
La filosofía suele ser tildada de inútil, desfasada e innecesaria; lo cierto es que, aunque se niegue, muchas personas interesadas en la filosofía nos hemos cuestionado esto mismo alguna vez. En particular, introspectivamente, me causa intriga el hecho de que me he aferrado a una valoración del saber filosófico con altas expectativas, pero en este punto no estoy seguro de si este afán es por auténtica estima, por una necesidad de autoafirmación o una negación de que mis estudios han requerido de tiempo y esfuerzo mal invertidos; un temor a haberse equivocado en el propio proyecto de vida acompaña a todos en cierto momento, y más cuando ese proyecto se enmarca en decisiones cuya percepción social es negativa o, peor, indiferente. A pesar de esto, es claro que, como afirma Aristóteles, “si filosofaron por huir de la ignorancia, es obvio que perseguían el saber por afán de conocimiento y no por utilidad alguna” (Trad. en 1994, pág. 77), en consecuencia:
Es obvio, pues, que no la buscamos por ninguna otra utilidad, sino que, al igual que un hombre libre es, decimos, aquel cuyo fin es él mismo y no otro, así también consideramos que ésta es la única ciencia libre: solamente ella es, efecto [sic], su propio fin (Aristóteles, trad. en 1994, pág. 77).
También es cierto que, en medio de las dificultades cotidianas y en el ejercicio de mi práctica docente en estos años, ha sido la filosofía no sólo la herramienta perfecta para un mejor desempeño, sino, más aún, el refugio adecuado en el que la incomprensibilidad de lo real se vuelve soportable y digerible.
Asumo que, más allá de la aplicabilidad en mi propia vida, lo que me ocupa y preocupa es la funcionalidad de este saber filosófico en mi entorno; la filosofía es un esfuerzo racional en la búsqueda de la verdad, de la libertad ante las ataduras del error y la ignorancia, y de un ethos consecuente con esos bienes; sin embargo, por circunstancias propias de la realidad histórica, política, cultural y demás, ésta ha quedado no sólo relegada o marginada sino, más grave aún, manipulada, subordinada a los intereses de quienes, de alguna u otra forma, ostentan el poder, entendiendo poder como la capacidad de influir en los acontecimientos trascendentales, tanto para individuos o colectivos, como para la sociedad entera.
Para Foucault, el poder no es algo que posee la clase dominante; no es una propiedad sino que es una estrategia. En tal sentido, el poder no se posee, se ejerce, y sus efectos no son atribuibles a una apropiación sino a ciertos dispositivos que le permiten funcionar a cabalidad. Pero además, postula que el Estado no es el lugar privilegiado del poder sino que es un efecto de conjunto, por lo que hay que estudiar lo que él llama sus hogares moleculares (Ávila-Fuenmayor, 2006, pág. 232).
Pienso, por ejemplo, en el hecho de que ninguna de las universidades existentes en Nicaragua oferta la carrera de Filosofía, mucho menos a nivel de posgrado; en secundaria se efectúa el estudio de contenido filosófico durante el último semestre del último año lectivo del bachillerato, el cual de por sí es limitado a menos de cuatro meses, y es justo cuando el cansancio de todo el curso académico y las actividades propias en preparación del cierre de esta etapa nublan el interés de los estudiantes por cualquier cosa que sea estudio, y no, no se trata de un mal cultural, sino de una inadecuada dosificación curricular en correspondencia con la relevancia del contenido.
Desde la educación informal, llámense talleres, cursos o clubes, se limitan a la mera acción de entretenimiento, como si de proselitismo religioso se tratara, quizás, en cierto modo comprensible, por cuestiones de tendencia mediática, puesto que en la actualidad llama la atención sólo aquello que nos entretiene y nos permite escapar de la carga pesada que implica vivir conscientemente en nuestro tiempo.
Si bien estos esfuerzos pueden ser la cimiente de una práctica filosófica en futuras generaciones, nuestra realidad histórica exige que la rigurosidad de la filosofía no se quede reducida a la repetición de historias, doctrinas o frases dispersas interpretadas sin mayor profundidad. La filosofía está en crisis, tal como el contexto en que vivimos, pero es justamente esa crisis en la cual su necesidad se hace imperiosa. Es conveniente retomar lo que afirma el filósofo alemán Wolfram Eilenberger (2019) al respecto de las crisis y la filosofía.
Si miramos la historia, desde los griegos con la democracia en Atenas y Sócrates, a la filosofía de habla germana, los cambios siempre sucedieron cuando la sociedad estaba en crisis. Y pienso que, aunque suene triste, los tiempos de crisis son buenos tiempos para la filosofía y creo que vivimos en uno de ellos en la actualidad.
Es preciso un resurgimiento del pensamiento filosófico que nos permita comprender nuestro tiempo con mayor amplitud, que propicie ver el bosque más allá del árbol ante el paso, ver la vida con ojo crítico, siendo, además de funcionales, protagonistas en la construcción del mundo al que aspiramos.
Referencias
- Aristóteles (1994). Metafísica (traducción de Tomás Calvo Martínez). Editorial Gredos.
- Ávila-Fuenmayor, Francisco (2006). “El concepto de poder en Michel Foucault”. En: Telos, 8 (2), 215-234.
- Llorente, Analía (2019). “¿Cómo aplicar las ideas de la filosofía en la vida cotidiana? El filósofo alemán Wolfram Eilenberger te lo explica”. En: BBC News Mundo.
- Filosofía y crisis:
una aproximación valorativa del saber filosófico en nuestro tiempo - martes 18 de febrero de 2025


