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El cuervo posado en la ciudad poética
Sergio García Zamora. La poesía entre el símbolo y su ausencia

miércoles 19 de agosto de 2020
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“…He paladeado numerosas palabras.
Creo profundamente que eso es todo y que ni veré
ni ejecutaré cosas nuevas.
Creo que mis jornadas y mis noches se igualan
en pobreza y en riqueza a las de Dios
y a las de todos los hombres…”.
Jorge Luis Borges, “Mi vida entera”.

I

No puedo sino escribirlo, Sergio.

La poesía siempre me ha resultado un cuerpo honrado al que abrazarme en tiempos de vacío, de ausencia de mí misma, de cielo empedrado y gris, de carestía. Confieso que soy lectora voraz, pero el libro poético, la antología, las obras completas de los trascendentales habitantes del imago, sólo y es muchas veces este sólo, es algo a lo que me aguanto con fuerza cuando me precipito en caída libre o simplemente ya me desplazo a ras de suelo. La poesía es mi punto de apoyo, mi equilibrio, un bastón, momento de espera de la fuerza vital que me prepare a romper la gravedad y ponerme en vertical, en línea nunca perpendicular, pero al menos oblicua de la horizontalidad, connotada de malevolencias.

“Resurrección del cisne”, de Sergio García Zamora
Resurrección del cisne, de Sergio García Zamora (Entre Líneas, 2019) obtuvo en 2015 el Premio Internacional de Poesía Rubén Darío, que otorga el Instituto Nicaragüense de Cultura. Disponible en Amazon

Resurrección del cisne
Sergio García Zamora
Poesía
Publicaciones Entre Líneas
Miami (Estados Unidos), 2019
ISBN: 978-1086789287
80 páginas

Claro, cuando reservo la poesía para acariciarme las heridas que nunca sanan o para la lucha, como un alimento, como espacio y como cómplice, busco siempre en el poema mi anagnórisis y mi catarsis, y sólo me vale, al decir de los griegos, cierto areté poético, una fila de libros, de versos apilados, encuadernados y colocados como píldoras que siempre han de estar a mano y cada vez más, cuando ya se vaticina el medio siglo. Son recurrentes autorías, que se amplían poco y rara vez, no por hábito o adicción, sino porque sé que contienen mi placebo.

Pero quizá a los casi cincuenta ocurren esos descubrimientos reservados o una causalidad que me habita, ha demorado los encuentros. En menos de seis meses he puesto un tramo más en esa balda, dos mundos, dos nombres, dos nuevas razones para aferrarme. Dos poetas separados por el tiempo, por los espacios, por los momentos. El viejo joven y el joven viejo, que con la asiduidad de cada hora componen profundos mundos donde ellos liberan sus demonios, que son los que ahora devoran los míos. Sergio, tus versos y tu Resurrección del cisne, finalizando el espacio reservado, me ha devuelto una vez más, como antes otros, a la trepidante agonía que es para mí signo de que aún habito en la esperanza.

 

Cada poema de este libro, que está dividido en cinco cuadernos, me llevó a realizar anotaciones.

II

Cuando por fin decidí pasar la mirada sobre Resurrección del cisne, del poeta cubano Sergio García Zamora, cuaderno ganador del Premio Internacional Rubén Darío, agradecí mucho no haberlo “tomado a la fuerza”. Suelo incubar, siempre digo, los libros nuevos, un periodo pequeño, donde los observo, los huelo, no los abro, en un acto de acercamiento hasta romper su intimidad. Además, como expliqué, leer poesía es para mí, digamos acto de recogimiento y restauración personal, emocional, psíquica. Pero en este caso en cuestión, se aumentó el tiempo de conocernos, pues su lectura tuvo que esperar más de lo habitual. Me apremiaba la lectura de una buena columna de otros ejemplares de estudio y valoración, con la finalidad de escribir unos ensayos, preparar unas videoconferencias y otras acciones profesionales. Finalmente, y como me suele suceder, después de largas jornadas de lectura, escritura y estudio, se apoderó de mí una especie de oquedad existencial, un derrumbe de emociones encontradas y una fatiga intelectual demoledora. Entonces decidí enfrentarme al libro, con miedo, lo reconozco, pero tentada por la resurrección que proponía y por la recomendación de un amigo, buen lector y gran degustador de buena poesía.

Y no pude parar de leer. Pero no era una lectura que avanzara con ansiedad, sino una lectura detenida en el mismo poema, una y otra vez, para pasar al siguiente, y repetir el mismo ritual, de forma inconsciente. Parecía como si mis grietas necesitaran cada idea de cada poema para escocer, para doler y cauterizarse. Hacía tiempo, mucho tiempo que no tenía en mis manos un libro nuevo, un autor que, desde ya aviso, leí de él, después, todo lo que pude, que me hiciera sentir lo que yo llamo una epifanía. Sentí la tristeza más profunda, mezclada con una inmensa sensación de ascenso, de liberación; sensaciones para mí evidentes, después de ser lectora veterana, que a partir de este libro no sería la misma y que este cuaderno pasaría a formar parte, más que de mi cabecera, de mis textos nómadas, sin los cuales no suelo desplazarme, si el viaje implica más de quince días y cambios de esos que mueven mi suelo. Resurrección del cisne, me atrevería a asegurar, es uno de los más completos, complejos y logrados ejercicios poéticos de la literatura cubana de los últimos veinte años y, por qué no decirlo, un hito muy importante de la poesía hispanoamericana.

Cada poema de este libro, que está dividido en cinco cuadernos, me llevó a realizar anotaciones, desde expresiones de reconocimiento escritas hasta calificaciones dentro de signos de exclamación. Nunca una duda. Cada línea se desgranaba sin darte tiempo a una pregunta. La respuesta estaba diluida en todo el poema. Cada uno era un eslabón independiente. Un gran trabajo escritural de Sergio, que logra con cada poema culminar una especie de secuencia fílmica.

Si hay un arte que tiene una marcada filiación con la poesía, para mí es el cine. Incluso es un arte que tiene lenguaje y gramática, independiente de la obra escrita de la que parte, el guion. Y ese lenguaje cinematográfico propio de pasar palabras a imagen se sienta sobre las mismas bases que el lenguaje poético. Es un trabajo de orfebre, pleno de metáforas, de símbolos, de elipses, de tiempo fílmico que no se aviene al tiempo real; donde cada plano articula con el siguiente para narrar visual y sonoramente una minihistoria dentro del argumento general, que se comprende por la propia concatenación de estas narraciones en pos de una historia única y múltiple.

Sergio logra narrar una historia completa alrededor del tema de cada poema. Crea una trama que tiene puntos de inflexión y clímax, y además resolución del conflicto. Y al mismo tiempo es fiel al tema de cada cuaderno. Cada cuaderno está escrito siguiendo el mismo procedimiento, culminando con un tema común a todo el libro y la vivencia metapoética del autor, que como un narrador omnisciente dialoga con los personajes y dialoga contigo, con una especie de ubicuidad, y da la sensación, cuando lees, de que en cierto momento vira la cara hacia ti, te habla y te propone formar parte del juego poético.

 

Sergio no hace una lista de influencias, sino que se concentra en escritores que llevan en sí una relación con otros.

III

Vayamos brevemente recorriendo cada cuaderno de Resurrección del cisne. El primero, homónimo del título del libro, hace un recorrido por las filias poéticas del autor y prologa el momento poético en que se encuentra. Un momento de compenetración con lo simbólico, con la búsqueda del inatrapable verso conciliador, con lo cual ya Sergio se presenta ante nosotros con la madurez poética que deriva de saber que justamente la eterna búsqueda de ese ideal es precisamente el motor de impulso de una carrera consolidada, ahora ya desde una incorporación existencial al arquetipo poeta. Ese ímpetu de progresión y ese logro de un lugar estable, aunque agónico, quedan evidenciados, para mí, en la figura del ave, afín a una serie de escritores nombrados y otros que identificamos, justamente por la especie de pájaro, caso del albatros, cuando escribe en el poema “Manera de mirar a Wallace Stevens”:

(…) ni que decir un albatros: esos pájaros son para borrachos y opiómanos (…).

Una clara alusión a Baudelaire, cuyo poema II de Las flores del mal es justamente el llamado “El albatros”. La alusión al opio remarca más al poeta ausente, también por la recurrencia de Baudelaire a este “fármaco” como cura o alivio al spleen o melancolía, que padecía. Y también porque Sergio dedica dos poemas al cuervo de Poe, siendo Baudelaire fuertemente influido por Edgar Allan y su traductor a lengua francesa. Sin embargo, y es algo que me estremeció a nivel conceptual, Sergio no hace una lista de influencias, sino que se concentra en escritores que llevan en sí una relación con otros, y que él prioriza en conversación a lo largo del libro, dando una solidez que sólo deviene de aquello que es síntesis perfecta y al tiempo emanación de múltiples confluencias.

Todos los poemas de este primer cuaderno recogen un autor pero, además de mostrar cierta filiación con lo literario, estos autores representan aristas emocionales, estados, decisiones, que van conformando la historia personal de Sergio como escritor y más aún como poeta. Y sobre todo, y esto se mantiene a lo largo de todo el libro, representan estados morales estereotipados, fuertemente rechazados en cada tiempo y aun en el presente. Temas como el suicidio, la muerte prematura, la consagración literaria, la locura, la ideología, la sordidez, el fracaso como cruz de ceniza, de los malditos poetas o poetas malditos. Cierra este cuaderno, que yo diría de presentación al lector, con “La usura”, un poema formal y conceptualmente perfecto, donde dice:

(…) Ezra Pound, partidario de Mussolini, acusado de alta traición, te dice: “Con usura no tiene el hombre casa de buena piedra” (…) Ezra Pound, viejo zorro, ojalá te pudras en el manicomio, acusado de inhumano con tus poemas llenos de humanidad (…).

Hace aquí una declaración de principios, una marcada gestualidad de Sergio García Zamora, en el ámbito de una confesión, donde se posesiona sin ambages, temerario gesto si tenemos en cuenta que a Ezra Pound, extraordinario poeta, se le ha juzgado más por su filiación ideológica que por la inmortalidad de su obra. Y no lo hace ya desde ese Sergio anclado al evento, disintiendo de la oscuridad de su momento y de su espacio, sino desde el poeta que comprende que lo eventual es un pequeño incidente repetido hasta el fin de los tiempos. Sergio García, para mí, se separa definitivamente de la prédica urbana para convertirse en nigromante de altas voladuras.

En el segundo cuaderno, Las cárceles y las manos, somos voyeurs de privilegio de una transformación en Sergio. Si puerilmente quisiéramos resumir los poemas de este cuaderno, diríamos que habla de la libertad. Sin embargo, en esa especie de punto de inflexión, el poeta habla más del cautiverio y el desasosiego interno del escritor, que se niega la paz, en pos de una tiranía mesiánica consigo mismo. El acto de escribir fuera del éxtasis, acurrucado en la oscura madrugada que precede cada buen verso. Habla de los místicos, los autores que recibieron a Dios y aun así no bastó para frenar el acto creativo. Sus cárceles, además de monasterios reales, eran la discusión con su propia alma poética, asumida como el acto soberbio de no callar.

(…) Siempre reprochaba en mi fuero interno al carmelita: Quien vive en tal éxtasis, no tiene derecho a confesarlo. Para mi paz hubiera arriesgado la soberbia de escribir (…).

Sergio habla de san Juan de la Cruz, como habla después de fray Servando Teresa de Mier, fraile dominico que fue acusado de herejía y blasfemia ante el Santo Oficio, al que nombra “El alucinado”, título del poema que le describe:

(…) Fray Servando Teresa de Mier, preso en el fuerte de San Juan de Ulúa, estalla en risa. Su risa franquea los muros, burla los fosos y sube al cielo. Uno de los carceleros, tembloroso, se persigna (…).

En “Calabozo”, redondea el concepto de prisión poética, incluso crea con buenos versos los barrotes, en su decir. Y convida a un grupo de escritores, grandes reos de prisiones frías o reos de la escritura

(…) Francisco de Quevedo, fray Luis de León, fray Servando Teresa de Mier, Federico García Lorca, José Martí, Gérard de Nerval, Paul Verlaine, Guillaume Apollinaire, Albertine Sarrazin, Oscar Wilde, Honoré de Balzac, Miguel Hernández, César Vallejo, Ezra Pound, Ossip Mandelstam… Tantos y tantos. Vamos a necesitar una isla para mantener encerrados a todos, pensé (…).

Todos y cada uno denostados y vilipendiados por sus vidas y años de obras condenadas al ostracismo. Continúan, cómo no, con dos poemas dedicados a Oscar Wilde y Anna Ajmátova, dos presos de terribles circunstancias. Sergio se identifica. Sabe de ser transparente, sabe de omisiones, sabe de silencios críticos, sabe cuál es la peor prisión de los poetas: no escuchar pronunciar sus versos, más que por su propia voz entre los barrotes que convierten en celda su cabeza. Sabe del exilio interior y de ser profeta en tierra ajena. Su conversión a místico herético. Y sabe que eso, todo, es también parte del precio, rasguño y herida con que han de pagar los elegidos. Dedica un canto a otra rea más allá de los barrotes, presa del momento, de la historia, del pecado, sor Juana Inés de la Cruz.

En el tercer cuaderno, Un hombre con un dolor, Sergio se centra en los aspectos de su vulnerabilidad.

Sin embargo, el cuidadoso trabajo del concepto de este cuaderno es realmente magistral. Sergio García abre el cuaderno en una cárcel cualquiera, con la imagen de las manos libres de un preso que las pone fuera de los barrotes, hablando de ese resquicio de libertad que siempre debe ocurrir, aun en las más horribles celdas, para intercalar, en medio de la masa informe de gigantes manos pintadas por Guayasamín y de renombrados barrotes, una imagen desconcertante en “Arte de vida”, cuando recordando aquellas manos primeras dice:

(…) Lo más difícil de domesticar son las manos, dicen los maestros del fingimiento. Teatrales deben ser, pero no demasiado teatrales. Lo más difícil es escribir, digo yo, sobre las manos de Víctor Jara (…).

Imagen única que nos prepara para el tercer cuaderno, donde Sergio García continúa el viaje iniciático hacia la grandeza.

En el tercer cuaderno, Un hombre con un dolor, Sergio entra en una dimensión diferente. Se centra en los aspectos de su vulnerabilidad, asociado a un dolor que, si bien otros asumen como pose, él comprende desde el suyo propio que sólo puede hacerlo visible, y camuflarlo a la vez en lo que escribe, en el acto final de la creación, la obra. Toca el tema de lo superficial, del juicio abstracto, de la desvalorización de la postura que él asume. Aquí trata de ser más visual y, en esas filiaciones o símbolos a los que recurre en todo el libro, toca su turno a los pintores, aunque abra el cuaderno, después de una controversial definición del dolor creativo como postura de hipocresía social en el poema “Un hombre con un dolor”, con “Cumpleaños de César Vallejo”. El escritor peruano, para Sergio García, es la representación del artista como recipiendario del dolor humano, por el carácter comprometido de la vida y obra de Vallejo. Y busca en esa suerte de juego infantil, primero, participar del mundo poético que hereda Vallejo a muchos poetas latinoamericanos, y segundo, precisar quizá de manera humilde en relación con la altura de este libro, su inicio, desde el punzante ardor de la nostalgia.

(…) César Vallejo estaba lleno de dolor como una piñata mexicana. Era el cumpleaños doloroso del Hombre, los poetas eran los niños invitados a la fiesta y los niños siempre quieren llevarse un dolor a casa. Las personas mayores velaban que cada poeta agarrara su dolor sin disputarse el dolor ajeno. A mí que todavía soy un niño, me tocó en suerte el dolor de la nostalgia (…).

Dedica un poema a otra figura del dolor, Frida Kahlo, artista de dolor físico y dolor existencial durante toda su vida, y cede a revelarnos cómo ante el dolor provocado por el arrinconamiento social y de los gestores de la creación, la respuesta del artista se reduce a escapar y no embestir, a dejarse herir en la esencia de la obra, con silencios oportunos, y toma para ello un cuadro muy singular de Frida:

(…) Cruza el ciervo que eres, alcanzado por nueve flechas. Ni poético ni místico ni profético. Sin la mirada doliente, el ciervo cruza. Su dolor es anterior a los rieles, anterior a los tranvías, anterior al metal perforador de cuerpos, anterior a las salas de operaciones quirúrgicas (…).

Un dolor ancestral, el dolor de crear sobre su dolor, anterior a la laceración física, para decirnos:

(…) Acaso pudiera devolver sus nueve puntas por sus nueve flechas. Herida por herida y dolor por dolor. Pero su herida es anterior al hombre, su dolor es anterior al hombre (…). Sin la mirada doliente, cruza el ciervo. Nadie. Sólo Frida (…).

Después dedicar poemas, que circulan alrededor del tema de lo superficial, usando a Botero y sus gordos para expresar la ausencia de una forma física, en un mundo donde todos son iguales y la gordura no es un mal pues no se puede comparar por la ausencia de otra forma; habla de su identidad escondida, oponiendo su deseo a verse como un cuadro de Magritte, donde la ausencia de rostro y la igualdad del vestuario exterior cosifica la masa humana; habla con Godot sobre la larga espera de ser reconocido a través de su obra, espera que dedica a la disciplina. Aquí viene después un poema extraño, “El camionero y yo”, donde Sergio desacredita la fatuidad del juicio, cuando un camionero escucha en su supuesta presencia poemas de Charles Bukowski en la radio, disfrutando de esa realidad del poeta consustancial a él, y dejándonos esa idea del arte en su papel redentor, siempre que exista alguien que se identifique con él. Realismo sucio de una descarnada vivencia, convierten al camionero en un lector gustoso, ante la expresión de asombro del alter ego de Sergio que cruza la duda hasta el final de la escucha y ante su pasmo:

(…) Después pusieron música y el camionero se colocó sus gafas. Estos programas de radio, gruñó, nunca sirven para nada. La primera vez que escuché un poema, un poema de Charles Bukowski, fue mientras viajaba a casa. Un camionero nos puede engañar (…).

En La educación tardía, cuarto poemario, la acción de Sergio se centra en esa ambivalencia propia de muchos creadores que no vienen de una familia de creadores y que sin embargo logran forjarse su propio destino, y aquí la familia se amplía en muchos poemas a la acción castrante de la enseñanza, cuando pretende instruir por medio de la copia mansa, del repetitivo eco de otras voces, y coartan la pasión sentida, primigenia del artista. Toca aquí el tema de la incomprensión social, que empieza en el desvío familiar de la vocación hasta la educación artística, puro señuelo de la sociedad para aplastar cualquier gesto de creatividad disidente, exclusiva, cualquier gesto de emancipación creadora. Y nos habla de la moral y la trascendencia de un artista. Moral relacionada con la sociedad como masa amorfa y represora, descontenta del progreso ajeno, que sólo se esconde en el juicio ético por la incomprensión ignorante de la proporción estética que acompaña toda obra. Habla del sinsentido que como ruido blanco capta el censor, que no es más que la mancha oscura de toda esa masa retardataria.

La muerte es para Sergio aquí consustancial a la creación, muerte de ideas, muerte de estilos, muerte de discurso, muerte del tema.

Habla en resumen de los incomprendidos, que son todos aquellos creadores que van siglos por delante de su tiempo, y yo diría que lo siente Sergio García en sí mismo el peso de todos ellos más el suyo propio. Nos va desgranando todo esto a través de insignes desconsolados: Marcel Proust, Remedios Varo, Leonora Carrington, Max Ernst, Marinetti, Caravaggio, los fauvistas con Vlaminck a la cabeza, Louis Armstrong, los niños prodigio de la música en un especial encuentro en el cielo, dándoles Dios el privilegio de hablar con él, siendo, según Sergio, Dios también un niño prodigio. Acto seguido se suma él mismo al privilegio, usando la gran metáfora del tiempo en que desarrolla el encuentro de los prodigios con Dios con su nacimiento, un siglo después, y termina hablando de la instrucción malsana, que extermina infancias.

(…) Como Dios también fue un niño prodigio les concedió el privilegio. Entonces los genios declararon lo indecible: jamás se escucharía su música en el paraíso si Dios no les devolvía la infancia que nunca tuvieron (…).

Entramos así en el quinto y último cuaderno de Resurrección del cisne, Las jaurías de la muerte. Y el tema de este último cuaderno, como si Sergio asumiera la escritura como un perpetuo acto iniciático, dándonos el anticipo de nuevos trozos de poemas, es la muerte. Pero no la muerte como un proceso de desaparición física, sino algo más trascendente, una muerte en cada creación, silenciosa, tranquila, la muerte como motor de la creación y de la humanización primera, el verbo. La muerte es para Sergio aquí consustancial a la creación, muerte de ideas, muerte de estilos, muerte de discurso, muerte del tema, muerte de la vida, muerte en favor de una luminosa muerte renaciente. La resurrección de lo muerto en obra. Así lo expresa en “Caballos de Vladimir Vysotsky”:

(…) Hubo un tiempo en que nuestra vida parecía depender de estas cosas. Sobre el rescate como sobre la resurrección de los caballos poco o nada se sabe, pero quien logre azuzarlos con vigor en la página, siempre los tendrá de vuelta (…).

Habla de la muerte metafórica como creadora de cosas nuevas, como cambio, como precursora de insuflarle a lo hecho universal, el alma de los nuevos tiempos, sin parricidio artístico, sino como hijos pródigos de lo creativo:

(…) Desde su estreno integral en el Teatro Mariinsky, cuando Petipa e Ivánov alcanzaron la perfección, nadie hubiese esperado un milagro. Algo nuevo se debe hacer, aunque sea siempre la misma función (…).

Esto lo dice en “Inicio y cierre de temporada”, refiriéndose al estreno de El lago de los cisnes, animal emblema para él, en la resurrección que propone, justo como un gesto de mirar al pasado grande poniéndole la mirada y el énfasis en extraer un gran presente.

En “Eternidad para Vaslav Nijinsky”, hace un canto a la universalidad del arte y el reconocimiento de los nuevos artífices del pasado glorioso, aunque doloroso para sus protagonistas. Presenta con fuerza su idea de la reverencia desde un acto iconoclasta de realidad y mejora, de superación de lo que ya en su perfección es casi insuperable. Pero es esa la condición del artista que Sergio García va desgranando en todo el poemario con la llamada a los grandes héroes artísticos del pasado al tiempo que con ellos levanta esta obra de extraordinaria calidad poética desde el aquí y el ahora, superando cualquier apego al regionalismo temporal y a la circunstancia emergente. Y continúa, cerrando esta idea, en “Memoria de Isadora Duncan”, cuando, en bello epitafio, la eleva más allá de la eternidad:

(…) Sin embargo, ¿qué puede la Muerte contra Isadora Duncan? ¿Qué puede la Muerte contra una mujer cuando esa mujer es la danza de la vida? (…).

 

IV

Es para mí un hecho, al tener la oportunidad de revisar este libro desde el placer de la lectura y la anuencia de esbozar un resumen lo más objetivo posible de su gran significado, que Sergio García Zamora es un acontecimiento poético muy aislado del discurso poético cubano actual, y una gran celebración para las letras hispanoamericanas, no sólo por la monumental coherencia creativa evidente en este libro, sino porque es un poeta totalmente maduro, limpio de las intempestivas variaciones temáticas locales, ancladas, a mi criterio, en el especio poético al menos, en lo que llamó Virgilio Piñera “la maldita circunstancia del agua por todas partes” y todo lo emergente, efímero y coyuntural que de ello se deriva.

Es incuestionable la calidad de la escritura cuidadosa de cada poema y la conciliación que, entre todos, logra darle a Resurrección del cisne la nominación de obra completa.

Sergio, sin evadirse en la poesía, y tocando aspectos de su realidad cotidiana, es capaz de hacerse oír en cualquier espacio. No evita lo incisivo, lo crítico, la crudeza de la de la vida, sólo que es capaz de elevarse sobre sus circunstancias y leer desde la altura de lo universal los problemas y conflictos del hombre que es, de su época y de su lugar. No busca la facilidad de lo evidente y se esfuerza por establecer un diálogo con el lector en clave humanista, desafiliándose de lo contingente, para analizar la cuestión de la vida, el arte y la poesía desde el lenguaje afín a quienes nos gusta imaginar lo ausente. Es esa una de las cualidades que más me asombran de este libro, justo en la ausencia, en la oquedad, en lo vacío, comprendemos ese instante vital que es Sergio García Zamora.

Da la impresión de que Sergio se mira en un espejo que ha dejado caer, y en los fragmentos su imagen distorsionada nos conduce por intrincados laberintos emocionales. Pero ese reflejo no es sólo su imagen. En acto de desprendida generosidad, Sergio compone sus poemas dándonos trozos continuos que nos permiten vernos reflejados, más allá del hoy, aunque y paradójicamente Sergio García escribe desde su ahora.

Es incuestionable la calidad de la escritura cuidadosa de cada poema y la conciliación que, entre todos, logra darle a Resurrección del cisne la nominación de obra completa, de exquisita factura tanto formal como conceptual. No quiero hacer valoración alguna de terreno filológico, pues creo que la poesía que conlleva a despertar las emociones en pos de un análisis de tu existencia y del fluir de la vida donde estamos inmersos, es de por sí buena poesía, independientemente de cualquier sentencia crítica de corte académico.

En un mundo permeado de emergencias, de egoísmo, como exaltación del ego, de grito, de recurrencia a lo escatológico, a lo sucio del lenguaje para sobresalir un poco del rebaño escandaloso, Sergio García Zamora nos desgarra la piel desde un auténtico silencio reflexivo que se siente a lo largo de toda la lectura. No busca imponerse, no quiere rechinar o resplandecer encegueciéndonos. Busca, y así lo siento, el espacio más tranquilo y perturbado de nuestra alma para, como un discípulo hacendoso, convidarnos a la ausencia y a la sombra.

Virginia Ramírez Abreu
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