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Conservo lealmente la memoria
De una arboleda dulce y apretada
En ascenso del valle a El Empalado:
Colina en que se apoya la mañana
Y amarra el viento celestial arrullo.
El Empalado —tiempo oscurecido—
Y boca de la trágica leyenda
Allí irrumpí al nácar
Como un elemento natural.
Con un vahído de criatura elemental
Con vaho recóndito de bosque solitario
Con el salto de fiebre liberada
Con que aparecen los manantiales
Susurrando y gimiendo entre hierbas y piedras:
Un río que comienza a correr y a cantar
En sucesión de relincho a trote heroico
A conocer el mundo
Lo que cursa
A conocer las noches y sus estrellas desveladas
Y los días con el aliento desmesurado de sus soles
A estallar en el rayo
Y precipitarse vertiginosamente en la tempestad
Para después conocer el sosiego del cielo sobre el remanso
La línea horizontal de la quietud
El nivel patriarcal
Aquella intemperie de truenos y crines flamígeras
Convertidas ahora en caballo cansado
y pavesas en la brisa.
Podría llenar todos los cántaros del mundo
de agua domesticada
Y repartir anchura a todas las rutas fluviales
Este sonido tan lento
Este latido esporádico
—Devastada limpidez convertida en pozo de evocaciones.
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