
Recordando a Heidegger, el escritor y novelista checo Milan Kundera, en la magistral reflexión que realiza en El arte de la novela (Barcelona, Tusquets, 2000), menciona que la crisis del mundo moderno que se inicia con Descartes y Galileo entraña una ambigüedad esencial: progreso y degradación. Por un lado, el inmenso desarrollo del conocimiento y la especialización de múltiples disciplinas que condujo y convirtió al hombre en el gran “dueño y señor de la naturaleza” y, al mismo tiempo, al exhibir a este poderoso Homo sapiens, pasa a convertirlo en un simple objeto manejado por fuerzas que lo exceden: el desarrollo de la ciencia y la tecnología, las nuevas relaciones políticas, la historia. Fuerzas para quienes la humanidad ya no tiene mayor valor en sí misma, pues se ha ingresado en lo que Heidegger llama “el olvido del ser”. La paradoja es terrible: cuanto más avanza el humano en su sed y conquista de conocimiento más se olvida de sí mismo.
Pero, añade Kundera, si la ciencia y la filosofía han progresado por túneles separados en diversas direcciones que se ignoran, que no permiten ver el conjunto y dejan olvidado al ser, es claro, también, que la novela y las formas de narrar que empiezan con Cervantes son el vehículo con que el gran arte europeo inicia la exploración del ser olvidado. La narrativa que nace con la Edad Moderna surge como su imagen y modelo y con la misma pasión irrefrenable por el conocimiento. Pero aparece, sobre todo, para iluminar la vida, para evitar aquel “olvido del ser” heideggeriano, para alumbrar lo que sólo la novela podía descubrir ante la aparición de la incertidumbre que originaba el abandono de la ignorancia y la búsqueda frenética del conocimiento; es decir, ante el alejamiento de Dios. Es así que la narrativa cervantina enfrenta el mundo como contraste de un universo hasta ese entonces dirigido por Dios que separaba el bien del mal y daba sentido a las cosas. El lento abandono del orden de valores desde donde Dios de manera absoluta había ordenado la vida hacía que don Quijote, huérfano de la Verdad Divina, debiera enfrentar no una sino muchas verdades relativas. La única certeza que asumió Cervantes es la ambigüedad del mundo moderno: muchas verdades que se contradicen y que él incorpora imaginariamente en sus personajes. El desenfreno pasional por el conocimiento que inicia la Edad Moderna se extiende y se apodera de la narrativa que se iniciaba con Cervantes. La vida de los hombres es examinada y mostrada hasta descubrir lo que sólo esa nueva forma de narrar puede develar, porque se ha convertido en su única razón de ser: exponer esa parte desconocida de la existencia humana y cuya complejidad se erige en su verdadero espíritu.
Sin embargo, la excelente reflexión de Kundera adolece de la visión eurocéntrica de muchos escritores europeos. Es cierto, la novela nace en Europa, qué duda cabe. El mundo contemporáneo se mueve al empuje de las ideas y la cultura occidental. Pero también es cierto que, en el caso de la novela y otras formas narrativas, la fuerza y vitalidad de su expresión en Hispanoamérica, para hablar sólo de nuestra experiencia, se ha enriquecido con la cosmogonía de mundos nuevos que aquí habitan y cuya aprehensión de la realidad ha seguido caminos distintos. Esta fusión o hibridez, o como queramos llamarla, ha dado lugar a una forma nueva, distinta de las originales: la narrativa occidental, al hundirse en el universo cultural nativo de América, dejó de ser la misma y se vistió con el ropaje del mundo que descubría o lo descubría. Las formas narrativas de occidente desnudaban una realidad que siempre estuvo allí pero que sólo este medio narrativo podía mostrar.
Entonces, Hispanoamérica empezó a mirar y escribir por medio de este invento europeo. Cómo ver y apreciar ese mundo fantasmal y de sueño que es la guerra campesina del México de comienzos del siglo XX si no es a través de la pluma y la prosa de Juan Rulfo. O el Caribe colombiano de García Márquez, ese hacedor inconfundible de palabras deslumbrantes, cuyas novelas y cuentos nos entregan las mágicas razones de la sinrazón. O el Ande milenario —que Arguedas vivió y sintió antes de hacerse narrador—, vuelto a contar y descubierto desde la visión de los quechuas, sus ancestros. Los grandes narradores de Hispanoamérica siempre lo han sabido: sólo la novela y el cuento pueden descubrir ciertas porciones de la realidad que están ahí, ocultas, a la espera de ese procedimiento escritural que las ilumine y les permita ser vistas.

El mundo que a escondidas miro
Teófilo Gutiérrez
Cuentos
Hipocampo Editores
Lima (Perú), 2025
ISBN: 978-612-5002-58-7
100 páginas
En el Perú son muchos los escritores que conforman esta tradición narrativa. En este largo listado de herederos de Cervantes se apuntan muchos escritores nuevos y con destacada ubicación se encuentra el poeta y narrador Teófilo Gutiérrez. Su obra creativa abarca la publicación de dos libros de cuentos, Tiempos de Colambo (Sanval, 1995) y Colina Cruz (Hipocampo, 2009), y, últimamente, su libro de versos Sabor de sidra (Hipocampo, 2023). Ahora, Gutiérrez, sorprende nuevamente con este título, El mundo que a escondidas miro (Hipocampo, 2025), compuesto de nueve narraciones en las que confirma un estilo que ya establece en sus cuentos anteriores.
Pero, ¿cuál es este estilo narrativo al que me refiero y, por el que creo se le debe celebrar y leer? Pues bien, desde sus primeras narraciones el autor ha llevado o ha sumergido a sus lectores en un universo cuya atmósfera va a caballo entre lo rural y lo citadino, con lo que confirma su filiación a una tradición que se remonta a Rulfo y, en el Perú, a escritores como Miguel Gutiérrez, Antonio Gálvez Ronceros y Gregorio Martínez. Un mundo en el cual la vida transcurre y se describe en una aparente y deliberada simpleza, pero que, utilizando los artificios de un escritor que sabe de su oficio, revela una realidad que es mucho más complicada de lo que creemos.
Qué dice Teófilo Gutiérrez, por ejemplo, en “No podré alimentarla toda la vida”, relato con el que inicia este conjunto. Aquí se asiste a la confesión del narrador en primera persona, un niño, a quien su tía le ha encargado transportar a otra niña, una huérfana de madre que es entregada en adopción o “regalo” por su padre, quien, a su vez, toma esta decisión para evitar la muerte de la pequeña por inanición. El niño, cuando la recoge, al verla tan desnutrida y frágil empieza a temer su inutilidad, pues el “regalo” o adopción no es, en realidad, el verdadero objetivo, sino convertir a la niña en trabajadora doméstica. Entonces empieza su singular soliloquio pensando en la tía:
Ahora bien, ya que la trajiste, deberás regresarla mañana mismo. No pensaste en las consecuencias. ¡No la quiero! Solamente es un estorbo. ¿Cómo crees que pueda ser de ayuda a Conchita? ¡Mírala, parece media muerta! ¿Para qué tienes el cerebro? Ah, mejor no digo nada más. Y te perdono porque aún eres un mocoso y no piensas.
Dos niños protagonizan un episodio en el que se revela el comercio humano al describirse la entrega de la niña como un “regalo”. El tiempo en el que ocurre la narración no se precisa, por lo que puede parecer que sucede en un espacio intemporal pero fijado en la memoria del narrador, quien es el que cuenta el episodio. En otro momento, esa impresionante realidad que relata el narrador se ve resaltada en el abandono y la deshumanización cuando el padre de la niña le dice que su nombre es Anita, y añade que sólo entiende cuando la llaman Animalito. En este relato se constata cómo estos dos niños se comportan o se conducen como adultos, costumbre cotidiana y habitual en espacios alejados de las metrópolis de casi toda América hispana. Es decir, una realidad que siempre estuvo allí, que quizás la costumbre impide mirar, pero que la magia de la buena narración la descubre. Hay que añadir la impecable pulcritud para evitar alguna calificación ética, pues el escritor parece decir: la realidad está allí, la comprensión o el juicio moral les corresponde a ustedes.
Cabe mencionar el buen uso de los recursos narrativos que hace Gutiérrez no sólo para el giro casi invisible de las voces narrativas, sino también para el retorno que hace de la realidad de la imaginación del niño narrador hacia la realidad presente del monólogo interior y ya no de lo que presume hubiera ocurrido. Es así que comprueba lo erróneo de sus presunciones:
Y la tía no gritó... Solamente me palmeó el hombro y me dijo que me fuera a comer... En ese instante ocurrió todo lo contrario a lo que venía pensando, pues la tía Bertha se apresuró a quitarle la mugre de tantos días, la vistió con ropa limpia, le rapó el pelo para matar los piojos, le curó los granos de las piernas producidos por las picaduras de insectos y luego la alimentó y la hizo dormir en un colchón limpio.
El conjunto de relatos del libro se cierra con “Un casi acto de canibalismo”, cuento en el que los dos protagonistas son otra vez un niño migrante y Flavio, un pavo, cuyo nombre evoca a un frustrado novio que tuvo la tía Elvia, propietaria del ave. La voz que narra es la de un hombre que recuerda su niñez y apela a su memoria para contarnos la singular relación que establece con un pavo hasta los días previos a la fiesta de Navidad. Este niño, cuyo nombre no conocemos, recibe hospedaje en la casa de la tía Elvia, quien a cambio de este beneficio (“ya que nada es gratis en esta vida, según las sabias palabras del tío Eduardo”) le encargó “la noble tarea de cuidar un pavo”. Lo cuidó y lo alimentó hasta la víspera de la noche navideña cuando, sabiendo el destino del pobre animal, se despide emocionado con un singular abrazo de hermano mayor.
Es curioso que este conjunto de narraciones se abra con un cuento que relata la deshumanización de una niña (“No podré alimentarla toda la vida”) y se cierre con uno en el que se humaniza a un animal, Flavio (“Un casi acto de canibalismo”). No me parece casual esta aparente paradoja que mantiene la ecuanimidad moral del escritor, quien sólo es notario de la realidad y la vida. Fiel a su oficio, Gutiérrez muestra el mundo que observa para que realmente lo veamos pues, quizás atrapados en el tráfago de lo moderno y posmoderno, no miramos muchos intersticios de la realidad que el cuento roza. En todo caso, confirma el vigor del arte narrativo que Gutiérrez ejerce y que no ha perdido sustancia para seguir descubriendo las múltiples verdades que la vida ofrece.
Desde el bello título del libro, El mundo que a escondidas miro, Teófilo Gutiérrez, quien toma prestados los versos del poeta peruano Washington Delgado, desliza la insinuación de que es un observador como lo es todo escritor, y nos recuerda a sus lectores que su mirada alcanza ciertos espacios de la realidad que la obsesión por la actualidad y la velocidad de los acontecimientos de la vida contemporánea nos impide ver. Los nueve cuentos de este libro conservan su unidad no sólo por esa atmósfera rural y citadina que hemos señalado más arriba, sino además porque están recorridos por un fino humor con el que Gutiérrez nos deleita. Incluso en aquellos en los que surge el tema de la muerte, su ironía, impasible y juguetona, no cesa. Porque, claro, como buen continuador de la tradición cervantina, es también con el ingenio y el chispeante gracejo de los narradores de temple con el que trata de reconstruir la múltiple, diversa y contradictoria realidad que nos agobia.
- Mirar para contar
(apuntes sobre El mundo que a escondidas miro, de Teófilo Gutiérrez) - lunes 23 de marzo de 2026


