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Teresa Iturriaga Osa, siempre más allá de las palabras

sábado 10 de agosto de 2019
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Presentación de “El oro de Serendip”, de Teresa Iturriaga Osa, con Tina Suárez Rojas y Antonio López Ortega
Tina Suárez Rojas (izquierda), Teresa Iturriaga Osa y Antonio López Ortega durante la presentación de El oro de Serendip.

El viernes 28 de junio fue presentado el libro de relatos El oro de Serendip, de la escritora española Teresa Iturriaga Osa, en un acto que contó con la participación del escritor venezolano Antonio López Ortega y de la filóloga y poeta Tina Suárez Rojas, de quien reproducimos hoy las palabras de presentación.

 

“El oro de Serendip”, de Teresa Iturriaga Osa
El oro de Serendip, de Teresa Iturriaga Osa (La Vocal de Lis, 2019). Disoponible en la web de la editorial

El oro de Serendip
Teresa Iturriaga Osa
Relatos
Editorial La Vocal de Lis
Barcelona (España), 2019
ISBN: 978-8494901591
93 páginas

Puede resultar ocioso a estas alturas iniciar la presentación de este libro, El oro de Serendip (Editorial La Vocal de Lis, 2019), aludiendo a la trayectoria vital y literaria de una escritora harto conocida y reconocida no sólo aquí —en esta tierra que ha hecho suya— sino más allá de nuestras lindes insulares, pero también supondría caer en el menoscabo no reconocer la proyección multifacética que Teresa Iturriaga Osa ha tenido como narradora, traductora, investigadora, una mujer enormemente comprometida y preocupada por todo lo que son las culturas y voces minoritarias, y que ha emprendido destacadas labores socioculturales dentro de lo que es el amplio ámbito de los medios de comunicación.

He dicho narradora, traductora, investigadora… y sí, también poeta. Teresa Iturriaga es esencialmente poeta. Y en este libro que hoy nos ocupa no deja de serlo, no abandona esa esencia de poeta. Todos los cuentos (como así ha querido llamarlos la autora) que reúne El oro de Serendip están impregnados de ese ethos poético que define a la escritora que vive en ella. Admito que esta afirmación, no obstante, tal vez ahora mismo pueda llevar a equívoco. Pero desactivemos todas las alarmas porque no es el caso: no estamos ante un engendro de prosa poética henchido de continente y vacío de contenido. Si narrar es el producto de todo un proceso psíquico difícil de explicar [que] está ligado directamente a la naturaleza del narrador (hago mía la reflexión de Julio Ricci, de claro sesgo lacaniano), es casi imposible —una vez iniciada la lectura— no percibir la naturaleza poética de quien escribe, así como no oler, no palpar, el humus poético del que brota lo aquí escrito. Hablaré de ello más adelante.

Se recogen en este libro un total de ocho cuentos que han formado parte de diferentes antologías, obras colectivas y revistas digitales en las que Teresa Iturriaga —siempre tan prolífica— ha colaborado. Conforman todos ellos una pieza literaria que ya desde la contraportada nos dispara su primer fogonazo de luz:

Perderse por las calles de París, cruzar el Atlántico en ferry o viajar en un vagón de fumadores atravesando el sobresalto de Despeñaperros… Cualquier lugar es perfecto para que el milagro se haga palabra en mi cuaderno.

Es una confesión emotiva, desnuda de artificios, hermosa en toda su sencillez que a cualquier lector ávido de impresiones lo invita a zambullirse entre estas páginas.

Todos los textos, incluso en los que no se hace referencia directamente al lugar de partida o al lugar de llegada, aluden a un rumbo, a un desplazamiento, a una travesía física o emocional. Y es esta idea la que me ha llevado a concebirlo como un libro de viajes en clave poética. Decía Pedro Salinas, en una de sus conferencias recogidas en forma de opúsculo titulado Mundo real y mundo poético (1930), que “toda la poesía es una inmensa traslación, es un ir de un lado para otro: de un lado, el que ven todos, del otro, el que sólo ven los poetas”. Y esa mirada poética en continuo tránsito de gata es la que la autora ha querido compartir con nosotros a través de ocho voces narrativas que nos hablan de países, ciudades, sitios muy concretos connotados casi siempre de magia y de ensoñación, como es el caso de París, Rabat, los desiertos de África, Granada, Jaén, Lisboa e incluso nuestra isla de Gran Canaria.

En cada relato, unas veces de manera explícita, otras implícitamente, se nos transmite una concepción animista de la realidad.

El hecho de que el título remita a un célebre cuento de la tradición persa —“Los tres príncipes de Serendip”, que también inspirara al ilustrado Voltaire o al gótico Walpole— justifica en cierta medida lo que acabo de expresar, porque precisamente “Los príncipes de Serendip” es una pequeña narración que se sustenta en el correlato de la travesía como proceso de aprendizaje, de lección de vida, que es lo que nos vamos a encontrar en los textos de Teresa.

Serendip es, como bien apunta la contraportada nuevamente, el antiguo nombre persa de la actual Sri Lanka, y del mensaje trascendido que el escritor británico extrajo del cuento, Horace Walpole regaló a la lengua inglesa la palabra serendipity (cuya adaptación al español es el neologismo serendipia), que viene a definir algo así como una feliz casualidad, un afortunado revés del destino. Y serendipiosas (sigamos con los palabros) son también las circunstancias que acompañan a las protagonistas del libro. En cada relato, unas veces de manera explícita, otras implícitamente, se nos transmite una concepción animista de la realidad: el mundo tiene alma, los paisajes hablan… como así lo reconoce la narradora de “El Mandala de Malick” cuando le insiste a su interlocutor (que la tacha de mística incurable) en que los lugares mágicos existen: (…) te he dicho mil veces que hay sitios así por todo el planeta (…). Allá tú… si te resistes a la evidencia… pero yo percibo cada vez más esa fuerza telúrica. Y desde luego, no a través de la razón (…). Una vibración me lleva y me trae (…), añade.

Subyace en estas páginas una constante necesidad de interpretar la sobrenaturaleza de la realidad, de ver más allá de lo que nos rodea, de rasgar el velo de Maya, y eso explica por qué las narraciones se centran en situaciones que ponen de manifiesto correspondencias universales o —si se prefiere— sincronicidades junguianas que son finalmente las que van a modificar el modo de ser y de estar en el mundo de cada uno de los personajes. Hay muchos enunciados, muchos pasajes que remiten a esto que comento y que nos traen reminiscencias de filosofías ancestrales (budismo, sufismo, taoísmo) y de los principios herméticos que interrelacionan la conciencia cósmica y la conciencia humana. Se nos habla de transparencias mágicas; mar de cadencias que se escapaba a toda lógica; juego del universo; coordenadas de lo inverosímil; el equilibrio circular, el presente reunido (…) mordiéndose su propia cola… esto último en alusión a la imagen simbólica del eterno retorno en forma de uróboros. El oro de Serendip nos sitúa pues ante toda una variedad de entornos, de ambientes en los que hay cabida para las transmigraciones astrales (en “Lavirotte al azar”), para los saltos en el tiempo (en “Hurto blanco”), para las simultaneidades —dentro de un mismo referente temporal— entre la realidad empírica y una realidad mitologizada (en “Yedra en vuelo”), o incluso para los juegos de alteridad (en “Tumulto de trazo y latido”).

“El violín y el oboe” es el primer texto con el que se abre el libro y también el único que se nos presenta con el acostumbrado ab initio de los cuentos tradicionales: Había una vez. Está narrado a la manera de una parábola musical, escrito en un lenguaje de hondura alegórica y, aun así, accesible a la interpretación del lector. Es quizás el que mejor responde al concepto de cuento a la manera antigua, por su enorme carga de ficcionalidad. En cuanto a los siete relatos restantes, me inclino a concebirlos como un todo, un corpus narrativo cuyo denominador común apunta a lo fuertemente enfatizados que aparecen el papel y la voz de la mujer. Unas veces en primera persona, otras veces en tercera persona, y en ocasiones alternando ambas, todas las protagonistas de este corpus van de la mano en su empeño —o incluso en la necesidad— de resistirse al vasallaje que representa tener que adaptarse al arquetipo del eterno femenino de las mujeres pasivas, de las resignadas, de las calladas… TODAS son mujeres que han aprendido a decir NO o que están en proceso íntimo de aprender a decirlo. TODAS son mujeres que han vivido o están viviendo una revolución interior que las lleva a encarar la vida desde la tenacidad porque saben o sienten que amar es combatir. TODAS son mujeres que han decidido que lo que para los demás es locura para ellas se llama libertad.

He aquí unos pequeños extractos:

El mundo despertará cuando deje de mirar por el oscuro de esa calavera que le engaña.

Iré a buscar el dibujo de mi boca a los arrabales donde habitas y no pararé hasta encontrarte.

Alimentándome de mi deseo, vivo, aunque mis budas me castiguen sin la inmortalidad. No me importa. Me río del Dios Aburrimiento.

Ante la indiferencia, ella va. Contra la corriente, ella va. Ella va, va…

Tenía que marcharme o terminaría por volverme cuerda del todo y eso sería mi muerte.

Romper los sueños y arrastrarlos a la realidad tiene un precio: la belleza. Y, desde el primer instante, nosotros decidimos soñar despiertos.

Ya era hora de encontrar su camino coralino incrustado en las rocas y hacerse una barrera natural en alta mar. Vivir en la frontera, entre la arena y la fosa, entre el agua y el aire como [mujer adiestrada], mujer salvaje. Una mujer que transmutara los fracasos de la vida en ozono interior.

Estos siete fragmentos han sido extraídos de cada uno de los siete relatos de los que he hablado, respetando además el orden en que aparecen: “Lavirotte al azar”, “Hurto blanco”, “El Mandala de Malick”, “Namoe”, “Yedra en vuelo”, “Tumulto de trazo y latido” y “Sin el dedo de Dios”. Son pues siete voces distintas que, sin embargo, así leídas pueden perfectamente concebirse como una misma voz. Desde el intimismo de la primera persona o desde la omnisciencia de la tercera, las siete comparten los mismos hálitos, los mismos ímpetus, las mismas incertidumbres, y no me resisto a imaginar a sus protagonistas engarzadas en un férreo vínculo de sororidad.

El oro de Serendip es un libro de cuentos, sí, pero un libro de cuentos hecho de materia sensible cuyas partículas elementales son de naturaleza poética.

Hay muchos hallazgos que destacar en El oro de Serendip. Es, por ejemplo, un libro variado en cuanto a paratextos porque las historias que aquí se cuentan no se agotan en su natural discurrir narrativo sino que el lector descubrirá que se prolongan muchas veces en forma de poema, de carta, de diario…

A todo esto cabe añadir las muchas referencias intertextuales (a los poemas de Rumi, al glíglico de Cortázar, a las cartas de amor de Rulfo, al Arte de la Guerra de Sun Tzu, al inframundo de la mitología griega, a Jean Paul Sartre) y los guiños culturalistas que reflejan un hondo conocimiento sobre todo de los conceptos doctrinarios del budismo (El Camino Medio, Las Cuatro Nobles Verdades, El Sendero Óctuple, La rueda del Dharma y el Karma).

En medio de este íntimo universo de realidades trascendidas, hay incluso hueco para la denuncia social:

(…) los había visto en las estaciones, en los metros, en los bancos de los parques de todas las ciudades europeas, Las Palmas, Lisboa, Barcelona, Madrid, París… Los sin papeles, inmigrantes de las antiguas colonias hacinados en los barrios periféricos, excluidos de las élites occidentales, llorando su fantasía del paraíso blanco. Pobres y osados concursantes, los nuevos esclavos de este siglo, estafados por un sinfín de ilusionistas al bajarse del cayuco. Amores rotos a pedazos por la pobreza y la distancia en medio del carnaval de muecas de los traficantes de sueños.

Imposible no reconocer la impronta reivindicativa de la propia autora.

Me gustaría concluir esta reseña volviendo sobre la afirmación que hacía al principio: El oro de Serendip es un libro de cuentos, sí, pero un libro de cuentos hecho de materia sensible cuyas partículas elementales son de naturaleza poética, insisto. En la escritura de estos textos resplandece el lenguaje, ondula una liricidad que al lector sensible no le pasa inadvertido porque a veces, además, esa liricidad trae los ecos de otras voces de poetas:

Mutante como soy tendrás que perdonarme también mis soledades (Lope de Vega y aquel “A mis soledades voy, / de mis soledades vengo…”).

Nadie sabe cómo llovió sobre mi corazón (Verlaine y aquel “Llueve en mi corazón / como llueve en la ciudad”).

Sí, amigo mío, es aún la vida, ¿y no es un sueño? (Caballero Bonald —a quien por cierto va dedicado uno de los relatos— y aquel verso final de su poema “Entreguerras”: “¿eso que se adivina más allá del último confín es aún la vida?”).

¿No se detecta hasta un guiño de complicidad al lector cuando la autora aprovecha el juego semántico al que invita su apellido?:

Estaba segura de que esos tres demonios lamerían mi piel de osa.

Creo, finalmente, que eso que llamamos el placer de la lectura viene dado, en este librito que no alcanza las cien páginas, por la armonía de los mismos cuatro elementos que menciona la protagonista de “Hurto blanco” cuando se queja a su ingrato profesor de danza de haberlos desperdiciado: Lo di todo por los cuatro elementos: tiempo, peso, espacio y fluidez. Pero no sirvió de nada.

A mí sin embargo me parece que han servido de mucho, en lo que a la confección de este libro se refiere, esos cuatro elementos. Porque trayendo un conjunto de cuentos dispersos y conectándolos uno a uno para darles forma de pieza unitaria, Teresa Iturriaga ha conseguido armonizar las dinámicas del discurso narrativo con los mismos elementos con que se armonizan las dinámicas de la expresión corporal: tiempo, peso, espacio y fluidez. El peso y la fluidez lo marcan el hecho lingüístico, una prosa dúctil, no exenta de belleza, por la que se desliza plácidamente la lectura. El tiempo y el espacio vienen definidos en cada una de las historias, y son el tiempo y el espacio los que obran el prodigio de convertirlas en una sola historia, puesto que siempre terminan aludiendo al mismo contexto: el de una realidad —la que nos rodea— que no es más que una proyección de nuestras creencias, pensamientos y emociones combinados. Sólo nosotros tenemos el poder de cambiarla, de nosotros depende atraer las serendipias. Tal es la moraleja de este cuento.

Teresa Iturriaga OsaSobre Teresa Iturriaga Osa

Escritora española (Palma de Mallorca, 1961). Es doctora en Traducción e Interpretación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Reside en Gran Canaria desde 1985. Ha trabajado en gestión y periodismo cultural, sociología, radio, poesía, ensayo, relato, traducción. Ha sido invitada a presentar los resultados de su investigación traductológica sobre el periodismo de viajes (tesis doctoral Filología Moderna ULPGC, 2003) en seminarios y proyectos europeos de la ULPGC, el CSIC y el Instituto Cervantes (Rabat y París). Ha dirigido proyectos literarios interculturales con voces de mujer. Ha publicado los libros Mi Playa de las Canteras, Juego astral, Revuelto de isleñas, Desvelos, Sobre el andén, Gata en tránsito, Campos Elíseos, En la ciudad sin puertas, DeLirium y El oro de Serendip. Ha participado en varias antologías españolas: Orillas ajenas, Hilvanes, Fricciones, Que suenen las olas, Ecos II, Doble o nada, Espirales poéticas, Madrid en los poetas canarios, París, Mujeres en la Historia I-II-III, Casa de fieras y Pilpil y mojo.

 

El oro de Serendip, según su autora

El término serendipia procede del inglés serendipity, neologismo acuñado por Horace Walpole en 1754 basándose en el cuento tradicional persa “Los tres príncipes de Serendip”. Su sabiduría ancestral nos invita a dejarnos llevar por los destellos del azar para descubrir la magia de la vida, ya que los protagonistas de este cuento aprendieron a resolver sus problemas gracias a su imaginación y su instinto. La lectura de los príncipes de Serendip —antiguo nombre persa de Sri Lanka— es una enseñanza para aproximarnos al misterio, a esas revelaciones que nos llegan a través de increíbles casualidades, coincidencias e, incluso, accidentes. De ahí que la existencia con su cincel nos vaya haciendo más flexibles para cambiar de rumbo aunque nuestro destino sea otro al salir del puerto. Porque, a veces, nuestra mente se empeña en buscar un tono concreto de cielo y, de repente, nos sorprende una tormenta o un arco iris de ventura. Todo es aprendizaje. Y, personalmente, el tesoro del azar me ha hecho vivir experiencias inesperadas y hallar historias que he querido reunir en este libro titulado El oro de Serendip. Perderse por las calles de París, cruzar el Atlántico en ferry o viajar en un vagón de fumadores atravesando el sobresalto de Despeñaperros… cualquier lugar es perfecto para que el milagro se haga palabra en mi cuaderno.

Tina Suárez Rojas
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