
Toda antología es un acto arbitrario. ¿Qué y cuáles textos, entendiéndose como una parte del todo, podríamos elegir?, ¿qué texto es el más relevante para decirnos, para que nos digan? ¿Existe exclusivo tal dilema para los objetos ajenos o también somos arbitrarios con nosotros mismos?, ¿podemos tomar esa decisión o delegamos tal acto para no vernos obligados a tentarnos el corazón y ser más dóciles con lo atesorado? O por el contrario, arrancar del árbol familiar esas ramas que nos avergüenzan, quemarlas, que no quede ni el polvo de aquellos poemas, casi siempre juveniles.
Es emotivo que en este caso, exista una ruta de vida. Son los años quienes, inmensa calle del tiempo, acomodan los textos que han de hablar la continuidad literaria de Agustín Labrada (Holguín, Cuba, 1964). ¿No oyes el violín? (Vértice, 2024) es la reunión de los sonidos del poeta y narrador cubano-mexicano, su canción ininterrumpida desde la aparición del primer libro, La soledad se hizo relámpago, en 1987, hasta la presente antología de sus versos: libro misceláneo, la poesía acomodada en variedad de tallas, todas ellas reverentes a la música, al acento de quien piensa los poemas como notas; léanse las décimas de Viajero del asombro (1991), donde es el esfuerzo por facetar la carne del poema un convite de la rima y la tradición:
Noche del ahorcado
François Villón, en invierno,
beberemos un mal vino,
brindaré por tu destino
a las puertas del Infierno.
En tu Olimpo no hay gobierno
y es sagrado ser ladrón.
Amigo François Villón,
qué noche la del ahorcado,
la del diablo enamorado
bajo esta amarga canción (p. 28).
“¿Oye alguien mi canción?”, se preguntó José Lezama Lima en el epígrafe que bautiza el texto homónimo, nombre de esta antología; Labrada lo repica en este ser y estar, en este ser una “persona cancionada” por la vida. Imagen sonante, por mi cabeza aparece la estampa del escritor: un lector con hambre en sus labores de escribir la tierra habitada. Lo imagino solitario, una habitación, una boca nombrando, antiguo mito, mitad hombre mitad monstruo como el minotauro en su soledad de muchos peldaños, los poemas sonando en el oído, ese caracol en forma de laberinto, y esas notas en el poema como palomas al vuelo buscando ser canción, ser tierra firme en la capacidad de ver de quienes lean. Y es ahí, en ese primer poemario, donde la palabra —bestia cautiva— ha derribado los muros y apilado con los ladrillos un jardín.

¿No oyes el violín?
Agustín Labrada
Poesía
Ediciones Vértice
México, 2024
ISBN: 9786076965818
79 páginas
El joven Labrada, en su búsqueda primera, a los veintitantos años, corre por el drama de las debutantes emociones, auxiliado de la refrescante mirada infantil, en “el dibujo de los amigos / descalzos entre las orquídeas” (p. 8), cuando atardecía y los árboles florales del sur vitorean sus festivos colores. Pero también, resuena esa voz acongojada de quien se va. En el tópico del viaje, se arman pequeñas las embarcaciones deseosas de vivir en los ojos del Ulises quien parte al misterio siempre nublado de nuestro futuro; de ese modo el poema conjura su progreso “hacia las vastas extensiones: / mares o tierras / que nos prometen / la alegría” (p. 9). Una alegría que el poeta posterga en paréntesis diciendo “(aún por descubrir)”.
En ese sentido, aparecen en ruta los siguientes libros: enseguida en El viajero del asombro ya no es promesa el viaje, sino tangible, Labrada enuncia: “Entonces la libertad se vuelve barco, / una extraña ciudad con otra llave, / Odiseo hacia una mujer de niebla” (p. 35), a estas alturas geográficas, el poeta acumula aprendizaje, hay una renovación en sus herramientas y materiales, puesto que “ahora que la inocencia es un remo invisible” (p. 37) aparece otra preocupación que es por el tiempo y su trascendencia; los versos del siguiente libro La vasta lejanía te preguntan: “Has sentido de golpe cómo pasan las horas, ya nada probará cuánto has vivido” (p. 38). Como lectores tenemos la pregunta y también su respuesta: ¿estamos ante la elección, arbitraria o no, que rinde cuentas de la vida de Agustín? ¿No oyes el violín? es la baraja de ese futuro ante el joven de veintitantos. Este poder de eternidad que tiene la palabra escrita me hace pensar en Gloria Gervitz, aquel verso insondable como un hechizo y nos dice: “estoy aquí / en este instante que es todos los instantes / estoy viva”. La palabra como respiración infinita, es ayer y es ahora y es siempre. La palabra como máquina del tiempo.
La palabra también como metamorfosis:
Mientras dura el relámpago,
ardemos lluviosos en su aroma
que ilumina tu cama
hasta volverla un bote,
donde está la pasión tras el diluvio (p. 45).
Sobre estos versos, veladamente eróticos, insisto en la repetición del tema viaje y sus elementos subyacentes: la cama en su poética doméstica y el bote como el deseo de cambio, la pasión siempre empujada por el misterio, el relámpago como tótem; ese faro ha de alumbrar por todo el camino de esta antología, incluso el camino de regreso, pues para el extranjero que siempre busca dónde enterró su raíz, el viaje es absolutamente redondo; así Labrada nos demuele con versos tan poderosos como: “las cosas más queridas son formas desterradas” (p. 48) o del modo más simple: “no quiero traicionarme frente a tanto infinito, / quizá sea el extranjero que no encuentra su casa” (p. 52). A todo esto yo lo nombraría ensoñación pura, tal el caso del poeta Frédéric Boyer, y su pradera, en ese libro suena el llamado de una tierra que es dulce y lejana como una hermana, el retorno a las primeras palabras, la pradera como origen y santuario, libres de todo mal. Pero mientras regresamos a casa, Labrada sigue atrapando imágenes; en su oficio de ver y escuchar escribe los siguientes libros: El tesoro en la mirada y Saxofoneando, obras donde brilla otra vez la naturaleza como un don para ser visto:
Si entran despiertos, el monte
abre el telón paso a paso,
y aparecen las leyendas
como guayabas de un árbol (p. 62).
o
Suena en la radio
un concierto frutal,
huele a guayabas
y una canoa de azúcar
entra en mi corazón (p. 67).
Como última pieza de esta travesía, se integran Otros poemas, aquí la fuerza por el viaje redondo recobra ánimo: se nombran una ínsula remota, pontos hechos de letras, una expedición sin fin, las anclas son la metonimia del cuerpo cansado, la súplica de por fin caer y encallar en un arrecife como lo propone su último poema, “No sigo en paz mi rumbo”.
¿Y entonces, cómo decidimos qué textos hablarán nuestra obra literaria?, ¿seremos suaves o severos?, ¿será el tiempo —Diciembre, Agosto, Anteayer, Otoño, Verano, Septiembre y todos los demás nombres enlistados—?, ¿es esta antología el velamen y el lenguaje su viento?, ¿es esta la historia que nos quieres contar, poeta? Habrá que escuchar con atención ese violín y sólo entonces volver los pasos del viaje hasta la pradera de cada uno donde:
puede venir un niño por la yerba
y lanzar su pelota
.........................................eternamente azul
hacia el blanco país de las palomas... (p. 22).
- He visto tierra firme después del viaje
(sobre el libro ¿No oyes el violín?, de Agustín Labrada) - miércoles 11 de marzo de 2026


