
“Eres el sueño de aquél en quien siempre florecen las palabras”.
Carmen Cristina Wolf.
Del libro Atavíos, Taller Editorial El Pez Soluble, segunda edición revisada.
Diecisiete poemas, 280 versos sirven en esta festiva ocasión para que Carmen Cristina Wolf exprese una emoción plural, un habla madura, unas letras afectivas que sirven para adornar de buena poesía su espíritu de mujer sensible y colega solidaria. En estos Atavíos la poeta desanda recuerdos, revive momentos y circunstancias, reconstruye los lugares fundamentales —la casa familiar, el jardín de las mil palmeras— que acendraron su madurez de mujer comprometida con su tiempo y con su prójimo. Confiesa Carmen Cristina que desde temprano se acostumbró a “vivir / con un pie en su morada / y otro en el infinito”.
Esta existencia —un aquí cercano y un allá lontano— le permite a la escritora entender lo ya preludiado y presentido desde muy temprano, que: “había un itinerario / en el centro del alma, era fácil sentirlo / casi imposible hallarlo persiguiendo las sombras”. Y de las negruras se apartó pronto la poeta para construir un mundo luminoso a la medida de sus esperanzas y expectativas acuñadas en 166 territorios de la pupila de su infancia para preservar —ya madura— el añorado “espacio de los pies desnudos / con cientos de caminos y tréboles irreverentes”. No podía faltar en sus versos, el otro, el tercero, el ajeno del que la emoción de la escritora se apropia con afanes libertarios, la otredad se hace presente en forma de amante y de amigos. Al amante, lujuriosa, incontinente, lúbrica, le confiesa que es “mejor un instante de atrevido sonrojo / a mil versos de sensata palidez”. A los amigos, a esos que son con ella, imprescindibles siempre al momento tanto de los logros como de las flaquezas, la poeta, generosa también en versos, les declara: “Amigo, amiga mía, / compartimos con gracia / algún secreto de mermelada caliente // Ríen de las tonterías que les cuento / y leen mis pequeños poemas // Pasos unidos en un manto de hojarasca / Abrazos que no deberían terminar nunca / Palabras que devuelven el coraje ante la muerte // Amigo, amiga, / refugio exacto para conjurar la desolación”.
No se le escapa a la sensible poeta el entorno político de la última década bolivariana, la espeluznante posibilidad de un destino monocromo, monótono y monocorde. Contra el pensamiento único y el color dominante se rebela la artista, y desafiante expresa que “estos versos no son para la siembra” en vista de que “un déspota no sabe el valor del silencio / el derecho a ser frágil / ni admite cercanía entre el clavel y el nardo”, porque de lo que sí sabe y quiere y pregona e insensatamente promueve el autócrata es: “Clonar gente con similar ropaje / que siempre doble el cuello y diga ¡sí!”.
Otra vez las manos, sus manos, llevan un registro de lo que ha sido, de lo que es y lo que será. En anterior oportunidad nos referimos a esos poemas en que la poeta —a través de sus manos— retrata las disímiles realidades de su feraz existencia. Una y otra vez vuelve por sus fueros y habla con sus polisémicas manos: interrogadoras, viajeras, acariciadoras, obreras, dibujantes, amorosas, hilanderas, prestas siempre a tomar el libro cómplice para contarle a los infantes ingenuos y solícitos que entre las palabras y su eterno ciclo aún habitan duendes traviesos y hadas buenas.
Pero hay más, mucho más y bueno en estos atavíos donde la poeta reviste su alma de espirituales e íntimos versos al alcance de la curiosidad de todos nosotros, leámoslos en lo que dicen y en lo que no, exploremos sus entrelíneas, atendiendo, sin embargo, a la expresa advertencia de Carmen Cristina: “No es tiempo aún / de encontrar el árbol del comienzo”.
(Del libro Territorios de la pupila. Ediciones del Centro de Estudios Ibéricos y Americanos de Salamanca, España, 2017).
- Carmen Cristina Wolf y sus atavíos del espíritu - sábado 16 de septiembre de 2017


