| Cuaderno de nostalgias | Heriberto Blanco |
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Heriberto Blanco Cagua, 1924 • Maracay, 1993 Una tarde de abril de 1989, Heriberto Blanco puso en mis manos los desvaídos originales de Cuaderno de nostalgias. Había olvidado ya cuándo lo había escrito; su minucioso sentido del orden lo había llevado, sin embargo, a mecanografiarlo a dos columnas horizontales para facilitar su encuadernación como si se tratara de un libro ya impreso. Sabedor de las rutinas implacables del tiempo, amigo feroz que ya le esperaba a la vuelta de cualquier esquina —había nacido en 1924—, esperaba que sus versos pudieran ver la luz en las páginas del periódico local, de cuyos espacios literarios me encargaba entonces. Pariente mío por la línea paterna, pintor de pinceles llameantes, crítico de arte sin concesiones y orgulloso estudiante en un extraño instituto de ciencias ocultas, Heriberto Blanco fue ante todo un gran nómada. Negado a nutrirse de la abulia de su entorno, muy joven se acostumbró a ir de su cuenta por los caminos boscosos que hace setenta años rodeaban a su Cagua natal. Pronto aprendió que esas correrías servían más a su educación como artista que la melancólica escuela local. En un gesto de resonancias iniciáticas, un día reunió todos sus libros e hizo una briosa fogata en el patio de su casa, para alarma de parientes y vecinos. Luego partió, y no volvería hasta muchos años después. Se sabe que vivió en diversos pueblos del interior venezolano y que en algún momento puso sus pies en París, tras la senda de sus colegas pintores. Pero volvió en poco tiempo, ignoro la razón, y siguió deambulando por su país. Un corrillo familiar lo ubica en el estado Bolívar hacia los años 60, y más adelante en Bella Vista, un caserío aledaño a Cagua desde el cual el atardecer arranca destellos dorados de la superficie de la laguna Taiguaiguay, pregonando el recuerdo de mejores días. Semejante recorrido lo convirtió en uno de los artistas más destacados de la región. Sus lienzos plenos de colores rutilantes y temas extraídos del imaginario aborigen fueron en su momento huéspedes recurrentes de algunas de las mejores salas de Venezuela. De entonces lo recuerdo en largas e incomprensibles conversaciones con mi padre —quien compartía su vocación artística— en un múltiple rol de pariente, amigo y discreto maestro. Quien haya leído los artículos de crítica de arte que hacia el final de su vida escribió Blanco, y haya llegado a apreciar su arte volcánico, tendrá en Cuaderno de nostalgias una perspectiva insospechada de su autor. Tal parece que Blanco aprovecha el lenguaje poético para sosegarse; la imagen colorida de sus cuadros se trastoca aquí en hojas, ríos, caminos. Escrito en la lejanía que le da la distancia o, quizás, sólo los años —pues cuando regresa a su terruño lo encuentra ardiente de concreto, industrializado, extraño—, Blanco menciona los nombres de sus correrías adolescentes en un intento por conjurar la nostalgia. Los caminos yacen negros de asfalto, y donde antes hubo haciendas de agrestes parajes —a las que recuerda con sus nombres llanos: Sabana Larga, Paraima, Casupito— hay ahora urbanizaciones con casas idénticas, carentes de zaguanes y de aleros que eran versos de dulzura. La Cagua que presencia en los 80 deja de ser la vieja casa, el viejo caracol dormido de antaño donde creció Blanco a la entrada de los aguaceros. El pueblo sigue estando coronado, sí, por el cerro de El Empalado, quizás porque la voracidad del hombre no ha podido destruirlo ni siquiera con los incendios cada vez más frecuentes, pero ya no hay barrancos con musgo, orquídeas y frías mapanares. Los viejos nombres de sus querencias —Bárbara, la abuela que le enseñó que es mejor no entender cuando nos odian; Rosa, la madre de manifestaciones elementales, creadora de delirantes muñecas de trapo, cuya imagen de quietud como un remanso acompaña el poema 14— se mezclan aquí con los de los prohombres que todavía resuenan en los nombres de nuestras escuelas: José Helímenas Barrios, Alcibíades Matute Sojo, Sótero Arteaga Miguelena. La publicación de Cuaderno de nostalgias ha sufrido una y otra postergación. Quisiera recordar que la razón fue lo extenso del material; doy más fe de mi propia negligencia y de la pronta muerte, primero, del periódico donde debía ser publicado, y luego del poeta. Mudanzas sucesivas amenazaron con la desaparición definitiva del cuaderno, que hallé años más tarde, al fondo de una caja de libros, mientras —como suele suceder— buscaba otra cosa. Tal es el camino de este libro, que se convierte ahora en un gran nómada para hacer justicia a su autor. Jorge Gómez Jiménez |
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