
Las escritoras norteamericanas Sylvia Plath y Anne Sexton eran fuertes en su poética y no manejaban su farmacopea en público como algunas poetas jóvenes contemporáneas. Plath no daba cuentas al mundo de la dosis de los medicamentos del día; lo dejaba para sus diarios poéticamente reveladores. No hay evidencias de qué guardaba en su botiquín. Tal vez intuyó que un poema bajo estos estados no encarnaba en el ámbito de su poética esencial. La poeta se suicida en 1963.
¿Cómo toma la sociedad el suicidio de sus poetas? ¿Cómo juzga a un escritor varón que se suicida? ¿Y cuál es el juicio cuando se trata de escritoras?
Esta zambullida en las brumas imponderables de la renuncia del/la poeta a su propia sombra intenta dejar a un lado los ejemplos pretenciosos de “poesía seudosuicida”, aquella nacida de circunstancias médicas, dolores biográficos y de otra índole, que lleva a algunas mujeres a detallar, incluso, como en un “journal/diary” —diario— sus penurias medicamentosas, tendencia en poetas contemporáneas de nuestros días. Se cae de la mata: la poesía de autoras bajo estas inflexiones suele quedar en paja para las garzas.
No toda persona sabe lidiar con la contemplación de la autodestrucción, así como creerse poeta e inventar y fantasear con “sufrimientos biográficos” no significa poder alcanzar una poética o lore, entendido como suma de principios y reglas que particularizan un género u otra disciplina literario-artística, escuela o autor.
Esta entrega se centra en mujeres poetas, escritoras que se suicidaron. Escritoras con obra de trascendencia, algunas que incluso no necesariamente estaban bajo estados psiquiátricos o emocionales extremos y/o tratamientos médicos al momento del suicidio. Algunas llevaron vidas no afortunadas, acosadas por enfermedades, y climas políticos y religiosos, intratables, adversos a la desarmante palabra poética.
Por el hecho de que el suicidio no siempre va precedido de un diagnóstico psiquiátrico o de problemas mentales y conductuales, tal vez resulte errática la idea de que escritura y locura forman algún vínculo. Es que, quizá, de poetas y locos no todos tenemos un poco...
Aquí no evocamos asociaciones explícitas entre la “locura” y la escritura; más bien, y a tono con el escritor español Miguel de Unamuno, se intenta ahondar un poco en la “intrahistoria” de las autoras, los eventos desencadenantes del suicidio y una lectura cuasi imparcial de sus obras —en esta oportunidad, las norteamericanas Sylvia Plath y Anne Sexton—, la guía de honor a seguir, a lo código samurái.
Sylvia Plath nace en Boston el 2 de octubre de 1932. Se le considera una de las voces más dinámicas y celebradas del siglo XX. Es la primera poeta estadounidense que recibe el premio Pulitzer post mortem y también la primera poeta “maldita” de Estados Unidos, esos entroncados en la tradición del francés Arthur Rimbaud.
Anne Sexton, contemporánea de Plath, también Premio Pulitzer, nace en Massachusetts el 9 de noviembre de 1928. Es reconocida como líder del “movimiento confesional” junto al poeta Robert Lowell. Sexton entendió la diferencia entre lo poético y lo literal. Sexton y Plath tienen hoy más vigencia y resonancia que nunca. Y los medios norteamericanos rinden homenaje constante a sus obras.
Presentar una perspectiva de poetas suicidas en Argentina, Uruguay, República Dominicana, Rusia y otras latitudes, así como las circunstancias políticas y religiosas del país de origen de las y los poetas suicidas, es necesario aquí. La Sociedad Americana de Neurología afirma que el fenómeno del suicidio “lo representa el conjunto de lo patente a lo clínico y de lo latente al sufrimiento biográfico. Ambas condiciones se conforman en un cuadro como los árboles y el bosque”. Interesan fragmentos de sus poemas, eventos del suicidio y cómo la sociedad y la religión tratan el fenómeno.
El suicidio no debe ser visto con separación de géneros, religión, grupos y clases sociales, pero pasa así. El suicidio seppuku o harakiri, de la cultura japonesa, donde el ritual incluye tomar el sake (bebida japonesa) y escribir un poema de muerte, pasa a ser referencia para este trabajo.
En la cultura japonesa el suicidio, si no está basado en un motivo patriótico, se toma como cobardía, lo opuesto de lo estoico.
Si un samurái traicionaba la patria se suicidaba en público. En caso de suicidios que representaran todo lo contrario (enfermedad, situaciones emocionales, económicas), eran considerados vergonzosos y eran callados en las gacetas y medios sociales. Sin embargo, Japón evolucionaría en la materia al surgir una versión para el suicidio femenino; el conocido jigai, que consistía en cortar la garganta con un cuchillo especial conocido como tanto.
¿Pero qué... “tanto” la idea del poema de muerte de los ritos de suicidas japoneses ha inspirado a algunas de las poetas objeto de trabajo? Una presunción: Plath se acerca. Lo hace al introducir la cabeza hasta la garganta en un horno. ¿Estaría Plath realizando el ritual del jigai? Sin embargo, parece tomar distancia al no dejar un “poema de muerte”, mas ella diseña el arte de morir. “Morir / es un arte, como todo lo demás. / Yo sé hacerlo excepcionalmente bien” (del poema titulado “Lady Lazarus”).
Aunque se presuma que Plath complique la ecuación al identificase con el postulado inicial de este trabajo, es decir, negar que escritura y locura forman un vínculo, la norteamericana lo tuvo claro: “Cuando estás loca, estás ocupada en estar loca... Todo el tiempo... Yo cuando estaba loca era sólo eso, una loca”.
Los misterios de la autodestrucción
La cita de la poeta Sylvia Plath muestra que literatura y locura no hacen necesariamente un vínculo. Efectivamente, estar loca o hacerte la loca no te hace buena poeta: “Yo simplemente estaba loca”, escribió la poeta.
Esta conclusión despliega el abanico que abarca a escritores y escritoras que han renunciado a la respiración por distintas vías y métodos. Nos interesan sus motivaciones, no por morbo, sino con la intención de explorar los misterios de la autodestrucción personal en el ámbito de las letras. No tiene que ser un harakiri, un seppuku a lo Yukio Mishima, privilegio de Tokio.
Puede ser un cóctel de egos, enfermedad o motivaciones políticas. Variadas suelen ser las razones; enfermedades como el cáncer, caso de la argentina de origen suizo Alfonsina Storni, arrimándola a la depresión. Un compositor toma una carta suya y crea la conocida canción “Alfonsina y el mar”. La poeta muere por ahogamiento.
República Dominicana tuvo al celebrado poeta Gastón Fernando Deligne: la lepra incurable lo llevó a la decisión. Están los casos de suicidios por política o por hastío partidista. Para el Nobel estadounidense Ernest Hemingway, descubrir que los organismos de inteligencia de su propia nación lo tenían bajo la lupa fue el detonante.
Como mismo se afirma que estos organismos persiguieron a la grande de Loisaida, poeta Julia de Burgos. Documentos desclasificados, según algunos medios, así lo atestiguan. La militancia independentista de la poeta puertorriqueña no era un secreto. A la rusa Marina Ivanovna Tsvetáyeva la dictadura de Stalin no le dejó más alternativas que la soga. Ejemplos y motivaciones variopintos, desde Eunice Odio, Alejandra Pizarnik, Sadeq Hedayat, Cesare Pavese, Paul Celan, etc.
Dejamos registrado el dato: un alto porcentaje de suicidio por política es salpicado por la duda y las contradicciones. En este punto vale mencionar a la escritora Ligia Minaya, pérdida lamentable que los medios periodísticos dominicanos no calificaron como suicidio sino hasta largo tiempo después cuando ya era vox populi.
Ligia Minaya, según informes, se vistió de fiesta esa noche. Tomó su bolsito rojo, introdujo allí el frasco con el veneno y marchó entusiasta a disfrutar las fiestas patronales de Moca, su ciudad natal. Días antes la autora había publicado en su columna de Diario Libre un artículo desafiante sobre el modo de hablar de haitianos y dominicanos de bajo extracto social. En su caso, hermetismo y rumor aún bailan de la mano.
A Sergei Yesenin, el enfant terrible de Rusia, se le “agotó la tinta”. Su último poema lo escribe con sangre. El poeta ruso casado con la bailarina Isadora Duncan tenía en zozobra al gobierno bolchevique con sus reyertas, alcoholismo y rebeldía. Yesenin, con lesiones aparentemente autoinfligidas en las muñecas, fue encontrado al siguiente día por las autoridades, colgado de los tubos de la calefacción del hotel Angleterre en San Petersburgo. ¿Cómo pudo hacer tanto él solo?
Aquí se abordan las posibles razones para los suicidios. Sus misterios, las dudas. Por ejemplo, Violeta Parra se suicida a pocos días de escribir su himno: “Gracias a la vida”. Inexplicable, ¿verdad? Como lo son aquellos suicidios de galardonados por la Academia Sueca, hostigados por críticas adversas a la concesión del premio. Caso célebre: el sueco Harry Martinson. Sin incluir los japoneses Yasunari Kawabata y Yukio Mishima, este último ya citado.
Como dato curioso, la escritora uruguaya Juana de Ibarbourou fue nominada cuatro veces al premio Nobel; se suicidó sin que le fuera concedido.
Resta tocar aquellos casos inducidos o provocados por diagnósticos psiquiátricos apresurados, tratamientos erróneos o por el toque de alarma de los psicoanalistas. ¿Un ejemplo? La poeta argentina Alejandra Pizarnik y el poeta y dramaturgo francés Antonin Artaud. Artaud, con su “teatro de la carne”. Su vida trazó pautas a la sociedad acerca de lo que deben y no deben hacer los profesionales de la salud mental.
El psicoanálisis debía limitarse a informar el proceso de la creación más que a reducir la lucidez de un creador por diagnósticos, patografías; hoy se sabe lo inútil de éstas y de las torturas del electroshock.
Pero los interventores de la salud mental no dan tregua. Una vez que los escritores pasan a otro plano aparecen decenas de estudios psiquiátricos, psicológicos y psicoanalíticos. He aquí el caso de la gran Virginia Woolf y este título: Manic Depression and the Life of Virginia Woolf.
No sólo best-sellers a costa de escritores suicidas; también publican no uno, sino dos libros con los mismos títulos. Ejemplo sobre Sylvia Plath, uno en español, otro en inglés, y de autores distintos, la misma equivalencia idiomática en el título: The Last Days of Sylvia Plath, de Carl Rollyson, y Los últimos días de Sylvia Plath, de Jillian Becker. Parecería que escritores que detienen su aire son carne de cañón editorial.
Concluimos mirando descarnadamente a la sociedad, sus estructuras políticas, religiosas, jurídicas, que al parecer asedia a los literatos llevándolos a cortar su propio suspiro. El mundo que les sobrevive a ellos deja una mención irónica: puñados de malos escritores resultan ser pésimos suicidas para martirizar a todos con su mala poesía. A los verdaderos escritores, algo parece haberles fallado. Todos estaban “esperando un mundo desenterrado por el lenguaje” (Alejandra Pizarnik).
- El drama de las escritoras suicidas - martes 24 de septiembre de 2024


