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El apocalipsis en cámara lenta
Relaciones humanas y ruina social en Tango satánico, de László Krasznahorkai

miércoles 10 de diciembre de 2025
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László Krasznahorkai
Krasznahorkai no describe una dictadura visible, sino una más sutil: la que sobrevive dentro de la mente de sus súbditos. Hpschaefer

Lo conocí a través de una película interminable dirigida por Béla Tarr, dura siete horas, compré el libro y lo leía con dificultad. Pasó un tiempo y volví a leerlo, entendí más y mejor. Sin ruborizarme diría que olvidé la lectura y el difícil apellido del autor hasta que el pasado octubre le dieron el Nobel de Literatura 2025. Busqué el libro en mis anaqueles y volví a leer. De esa tercera lectura emerge esta reseña.

 

I. La aldea como espejo del derrumbe

Cuando Tango satánico apareció en 1985, Hungría agonizaba bajo el peso de su propio espejismo socialista. El llamado “comunismo goulash”, mezcla de ortodoxia soviética y consumo occidental, ofrecía una apariencia de bienestar en la que ya nadie creía. En ese contexto de fatiga y escepticismo, László Krasznahorkai imaginó un escenario que era, a la vez, metáfora y documento: un caserío en ruinas, perdido entre el barro y la lluvia, donde un grupo de campesinos sin trabajo ni fe espera el regreso de un redentor.

El paisaje de Tango satánico —esa tierra encharcada, suspendida en un tiempo que no avanza— es el retrato moral de un país exhausto. Hungría, en los años ochenta, había perdido la confianza en el futuro, pero no podía regresar al pasado. Entre ambos extremos, los personajes de Krasznahorkai giran como en una danza fatal, un tango sin música, donde cada paso adelante es también un retroceso.

 

“Tango satánico”, de László Krasznahorkai
Tango satánico, de László Krasznahorkai (Acantilado, 2017). Disponible en Amazon

Tango satánico
László Krasznahorkai
Novela
Editorial Acantilado
Barcelona (España), 2017
ISBN: 978-8416748679
304 páginas

II. Irimiás: el falso profeta

El centro de esa danza es Irimiás, un antiguo miembro de la comunidad que todos daban por muerto y que regresa con la promesa de reconstruir lo perdido. Su figura encarna la contradicción del poder totalitario: mesiánico y cínico, paternalista y autoritario, redentor y verdugo.

Irimiás convence con palabras. No impone, seduce. No amenaza, promete. Su retórica —llena de planes, discursos y visiones— recuerda a la del régimen socialista en sus últimos años: una maquinaria de esperanza vacía que mantiene a flote una fe que nadie profesa. Los aldeanos lo siguen no porque lo admiren, sino porque están cansados de no creer.

En su promesa de reorganizar la comunidad se esconde la repetición del fracaso. Irimiás ofrece salvación, pero sólo reproduce la lógica del poder: subordinación, vigilancia y obediencia. Es el Estado que se disfraza de profeta.

 

III. La red de la desconfianza

El resto de los personajes vive dentro de una geometría moral tan densa como el barro que los rodea.

Futaki, el cojo lúcido, observa y sospecha. Es la inteligencia sin poder, el intelectual sin tribuna, figura reconocible en la Hungría tardosocialista: escéptico, lúcido y paralizado.

Schmidt y su esposa viven un matrimonio corroído por la humillación mutua: la pasión convertida en vigilancia.

Halics y su mujer representan el cuerpo social degradado: alcoholismo, celos, abandono.

Cada relación humana está gobernada por la desconfianza. Nadie cree en nadie. Nadie ama sin cálculo. El amor, la amistad o la solidaridad se han vuelto imposibles porque cada uno teme ser traicionado. En ese microcosmos, el Estado ya no necesita imponer terror: su lógica se ha filtrado en las relaciones cotidianas. La vigilancia se ha vuelto íntima.

Así, Krasznahorkai no describe una dictadura visible, sino una más sutil: la que sobrevive dentro de la mente de sus súbditos.

 

IV. Estike: la inocencia sacrificada

Entre los personajes, Estike, la niña marginada, concentra el dolor más puro y la violencia más desnuda. Su tragedia es el punto de no retorno de la novela. Krasznahorkai no busca conmover, sino mostrar cómo el horror puede instalarse en lo ordinario.

Estike encarna la inocencia en una sociedad donde la inocencia ya no tiene valor. Es la víctima de una comunidad que ha olvidado la compasión. En la Hungría de los ochenta, esa figura podía leerse como símbolo de una generación perdida: jóvenes educados en la retórica del progreso, pero sin horizonte ni fe. Su muerte —tratada con una distancia casi documental— marca el colapso definitivo de cualquier posibilidad de redención.

En Tango satánico, el mal no es espectacular: es cotidiano, burocrático, casi invisible.

 

V. El poder y el simulacro

A medida que avanza la novela, Irimiás revela su verdadera función: es un colaborador del aparato estatal. Informa a superiores anónimos, redacta reportes, traduce la miseria del pueblo en lenguaje administrativo. Es el profeta convertido en burócrata, o quizás el burócrata convertido en profeta.

Krasznahorkai retrata con precisión esa estructura piramidal del poder húngaro de los 80: capas de intermediarios, funcionarios, espías, comités que controlan sin aparecer. La dominación ya no se ejerce con violencia, sino con la manipulación del lenguaje. Por eso, la sintaxis del libro —esas oraciones infinitas, sin respiro— se convierte en una forma política: el flujo verbal que no deja pensar, la frase que se cierra sobre sí misma como una jaula.

El resultado es una experiencia de lectura que imita la opresión que narra: la del discurso que lo ocupa todo, que no deja espacio para el silencio ni para la libertad.

 

VI. La circularidad del fracaso

La estructura del libro —doce capítulos dispuestos como un espejo: seis que avanzan, seis que retroceden— reproduce la lógica del estancamiento. Es un movimiento circular, como el de la historia bajo un régimen que repite su propia decadencia.

Los personajes creen avanzar hacia un futuro nuevo, pero el lector sabe que están regresando. Esa circularidad encierra la crítica más feroz al sistema húngaro de los ochenta: un país que reformaba su economía para no morir, pero sin cambiar de alma. Krasznahorkai anticipa el vacío poscomunista antes de que existiera: la sensación de haber sobrevivido al derrumbe, pero sin saber qué hacer con la libertad.

El “tango” del título no es sólo una metáfora del baile de la manipulación, sino también del destino: dos pasos adelante, dos atrás. Nadie conduce; todos giran.

 

VII. El infierno está aquí

En Tango satánico, la catástrofe no llega: ya ha ocurrido. Lo que vemos es la lenta persistencia del desastre, la supervivencia del alma bajo un cielo sin esperanza. Krasznahorkai describe ese infierno con una prosa que parece expandirse sin fin, como si la única forma de escapar del silencio fuera hablar hasta el agotamiento.

Las relaciones entre los personajes no buscan redención. Todos están atrapados en el mismo barro. La comunidad se mantiene unida sólo por la desesperanza compartida. En esa visión, el escritor húngaro se convierte en cronista de un mundo donde el mal no necesita dramatismo, donde la rutina misma es el castigo.

Leer Tango satánico es asistir a una profecía cumplida: la del derrumbe de los sistemas que prometieron el paraíso y terminaron fabricando el vacío. Krasznahorkai entendió que el apocalipsis no será un estallido, sino una espera interminable.

Leer Tango satánico hoy —en tiempos de nuevas ruinas, de populismos que prometen salvación y de sociedades fatigadas— es asomarse a la advertencia de un autor que entendió que el infierno no está después, sino aquí, cuando el lenguaje se agota y las promesas del futuro se repiten como un baile que nunca termina.

Carlos Decker-Molina
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