
Imaginemos una biblioteca de primeras novelas. Me atrevería a decir que la mayoría de estos libros imaginarios provienen de dos linajes. Por un lado, novelas que exhiben, que explayan todos los gustos y sabores, imbrican todas las capas del sujeto, abarcan todos los problemas del ayer, el hoy y hasta del mañana, es decir, hacen historia y teología y también economía y esoterismo, agotan la savia que se lleva adentro, juegan todas las cartas. En estas novelas pareciera que hay un programa que anuncia los libros por venir. Por supuesto, exagero un poco: se trata de un límite que muchas primeras novelas rozan.
¿Y el otro linaje? Por el otro lado está la poda, el escalpelo, un gusto inexplicable por lo depurado, una transparencia más cercana a la vejez que al barroco de la juventud, una voluntad de exhibirse lo menos posible, una timidez y un pudor, una necesidad de silencio. Novelas infladas contra novelas que esconden, novelas que roncan contra novelas que dejan respirar.
Olvidemos los títulos del primer anaquel. En cuanto al segundo, estarían El pozo, de Juan Carlos Onetti; Bonsái, de Alejandro Zambra; Jusepe, de Andrés del Arenal. Jusepe, como primera novela, es un artefacto extraño. Me hace pensar en las Vidas imaginarias de Marcel Schwob, en ese equilibrio entre personajes reales y hechos históricos que se desvanecen en el claroscuro de las ficciones. O mejor, en ese desequilibrio, pues el fondo histórico, la vida y obra de José de Ribera, verificable en las enciclopedias y catálogos, se sostiene en breves pinceladas. En Jusepe, el archivo no estructura la obra, pues no se trata de elaborar un monumento que mezcle historia y pintura. Lo que importa y está en primer plano es la imaginación, la penumbra de lo onírico, la vida inalcanzable de un artista y su proceso creador, esa materia conjetural que convierte a Jusepe en una experiencia poética, semejante a la de Juan José Saer con El entenado. Al ser más una novela de poeta que de prosista, el lenguaje de Jusepe nos acerca a la pintura: intensidad, iluminación, ráfagas de palabras que nunca pierden su magnetismo.

Jusepe
Andrés del Arenal
Novela
Ediciones Contrabando
Valencia (España), 2020
ISBN: 978-8412177848
104 páginas
Esta forma de proceder hace de Jusepe una novela lenta y acelerada. Lenta porque cada frase, pulida con esmero, corresponde a un trabajo de artesano que llama a la delectación, al goce de la lectura minuciosa. Y rápida porque de las escenas de iniciación se pasa a la madurez y a la fama, en una serie de elipsis y capítulos veloces que condensan el paso del tiempo y reflejan el vértigo de la historia. De este modo, Jusepe se mueve en dos registros, la contemplación de momentos privilegiados y la aceleración de una vida de pintor célebre.
La novela de Andrés del Arenal (Mixcoac, México, 1987) es también un himno a la fratría. Su estructura en cinco capítulos —Margarita, Juan, Simón, Jerónimo, Jusepe— y un epílogo explora ese misterio ancestral de la familia, esa complicidad entre hermanos, esas tensiones y adversidades que convierten los lazos de sangre en el entramado secreto de la vida de Jusepe —su vida como hermano, hijo y padre—, y no de Ribera, el hombre público. Si uno de los tópicos de la novela de artista y de la novela de formación es la ruptura con la familia, nada más lejos en este caso. Aquí, la familia no es un lastre ni un obstáculo, sino un refugio.
En la segunda mitad de la novela aparecen los cuadros magníficos, el encuentro con Velázquez, la sombra y la luz de Roma y Nápoles. En otras palabras, la fama del artista que llevó los “rufianes, borrachos, porqueros” a resplandecer en un monasterio de Madrid, y a llenar de copias “todos los rincones del imperio”. Del mismo modo que Ribera coloca en el centro del arte a la humanidad más sombría y desamparada, la novela de Andrés del Arenal persigue un desafío semejante: hacer emerger la humanidad de cualquier hombre, más próxima al lodo, la violencia y el espanto.
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