas norteñas la posibilidad de abrirse un futuro laboral: y allí se hicieron maquinistas o patrones. Escuela que, desde hace décadas, tiene ya sede en esta peculiar Isla.

Emigrantes en busca de mejor presente se decía antes, refugiados y marginados decimos hoy. Refugiados —unos— de un mundo en constante guerra, que les lanza fuera de su ámbito social; y marginados —otros— por un cruel libre mercado, que por momentos ferozmente les devora. Ambos acuden hoy a este campo de olas, o mar de invernaderos y frutales. Nuevas pieles, de diferentes tonalidades, curtidas y las más de las veces heridas, nuevas orillas que acuden para buscar prosperidad en esta isla. La Higuerita marinera ahora también es recolectora y temporera, casi a partes iguales. Donde el mar no llega para abastecer el salario, aparece la recolección de la fruta de los campos de Lepe y de La Redondela.

No es fácil ser orilla. Es más cómodo levantar fronteras. Hincar en el fango estacas impermeables que delimiten y separen. Impedir el roce de esa piel desconocida. Hay quienes gritan que hay que cercar, acotar, delimitar. O excavar la gruta más profunda en la que guardar nuestros enseres y enseñanzas. Ser huidizos de esas pieles diferentes y foráneas que quieren acercarse. Calificar de forastero, de intruso, a quienes a tus orillas se acercan. No caigas en este discurso fácil y demagógico. Piensa en los apellidos de quienes te rodean, en el origen de tus postres típicos, en la diversa gastronomía que a diario consumes, esa que has aprendido de generación en generación,… y verás que toda esa grandeza solamente se consigue si se vive como orilla, buscando enriquecerse asumiendo la diversidad.

No dejes de ser esa orilla infinita donde nuevas pieles y sensibilidades buscan arribar. La diversidad siempre permite avanzar; querer preservar la pureza solo promueve la mediocridad y la futura aniquilación. Desciendes de intrépidos soñadores, que trabajaron duro en el presente para cimentar sueños de futuro. Hoy, ese futuro es presente; y desde tu trabajo diario debes preñarlo de nuevas ilusiones, para que un nuevo futuro se vaya gestando. Y el futuro se engendra desde la diversidad, la mezcolanza y la fusión. Sin miedos, seamos orilla de nuevas olas y renovados vientos.

Eugenio Luján Palma
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