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Enriqueta Ochoa: ver la luz, escribiendo de noche

martes 2 de abril de 2024
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Enriqueta Ochoa
Tras haber abrevado de los escritores místicos cristianos, la mexicana Enriqueta Ochoa (1928-2008) conoce bien la condición de incompletud. Tiene urgencia de Dios y lo concibe sin el coto de la religiosidad socialmente aceptada.

Enriqueta Ochoa

La poeta y docente mexicana Enriqueta Ochoa nació en Torreón, Coahuila, el 2 de mayo de 1928, y murió en Ciudad de México el 1 de diciembre de 2008. Perteneció a una generación de mujeres poetas como Rosario Castellanos, Dolores Castro y Pita Amor. Su trayectoria académica se desarrolló en la Universidad de Veracruz, la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, la Universidad Nacional Autónoma de México, la Sociedad General de Escritores de México y la Escuela Normal Superior del Estado de México. Coordinó además talleres literarios del Instituto Nacional de Bellas Artes en Aguascalientes, Torreón, Tlaxcala y Ciudad de México. Publicó, entre otros títulos, los poemarios Las urgencias de un dios (1950), Los himnos del ciego (1968), Las vírgenes terrestres (1970), Cartas para el hermano (1973), Retorno de Electra (1978), Bajo el oro pequeño de los trigos (1984), Canción de Moisés (1984), Enriqueta Ochoa de bolsillo (1990), Enriqueta Ochoa (1994), Asaltos a la memoria (2004), Que me bautice el viento: Enriqueta Ochoa para niños (2004), Le désert à tes côtes/El desierto a tu lado (2006; selección de Elva Macías) y Poesía reunida (2008).

 

Enriqueta Ochoa solía pasar algunas horas del día frente al televisor, cigarro tras cigarro, tomando Coca-Cola. No parecía ser la misma que cruzaba las madrugadas rasgando las hojas de un cuaderno con la punta del bolígrafo, desesperada por abrir una zanja en la oscuridad. Ella quería ver la luz, escribiendo de noche: “Soy este pozo de noche en que se hunde la conciencia”, afirmó la poeta de Torreón.

Aunque la noche no cubre la mayoría de sus versos, sí es el lugar donde Enriqueta sufre para poder desprenderse de su voz; es un tiempo de sed, llanto y desesperanza:

Anoche sollozaba por un vaso de luz,
hora tras hora ardí de sed
y amanecí vacía.

(“Avispero”)


En medio de la noche cuánto quema tu silencio.
La lágrima es la llave de tu puerta
y el mundo, como una uva gigantesca
que ha llorado a raudales, oscila ciega
sin atinar la cerradura.

(“Qué sed mortal de Dios”)

Si, para Ochoa, la sed es el sufrir por la ausencia de Dios, la luz que deviene en líquido es la posibilidad de mitigarla. Sin embargo, esa luz que debería ser cálida e indubitable no llega con el día. El estudioso de su obra Mario Raúl Guzmán dice:

En la poesía de Enriqueta Ochoa florece la religiosidad como canto y anhelo puro del alma. El poderío creador de su espíritu nos seduce y jalonea al torrente por el que fluye la expresión de sus experiencias de unión y búsqueda de la incandescencia infinita (Guzmán, 1997, p. 14).

Sin duda, los versos de Enriqueta nos hablan de ese anhelo, pero la luz que los rodea es más bien un ardor por sequía, en el que Dios se apaga. Si la luz fluye y escurre, es por su cualidad efímera. Esto no es raro; tras haber abrevado de los escritores místicos cristianos, ella conoce bien la condición de incompletud. Tiene urgencia de Dios y lo concibe sin el coto de la religiosidad socialmente aceptada, pero esto implica, además de frustración, gran escarmiento:

Yo sé lo que le espera al canto en que me espigo:
una turba de puños indignados demolerán su forma,
me trizarán a golpes.
Mas yo sabré ubicarme
de nuevo en mi insistencia
sacudida de grillos la cabeza
y destrenzado el pelo hasta las corvas,
porque odio los límites supuestos.

(“Las urgencias de un Dios”)

Al igual que todo ser que va tras lo infinito, la poeta tropieza en lo imposible, lo cual no la disuade sino que la conmina a continuar, ya que no es poca cosa el objeto de su afán.

Asisto a la hora del desastre.
¡Qué sed mortal de Dios
se desamarra en mí,
flagela,
me coge contra las puertas del mundo
hasta saltar la entraña!

(“Qué sed mortal de Dios se desamarra en mí”)

A lo largo de la obra de Enriqueta Ochoa, la noche es el atisbo de la claridad del día y la promesa de encuentro con el Ser Supremo; pero también es la sed que abrasa y quema, donde Dios es destello rodeado de penumbra. Fernando Martínez Sánchez explica lo siguiente:

Sus lágrimas, producto de la combustión interna que la incendia, son canto, y quizás logren enjugarse con palabras, pero también apagarse, porque en la obra de Enriqueta todo es incendio, llama de amor viva y, al producirse, queda el dolor (Martínez, 2002, p. XXII).


Desde su luz recién nacida
la esperanza me habló todos los días
y anduve tras ella temblando,
levantándome cada mañana
con el corazón tendido sobre el sueño.
Alguien me dijo
desde la noche de una ventana que todavía me aflige:
—Abre los ojos.
Accedí.
Y vi mi corazón tendido
sí, pero tendido en su ataúd,
de tan inútil, de tan triste.

(“Con el corazón tendido sobre el sueño”)

Enriqueta cruzó como escribiente aquellas noches de ilusión y tormento. “Aun así, hubo días en que Dios me caía igual que gota clara entre las manos”, diría ella. Quizá, sus ojos estén ahora abiertos ante la verdadera Incandescencia.

 

Referencias

  • Ochoa, Enriqueta (1997). Bajo el oro pequeño de los trigos. Antología poética (1947-1996) (selección, ensayo y bibliografía por Mario Raúl Guzmán). Ediciones El Aduanero.
    (2002). Antología personal (prólogo de Fernando Martínez Sánchez). Siglo XX Escritores Coahuilenses. Universidad Autónoma de Coahuila.
Beatriz Sandoval
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