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Sólo el papel sostiene la cultura
(sobre Un papel en el mundo. El lugar de los escritores, de Carlos Fortea)

miércoles 3 de mayo de 2023
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“Un papel en el mundo. El lugar de los escritores”, de Carlos Fortea
Un papel en el mundo. El lugar de los escritores, de Carlos Fortea (Trama Editorial, 2023). Disponible en la web de la editorial

Un papel en el mundo. El lugar de los escritores
Carlos Fortea
Ensayo
Trama Editorial
Madrid (España), 2023
ISBN: 978-84-18941-80-1
112 páginas

Hace un par de años (allá por la Semana Santa de 2021), Carlos Fortea tuvo la tremenda confianza de darme un original suyo para leer, porque quería saber mi opinión al respecto. No era una novela, como acostumbro a leer cada una que escribe y publica, sino algo diferente: un ensayo que le habían propuesto y que él creía necesario. Estas cosas se aceptan de los amigos con todo el pudor y miedo que se pueda comprender y, en este caso, con gran entusiasmo por dos razones: la primera, tener a la vista el original desnudo de cubierta del autor antes de ir a su destino, y la segunda, conocer lo nuevo Carlos Fortea que, además, en este caso ofrece una nueva senda en su trabajo literario.

Si bien se trata de un ensayo en el que profundiza en los temas que ya abordaremos, el texto tiene mucho de narrativa, por lo que parece que es capaz de conjugar ambos géneros dando sentido lineal a una propuesta que acerca más a sus lectores introduciendo su historia en la Historia, atando así al destinatario a una narración que no podrá dejar a medias.

El fuego estará presente a lo largo de todo su texto, ya sea en la llama de aquello que puede arder para consumirse y desaparecer, como en la que aviva la necesidad de su contenido antes de que el papel pueda ser consumido en el mundo a base de lametones de auténticas hogueras o de incendiadas pantallas. El escritor viene a hablarnos de algo que necesariamente le concierne, a él y a todo el mundo: la escritura en soporte físico, el papel.

En torno al fuego se encuentran las palabras para comunicar, pero también es en torno al fuego donde nacen otros deseos y otros resultados; de ahí que, cuando se alcanza lo más alto de la creatividad, es el propio fuego el que puede extinguir su creación, sí, como en Fahrenheit 451, la novela de Bradbury que hace setenta años preconizaba lo que hoy parecer convertirse en realidad, triste realidad.

El autor aborda la caída de la cultura que nos sustentó (y aún nos da soporte), cuyo vehículo tras el griego se difundió como la comunicación de Roma, y se entretiene un momento necesario en afirmar que “nos hemos acostumbrado a referirnos con indiferencia al latín y al griego clásico como ‘lenguas muertas’ sin pararnos a pensar lo que supone la muerte de una lengua. La muerte de una lengua significa la muerte de la humanidad, porque la humanidad sólo es memoria, y la memoria sólo es lenguaje. Lo demás, los edificios, los artefactos, no son memoria, sino vestigios”. Sirva todo ello para comprender todo aquello que desaparece con una lengua, pero, sobre todo, con el deterioro de la educación, con el mantenimiento de un pueblo en la ignorancia, con el borrado del pasado, de la historia. En nuestros tiempos, padres del borrado de una tecla, vamos camino de la extinción de las lenguas base, de la etimología, de la explicación de nuestra cultura para su comprensión, porque, al parecer, su estudio “no sirve” o, dirán otros, “no produce”. Nada más lejos de la realidad, porque el auténtico problema es lo que produce y sus consecuencias: una sociedad preparada para pensar y consciente para decidir.

Fortea advierte (y esos son los verdaderos fines del texto) sobre la destrucción de la que lleva camino el libro.

Fortea se involucra, ya en complicidad con su lector, para construir un argumento bien sólido acerca de la escritura en papel y su necesidad de ser perpetuada, pero advierte (y esos son los verdaderos fines del texto) sobre la destrucción de la que lleva camino el libro. Pero se va deteniendo en las distintas estaciones de la historia de la literatura y de la humanidad para consolidar sus argumentos, de manera que al llegar al Quijote afirma que es “el libro que nos dice indirectamente cuál es el papel del autor en el mundo. Cervantes nos alerta de que hay que estar loco para creerse lo que dicen los libros, pero nos ofrece al mismo tiempo la hermosa lección de un hombre íntegro (tan íntegro que desborda la realidad, precisamente porque no puede existir nadie así) que ha aprendido en los libros todo cuanto da forma a su moral”. Tan cierto como que tan sólo separando a Quijano de sus libros podrán poner fin a su imaginación, que Cervantes trastoca en locura, porque así es como quiere verle la sociedad de su tiempo… y la de cualquier otro, como un hombre carente de ideas y sentimientos, ¡un hombre cabal!

Hay que destacar cómo la censura y la persecución del libro como transmisor de ideas, de cultura y de historia, están presentes en todas o casi todas sus variantes que, si bien no son objeto del núcleo conductor, se encuentran integradas de manera más o menos presentes en todo su argumentario. Personalmente creo que es y será la pieza clave del peligro que se cierne sobre el libro impreso, y que ni hay sucesos casuales, ni los inventos tienen un éxito desmedido gratuitamente, como ocurre con los libros electrónicos hoy día. Pero cuando alcanza el momento histórico en que el escritor desea escribir lo que quiere, está claro que está tratando de escapar a un control sobre la difusión de sus palabras, y nos dice que “el poder es desconfiado por naturaleza, porque es temeroso por naturaleza. Acostumbrados a verlo rodeado de oropeles, tal como gusta de presentarse, no nos damos cuenta de que su verdadero símbolo no es, si le tomamos prestadas las metáforas a Tolkien, el invisible y aterrador Sauron, sino el mísero Gollum, preocupado siempre por que le vayan a robar su tesoro. Por eso el único poder soportable es el que tiene fecha de caducidad, por eso el único poder respetable es el que se asume aceptando de antemano abandonarlo en una fecha ya determinada”. O al encuentro de Virginia Woolf en Una habitación propia, afirma Fortea que puede reinterpretarse diciendo que “tanto los escritores como las escritoras no sólo quieren profesionalizarse para poder ganarse así la vida, sino para tener independencia. Para poder expresarse en los términos y en las formas que mejor prefieran, para no someterse al condicionante ajeno, para ser libres”.

No entraré en profundidades sobre el debate acerca de lo que puede escribir el escritor y lo que acaba escribiendo, o de quien tiene un lector de su escritura frente a quien escribe para venderse por lectores; creo que todo ello se desarrolla de manera muy natural en el libro de Carlos Fortea, sin necesidad de poner límites o trabas sino, más bien, de evidenciar realidades y consecuencias, especialmente en lo relacionado con la censura literaria y sus derivados. Pero sí quiero destacar una rotunda frase que se inserta más adelante y que parece pasar inadvertida en medio de las referencias a otros autores: “Cuando la palabra mercado es la que más se oye, hay otras que dejan de sonar”.

Sí que es importante saber que se recoge de qué manera se ha ido debilitando la importancia de la literatura, en paralelo con la desaparición del papel, y también de la forma en que los medios de comunicación contribuyen desde hace décadas a ningunear la importancia del arte de la escritura y del significado de su contenido, trastocándolo en la consecuencia de fenómenos mediáticos ligados a premios, marcas, nombres, antes que a contenidos y significados, ya sean sociales o personales con significación social. Y ahora, desde mi punto de vista, esto inevitablemente deriva en la pérdida del impulso lector que se une al propio deterioro de los currículos escolares y de la cada vez más deficiente posibilidad de preparar a los estudiantes, que lleva a este analfabetismo funcional, no solamente en lo que supone no coger un libro a lo largo de la vida adulta, sino a que quien finalmente lo abra, no tuviera siquiera la capacidad de comprenderlo, ni siquiera aunque lo terminara, y aquí no puedo resistirme a recoger el poema de la gran Gloria Fuertes que recoge el autor en su libro:

Los hombres no supieron
que hubo hombres que escribieron para ellos.
—Y esto es feo.
Ni siquiera el alcalde de Berceo
ha leído de Berceo.
No engañaros.
Ningún pobre de América del Norte,
ningún minero
ha leído a Walt Whitman.
Ningún compañero,
ningún campesino,
ningún obrero
ha leído a Blas de Otero.
¡Neruda! Los esclavos de Chile
no se saben tus versos.
Y los inditos peruanos hambrientos
no saben quién fue César Vallejo.

Fortea explica las consecuencias, no sólo de la aparición del llamado “libro electrónico”, sino de su efecto a largo plazo como favor a la censura.

Volviendo a Cervantes y a Bradbury: “Cervantes no sabía medir en grados Fahrenheit, pero había
percibido con infalible termómetro, mucho antes de Ray Bradbury, hasta dónde podrían soportar el calor sus frágiles papeles y su frágil economía. La prohibición de un libro podía ser un quebranto considerable para las finanzas de un autor. La cárcel ya la había conocido antes. La salud y la vida peligraban”. A lo largo del desarrollo de su estudio, Carlos Fortea explica las consecuencias, no sólo de la aparición del llamado “libro electrónico”, sino de su efecto a largo plazo como favor a la censura, cuando explica cómo los textos que se compran no son propiedad de su comprador, sino que siempre lo serán de la editorial que puede borrarlos en modo remoto (como ya hizo Amazon con la novela de Orwell 1984 en los dispositivos de sus usuarios —sorprendente aplicar precisamente la censura a aquella novela). Pero es que, además, no se podrá transmitir en herencia un “libro electrónico”, ya que el comprador es usuario y no propietario. Seguramente pocos conocen estos términos, ya que siempre aceptamos los contratos sin leer, y si son electrónicos mucho más.

Partiendo de lo más ancestral, que es la necesidad de la narrativa, discurre su relato en la manera de trasladarse al papel, nos llevará desde los clásicos hasta la actualidad pasando por la revolución de la imprenta. Pero bien al comienzo desliza un par de párrafos en los que se esconde la verdadera cuestión que acaba resultando en un texto, cuando revela el motivo por el que se comienza a escribir y el resultado de aquello: “Cualquier escritor sabe que empezó a escribir el día en que, leyendo, sintió que aquel autor estaba diciendo exactamente lo que él sentía. En el momento milagroso en que encontró, plasmada en tinta negra, a un alma gemela. Ese día empezamos a escribir, aunque aún falte tiempo para que pongamos la primera palabra salida de nuestra mano. Sólo después empiezan las otras cosas. El deseo de más almas gemelas. Muchas almas gemelas. El sentirse salvado por la comunión con otros. Escribir nos salva. Nos salva de la soledad y de la incomprensión, que, parafraseando la frase clásica, no sentimos todos en todo momento ni algunos en todo momento, pero sí todos en algún momento. Nos salva de la impotencia. Nos salva incluso de la muerte”. Creo que, para cualquiera que escriba, esta es la naturaleza de las cosas y, si todo eso se pierde, se perderá algo muy profundo en la vida, porque arraiga en los propios libros. Y no puedo dejar de sumarme al grito de Carlos Fortea en su texto: “Volvamos a ese tiempo en el que los escritores no pretendían nada más que escribir, y se encontraron con que lo que escribían tenía efectos, y tomemos ahí la primera bifurcación, para empezar a apartarnos del camino ya recorrido y encontrar uno nuevo”.

Nota: La ilustración incluida por la editorial Trama en la portada del libro forma parte de la colección de obras del artista Julio Castro de la Gándara (1917-1983) que, además, fue mi padre.

Julio Castro

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