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El barrio te respalda:
el clasismo en la lengua en México

martes 11 de marzo de 2025
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El barrio te respalda: el clasismo en la lengua en México, por Andrea Navarro Abitú
Esa diversidad del habla empleada en las jergas de barrio, ese juguetón albur de Tepito, esa rima callejera que ayuda a memorizar, ese dicho tradicional que explica una situación compleja, va aumentando, nutriendo y expandiendo al lenguaje, pues sin esa diversidad parecería una lengua muerta, inerte. 📷 Barrio de Tepito • Alcaldía de Cuauhtémoc, Ciudad de México

Cuando era niña me enseñaron a hablar, a referirme a las cosas, los animales y las personas de cierta forma. A mí me dijeron: “La jefa es el pilar del cantón porque se la rifa en el jale”, pero la escuela pública me corrigió a “Mi madre es el pilar de mi hogar ya que es la mejor en su trabajo”. A mí el barrio me enseñó a comunicarme, pero la sociedad me corrigió para poder entrar en ella. Que difícil escribir un texto académico cuando voy a hablar del barrio, lo complicado es que si le hablo a la academia mi gente no va a entender y si le hablo a los de abajo, los de arriba me van a cerrar las puertas de la universidad a la que tanto me costó entrar.

Les escribiré como lo que soy, una mujer precarizada y morena; les escribo a los de abajo como una infiltrada en las líneas enemigas, como una iletrada que corrió con suerte y ahora escribe de cómo se vive en el barrio, les escribo sin ostentaciones léxicas porque quiero que me entiendan, que me lean, que sepan que alguien acá se acuerda de lo que es ver a mamá contando pesitos en las palmas de la mano para saber si alcanza para comer, sé lo que se siente elegir entre comprar un pan o una libreta. Para ustedes, compañeras y compañeros letrados, escribo desde la esperanza de generar un cambio y que a futuro piensen en los iletrados que quieren leer poesía, que también escriban para ellos.

El clasismo es un prejuicio basado en la pertenencia o no a cierta clase social en términos socioeconómicos. El clasismo en la lengua se percibe en la discriminación que sufren los hablantes por emplear un léxico ligado a la clase baja, a lo vulgar, aunque también existe el lenguaje clasista, como el empleo de palabras que tienen una etimología claramente peyorativa; por ejemplo, el término naco, utilizado para referirse a las personas precarizadas y sin acceso a la educación; Carlos Monsiváis explica que su significado proviene de totonaco, nombre asignado a los habitantes del México prehispánico.

El lenguaje es clasista porque los hablantes lo son, la lengua la hace el hablante y el español en México tiene palabras como prieto porque es un país con personas que necesitan nombrar de forma despectiva a los que no son blancos. La socióloga Beatriz Urías dice: “En México hay grupos que siguen padeciendo discriminación y estigmatización no sólo por ser indígenas o mestizos, sino por encontrarse en los márgenes de la cultura dominante. Además del color de piel se les descalifica por su nivel educativo o el manejo de determinados códigos culturales”.1

Hablar de supremacismo lingüístico sería hablar de idioma, de la discriminación de una lengua que está en subordinación a otras de países más poderosos económica y socialmente hablando. Esa lengua puede dividirse en niveles, que a su vez están delimitados bajo prejuicios lingüísticos que jerarquizan un léxico y lo contextualizan para poder usarlo bajo ciertos términos; existe el nivel “culto”, que es aquel que se adquiere en la escuela y que se ajusta a las normas gramaticales básicas; el “coloquial”, que se utiliza en situaciones informales de comunicación; ambos son niveles aún aceptados y bien vistos en sociedad, mientras que el nivel “inculto o marginal” se caracteriza por no ser aceptado socialmente, tener escaso vocabulario y ser empleado por personas de poca cultura, y el nivel “jergal”, que se utiliza en situaciones informales, y sus hablantes pertenecen a determinado grupo social; se encuentran en niveles más bajos y menos apreciados de la lengua.

La “lengua de barrio” entra en el último nivel, en las jergas sociales, que se definen como el lenguaje específico utilizado por un grupo de personas que comparten unas características comunes por su categoría social, profesional, su procedencia, nivel socioeconómico o aficiones, como el lenguaje usado en una comunidad, llámese colonia, barrio o vecindad, entre otras. Aquí no hablamos de idiomas superiores, sino de términos aceptados y bien vistos por la sociedad y términos marginados y no aceptados por su origen y contexto sociocultural.

El habla culta, ligada a la educación, la cultura y las esferas económicas superiores, no es mejor que el habla vulgar y popular, relacionada con la clase baja. Sapir dice: “El bosquimano más humilde de Suráfrica habla con un rico sistema simbólico que, en esencia, es perfectamente comparable con el habla de un francés culto”.2 El autor deja claro que cualquier tipo de comunicación es por sí misma correcta, sin importar su diversidad léxica, su composición morfosintáctica e incluso su fonética; lo que importa es comunicar.

El grupo social al que pertenece una persona condiciona el uso que hará de la lengua; la disponibilidad léxica es el vocabulario con el que cuenta cada hablante y esa disponibilidad se va nutriendo según los contextos en los que se desenvuelve la persona; cuando creces en el barrio aprendes palabras que interpretan, describen y nombran la realidad, y cuando vas a la escuela aprendes sinónimos aceptados y “correctos” de toda tu construcción de mundo; por ejemplo, cuando iba en primaria un día la maestra mencionó que irían policías a la escuela para enseñarnos algo; yo no sabía qué o cómo era un “policía”, son personas encargadas de cuidarnos, dijo la profesora, en mi barrio a las personas que nos cuidaban las llamaban halcones, así que llegué a casa diciéndole a todos que irían halcones a la escuela; nadie entendía por qué irían narcotraficantes a una institución educativa; me preguntaron qué había dicho la maestra exactamente, cuando nombré a la policía, se rieron. La chota, Andrea, se refieren a que mañana irá la tira a tu escuela.

No entendí nada; la chota, en mi realidad, era mala; crecí escuchando que la tira ya venía y que se escondieran, viví escuchando las sirenas de las patrullas y en el fondo silbidos entonando una grosería para los policías, yo cómo iba a saber que para los otros, para los de arriba, eran buenos, los cuidaban y hasta les enseñaban a defenderse de los míos. Para mi concepción de mundo, la chota era un término feo, pues nombraba a los malos, a los que se llevaban, golpeaban y mataban a mi barrio, pero para los privilegiados la policía es el cuerpo del Estado destinado a cuidarlos. Mi jerga encaja con mi realidad, mientras que no puede el significado, aceptado y difundido en el idioma, de policía, empatar con mi lógica; en mi realidad son el enemigo, en la realidad colectiva y elitista son un instrumento de seguridad y protección.

No se puede juzgar a la persona que desconoce términos que en su contexto no existen; no podía ser juzgada por no conocer una palabra que en mi contexto no era usada; tampoco podían decir algo respecto al desconocimiento de su significado, pues en mi realidad aquello no existía. “Por principio, una lengua tiene exactamente las palabras que ha de tener: las que usa el hablante para aludir a los objetos y a los conceptos que tienen validez en el entorno en que se mueven”.3 En mi colonia es de vida o muerte tener una placa que te identifique y dibujarla a un costado de las iniciales del barrio para pertenecer a él; cuando pregunté fuera de ese contexto por las placas de mis conocidas, me miraron raro y preguntaron de qué servía tener una placa de coche con tu nombre; ellas creyeron que me refería a la de los coches, yo hablaba de la firma que se tiene como dibujante urbano.

Por tanto, esa diversidad del habla empleada en las jergas de barrio, ese juguetón albur de Tepito, esa rima callejera que ayuda a memorizar, ese dicho tradicional que explica una situación compleja, va aumentando, nutriendo y expandiendo al lenguaje, pues sin esa diversidad parecería una lengua muerta, inerte; en cambio está viva, se transforma y evoluciona según los requerimientos sociales y culturales. Julián Marías escribió: “La idea, muy difundida hoy entre lingüistas, de que todas las lenguas son equivalentes, y en todas ellas se puede decir todo, es una suposición gratuita y nada positiva, nada empírica”.4 Apelar a una idea de totalidad y homogenización en la lengua es quitar toda la carga contextual de los hablantes, es quitarle la humanidad al idioma, pues le estaríamos quitando su función social y cultural y, por tanto, su función comunicativa; nos quedaría un sistema de signos sin impactos ni significados para la humanidad.

No podemos descontextualizar al léxico, porque por algo está ahí; que una palabra sea parte de un lenguaje significa que es un elemento importante y presente en esa cultura. “La historia de la cultura y la historia de la lengua se mueven en líneas paralelas”.5 Esos conceptos conforman una realidad; es por eso que cambian, porque en México las realidades son muchas, pero las del barrio son todas iguales. No pueden medir mi trabajo sin aludir a mi procedencia, porque aunque mi léxico se expanda, mi concepción del mundo está ahí, en la periferia, hablando mocho, maldiciendo, gritando, porque acá el que calla muere, desconociendo significados que jamás he tenido que usar, pero conociendo a todos los que nombran las violencias que sufrimos porque alguien debe nombrarlas y, en el lenguaje de los ricos, nuestros problemas no tienen palabras que los signifiquen, pues no existen, no existimos.

Escribo de mí, de mis vivencias, mi realidad y mi barrio, aunque la academia siga creyendo que hablar desde abajo no es un arte, aunque se rehúsen a escucharnos, aunque eviten leernos. “Qué difícil es para nosotras pensar que podemos ser escritoras, y más aún sentir y creer que podemos hacerlo. ¿Qué tenemos para contribuir, para dar? ¿Acaso no nos dice nuestra clase, nuestra cultura, tanto como el hombre blanco, que el escribir no es para mujeres tal como nosotras?”. Hablar de temas “triviales” con un léxico más sencillo hará accesible la literatura, las artes y la cultura para la clase baja; no dejará de ser literatura relacionada con lo culto, será ahora un arte al alcance de todos. Escribir para que me entiendan todos, no para que me halaguen unos cuantos.

 

Bibliografía

Andrea Navarro Abitú
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Notas

  1. Beatriz Urías Horcasitas, “El racismo y el clasismo, dos formas de discriminación en el México contemporáneo”, en revista digital Eutopía, 2014. Edición Nº 20, p. 8.
  2. Edward Sapir, “Lenguaje; una introducción al estudio del español”. Traducción; El lenguaje, México, Siglo XXI, 1956.
  3. Jesús Tusón Valls, “Las lenguas primitivas y su pobreza léxica”, en Los prejuicios lingüísticos, Editorial Octaedro, España, 2003, p. 74.
  4. Jesús Tusón Valls, “Lenguas pobres y excelencia literaria”, en Los prejuicios lingüísticos, Editorial Octaedro, España, 2003, p. 79.
  5. Gloria Andalzúa, “Hablar en lenguas: una carta a escritoras tercermundistas”, en Este puente, mi espalda, Editorial Ismo, Estados Unidos, 1988, p. 219.
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