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Circunvalación Nº 13:
el último paseo de Eduardo Liendo

viernes 4 de julio de 2025
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Eduardo Liendo
El haber contado con la amistad de Eduardo Liendo, el haber compartido sus inquietudes existenciales, su visión del país y su sentido de pertenencia a un entorno cultural irreductiblemente caribeño, me hace dar vivido todo lo soñado.

A diario, en el mundo nacen millones de niños. Parir es y seguirá siendo el más atávico de todos los atavismos: es, ni más ni menos, la regeneración de la vida. No obstante, cada nacimiento —cada bebé— implica siempre la maravilla del milagro más prodigioso; conlleva siempre el festejo de los mejores augurios. Al lado de semejante portento, como sombra agazapada, está el presagio de la muerte. ¡Nadie se acostumbra tampoco a la idea de que —como dice la canción— todo tiene su final!

Acaba de morir Eduardo Liendo, y yo sigo sin entender. Yo sigo atónita, tal como si no hubiera sido testigo excepcional de su transformación física por causa del Parkinson. Yo sabía que Eduardo estaba enfermo. Sabía de la disminución de su motricidad, pero también sabía de su lucidez. Una lucidez y un sentido del humor que nunca lo abandonaron. Todos sabíamos que, preservada dentro un cuerpo que empezó a jugarle en contra, estaba esa mente maravillosa, creativa y honesta. Esa mente literaria y política que nunca mermó.

Muchos sabíamos mucho. Todos sabíamos de su herida abierta por la partida de Yesca. Muchos lo acompañamos en el sentimiento por la desaparición física primero de Violeta Rojo y, poquito tiempo después, de Krina Ber. Dos extraordinarias mujeres que —en lo personal y en lo profesional— estuvieron hasta el final al lado de Eduardo. La vida me dio la fortuna —me premió con el privilegio— de ser parte de ese círculo de fraternal amistad. Y, desde hace años, no sólo he disfrutado de la obra literaria de este hombre sin igual, sino que he tenido la oportunidad de divulgarla, de analizarla, de recomendarla y de valorarla como bien se lo merece. Porque Liendo no sólo hizo de la ficción un espejo de su tiempo —si se me acepta el lugar común— sino también el reflejo de una impenitente condición humana oscilante siempre entre heroísmos y miserias.

Penetrar en la exploración de esa oscilante manera de estar en el mundo —entre heroísmos y miserias— fue, quizás, la fuente nutricia de la obsesión de Liendo por la figura del doble: el leitmotiv de toda su obra literaria. El anclaje temático para abordar —con humor, con ironía o con sarcasmo— temas espinosos como la omnipresencia de los medios de comunicación, la música, el cine, la política, la ciudad y la literatura misma. Porque la literatura como objeto de sí misma estuvo presente desde El mago de la cara de vidrio hasta Contigo en la distancia, y se hizo tratado ficcionalizado en Los platos del diablo, con el duelo ético entre Ricardo Azolar y Daniel Valencia (cara y contracara). Todas esas valoraciones acerca del gesto de narrar fueron, después, sistematizadas en el ensayo En torno al oficio de escritor porque Eduardo Liendo fue un maestro. Fue un tipo generoso que no se guardó nada y que, por lo contrario, fue capaz de aglutinar su saber en un libro que, como dijo Ana Teresa Torres, fue escrito “para personas que aman los libros, que son felices cuando leen [...] y es también un libro para aquellos que a lo mejor no han dispensado demasiado tiempo entre páginas impresas y un día, de pronto, por no se sabe qué razones, empiezan a pensar que a lo mejor el ejercicio de leer vale la pena”.

Haber conocido y tratado tan de cerca a Eduardo Liendo es algo que hoy, a la par que llenarme de profundo dolor por su partida física, me reconforta y me enorgullece porque yo sí creo —y siempre creeré— que él es un grande de las letras venezolanas. Y, aunque ya no vaya a toparme con él en la plaza de Los Palos Grandes, siempre me quedarán las memorias, los abrazos, las dedicatorias, su apoyo incondicional a mis actividades académicas, a mi sentido de la crítica literaria y su postrer y fraternal consejo: “Jamás permitas que nadie te haga dudar de tu talento”.

El haber contado con la amistad de Liendo, el haber compartido sus inquietudes existenciales, su visión del país y su sentido de pertenencia a un entorno cultural irreductiblemente caribeño, me hace dar vivido todo lo soñado... y soñar que él no ha muerto. Se fue de paseo en el Circunvalación Nº 13.

Eritza Liendo
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