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Aniquirona o del cántico de la naturaleza

sábado 8 de febrero de 2020
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Winston Morales Chavarro
Publicado en 1998, Aniquirona es uno de los libros más reconocidos del escritor colombiano Winston Morales Chavarro. Fotografía: Pedro Mendoza • El Espectador

La Poesía es un camino sobre la vida. Siempre forastero, el poeta va cantando los paisajes del recorrido vital, amasándolos en la palabra íntima de la forma. Y como camino que se dibuja en las sensaciones del tiempo y en los sonidos del espacio, la poesía es, sobre todo, búsqueda, tierra fértil para la semilla de la revelación y para el hallazgo de un cosmos, a veces trascendental, otras, espejismo.

De esa búsqueda existencial vienen los poemas de Aniquirona. La naturaleza se hace, además de tránsito, poética, y el sendero infinito que la atraviesa, permite el renombramiento de sus elementos. Ya las piedras, las creaturas animales o el perfil del sol sobre las hojas, se despojan de su opaca realidad y surgen como imágenes de luminosidad mágica: los “pájaros que vuelan por las nubes / disfrazados de árboles y ríos” y las “mañanas / cuando llueven estrellas”, y “la brisa y la lluvia de los tallos”.

Aniquirona: poesía, afluente hacia el misterio, deidad de los sonidos y de la lengua.

Una antigua sabiduría va tejiendo el recorrido, como una savia que fluye hasta el medular de la naturaleza. Para el poeta, hacedor de los cantos iniciáticos, “hay una aproximación entre el lenguaje de los árboles / y el mío”. La poesía vuela hacia las ramas festejadas por los mirlos, escapa al “aire azul” y desciende como “las hojas que corretean presurosas”. Sólo la naturaleza posibilita la identificación interior, en ese “silencio musical” del camino, fundido, paradójicamente, “de palabras y de voces” y donde el “chasquido de paisajes” resulta “otra forma de ascenso”.

Pero la naturaleza cobija también la desintegración de sus elementos. A la tierra regresan los cuerpos, la luz final de la materia, las sombras. La muerte acecha y sobrecoge al poeta, y éste sabe que su tránsito es un puente tanto hacia la vida como hacia su término. Schuaima, la aparente clausura del recorrido, constituye el pretexto para describir una ruta vital, porque él presiente que el lugar, como destino, no existe, sino que es él mismo, todos los hombres, sobre el camino. Y que el único ritual frente a esa muerte vigilante nace de su palabra.

Aniquirona: poesía, afluente hacia el misterio, deidad de los sonidos y de la lengua, que puede transmutarse en mujer, en magia o en el fuego de las cosas, pero que será, por esencia, cántico de la naturaleza. ¿Qué río vadear, entonces, para llegar a la orilla, a lo trascendente? Viajar con el poeta por los bosques “de vientos y madreselvas” y de “viejísimos castaños”, uncirse en “la ceremonia de las flores” y cortejar la luz “en la respiración del aire”. Dejar que para siempre “la voz continua de la lluvia” golpee el camino y abandone al hombre en “la savia de los árboles”, a la sombra ancestral de la poesía.

Daniuska González González
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