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Adriano

jueves 3 de agosto de 2023
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Adriano, por Vicente Adelantado Soriano
Siempre he creído que Adriano fue un buen emperador. Marie-Lan Nguyen
Y manifestaba la creencia de que, como premisa general, las actuaciones públicas han de juzgarse antes con humanidad que con aspereza.1
Polibio, Historia de Roma.

Una de las primeras noticias que leí sobre Adriano me hizo sentir una enorme simpatía por él. Era yo un adolescente cuando cayó en mis manos una breve biografía de este hombre. Está considerado, junto con Nerva, Trajano, Antonino Pío y Marco Aurelio, uno de los cinco grandes emperadores que tuvo Roma.

Cuando leí, siendo un adolescente, la breve biografía de Adriano, me enteré de las burlas sufridas por él, en el senado, por su acento. Eso mismo, recién emigrado, me sucedió a mí. Los senadores, como mis compañeros de colegio, se partieron de risa oyendo aquel latín tan basto y rústico. Seguramente le pasaría lo mismo a Marcial. Me gusta imaginarlos a uno con acento andaluz, y a otro con un fuerte acento aragonés en la Roma imperial. Pero tal vez no fuera así.

Los griegos igualmente se reían de los romanos cuando éstos hablaban el griego. Y medio mundo se ríe del otro medio por su acento o por cualquier insignificancia.

No hay acuerdo sobre si Adriano nació o no en Itálica.

Dice un viejo refrán que tantos son los bachilleres, tantos son los pareceres. Digo esto porque no hay acuerdo sobre si Adriano nació o no en Itálica. Unos lo afirman y otros lo niegan. Estos últimos achacan su acento, no a su origen bético, sino a que aprendió antes el griego que el latín. En Roma, de hecho, era conocido con el nombre de graeculus, el grieguecillo. Es posible, pues, que su acento fuera ático y no andaluz. Sea como fuere, Adriano se sometió a un duro ejercicio y fue capaz, al poco tiempo, de pronunciar el latín como el más puro romano nacido y criado en Roma. Marcial, como es sabido, sin contar con el apoyo de los emperadores del momento, tuvo que regresar a Bilbilis, donde vivió de la agricultura. La poesía, con acento o sin ella, nunca ha dado para mucho. Pese a que sus libros se copiaron una y otra vez, y tuvo un gran éxito. Pero en aquella época no había derechos de autor. Cualquiera, por lo tanto, podía sacar copias del libro de su interés. Sin más gasto que el papiro y la tinta.

Adriano también tuvo veleidades poéticas. Compuso un famoso poema en su lecho de muerte:

Animula vagula blandula,
hospes comesque corporis,
quae nunc abibis? in loca
pallidula, rigida, nudula,
nec ut solis, dabis iocos.

Pequeña alma errante, blanda,
huésped y compañera de mi cuerpo,
¿A dónde vas ahora? Hacia otros lugares
pálidos, fríos, desnudos,
y ya no bromearás como solías.

Tampoco han faltado detractores del poema. Ni defensores. Lo mismo ha sucedido con su gobierno del Imperio. Para unos fue un sagaz emperador, y para otros un mezquino. Sea como fuere, Adriano fue un gran viajero: recorrió todo el imperio. Estuvo, por lo tanto, en contacto con las legiones que defendían las fronteras, el limes. Y conocía a la perfección la situación de esos soldados, y el peligro al cual se enfrentaban. Curioso que no haya ni una referencia más al acento de este o aquel legionario. En un territorio tan extenso, no hablarían igual un centurión de Mauritania como otro de Mesopotamia. Se repetirá la historia del acento, aunque sin burlas, con Septimio Severo, nacido en Leptis Magna, África. Adriano, al parecer, los entendía a todos. Y el resto tampoco tendría excesivos problemas, bromas aparte.

Sí están de acuerdo todos los historiadores consultados hasta ahora, y me faltan muchos, en sostener que Trajano, el inmediato antecesor de Adriano, fue el último emperador en ensanchar los dominios del imperio. Con él llegó a su máxima extensión. Adriano, en sus viajes, se percató de que era imposible defender un territorio tan extenso y con tantas fronteras. Movilizar a tantas y tantas legiones suponía un derroche que las arcas del Estado no se podían permitir. Tampoco era dable abandonar campos, casas y negocios para mantener tan inmenso ejército. Ni, por supuesto, recurrir a mercenarios. Tropas muy caras, y muy dadas a la sublevación cuando el oro no les llegaba a finales de mes, o cuando se hubiera estipulado. Seguramente Adriano, un hombre culto, conocería la historia de la revuelta de los mercenarios de Cartago a finales de la primera guerra púnica. Y sobre todo, estaban las arcas públicas. No podían soportar semejante movilización. Abandonó, pues, los territorios del Tigris y del Éufrates, siguiendo el ejemplo de Catón el Viejo.

Mantener legiones en regiones donde no se podían obtener tierras y botín era un desgaste. El origen de la caída de Roma.

Muchos senadores no estuvieron de acuerdo con su emperador. No hay que perder de vista que Roma se nutría de sus guerras de conquista. A través de ellas obtenía tierras, botines, impuestos y miles de esclavos. Renunciar a todo ello era, para la clase senatorial, un suicidio. Máxime, se dice, cuando muchos pueblos fronterizos estaban muy romanizados, y eran seguros aliados, combatientes fiables, tal y como lo eran las legiones. Adriano, sin embargo, no se arriesgó. Mantener legiones en regiones donde no se podían obtener tierras y botín era un desgaste. El origen de la caída de Roma.

Pese a su afición a la caza, a las armas y al ejército, prefirió utilizar la diplomacia antes que la guerra. Y le dio resultado. Ahora bien, en esos momentos comenzó el lento declive del Imperio romano. Tenía una larguísima frontera y un gran número de pueblos presionando sobre ella. Llegado el momento ni su famoso muro pudo detener las oleadas de emigrantes en busca de otras tierras, o los deseos de independencia de las tribus sometidas a Roma.

Dicen que fue un hombre contradictorio, ¿y quién no?, capaz de la máxima generosidad y de la furia incontenible. Mandó ejecutar a muchos senadores. Con razón o sin ella. Los textos son contradictorios. No obstante, no hizo nada que no hicieran antes otros emperadores. Lo cual no lo justifica, por supuesto.

Volví a Itálica en busca de respuestas. No las obtuve, por demás está decirlo. Pero fue un gran placer pasear por entre las ruinas e imaginar al pequeño Adriano correteando por allí. Me lo imaginé, además, paseando de la mano de su madre, era gaditana, y hablando ambos un latín con un acento distinto al de Roma.

Muy a menudo me he preguntado, sin hallar la respuesta, de dónde me ha surgido la manía de visitar los lugares donde vivieron o murieron los autores o personajes que me han marcado o interesado. Esa fue una de las causas que me llevaron a Tarragona. Adriano visitó la ciudad en uno de sus innumerables viajes. En unos jardines fue atacado, espada en mano, por un esclavo. El emperador se defendió; redujo al atacante. Al indagar el porqué de aquel atentado, descubrió que el pobre esclavo era un perturbado. Lo entregó a sus médicos para que lo curaran. Ignoramos el resultado. Y, por supuesto, no di con los jardines. Seguramente han desaparecido bajo alguna finca o autovía.

Otra de sus grandes obsesiones fue la arquitectura, las construcciones. Hizo muchas, invirtiendo en ellas enormes sumas de dinero. No obstante, no quiso que su nombre apareciera en ninguna de ellas. Las más famosas de esas construcciones son su mausoleo, convertido ahora en la residencia veraniega de los papas. Sin olvidar la reconstrucción del panteón de Agripa. También se cuentan sus más y sus menos con el arquitecto Apolodoro de Damasco. Éste se burló de uno de los croquis de un templo hechos por el emperador. Dijo que si las estatuas sedentes de los dioses se pusieran de pie, tocarían el techo con la cabeza. Al emperador no le hizo gracia la broma, y el arquitecto salió para el exilio. Dicen que lo mandó ejecutar. Hoy en día se duda de dicha orden. Con Adriano pocas cosas hay seguras.

Adriano siguió los viejos esquemas: el hombre maduro amante de un efebo.

Estuvo enamorado del joven efebo Antinoo. Lo hizo su amante. También en esto, Adriano siguió los viejos esquemas: el hombre maduro amante de un efebo. Efebo que, según unos, se suicidó al llegar a una edad en la cual ya no podía seguir sus relaciones con el emperador. Hubiera sido un escándalo. Según otros, fue sacrificado, ahogado en el Nilo, por mor de la salud de su amante. Y, por último, parece que fue asesinado sin más. Como se puede ver fue un hombre vario y múltiple. O así nos lo han presentado.

Tampoco carecía del sentido del humor. Un anciano le pidió dinero, y él se lo negó. El anciano se tiñó los cabellos de negro, y volvió con la misma petición. Adriano, no sin guasa, le respondió: “Ya le he dicho a tu padre que no”. Igualmente es conocida aquella anécdota según la cual vio en los baños a un conocido rascarse la espalda contra la pared. Al preguntarle por qué hacía eso, éste le respondió que porque no tenía un esclavo. Adriano se lo regaló. Al día siguiente hicieron lo mismo un grupo de personas, confiando en su generosidad. El emperador hizo que se rascaran los unos a los otros.

Murió a los sesenta y dos años. No tuvo valor, o no lo dejaron, para suicidarse y evitarse así los dolores de la agonía. Ni su esclavo ni su médico quisieron matarlo. Murió, pese a todo.

Siempre he creído que Adriano fue un buen emperador. La mejor prueba de ello es la designación de un nuevo gobernante. La elección recayó en Antonino Pío. Pero obligó a éste a nombrar a Marco Aurelio como sucesor suyo. Garantizó así unos cuantos años de paz y prosperidad para Roma. Pero con Marco Aurelio, muerto en la frontera, en el limes, se terminó el quinteto de los buenos emperadores. Y comenzó otra historia.

Adriano, como dice la Historia augusta, “fue muy experto en armas, eruditísimo en arte militar, sabía manejar también las armas de los gladiadores. Fue un alegre severo, un serio afable, un tranquilo impetuoso, un generoso cicatero, un fingidor sincero, un demente cruel y siempre, y en todo, variable”.2 Sit tibi terra leuis.

Letralia

Notas

  1. Polibio, Historia de Roma, IV, 14. Alianza Editorial, Madrid, 2018. Traducción de José María Candau Morón.
  2. Historia Augusta, Cátedra Letras Universales, Madrid, 2022. Traducción de Javier Velaza.
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