Saltar al contenido

New York, New York

martes 3 de marzo de 2026
¡Comparte esto en tus redes sociales!
Nueva York
Ciudad vertiginosa, aquí los contrarios se tocan: la pobreza y la extrema riqueza, la vanidad y la sobriedad, el hampa, las mafias y la honestidad de tanta gente trabajadora. 📷 Maxine Dimanlig • Unsplash

El norte es una quimera

Me fui para Nueva York
en busca de unos centavos
Y he regresado a Caracas
como fuete de arrear pavos.

Luis Fragachán, “El norte es una quimera” (1928).

Voy con mi esposa y mi hija en un avión con destino a Nueva York. Tomamos el vuelo un caluroso día de julio de 2004 en el aeropuerto internacional La Chinita de Maracaibo. Hubo un retraso y llegamos al aeropuerto John F. Kennedy avanzada ya la mañana del día siguiente. Nos sorprende un aeropuerto inmenso pero eficientemente organizado. Al descender, con indicaciones precisas del personal de la aerolínea, buscamos las maletas y en muy poco tiempo estamos en posesión de ellas. Nos dirigimos afuera, al área de taxis. El chofer, al escucharnos hablar, nota que somos latinoamericanos y ya en la vía hacia el hotel nos dice que él es un puertorriqueño con muchos años de residencia en Queens, un distrito de clase media. No fue fácil llegar a Nueva York. Cada cierto tiempo iba a una agencia de viajes y preguntaba precios de boletos aéreos y hoteles. Nunca tenía el dinero completo. La chica que me atendía se hizo mi amiga. Había enamorado a mi esposa con mis fabulosas historias de Nueva York. Un día, apenas desayuné, después de tantos recortes económicos, contamos todos nuestros ahorros y volvimos a la agencia de viajes. Nueva York, esa suerte de mítica ciudad, por fin se nos iba a convertir en una realidad. Mi hija me hizo saber que toda su existencia provinciana quedaría pálida al lado de lo que iban a contemplar sus ojos. Estábamos felices.

Desde la ventanilla del auto, me impacta la ciudad con sus inmensos rascacielos, sus multitudinarias calles y avenidas, su gran cantidad de autos de lujo, sus inmensos buses y camiones. Sé que estamos en un lugar trepidante. Nueva York, pienso, mientras continúo observando el movimiento exterior, ha sido tenida durante muchos años como centro del mundo occidental. Venir aquí para los venezolanos de clase media como nosotros, habitantes de provincias, es como la conquista de un trofeo o el deslizamiento hacia un espejismo. No lo sabemos. Estados Unidos es nuestra órbita de referencia. Todo nos viene de aquí. Les vendemos petróleo y les compramos autos, ropa, medicinas, cosméticos, utensilios de cocina y del hogar y mucha comida chatarra. Noto a mi esposa y a mi hija contentas. A juzgar por la expresión alegre de sus rostros creo que están realizando un sueño. El taxi se detiene de pronto en una avenida muy transitada. Estamos frente al hotel Edison, donde hemos reservado. El taxista nos advierte que esto es en Madison Square. Al descender del auto una inmensa bocanada de humo expelida por un desmesurado camión de carga casi nos cubre por completo. Pronto observo que estamos en una de las vías más transitadas de la ciudad, suerte de intersección comercial y turística en el centro de Manhattan, quizás el distrito más famoso de Nueva York. Algunas imágenes de la película de Woody Allen vienen a mi mente. También, por supuesto, la ya lejana en el tiempo New York, New York, de Martin Scorsese, con figuras estelares como Liza Minnelli y Robert De Niro. El ruido exterior me aturde.

Aquí todo luce inmenso, a la medida de las grandes ambiciones. Venimos de un pueblo andino que tiene su vida alrededor de la plaza Bolívar y de la iglesia Catedral. Decir que Nueva York es una megalópolis es una obviedad, pero lo cierto es que en esta ciudad, por ser, entre otras razones, el principal centro financiero del mundo, se toman algunas de las grandes decisiones que rigen el planeta y que tienen particular impacto en las, por general, frágiles economías de nuestros países hispanoamericanos. Ciudad imperial, y ciudad de ciudades, Nueva York es Wall Street, Harlem, Manhattan, el Central Park, Brooklyn, Broadway, el Madison Square Garden, Times Square y muchas otras cosas. Ciudad vertiginosa, aquí, lo he visto en películas y en documentales, los contrarios se tocan: la pobreza y la extrema riqueza, la vanidad y la sobriedad, el hampa, las mafias y la honestidad de tanta gente trabajadora, el tráfico y consumo de drogas y la pulcritud de quienes viven al margen de los grandes negocios y del mundo del espectáculo. La calma, lo observo desde que llegamos, es una palabra inexistente o que no se pronuncia en los cientos de idiomas que aquí se hablan. No sé a dónde ir para escapar del ruido, del vértigo de las calles y avenidas. Todo lo que veo tiene una manifestación de industria, artificio, grandiosidad o refinamiento. Todo parece haber sido creado para el voluptuoso goce de los sentidos. Y para la ansiedad.

Entramos al hotel. Noto que es una antigua edificación de más de veinte pisos que ha sido modernizada. Felizmente aquí disminuye la sensación de tumulto y ruido, a pesar del movimiento de huéspedes, debido a la temporada de vacaciones. Nos dirigimos a la recepción y nos chequeamos. El lobby tiene un encanto particular debido a sus detalles de decoración art déco. Escucho a mi alrededor voces en español; seguramente son hispanoamericanos, como nosotros, que vienen en plan turístico, comercial o de negocios. Nuestro interés es conocer, vivir durante diez días el mito de Nueva York. La atención es amable y cordial, en perfecto español. Tomamos el ascensor que nos llevará al sexto piso. Mi esposa se asusta por un ligero temblor y ruido que hace al subir.

La habitación es sencilla, cómoda y limpia. Mientras miro por la ventana el espectáculo de una calle sumamente transitada, recuerdo que Nueva York sonaba en mi cabeza desde niño como una fantasía irrealizable. En todas partes veía imágenes de la gran ciudad: en la televisión, en el cine, en las revistas y periódicos, en la publicidad, en comentarios de personas que la habían visitado. Crecí alimentándome en su mito. ¿Cómo sería caminar por Nueva York?, ¿cómo serían sus tiendas de lujo?, ¿me encontraría por las calles con alguna actriz o actor famoso?, ¿cómo se vive?, me preguntaba. Llegué a amar y temer a Nueva York. La imaginaba húmeda y a veces invernal, pero siempre hermosa.

Parte de mi adolescencia había transcurrido entre episodios de películas norteamericanas en las que Nueva York era de algún modo un personaje misterioso, una ciudad asediada de gánsteres y criminales. Ahora estaba en medio de la fábula. Cuando vi la película Manhattan, de Woody Allen, supe que existía también una bella ciudad atravesada de puentes colgantes y de historias de amor, habitada por personas como uno, o como Marilyn Monroe, con conflictos existenciales y dramas amorosos. Una ciudad en la que había cafés y se hablaba de cosas interesantes, en la que todo podía ocurrir. Esa era la ciudad en la que ahora estábamos y que queríamos conocer. Quizás, pensaba, existían muchas Nueva York, cada una con sus propias historias de miedos y deseos. Cada una con sus mitos y ritos. Una babel de lenguas, de culturas, hecha en buena medida por inmigrantes que habían aportado cada uno sus personales historias de dificultades, fracasos y éxitos, que llegaban después de guerras o avatares de pobreza acariciando la mítica idea del sueño americano. En mi mente, sin embargo, no dejaba de rondar la imagen de los music hall y de los espectáculos nocturnos, tantas veces vistos en películas ambientadas en el Nueva York de la posguerra europea. Después de hacer algunas rondas por vías cercanas al hotel y de cenar en un restaurante chino, nos prometimos que al día siguiente visitaríamos el Empire State Building para tener una vista panorámica de la ciudad. Así fue. Apenas desayunamos nos dirigimos al Midtown Manhattan y ya estábamos en el mirador de uno de los edificios más altos de la ciudad, contemplándola y sorprendidos de ver incluso la propia Estatua de la Libertad. Vivíamos aquella pequeña dosis de felicidad que nos podíamos permitir como clase media de una nación petrolera. No nos imaginábamos que nuestro país entraría pronto en un torbellino económico, político y social etiquetado como socialismo del siglo XXI y que muchos venezolanos huirían de la crisis y la pobreza a aquella inmensa ciudad que se desplegaba ante nuestra mirada.

 

Nueva York para provincianos

José Martí, que vivió exiliado en Nueva York en los umbrales del siglo XX, anota en sus crónicas y ensayos, entre admirado y alarmado, el deslumbrante crecimiento de la ciudad, el enorme despliegue de tecnología y el ansia expansionista de Estados Unidos. Al lado de la prosperidad económica y la obsesión por el dinero, observa ya alarmantes signos de discriminación racial, de desigualdad social y de xenofobia. Años después, antes de morir, dirá como síntesis de su experiencia que vivió en el monstruo y conoció sus entrañas.

En 1929 el poeta español Federico García Lorca visita Nueva York. Vivirá la terrible experiencia del crack financiero en Wall Street, es decir, el desplome de la Bolsa de Valores que sumió a la ciudad en un enorme caos y dejó a millones de personas en la miseria. En cartas que dirige a sus padres y amigos les describe su fascinación y cierto terror ante una ciudad que se le presenta como grandiosa y descomunal. Producto de esa experiencia de soledad, angustia y extrañezas quedará la escritura, un tanto surrealista, de uno de sus libros más complejos y vanguardistas: Poeta en Nueva York, publicado cuatro años después de su asesinato.

En 1930 Nueva York, recuperada parcialmente del crack financiero, era la ciudad más grande del mundo. Tenía una población de siete millones de habitantes. Había desplazado en el ranking de las más famosas a París y Londres. El auge financiero, la industria manufacturera, la necesidad de mano de obra, el transporte ferroviario, la difusión del jazz y de otras variantes de la música y de la cultura afro y popular estimularon la inmigración y el turismo. Los latinoamericanos ya no iban tanto a París, Roma o Londres, preferían ir a Nueva York, a admirar rascacielos y a comprar novedades propias de la gran industria norteamericana: radios, fonógrafos, textiles, utensilios innovadores para el hogar y la cocina, lámparas, etc.

En Nueva York estaba todo lo nuevo, lo que rebasaba los límites de lo creíble. Lujo, goce, tecnología, espectáculos. Para esa fecha de 1930 el escritor peruano Federico Mould Távara está en Nueva York. Sorprendido por el vértigo de una ciudad en la que convergen ya todas las etnias, todas las modas y todos los espectáculos, a la par que las angustias y dramas de tantos millones de personas desarraigadas y sin centros de vida, confiesa su desencanto con respecto a la ciudad y la inmensa dificultad que tendría, aun viviendo muchos años allí, para comprender el alma del país.

Es el mismo desencanto de Henry Miller quien, aun habiendo nacido y pasado su infancia y adolescencia en Nueva York, la aborrecía. En esos años de la década de 1930, Miller, que ha vivido unos años en París, realiza un viaje a su ciudad natal. En su Nueva York, ida y vuelta, publicado en 1935, hace una crítica feroz a muchas de las costumbres y hábitos de vida neoyorkinos y más ampliamente norteamericanos. Casi cien años después yo podría decir algo similar: no podría vivir en Nueva York. Aunque en nuestra visita de apenas diez días no pudimos recorrer y conocer toda “la gran manzana”, sentí el agobio de la ciudad. Aunque admiro y ocasionalmente amo disfrutar alguna gran ciudad, debo confesar que Nueva York me aturdió. En sus calles y avenidas pobladas de enormes rascacielos no vi sino grandes multitudes, a la vez que capté la ansiedad de las personas y sentí un ruido ensordecedor. Imposible mirar el cielo. Me sentí infinitamente pequeño. El ritmo de vida es frenético.

Nueva York tiene un poco esa belleza del mal, algo de esa estética del horror que rodea al crimen, la soledad y las multitudes. Maravillosa, sin duda, en muchos otros aspectos: vanguardista, futurista, epicentro del arte y la moda. Nosotros, mi familia y yo, como García Lorca o Federico Mould, en sus respectivos momentos, como muchos latinoamericanos o extranjeros que allí llegan, venimos de pueblos o pequeñas ciudades de provincia. En estos lugares de provincia la vida tiene un ritmo más natural y apacible, pautado a veces por un tiempo vinculado a la pervivencia de antiguas tradiciones rurales, que mantienen una cierta aura sagrada presente en el arte ingenuo, en sus procesiones, en el fervor y la fe cristianas. Nosotros, en particular, vivimos entre montañas y ríos. Para volver a la calma a la que mi esposa, mi hija y yo estamos acostumbrados, fuimos a Central Park, evidentemente un oasis de tranquilidad en medio del torbellino de la ciudad. Volvimos a ver árboles, praderas, un lago y sobre todo gente caminando o disfrutando de los atractivos senderos o espacios verdes. Volvimos a respirar aire puro, a reconciliarnos con la naturaleza.

Al salir del Central Park, vemos de pronto, en una calle cercana, un vendedor de perros calientes (los famosos hot dogs). Inmediatamente me pregunto si un hot dog neoyorquino tendría algo especial, si estará revestido de un digno sabor particular que lo distinga y diferencie de los comunes hot dogs venezolanos. Invito a mi familia a degustarlos. Otra vez la decepción se hizo presente. Era un hot dog tan común como cualquiera. Había olvidado que estaba en el país de la comida industrializada, de los productos en serie. La gastronomía típica norteamericana, creo, carece de alma. Si le quitamos las salsas, el hot dog estaría insípido. Comida ultraprocesada, casi artificial, como tantos productos en serie propios del capitalismo industrial. Lo había instantáneamente olvidado y me dejé arrastrar por el instinto de curiosidad.

Mi amiga, la crítica argentina Graciela Montaldo, vive ahora en Nueva York con su compañero, el escritor Sergio Chejfec. Trabaja en una prestigiosa universidad. La llamo para acordar una cita. Quedamos en vernos al día siguiente en la mañana en el hall del hotel. Me duermo pensando en lo ajetreada que debe ser la vida de ellos en esta ciudad. Al amanecer desciendo de la habitación para dar una vuelta en los alrededores del hotel. Mi hija y mi esposa duermen aún. Me cuesta conseguir una calle más o menos despejada. Son apenas las 6:30 de la mañana y todo está ocupado por un incansable movimiento de personas, por el tránsito de vehículos y por el ruido y la contaminación. Debo esperar hasta las ocho para encontrarme con Graciela y su compañero. Camino por los alrededores del hotel. Decido regresar al hotel. Breve desayuno con mi familia. Cuando terminamos salimos al hall y allí estaban mis amigos esperándome. Decidimos ir a un café cercano. Apenas nos saludamos, noto que están un tanto apurados. En efecto me dicen que la conversación será breve pues tienen una agenda con muchas actividades y viven un tanto lejos del centro de la ciudad. Intercambiamos breves noticias sobre Venezuela y sobre la crisis económica y política que afecta nuestras universidades. Me dicen que tuvieron que salir del país porque con la llegada de Hugo Chávez al poder todo se complicó y Sergio perdió su trabajo.

Recordamos a algunos amigos comunes. Graciela me dice que está atiborrada de trabajos, que gana bien en la universidad donde trabaja pero tiene muchas tareas académicas y además debe entregar unos artículos críticos a algunas revistas y aún no los ha terminado. Sergio me comenta que está trabajando en el proyecto de una nueva novela, la tiene comprometida con una editorial argentina. Ambos se quejan de que no les alcanza el tiempo. Tomamos unos cafés, nos dan unos breves consejos turísticos y de inmediato se despiden. Cuando escribo esta crónica me llega la noticia de que Sergio murió en Nueva York. Imagino los terribles momentos que vivió Graciela.

Estamos ya en el penúltimo día de nuestra estadía en Nueva York. Converso con mi esposa y mi hija sobre qué hacer, a dónde ir. Nos sentimos un poco perdidos en una ciudad que nos sobrepasa en sus posibilidades de exploración, tal es su oferta cultural y turística. Leo en una guía turística que me facilitan en el hotel que se estima la existencia de más de 170 museos y una variedad de más de cien eventos musicales y atracciones de todo tipo cada día. Es abrumadora esta oferta como la que se encuentra en la cantidad de productos para el consumo que ofrecen los hipermercados, los malls, los centros comerciales o las grandes tiendas como Macy’s en el corazón de Manhattan o el Westfield World Trade Center. Nueva York es un inmenso centro de compras. Mi hija y mi esposa deciden por mí a dónde ir. Sin opción a la discusión optamos por volver a la 5ª Avenida e ir a conocer un poco de SoHo. Nueva York es la moda, el lujo, los malls, me argumentan.

En todo caso he entendido que las calles y avenidas son el primer y más vasto mural de Nueva York. No pretendo recorrerlas como un turista, me anima más bien el espíritu del paseante curioso. La visita al barrio chino me dio un pulso y una vibración distinta de la ciudad. Sus calles estrechas, sus mercadillos de frutas y verduras, su arquitectura singular, sus pequeños restaurantes asiáticos, ofrecen una perspectiva distinta. Aunque seguramente existen, busqué en distintas partes, infructuosamente, alguna bella librería, al modo de las que conocí en París, que me reconciliara con la tradición literaria y cultural norteamericana. Busqué infructuosamente y no la encontré. Más allá del lujo de las grandes tiendas de la 5ª Avenida, me habría gustado conocer el lado oscuro de Nueva York, en barrios como el Bronx o el East Harlem. “Tendrá que ser en otro viaje”, me advierte mi mujer cuando se lo comento, y “vendrías tú solo”, agrega. Necesitaría un Virgilio moderno que me guiara en el conocimiento de la bella y dantesca ciudad de Nueva York, esa otra ciudad que apenas pude entrever. De todos modos algo de ese horror de reino lujoso y maldito pude captar a través del smog, el ruido ensordecedor de calles sucias y del subway y a través del snobismo de tantas bellas y lejanas mujeres como las que observó el poeta José Juan Tablada paseando a lo largo de la 5ª Avenida.

Douglas Bohórquez
Últimas entradas de Douglas Bohórquez (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio