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Ojos de gata ciega, de Samaria Márquez Jaramillo

sábado 3 de diciembre de 2022
“Ojos de gata ciega”, de Samaria Márquez Jaramillo
Ojos de gata ciega, de Samaria Márquez Jaramillo (Gráficas Superior, 2022).

Ojos de gata ciega
Samaria Márquez Jaramillo
Novela
Gráficas Superior Editorial
Armenia (Colombia), 2022
ISBN: 978-958-49-6581-3

Conocí a Samaria Márquez Jaramillo en su casa, gracias a un amigo del Quindío que tenemos en común. La acompañaba su esposo, un hombre que piensa en catalán.

Al principio de nuestra charla, Samaria me confrontó sin indulgencia: “¿Qué escribe usted?”, me preguntó. “No estoy seguro”, dije, “creo que novela histórica, pero en verdad no sé si sea la categoría adecuada para mis narraciones”. Ella volvió a inquirir: “¿De qué época hablan sus textos?”. Y yo le dije: “He escrito sobre la segunda mitad del siglo XX y el genocidio de los originarios del Llano, me interesan las continuidades de la historia y los proyectos que intentan negar las diferencias entre los seres humanos”.

De inmediato Samaria se puso alerta, como si mi respuesta me hubiese instalado en el listado de sospechosos de cometer algún tipo de crimen contra la humanidad, o contra la literatura, que viene siendo lo mismo. Me parece que la inquietaron dos palabras: “genocidio” y “diferencia”.

Samaria me habló de la antigüedad que tiene la pretensión de acabar con lo diferente, que puede rastrearse incluso en la literatura bíblica, en la historia de Caín y Abel en la que un ganadero asesinó a un agricultor (¿o al revés?, no me apasiona esa literatura) y de la insignificancia de personajes como Adolf Hitler en la larga historia de persecución y exterminio por motivos raciales, en especial del pueblo judío, al que ella respeta y admira.

En ese instante me sentí un tanto acorralado por Samaria, más por su ímpetu y sus sospechas sobre mí que por sus palabras, y entendí, por fin, que estaba hablando con una escritora que tiene una visión de largo alcance y duración, sobre la historia de la humanidad, así que debía tomarme la charla muy en serio.

Entonces le hablé de lo que entiendo sobre la continuidad de la persecución genocida contra los pueblos indígenas americanos, que se origina en la mentalidad medieval europea, la misma forma de pensar que avaló y soportó el proyecto de exterminar a los judíos de la faz de la Tierra en el siglo XX. No es coincidencia que 1492, el año del “descubrimiento” de América por parte de la monarquía española, fuese el mismo año en que Al-Ándalus fue ocupada por los ejércitos de Castilla, tras seiscientos años de dominio musulmán (El último suspiro del moro), y el mismo año en que los judíos sefardíes fueron expulsados de la península ibérica, que fue proclamada como el bastión del ultracatolicismo premoderno y absolutista cuya sombra se expandió por América Latina opacando la vida hasta nuestros días y noches.

No se trata de una concepción novedosa. Esa confluencia de acontecimientos ha sido tan estudiada por los especialistas como ignorada por el público general en América, pero al enunciar esas ideas mi conversación con Samaria se estableció en otros términos, como si hubiese surgido un lenguaje común, un código compartido que posibilitaba una comunicación eficaz. Así que ella dijo: “Bueno, muéstreme qué ha escrito”, y yo, torpemente, leí un poema titulado “Querer”.

A Samaria no le gustó el poema. Me habló de las palabras comunes y trajinadas de la poesía, como “niño”, que bien podría sustituirse por nociones como infancia o la idea de lo infantil. Mi quehacer poético es más que nada intuitivo, así que nunca había pensado en ese tipo de asuntos. Ella también me contó que no le gustaban las rimas en la poesía porque coartan la expresión primigenia del autor, que tiene que pensar en palabras que rimen más que en lo que realmente siente o quiere decir. “Lo mío es la prosa”, concluyó Samaria, y así dejamos atrás la poesía.

Entonces leí el inicio de una novelita inédita que escribí hace un tiempo, y luego unas páginas sobre la historia de un viajero por el camino del Quindío que dejaba su suerte o su destino en las patas de su vieja mula. Samaria me habló de la nobleza de las mulas y de su valor. Su abuelo, arriero pionero de la colonización del Quindío, tenía una gran cantidad de mulas y ellas eran el centro de su riqueza. ¡Sin duda las mulas son mejores que los caballos para andar por las cordilleras de Colombia!…

Me contó que en el Quindío tenía fama de mujer loca y que ciertos patriarcas, accionantes del freno a la cultura, no toleran el hecho de que ella escriba otra literatura.

Esa añoranza dirigió nuestro diálogo a la geografía que tenemos en común. Me contó que en el Quindío tenía fama de mujer loca y que ciertos patriarcas, accionantes del freno a la cultura, no toleran el hecho de que ella escriba otra literatura, reflejo del siglo XXI, y que esa oposición no tiene nada que ver con el oficio de escribir, o con la concepción del arte, o con un debate sobre las ideas y sensaciones expresadas en los textos, sino que son malquerencias irracionales, no fundadas en una crítica intelectual sino motivadas por sentimientos mezquinos, como la envidia. Yo pienso que tiene que ver con el hecho de que es mujer.

Y me dijo también Samaria: “Acá en el Quindío hay una antigua élite que cree pertenecer a una aristocracia, pero ¡qué aristócratas vamos a ser!, si descendemos de arrieros analfabetas que dejaban hijos regados por doquier, porque ese era el sentido de sus vidas, ser machos y acostarse con las trabajadoras de las fincas cafeteras mientras en la casa principal las esposas abnegadas mantenían las apariencias de la unidad y armonía familiar. Por ejemplo, mi bisabuelo no quería ser llamado fundador sino poblador…”.

En el ocaso de nuestra charla, Samaria me obsequió un ejemplar de su novela Ojos de gata ciega, Premio Nacional de Novela Inédita Escrita por Mujeres en 2021. Como se trata de un texto de literatura, la única crítica honesta, el único comentario válido, es el que se derive de las palabras que están escritas, así que me puse a leer:

La novela de Samaria es un relato endemoniado sobre el dolor y el sufrimiento.

Desde el primer párrafo el narrador, Manuel, deja claramente expuestos los hechos dramáticos sobre los que tratarán las siguientes páginas: la doble condición de víctima y victimario de quien trata de rehacer su vida, pero carga con el dolor que lo lleva al asesinato por venganza y como manera de evadirse del sufrimiento que la memoria del cuerpo perpetúa hasta el final, sin que exista remedio porque todo está enmarcado por una locura, que demuestra una lucidez demencial.

El vértigo de la locura, que tiene atrapado al narrador/personaje, queda actuando en la cabeza del lector, puesto que no logra ajustar su pensamiento al ritmo de la escritura, estilo metralleta automática, de la que brotan las expresiones irreflexivas de un ser atormentado, tal vez poseído por una fuerza indómita que dirige el discurso, un daimon que no se detiene a pensar, sino que sólo siente y expresa su dolor, su ira, la contradicción entre amar y odiar, que son un mismo sentimiento; más precisamente: amarse a sí mismo y odiarse por completo, todo al mismo tiempo, todo escrito por una voz que es única, múltiple y arrolladora.

Entonces se leen varios personajes que son el mismo Manuel: el niño pobre de inocencia perdida, el abogado hecho a pulso, el esquizofrénico delirante, el eterno enamorado, el cónyuge detestable, el triple homicida, el feminicida, el poeta, el posible suicida. Pero, sobre todo, se lee a Lola, Ojos de gata ciega, cuya voz aparece en cursiva como recuerdos textuales de Manuel, que es quien emite los borbotones hirvientes y quien mantiene al lector con una duda irresoluble: ¿son Manuel y Lola una misma persona? Seguramente Samaria dirá que no, que son dos personas diferentes, pero yo no estoy tan seguro porque Lola parece una segunda personalidad de Manuel, surgida del dolor y el odio, del anhelo de una amorosa compañía para el ser trastornado y atormentado que es quien imagina a Lola, tal vez porque en su vida no se atrevió a asumirla y representarla. Lo que me hace dudar de esa interpretación es que Lola parece ser mucho más inteligente y sensible que Manuel, en especial cuando la dejan hablar en extenso, como cuando se refiere de manera magistral al sentido del aborto y de ser mujer en el mundo; es entonces cuando me parece que Lola es el alter ego de la autora.

La novela de Samaria no elude asuntos polémicos como el abuso sexual infantil, la homosexualidad y su convivencia con el sida.

La novela de Samaria no elude asuntos polémicos como el abuso sexual infantil, la homosexualidad y su convivencia con el sida (el dios de los homosexuales, diría Bolaño), los traumas, la imposibilidad de olvidar los daños en la psique, hasta enloquecer; los asesinatos y el suicidio como fuga; la perversidad del matrimonio y la farsa del amor; sobre ello Samaria dice de sus personajes: “Los condené a conjugar el verbo amar: te daño, me dañas, nos dañamos y a ¡desaparecer!”.

El sufrimiento que discurre en la narración, en primera persona, recuerda la literatura de Samuel Beckett, lo que es un cumplido, así a alguien pueda parecerle lo contrario. Tal vez, como en Beckett, el sufrimiento sea la clave de la literatura: la agonía, la angustia, las carencias en las que sucede la vida humana es lo que hace posible la escritura. Samaria misma lo afirma en su novela: “Repartí, sin mirar cómo, a quién o cuándo, lo que me acosa, angustia y empuja a incurrir en ficciones literarias”.

Estoy de acuerdo: en la plena satisfacción con la vida, es impracticable la literatura. No conozco a Samaria lo suficiente para permitirme especular sobre los dolores que la hacen escribir, pero puedo opinar desde esta cómoda posición de lector que ellos no son lamentables, porque debido a ese influjo es posible conocer Ojos de gata ciega, deleitarse y aprender del arte literario de Samaria Márquez Jaramillo.

Camilo Herrera Sossa
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