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Bea, mi compañera de pupitre

miércoles 31 de enero de 2018
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“De violetas, mares, cielos, laberintos y cartas and a selection of poems in English”, de Beatriz Pérez SánchezDe violetas, mares, cielos, laberintos y cartas and a selection of poems in English
Beatriz Pérez Sánchez
Poesía
España, 2017
80 páginas
Disponible para su descarga gratuita

Beatriz Pérez Sánchez se sienta a mi lado en “La Náusea”, la uni de Marian Raméntol. Eso sucede cuando viene a clase, quiero decir que a veces sí y a veces no, como todas las vírgenes con hijos y libros. Ahora acaba de publicar su segundo poemario, muy asilvestrado, muy castigador, muy culto, muy necesario. Porque una escritora debe publicar un nuevo libro sólo si este es mejor que el anterior: vive Dios que este lo es.

Beatriz Pérez Sánchez dice que escribe por escribir. Y que lo que más le gusta de este vicio son las dedicatorias. No le hagáis caso: en los últimos tiempos nunca vi una poeta menos inofensiva y abarcando más territorio. Con los libros pasa como con los besos. Lo importante no es la acumulación sino la voracidad. Hay muchos que pasan y se olvidan, hay besos como libros que soplan el fuego sobre el rugido secreto de un cráter. Después de dos libros (dos que yo le conozca) es seguro que Beatriz Pérez Sánchez sabe besar, y en este libro de ahora escribe mejor. Yo creo que estamos ya ante un manantial. Con ella sucede como con las femmes fatales. Te ofrecen un verso, te enseñan los labios guerlain de un poema, te engatusas y te dejas. Y ya no puedes salir del caos seductor donde se mueve como si fuese su casa. Y lo es. Tanto en español, como en inglés, como en catalán. Esa pasión multilingüe te chupa la savia de otoño, y renaces con ganas como un lector joven para esa macedonia literaria y distinta que ella te ofrece. Y así te dan las tantas, te olvidas hasta del aire que vendrá a tus pulmones por sí solo, no sabes muy bien si te has saltado una comida o dos enviscado en el libro que estaba en el buzón entre tapiceros, chinos, carrefoures y otras cosas tan importantes que te rodean a diario.

En De violetas, mares, cielos, laberintos y cartas, Beatriz Pérez Sánchez ya está limpia de algún vicio turco, es una amazona segura como un muro musgoso sin grietas, y entra y sale del libro escrito desde las sensaciones para llegar a un intimismo que a veces parece grácil, a veces parece virginal, y a veces parece transitorio. Porque se alza sobre sí misma y al hablarse nos habla con la sabiduría de una muchacha que acierta todos los cubos de Rubik que hay en el mundo. En ocasiones te apaga la lengua mientras escuchas “Mándame un beso / y el cuello se derrumbará hacia arriba”. Y has de estar siempre atento, con una alerta de niño ante la promesa de zapatos nuevos, porque su liturgia está llena de conejos que salen de las chisteras. Es lo que tiene escribir de pie y no esperar sentada en casa el pan nuestro de cada día.

Ya presentíamos que en Beatriz Pérez Sánchez había una poeta, ahora lo sabemos.

En este libro, Beatriz Pérez Sánchez se viste de ropa ligera, o se desnuda, para correr más libre y más montaraz y más anárquica. Me da la impresión de que ya alcanzó la madurez literaria para volver a casa a la hora que quiera sin que tenga que dar explicaciones o escribir cartas a media luz. Por eso sabe que puede pasar de una estancia a otra sin tropezar, y además sin mostrarse indecisa. Exterminó cualquier atisbo de timidez para escribir un libro donde va por los poemas con la firme conquista del ritmo de las violetas, un ritmo clamoroso que alcanza cuando para escribir se pone un anillo en el dedo. Y sin embargo cuando, bien avanzado el libro, llega a “Laberintos y cartas”, nos regala alguna prosa poética como “Te he pensado con las palabras de una poeta en la memoria” o “Palabras blancas”, o aquellas donde liquida su alma de amor con cava salado. Aquí está el ojo bien abierto de Virginia Woolf. Y cuando nos hemos acostumbrado a comer con esta paciencia, vuelve al ritmo y a las primeras maneras.

Y nada chirría. Porque no hay algo extraño en arrancar varias veces con la libertad de quien puede no seguir una carretera americana donde hay tantas líneas rectas y no crece la hierba, ni hay pueblos, ni hay gente, donde todo es lo más parecido a la monotonía del peligro de morir a solas. A Beatriz Pérez Sánchez esto no le ocurrirá nunca. Porque ya se ocupó ella de escribir para los vivos. Y la vida es también estar a gusto con un libro, y de repente sentir una sacudida. Se trata de un verso, de una frase, de una expresión poética que no te arrulla sino que te grita.

Ya presentíamos que en Beatriz Pérez Sánchez había una poeta, ahora lo sabemos.

Y también confirmamos que es diferente. Justo lo que esperamos cuando alguien llama a la puerta.

 

Beatriz Pérez Sánchez
En este libro Beatriz Pérez Sánchez se viste de ropa ligera.

Aquellos días

Importa aquello que nombras.
Tras ello me siento a esperar
la llegada de un invierno de primaveras.

Casualmente las sacudidas duran ocho tiempos,
salón de baile arrojado en sucio suelo.

Imperfecciones de ciudad,
caos en sano juicio.

¿Existirá un lugar que acepte
el abandono de esas luces?

Todos nos sorprendemos con facilidad.

No hay nada que no se rompa.

 

Al callar

Es como una partida al infinito exasperado,
enredos de volátiles ojos,
en el tiempo perdido.

¡Lanzas! ¡Lanzas!
Flores
y puertas

Dime,
claridad,
si callas cuando vuelves.

Mirada sin luz,
vuela ilusión abierta al cielo.

Imagino figuras

Declina al callar.
Inexplorable infinito.

 

Lies are names

Maybe, but just maybe, I am holding the thread.
When I received it, my fingers started to cry.

Shall I let it go?

The scar would have been shorter
but lies are names of countries.

Leaving my Australian dream
was not an American one.

If a star is not a star expectations remain down.

The circle is out, the maze was in.

We were lost.

 

A moment

We are stars:

a day
a moment
a daydream

but nothing at all.

Falling into the light,
I am afraid to rescue that piece
missing
but never again.

Moments

Fly,
Fly days

Fly fly away

We are stars
but nothing is heavier than lost golden circles.

Valentín Martín
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