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Irse a la “B”:
elogio del descenso y una ontología del fracaso

martes 2 de mayo de 2023
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Irse a la “B”: elogio del descenso y una ontología del fracaso, por Laureano Guzmán
El culto al éxito rebasa todos los aspectos y dimensiones de la vida del sujeto posmoderno. Y el fútbol, claro está, no es la excepción.

“Perder la categoría”, “descender”, “bajar a la segunda división”, o más popularmente conocido en Argentina y otros países de Latinoamérica como “irse a la B”, son términos que se inscriben en el plano del deporte (aquí nos ocuparemos del fútbol) y que tienen, además de su sinonimia, algo más en común: y es que expresan una idea aterradora para la vasta mayoría de los hinchas de un club de fútbol, puesto que perder la categoría se emparenta con la pérdida total e irreversible de la dignidad; irse a la “B” significa, en efecto, un golpe mortal e irremediable para el orgullo y un fracaso deportivo rotundo, que suponen para el aficionado y el club una deshonra y un estigma imborrables que cargarán por el resto de la historia. El descenso es un hecho: tristeza y desasosiego son algunos de los sentimientos imperantes tanto en el hincha como en los jugadores. El silencio y el llanto acompañan el fragor del desconcierto y la experiencia de lo inefable se hace presente, resultando nuestro lenguaje cotidiano insuficiente para manifestar, a través de la palabra hablada, tanta pena. Probablemente no exista un rincón en el mundo en donde el fútbol sea vivido con la fervorosa pasión con que se vive en Argentina (la performance de la hinchada argentina en el mundial de Qatar 2022 fue una prueba de ello), y en el que el descenso de un equipo sea visto como un fracaso categórico, un deshonroso desprestigio y un papelón deportivo del cual no se vuelve. El “fantasma de la B” finalmente se corporiza, se vuelve real, y ya no es, en efecto, una simple y lejana quimera. Arrastrados a la sima de la deshonra, los fieles simpatizantes advierten fatalmente que su incondicional compañía y su aliento sin igual no han sido en verdad suficientes para evitar semejante tragedia, generando en ellos un sentimiento de impotencia igual o mayor a aquel que probablemente sientan los jugadores por creer no haber hecho una labor suficiente y evitar el desenlace fatal, a saber, la “B”. Según mi difunto padre (quien vivió el descenso de San Lorenzo en 1981) y testimonios de otros hinchas, se trata de un malestar que bucea en las honduras del ser, llegando a tocar las fibras más íntimas; irse a la “B” es, quizás, para muchos fanáticos, una situación límite; en definitiva, un duelo que hay que atravesar. Y no estaríamos ciertamente exagerando al advertir que el fanático que ve a su equipo descender de categoría se encuentra devastado; ni tampoco podríamos cuestionar racionalmente la gravedad de sus sentimientos, pues la pasión, claro está, no entiende de razones. De hecho, si atendemos a la etimología de la palabra “pasión” (del latín passio, “sufrimiento”, “padecimiento”, derivado de passus, “padecer”) podremos advertir que las personas no tenemos pasiones, sino que ellas nos tienen, nos poseen. Quizás, el factor decisivo radica en el grado de pasividad que tengamos ante ellas. Por tanto, cuanto mayor sea el nivel de lasitud e inacción por parte del sujeto ante las pasiones, es decir, cuanto más la razón quede subsumida a las pasiones indómitas y a la afición desmesurada por algo o alguien, pues más solemne será su sufrimiento.

Claro está, al menos para mí, que las etimologías no siempre dicen la verdad, o nos ayudan a comprender las palabras con más exactitud, pero me siento a menudo tentado de intentar establecer cierta conexión con el concepto que se tiene de ellas en la actualidad y su origen. El verbo “fracasar” viene del italiano temprano y, según los lingüistas, su significado fue inicialmente atribuido a “estrellarse”, “quebrarse en pedazos”. ¿Qué es en verdad aquello que se estrella y se resquebraja cuando fracasamos? ¿Nuestra vitalidad primordial? ¿Acaso nuestro ego? ¿Nos estrellamos ante un paredón de concreto que se interpone entre nosotros y la meta? ¿O bien entre la idea de un yo tal como se revela en una conciencia infatuada y el qué dirán? ¿Implica estrellarse la aniquilación del proyecto? Si por cierto pensamos en la universal e intrínseca preocupación del ser humano por el imago social y su fuerte raigambre histórico-cultural sobre nuestros actos ante los ojos del mundo, y las consecuencias que traerá la siempre insoportable y condicionante —cuando no determinante— mirada de los otros sobre nuestro ideal de yo, pues es nuestro narcicismo quien en definitiva fracasa.

El fracaso ha sido desde los inicios de la civilización motivo de vergüenza y zozobra, y la noción que de éste se tiene ha cobrado un significado muy negativo.

Lo cierto es que el descenso es la caída, pero no el impacto; una caída que por la fuerza gravitatoria de la esperanza y la insistencia no llega a estrellarse contra la superficie. Ahora bien, el fracaso ha sido desde los inicios de la civilización motivo de vergüenza y zozobra, y la noción que de éste se tiene ha cobrado un significado muy negativo, en especial en las sociedades posmodernas sometidas por el enfermizo imperativo categórico del éxito. La noción de fracaso como algo fatal e inaceptable se ha apropiado del sujeto moderno, estableciéndose en su ser, incorporándose a su repertorio de patrones conductuales reforzando así rasgos egodistónicos que se evidencian a través de un repertorio de frases como “soy un fracaso” o “mi vida es un constante fracaso”, que generan un malestar psíquico. Muchos suelen no reconocer que el verdadero fracaso no pasa por malograr un resultado deseado, sino más bien por renunciar a la posibilidad de capitalizarlo y hacer de éste una fuente de aprendizaje. En este sentido, un reciente estudio científico publicado en Nature reveló que el punto crítico entre el éxito y el fracaso se halla justamente bajo la dinámica de dos campos o regiones que se dividen: “estancamiento” y “progresión”. En concreto, los científicos involucrados en la investigación han obtenido evidencia empírica de que dos sujetos, de iguales o similares condiciones materiales y capacidades, podrían en efecto experimentar ciertos patrones de progresión o estancamiento, obteniendo resultados sustancialmente diferentes, lo que les lleva a perpetrar el éxito o a perennizar el fracaso, lo que significa que no en todos los casos el fracaso termina con una victoria.

Frustración y desaliento son algunos de los sentimientos inherentes al fracaso, y ciertamente es necesario habitarlos, darles lugar… No fracasar ante el fracaso implica ser capaz de habitar la frustración y el desaliento, hacer de ellos algo conocido, pero no habitual. Pienso que quizás la verdadera derrota es no aventurarse a hacer del fracaso una enseñanza. Quien emprende una tarea se asegura al menos alguna desventura. Quien tiene proyectos ya podría en efecto considerarse exitoso ante el intento de dar sentido a su vida: pues ha triunfado en desprenderse de su mera condición biológica. Por otro lado, no es débil quien fracasa; probablemente quien nunca ha fracasado lo sea, puesto que no ha tenido que reinventarse y pulir su carácter, ni tampoco reivindicar su fuerza de voluntad para, una vez más, hacer del fracaso una fuente de aprendizaje. Tememos al fracaso e ignoramos casi ingenuamente que fracasamos más de lo que podemos advertir. Además, el no-éxito no implica necesariamente un fracaso; podríamos tranquilamente decir que aún no se ha llegado al resultado buscado sin necesariamente considerar el camino al éxito un fracaso. No siempre “uno” está o fracasando o teniendo éxito. Podríamos hablar aquí de un matiz, de un estado neutro; en efecto, de un to oudéteron (en griego: ni lo uno ni lo otro). O quizás más que un meso imparcial, se trata de una dialéctica éxito-fracaso: una alternancia tan irregular como imprevisible, un constante relevo de ida y vuelta. Por ejemplo, ¿es un simple revés de la vida un fracaso? ¿Es desaprobar un examen un fracaso, o es más bien un simple acontecimiento infortunado que constituye el camino al éxito (obtener el título)? Es más, ¿es obtener el título de la carrera que estudiamos un acontecimiento exitoso, o es la antesala del fracaso para quienes más tarde consideren haber elegido mal la carrera? O lo que es peor, el hecho de haber tenido que estudiar para trabajar ocho horas diarias para el éxito económico de unos pocos, ¿implica un fracaso? ¿Son todos estos ejemplos en definitiva formas del éxito o del fracaso? Pues mi respuesta presuntiva es que de ambos. Éxito y fracaso se inscriben en un mismo plano de la existencia; no se pueden concebir el uno sin el otro. En efecto, éxito y fracaso no representan una antinomia: ambos ocupan el mismo plano ontológico; esto significa que se necesitan mutuamente para reconocerse como tales, determinándose el uno al otro en su existir. En suma, éxito y fracaso no responden a estados inmóviles o estáticos; no prescinden ni se salvan de la esencia misma de todas las cosas: el devenir. Quizá haber obtenido el título de una carrera (éxito) que finalmente no nos gusta (fracaso) es el preludio del camino que nos conduciría hacia la verdadera vocación (éxito). Tal vez haber estudiado una carrera que nos apasione (éxito), para trabajar ocho o doce horas “para el sueño de otro” (fracaso para mí, éxito para el empresario), sea también el paso previo y necesario para llevar a cabo un emprendimiento propio (éxito). Y así, podríamos seguir enumerando ejemplos hasta agotar la imaginación. Pero para intentar graficar con más claridad lo anteriormente expuesto acudamos brevemente a la ciencia. En el ámbito de la ciencia experimental, algunos de los más paradigmáticos descubrimientos han ocurrido como consecuencia de accidentes y fracasos de los científicos. Por su parte, Wilson Greatbatch ha experimentado el fallo que probablemente más vidas haya salvado al día de hoy. El ingeniero estadounidense pretendía escuchar el sonido del corazón humano. Pero fracasó estrepitosamente. Así, en un intento fallido por registrar los impulsos eléctricos del corazón, el científico usó una resistencia mucho mayor a la que correspondía. Sin embargo, lejos de registrar lo que Greatbatch pretendía, la máquina usada para el experimento comenzó a generar un pulso eléctrico propio. El ingeniero pensó que escucharía al corazón, cuando en realidad estaba hablando con él; había inventado el marcapasos. Y lo que comenzó como una falla hoy continúa salvando vidas.

Irse a la “B”, en tanto que implica un fracaso deportivo rotundo, desafía la actitud volitiva primordial de jugadores e hinchas para atravesar el mar tempestivo y revuelto de la frustración.

Admitir el fracaso es una forma del éxito, un símbolo de fecundidad y de grandeza. La apariencia del éxito es una forma solapada del fracaso. La dinámica posmoderna de pensamiento (dualismo de opuestos y binarismos estancos) que éxito y fracaso desatan en la sociedad argentina (y quizás en todo Occidente) es algo digno de contemplar: el culto al éxito rebasa todos los aspectos y dimensiones de la vida del sujeto posmoderno. Y el fútbol, claro está, no es la excepción. Irse a la “B”, en tanto que implica un fracaso deportivo rotundo, desafía la actitud volitiva primordial de jugadores e hinchas para atravesar el mar tempestivo y revuelto de la frustración. Los más inmensos y exitosos futbolistas de la historia han conocido la derrota a lo largo de sus carreras pero, más importante, han sabido capitalizarla. Diego Maradona y Lionel Messi, quienes probablemente sean dos de los futbolistas más exitosos de la historia del fútbol mundial, han habitado, ciertamente, el terreno del fracaso. Por su parte, los más grandes clubes de Argentina han experimentado la caída, el declive: River, Independiente, San Lorenzo y Racing conocieron la “B” Nacional y han resurgido victoriosos del abismo, han renacido y, por sobre todo, han sido capaces de sortear toda clase de reveses deportivos e institucionales. Irse a la “B” es (y debe ser considerado) para un club como parte constitutiva de su historia, como condición necesaria para reivindicar y reafirmar su grandeza. Muchos clubes han perdido la categoría pero no sus valores y entereza ética: han optado por no acudir al “poder o doctrina del escritorio” (burocracia) con el propósito de revestir el fracaso natural de éxito aparente, que no es sino la peor de las derrotas, a saber, aquella que se inscribe en el plano ético-institucional y (anti) deportivo. El descenso al nacional “B” de los equipos más grandes de Argentina nos demuestra que el malogro de un objetivo es muchas veces un estadio inevitable antes de su obtención. El descenso más emblemático en la historia del fútbol argentino ha sido, quizás, hasta la fecha, por tratarse del primero entre los clubes denominados “grandes”, el del club atlético San Lorenzo de Almagro. “El ciclón” fue el primero de los cinco poderosos en perder la categoría (hecho totalmente impensado hasta los inicios de los 80). El fracaso deportivo de San Lorenzo se produce inmediatamente después de que sus terrenos de avenida La Plata, donde se situaba el mítico Viejo Gasómetro (el Wembley porteño), les sean expropiados por el gobierno cívico-militar durante la dictadura (doble fracaso para el club y los hinchas; éxito del gobierno militar). Lo que sucedió al fiasco rotundo que implicó el descenso fue (gracias a los jugadores y al aporte de la hinchada, de inconmensurable valor en dicha gesta) una seguidilla de sucesos victoriosos e innumerables conquistas. El fenómeno social que la hinchada de San Lorenzo suscitó fue sin precedentes: simpatizantes e hinchas de otros clubes se convertían al sanlorencismo; además, el club alcanzó uno de los mayores récords del fútbol argentino en presencia de hinchas en un estadio (80.000 almas), recaudando más de 1.600.000 pesos, cifra descomunal para esa época y que hasta hoy sólo se ha visto superada por la final del mundial del 78 entre Argentina y Holanda. En aquel partido (San Lorenzo-Tigre, también en cancha de River) San Lorenzo recaudaría el doble que el Boca vs. River jugado en ese mismo estadio el fin de semana anterior. Y, tras su vuelta a primera, el club de Boedo realizaría una gran campaña, finalizando subcampeón del torneo de primera, detrás del Club Atlético Independiente, dando muestras de su incuestionable grandeza. Con todo, el éxito deportivo de San Lorenzo sucedería en paralelo a una serie de gravísimos fracasos político-institucionales: año 1982, democracia en ruinas, debacle económica, descalabro social, Argentina herida de gravedad; la violencia de las barras bravas llegaba a su paroxismo, el país entero se hallaba envuelto en medio de una sangrienta dictadura y donde miles de jóvenes inocentes morían injustamente en la guerra de Malvinas. En suma, el caos era total. El descenso de San Lorenzo implicó un antes y un después en el fútbol local, y fue tal el impacto que causó que las máximas autoridades del fútbol argentino volvieron a implementar los promedios para definir los descensos y, de esta forma, poder atenuar las posibilidades de que otro grande descendiera de categoría. No obstante, dos años más tarde sería el turno de otro grande: Racing Club de Avellaneda.

En definitiva, el fracaso constituye un camino ineludible para llegar al objetivo deseado. En este sentido, podría considerarse al éxito como el resultante de una sucesión de fracasos, de intentos malogrados, de inmensas frustraciones, de fallos y malogros, de tropiezos y caídas. La noción de éxito se emparenta, para mí, de cierta forma, con la de la felicidad, puesto que en ambos casos no se trata de un estado de plenitud infinita ni de una satisfacción perpetua, sino más bien de un momento oportuno y favorable, de un kairós, retornando a los filósofos griegos, es decir, de un momento en el que algo trascendental y significativo acontece. Como así también si se trata de un tiempo adverso y desfavorable, el kairós será el momento oportuno para el cambio. Para concluir, de más está decir que este artículo no es en absoluto un culto al fracaso ni mucho menos un elogio de la mediocridad. La mediocridad radica en no reconocer el fracaso y en creer que para uno sólo cabe ser exitoso. Tampoco se postula aquí que haya que conformarse con el fracaso ni hacer de él la regla, sino que es necesario advertir que éste es, como se mencionó reiteradamente, una instancia constitutiva del éxito, y que constituye el camino ineludible para llegar a aquello que se anhela. Irse a la “B” es en definitiva una marca que solamente los verdaderos grandes poseen y que han aprendido a llevar consigo. El descenso en cualquier equipo, en especial en los considerados “grandes”, es un símbolo de incuestionable grandeza y, muy lejos de significar una mancha en su historia, la enriquece mucho más.

Laureano Guzmán
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