
Jacqueline Goldberg nació y se crio en la ciudad de Maracaibo, estado Zulia, en un edificio situado en el sector Tierra Negra. Si en un ejercicio nemónico camino algunas cuadras, podría ver la sombra de la mata. Este libro me trae de regreso a la mía, aunque no lo quiera, y por los pelos. Que hayamos coincidido en el lugar natal, dado, y en el lugar decir, hecho, nos sitúa en el paralelo de las criaturas nocturnas vueltas nocturnas por ser más fresco.

Mata de nervios
Jacqueline Goldberg
Poesía
Oscar Todtmann Editores
Caracas (Venezuela), 2025
ISBN: 978-9804070938
112 páginas
Desde la familiaridad con ese alto contraste, hablo. Con un lenguaje preciso, casi aforístico y envuelto en la intención de la parábola, Mata de nervios nos revela, desde la consciencia del lenguaje poético, una realidad básica humana: el sentido de pertenencia. El conflicto de sujetos desplazados fluye en la médula de estos poemas en los que estar en la casa materna es esencialmente una experiencia exílica: “soy más bien desertícola / con vísceras / de callada / agria / nervosa”. Esta proclama adelanta la riqueza del libro: la voz brota de la fricción entre desertar como acción creadora de desierto y el desierto, el paraíso perdido.
La suya es una pertenencia intermitente. Jacqueline, al hablar de ella (la ciudad) y de ella (la biografía), no desprende; nos dice “emprendo una cicatriz”. Emprende un viaje hacia la parte sensible de la que no se había atrevido a escribir antes. Quizás porque es un conflicto pegado al hueso, el hueso que se erige al borde de una cuenca, ¿hacia ella se inclina? Mata de nervios busca en el agua el reflejo de los rasgos familiares, no tanto los propios como los compartidos. Reconoce los bordes entre las lenguas que sonaban en el hogar como pulsión de su escritura: “mis padres se amaban / en un idioma con brotes /// cuando pretendían secretos / él se escondía en ídish /// mi madre respondía / en el español de maracaibo / un poco brida / cántico / perenne mediodía /// así me hice versada / en atar cabos”. Ante este hilar de lenguas, la poeta responde de manera delirante con su pasión por la unidad mínima, las palabras. La respuesta de Jacqueline es un delirio sutil, contenido, con momentos de exceso que, cuando llegan, recurren al poder presemántico de los vocablos: el sonido, lo que provoca en la boca y parece darnos como solicitud de asilo de la infancia.
Louise Glück admite algo similar en “Education of the Poet”. Cuenta que en las conversaciones de su familia, uno terminaba la oración del otro y que el origen de su escritura deviene de la urgencia por reclamar el fin de su propia frase. Jacqueline, en Mata de nervios, nos dice que fueron las frases incompletas en el ir y venir de varias lenguas de la casa lo que sembró su poesía. Un fill in the blanks que desborda en tartamudeo material y simbólico. La pertenencia intermitente que reclama el lugar natal dado, “nací para nunca hablar de ella / jamás escribir sobre ella”.
Mata de nervios, un sistema donde el pertenecer se alivia, a cierta ciudad, su arte y fuga. El hueso de la infancia, grave. Estos poemas se apropian del espacio con sus prácticas cotidianas del huir y el volver. Más vale una historia personal en verso, a veces, que la historia nacional. Esta es la historia de Jacqueline, ahora mía, cantada, sobre la Tierra Negra sin petróleo, con el heroísmo de la madre y el padre: un abrazo que suaviza los confines con el mundo, la casa, el negocio familiar, el cuerpo y la ciudad. Ahí la escritura gestándose, y ahora sosteniéndose en el arraigo enunciado desde las vistas de su panóptico: “vi la ciudad amarillearse / luego enrojecer /// vi su parálisis / su indiferencia”. La voz tonal y desertícola de Jacqueline viaja a su nacimiento para nacer este libro, un murmullo al oído materno que le devuelve el gesto del nombre propio, “Maracaybo”.
- Jamás escribir sobre ella
(acerca del libro Mata de nervios, de Jacqueline Goldberg) - domingo 31 de agosto de 2025


