
David Franklin Noble (1945-2010), natural de Nueva York, fue un historiador crítico de la tecnología, la ciencia y la educación. Se desempeñó como profesor universitario en distintas instituciones norteamericanas (entre ellos, el MIT estadounidense y la Universidad canadiense de York).
Destacó por su activismo contrario a la supeditación de las instituciones públicas por parte de las corporaciones económicas (por ejemplo, la mercantilización de la educación online). Protagonizó pleitos, varios de los cuales le involucraron a él personalmente en tanto empleado. Rompió esquemas tradicionales al negarse a evaluar a sus alumnos pues así, entre otras cosas, los asistentes a sus clases vendrían sin presiones con interés real en aprender. El documental de 2013 David F. Noble: A Wrench in the Gears da buena cuenta de su vida.
A nivel académico, puso de relieve la presencia de factores económicos, políticos, militares e ideológicos que dan forma a procesos vistos cual neutros (el diseño industrial, la automatización, la gestión empresarial o management). Entre sus obras más importantes para la lectura del presente está La religión de la tecnología: la divinidad del hombre y el espíritu de invención, de 1997. Está editado en castellano por Paidós Ibérica, 1999.

La religión de la tecnología
David F. Noble
Ensayo
Editorial Paidós
Barcelona (España), 1999
ISBN: 9788449307805
298 páginas
David Noble es relevante porque constata que no vivimos en una sociedad secularizada. La modernidad no ha expulsado la religiosidad a reductos privados menguantes. No sólo porque resurja hoy día el sentimiento religioso y espiritual. O porque la mayoría del mundo, si adoptamos una perspectiva no etnocéntrica, jamás dejó de creer y el mito del desencantamiento weberiano es una narrativa estrechamente occidental. La razón es distinta.
Para empezar, partimos de la base de que el progreso científico y técnico es el verdadero mito. El tratamiento que los medios de comunicación, las empresas tecnológicas, e incluso gobiernos y organizaciones internacionales, realizan de la inteligencia artificial (IA), nos lo recuerda con frecuencia. Ello a pesar de que sus últimos usos militares, su centralidad en la contienda geopolítica, hayan moderado el discurso respecto a su potencial salvífico.
Sin embargo, Noble no acudió a la ya clásica crítica de Jean-François Lyotard de los metarrelatos en la postmodernidad. Su planteamiento es más directo y claro, más continuista. Fructífero para una época en la que no hay una mitología progresiva de la educación y la cultura ilustradas sino aspiraciones de transhumanismo y posthumanismo, de liberación informática y biogenética. Ahora para muchos ya no es cuestión de transformar nuestro Lebenswelt (mundo de la vida husserliano) sino de abandonar la Tierra para colonizar Marte, de asumir un destino de civilización galáctica.
Como su nombre indica, la tesis central de esta investigación histórica, prolijamente documentada, es que la religión y sus tropos han estado siempre detrás del desarrollo científico y técnico: la tecnología siempre ha estado imbuida de aspiraciones (cripto) religiosas.
Así las artes útiles, menospreciadas frente a las artes liberales por la concepción tradicional católica del trabajo como condena vil resultado de la caída, fueron, en determinado momento de la Edad Media fuertemente vinculado al milenarismo, elevadas por pensadores como Erigena, de Fiore, Roger Bacon, Llull, determinados franciscanos.
Las artes mecánicas se convirtieron en la fuente misma de la salvación espiritual al realizar el parecido divino del hombre (sólo masculino, como diremos): la imago dei. La exploración geográfica jugará en paralelo con esta redención técnicamente mediada pues los descubrimientos de la navegación (el Nuevo Mundo) confirmarán la profecía.
Algunos de los lugares, temas y nombres que recorremos son la magia renacentista, la alquimia, el utopismo, los rosacruces; Marsilio Ficino, Paracelso, Tomás Moro, Tommaso Campanella, Francis Bacon. El dominio de la Naturaleza (la restauración adánica) es prueba y avance hacia el Milenio.
Isaac Newton, Robert Boyle y demás luminarias de las sociedades científicas (cuyo paradigma es la Royal Society) representarán el tránsito de la imagen a la mente de Dios. El ser humano será copartícipe a través del modo de hacer de un Dios mecánico, matemático y trascendental. Se santificará en la cocreación divina.
Esta santidad pasará a los hombres espirituales del porvenir (decantados de las logias francmasónicas y militares): los ingenieros. Para Comte, estos armonizadores de la teoría y la práctica son los hacedores de la nueva religión para la humanidad. Edison, Faraday, los socialistas utópicos como Owen y Saint-Simon, Karl Marx...
Pero insistimos en que no podemos perder de vista la escatología. Precisamente, señala Noble, lo más contrario a la religión de la tecnología es precisamente la idea de progreso ilustrado indefinido, lineal, siempre idéntico a sí mismo. El milenio es (re)instauración, es ruptura.
Hoy profetas del transhumanismo como Ray Kurzweil lo llamarían singularidad.
La bomba atómica (alquimia nuclear), la exploración espacial (ascensión celestial de los mesiánicos astronautas, la búsqueda trascendental del proyecto Seti), la ingeniería genética (producir a partir del código eterno del ADN) y la inteligencia artificial. Sí, transcurridos prácticamente treinta años desde su publicación, el capítulo dedicado a la IA es premonitorio.
Para Noble, la IA se remonta a la res cartesiana. Es la realización del deseo de pensar sin el cuerpo, la encarnación de la mente inmortal de Dios, el pensamiento puro del cálculo matemático. El desprecio del cuerpo llevará a fantasías de transferencia de la conciencia al silicio. Internet pone su grano de arena al plantear la posibilidad ciberespacial, los universos netamente digitales.
Noble concluye que en toda época, los santos de la religión de la tecnología han estado vinculados al poder militar, económico y político. No se han querido arraigar con lo popular. De la misma manera, tal y como apuntamos antes (Noble tiene una monografía exclusivamente dedicada al asunto, en la que avanza varias de estas tesis, A World Without Women, de 1992): no admiten mujeres, las cuales se invisibilizan sistemáticamente en la construcción mitológica masculina, algo desgraciadamente consabido.
Se pretende el nacimiento masculino sin lo femenino percibido, el útero artificial. Las artes útiles, cuando no eran dominadas exclusivamente por varones por la estructura patriarcal preexistente, se ponen en valor sólo cuando se masculinizan y convierten en científicas.
La razón por la que la tecnología todavía hoy no logra satisfacer las necesidades humanas básicas se cifra para Noble en su función ideológica de ser la fantasía escapista de una élite tecnocrática hermanada con el poder socioeconómico y político. No buscar la redención de la humanidad en su conjunto. Ello, consideramos ya nosotros, sería humanismo.
El libro de Noble tiene sus carencias. No deja de ser un relato sólo atento al Occidente cristiano católico y protestante (Norteamérica, Europa). De la misma manera, llega en ocasiones a ser repetitivo en torno a su idea-fuerza de que la tecnología es mixtificación, lo cual es igualmente unilateral y excesivo.
Aun con todo ello, en una época como la nuestra, que cada vez más (ante el ascenso de los autoritarismos políticos y la vulnerabilidad ante la economía global) peca de lo contrario y centra sus esperanzas de utopía única y exclusivamente en la razón técnica (sin política y sin poesía, acciones creadoras y humanas), Noble es un interesante antídoto que merece la pena rescatar.
- ¿Por qué leer hoy La religión de la tecnología, de David F. Noble? - martes 11 de agosto de 2026


