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Ahora que me habitas, de Adolfo Marchena

miércoles 17 de agosto de 2022
“Ahora que me habitas”, de Adolfo Marchena
Ahora que me habitas, de Adolfo Marchena Disponible en Amazon

Ahora que me habitas
Adolfo Marchena
Poesía
Ediciones Passer
Madrid (España), 2022
ISBN: 978-8412508178
162 páginas

Ahora que me habitas. Un poemario donde su autor, Adolfo Marchena, gasteiztarra, nos presenta la vida de un hombre al que prometió mantener su recuerdo vivo a lo largo de la historia. En cada poema que conforma este libro está presente Fermín Marchena, su padre.

Adolfo, como ya hiciera Miguel Hernández en su elegía a Ramón Sijé, se enfrenta a la muerte con un grito desesperado que pretende invocar la memoria de su progenitor. Así la primera parte del volumen, donde se muestra del todo impotente ante el monólogo de la parca antes de llevarse a su ser querido, el mismo que sueña con el mar tan azul como las paredes de esa habitación fría de hospital, que espera también su último suspiro.

Cuando las aguas
descienden por las vertientes
azules de un hospital
y su canción triste,
al otro lado, tu habitación
encierra los símbolos,
esos indicios que los ojos
cerrados esconden, como
un libro de poesía, un autor
desconocido que grita
en su intemperie de adoquines
que es necesario alzar el puño
y destrozar barreras

Podemos observar en los poemas de Marchena una estructura de estilo propio que caracteriza su poética: versos cortados al arbitrio de un desorden bien aprovechado en donde a veces es difícil contener una lectura lineal, lo que no resta un ápice el buen hacer y la sutileza con la que maneja su pluma. Quizás en un principio nos parezca erróneo este tipo de escritura, pero tras su lectura, cada verso va marcando los silencios donde el autor nos invita a descansar e interiorizar una vida, a veces, truncada por los designios de unos años convulsos, como fueron los de la guerra civil y la posguerra que tuvo que vivir Fermín.

Aunque este libro no tenga partes diferenciadas, sí podemos observar en su estructura varias fases.

En una segunda parte, por enumerar, a mitad del libro aproximadamente, el poeta se enfrenta a la muerte y, sin exigir nada, intenta tomar fuerzas para ordenar episodios que ya le contara su padre, y mientras la muerte va firmando el certificado de defunción, él los va plasmando en su cuaderno en forma de metáforas, no sin antes mirar a los ojos de Fermín y tomar sus manos, para seguir narrando su juramento.

Cuando tu rostro
permanece inmóvil
sobre la almohada,
contemplo al niño
que esconde guijarros
en una cesta de mimbre.

Las metáforas resultan un recurso muy bien utilizado por Marchena, igual que la adjetivación sencilla, como si se tratase de prosa poética. La palabra en su poesía se hace libre, asimétrica, manteniendo en alerta la sonoridad, como el graznido de las gaviotas, o en el silencio nocturno del hospital que sólo es interrumpido por un quejido o el brillo de una luz de emergencia que pide ayuda.

Por el contrario, es difícil encontrar epítetos en este poemario, Ahora que me habitas, pues aparte de las metáforas o su adjetivación, el autor no se permite perder el tiempo en florituras y va directo a contarnos las diferentes etapas del ser, en este caso de su padre; su infancia a golpes de miseria e incomprensión, por los tiempos que corren, la adolescencia, su madurez, que se deja en un camino que llega a su fin.

Por seguir enumerando las distintas partes, aunque Marchena no lo haga en su índice, hablaría de una tercera donde el poeta se rinde ante la evidencia y acepta que llega el final, sin arrepentimientos, adoptando la sentencia de la parca. Es ahí donde se ve reflejado en la piel que roza sus manos, en la conciencia y aprendizaje de una partida ya anunciada, en unas palabras que no se llevará el viento por mucho que su padre alcance el cielo azul de ese mar impoluto, como las paredes que ya no verá y donde quizás Marchena se dejó algún verso olvidado, aunque el lector a estas alturas conozca la historia que vivieron ambos.

La necesidad
de verte, de nuevo,
en el anverso
de una moneda,
en la pared azul
donde tú veías
cascadas de agua
y animales mansos.

Azul. Un color que viste estos poemas. El de la libertad, la lealtad, la verdad, la armonía, todo lo que persigue Adolfo Marchena, como persona y escritor. Y quizás también equilibrio, paz…, sentimientos que encuentra en el rictus final de su padre.

Al igual que un color invade estas páginas, hay dos elementos fundamentales que las sostienen: el mar y el cielo. Entre ambos, una vida a la que no ha faltado de nada, donde Fermín Marchena lidió con deseos y frustraciones, y el vuelo de un avión que ahora despega sólo con el piloto, él, aunque a veces soñara compartir esa cabina con su compañera, la madre de sus hijos. Quizás ahora pueda aterrizar en esa isla donde una playa le espera, donde él esperará a los suyos desde la orilla, mirando el horizonte y las olas. Lo que no sabe —o tal vez sí— es que su hijo le acompañará en un duelo de labores y esperanzas, como ya pidiera don Francisco Giner de los Ríos por voz de Antonio Machado en el poema que éste le dedica a su muerte.

Es este un poemario en el que, a pesar de que la parca sea una de sus protagonistas, para nada es triste; al contrario, nos encontramos ante un puñado de versos esperanzadores, que arrojan ganas de seguir viviendo en la memoria de los que se atrevan a acercarse a ellos. Lo que logra alcanzar Marchena no sólo es la promesa que hizo a su padre, también deja un legado de vivencias muy necesarias de conocer en estos tiempos en los que el olvido se nos enfrenta con descaro.

Escribo, padre,
ahora que me habitas,
y no sé, tengo dudas,
no sé calibrar
la sencillez
de las cosas,
o su valor
en el mercado.

Carmen Vargas Antúnez
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