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La literatura como posibilidad de inclusión
El poder de la memoria y el testimonio en Si esto es un hombre, El libro de los susurros, La ceiba de la memoria y La escritura o la vida

lunes 26 de octubre de 2015
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De la serie "La espera", de Oswaldo Guayasamín
De la serie "La espera", de Oswaldo Guayasamín

La literatura ha sido ignorada por los investigadores en psicología porque consideran que su única función es el entretenimiento, y que no tiene ninguna validez empírica. La literatura tiene un propósito más importante. Ofrece modelos y simulaciones del mundo social a través de la abstracción, la simplificación y la compresión. La literatura crea una profunda experiencia de simulación de las interacciones sociales. Esta simulación facilita la comunicación y la comprensión de la información y hace que sea más convincente, logrando una forma de aprendizaje a través de la experiencia. Participar en las experiencias simuladas de la literatura de ficción puede facilitar la comprensión de los otros que son diferentes a nosotros mismos y pueden aumentar nuestra capacidad de empatía e inferencia social (Mar & Oatley, 2008)

Durante la historia de la humanidad, tanto la escritura y la lectura como algunos textos puntuales han sido prohibidos. La palabra cuando no se permite múltiple tiende a ser excluyente. Opresor y oprimido son conscientes de que la literatura tiene un poder asombroso no sólo de divulgación sino de transformación. La circulación clandestina como la persecución y prohibición son fundamentales para destruir o mantener el statu quo. La historia tiene cientos de ejemplos donde la palabra en todas sus presentaciones ha sido negada, hitos como el de los nazis quemando libros, disponiendo con laxitud su conciencia para luego quemar hombres. Y vemos la otra orilla, donde la palabra lucha por sobrevivir, como en el libro de Pasternak o en Archipiélago Gulag, de Aleksandr Solzhenitsyn, y puntualmente en El libro de los susurros, de Varujan Vosgonian (2011):

En El libro de los susurros se habla del día en que ardieron los libros. Así como el día en que degollaron a los inocentes no pudieron matarlos a todos, tampoco en la jornada de la quema de libros pudieron destruirlos a todos. En la guerra entre el poder y los libros, aunque los únicos que mueren son éstos el poder nunca gana. Porque los hombres han escrito más de lo que pueden olvidar (p. 281).

La literatura, así, si no se puede erigir como un mecanismo inmediato para transformar la crisis y la realidad planetaria, sí puede ayudar para que por lo menos pensemos la crisis, para no olvidarla, como dice Vosgonian.

La vida se aferra a los pequeños detalles, a la cotidianidad que rasguña la cordura para no caer al foso de la locura y el desespero.

Cuando se relaciona la literatura con procesos pedagógicos de inclusión y visibilización rompemos las cadenas hiperconfeccionadas y especializadas que atan a la literatura y el conocimiento científico en sí a una celda poco piadosa de metodologías y teorías.

Y sin embargo, la literatura sobrevive como a todos los cambios históricos, no sólo para testimoniarlos sino para dotarlos de vida y significado. La masa de información se aleja de la literatura. Ésta se sustrae al bloque de conocimiento objetivo, calculado y metódico que supuestamente hace la vida más fácil y cognoscible. La literatura aún tiene mucho.

“Cuando están llenos de sangre los muertos se parecen entre sí” (p. 181), escribe Vosgonian en ese hermoso y afilado libro que es El libro de los susurros. La obra es el más fiel testimonio y la mejor prueba de que el olvido no es una opción, y de que el arte, la escritura, revivifican el compromiso social y le dan voz a los muertos, a los ausentes. Vosgonian encontró la voz de los muertos, de sus antepasados, a través de los susurros que fueron transmitidos de generación en generación, y los tejió en papel, los escribió para nuevamente darles vida y visibilizar lo que para unos no existía y para otros urgía enterrar en el olvido. El texto es como un libro escrito durante décadas por miles de voces y manos que no dejaron morir la historia del genocidio armenio, ni sus costumbres ni su lenguaje.

La escritura acá es el único medio para sobrevivir. La carne desapareció, pero la salvación para los armenios estaba en el testimonio, en la huella que se rehusaba a ser borrada.

La humanidad se halla en un momento crítico —prosiguió el abuelo—. Las palabras luchan en nuestro lugar. Y nosotros morimos en lugar de ellas (p. 113).

Vosgonian teje con los susurros de sus ancestros la historia de su pueblo, y la novela, al narrarla, la vive y nos hace vivirla con él; asistimos a los círculos de la muerte, asistimos impávidos a la ignominia de los turcos por no dejar rastro, y a la lucha armenia por dejarlo.

Primo Levi
Levi no busca la absolución mediante la literatura.

Otro ejemplo de cómo la escritura literaria visibiliza y humaniza aquello que ha sido deshumanizado y excluido es el caso de Primo Levi (2005), el químico y escritor italiano que narra sus experiencias en Auschwitz como prisionero y superviviente en tres maravillosos libros: Si esto es un hombre, La tregua y Los hundidos y los salvados.

Antonio Muñoz Molina1 se refiere así a Primo Levi: “Se consagró tenazmente a contar su experiencia, a sostener la memoria de los campos y a reflexionar sobre lo que había vivido, pero nunca accedió al victimismo blando, a la sentimentalización del sufrimiento, a la tranquilidad de conciencia que habría obtenido aceptando una división limpia y nítida entre los oprimidos y los opresores entre los verdugos y las víctimas” (p. 12).

La escritura de Levi es compleja, los mecanismos que despliega van desde su vivencia y testimonio personal-lineal que describe situaciones, personas y momentos, hasta la reflexión sobre la condición humana, sobre la naturaleza y el sentido del sufrimiento.

Levi no busca la absolución mediante la literatura. Busca y lucha letra a letra, palabra a palabra, testimoniar y sobre todo combatir el olvido. El mismo Levi (2005) se refiere a Si esto es un hombre: “No lo he escrito con la intención de formular nuevos cargos; sino más bien la de proporcionar documentación para un estudio sereno de algunos aspectos del alma humana” (p. 27).

La vida se aferra a los pequeños detalles, a la cotidianidad que rasguña la cordura para no caer al foso de la locura y el desespero. Esas acciones, en apariencia superfluas, que escribe Levi, son las que no lo dejaban escapar de su humanidad.

Cuando pareciera que la humanidad finalmente ha sido sepultada en el texto, la misma escritura nos recuerda que la humanidad la quita un hombre, pero un hombre también la puede restituir. En un apartado, Levi nos habla de Lorenzo, un personaje que es fundamental para el protagonista:

Pero Lorenzo era un hombre; su humanidad era pura e incontaminada, se encontraba fuera de este mundo de negación. Gracias a Lorenzo no me olvidé yo mismo de que era un hombre (pp. 153, 155, 156).

Un humano es capaz de quitar la humanidad, pero un humano puede devolverla nuevamente. El testimonio reposa con la seguridad de lo honesto en aquellos que nos hemos introducido de cabeza en su texto. Tanto muertos como sobrevivientes se perpetúan en la memoria colectiva. Su humanidad la conservamos nosotros como una preciada reliquia. Yo por ejemplo le hablo a mis estudiantes de Primo Levi y la Shoah (aniquilación o catástrofe en hebreo), hablo de los campos de exterminio y de la prolongación de la vida a través de la literatura, que fue la que me enseñó todo esto. El mensaje no le llega a todos, pero llega a unos cuantos que quizá harán lo mismo que yo: perpetuar aquello que vivimos mucho antes de nacer y que se actualiza mediante la memoria literaria.

Primo Levi no hace una reflexión sobre el acto de escribir. Se centra más en la posibilidad del relato y cómo éste se fortalece en el colectivo. Su narrativa es consistente y es claro que se erige como un mecanismo de visibilidad e inclusión. El lector reivindica y acoge la historia del que ha pretendido ser eliminado, y construye, con base en microrrelatos de su cotidianidad en el campo, un fresco más amplio que significa, históricamente hablando, la composición y la naturaleza de las políticas nazis, abstrayendo desde lo psicológico, lo social y lo institucional.

Si esto es un hombre es una suma novelesca del funcionamiento y la organización de la máquina de crear muerte más grande elaborada por el hombre. La literatura taladra acá los muros que protegen esa maquinaria para diseccionar los mecanismos que buscan aniquilar las experiencias pero que el texto rescata del olvido. Proust (2010), el gran guardián de la memoria, tiene una hermosa explicación de la naturaleza de la memoria, ya que ésta, aunque falible e imperfecta, es nuestro único recurso contra la ignominia:

Los lugares que hemos conocido no pertenecen sólo al mundo del espacio en el que los situamos para mayor comodidad. No eres sino una fina capa en medio de impresiones contiguas que formaban nuestra vida de entonces; el recuerdo de cierta imagen es una simple añoranza de cierto instante y las casas, las carreteras, las avenidas son, ¡ay!, fugitivas como los años (p. 446).

Y al ser fugitivas hay que aprehenderlas, hay que aferrarse a los elementos primarios y azarosos de la memoria por medio de la palabra escrita. Proust lo hizo al igual que Levi, y al igual que los cientos y miles de escritores que testimoniaron una época por medio de la literatura.

A diferencia de Levi, Vosgonian sí tiene unas reflexiones importantes sobre el acto de escribir y su papel en el fortalecimiento de la memoria colectiva. Lo que en Levi es implícito, en Vosgonian es completamente explícito, además de un ejercicio puro de metacognición y metaobservación del acto de escribir, y el acto de volverse paulatinamente un personaje.

Varujan Vosgonian
En Vosgonian la nostalgia es una constante.

Vosgonian tiene la capacidad de reflexionar sobre la escritura y sobre el lenguaje; los ve como entidades vivas. La memoria se vuelve la conciencia del pueblo masacrado. El libro, la literatura, ya no le pertenecen al autor, se alejan de él, y van a reposar a la humanidad misma, ya que El libro de los susurros no habla solo de los armenios, habla de los pueblos excluidos, marginados, eliminados.

Tanto en Levi como en Vosgonian la nostalgia es una constante, esa sensación producida por la eliminación absoluta. El olor de la muerte traspasa las páginas y llega hasta nuestro olfato, el horror es tácito pero no puedes dejar de leer, porque al hacerlo ayudas a que los muertos vivan un poco más. Las lenguas, los sonidos y los tonos se entremezclan con los relatos.

Adorno (1998) se preguntaba luego de terminar Auschwitz sobre las condiciones que lo posibilitaron y sobre si se podría trabajar en esos puntos neurálgicos para impedir que algo así sucediera nuevamente. Habla de la autodeterminación y de cómo los sujetos inmersos en colectivos duros que exaltan la uniformidad se cosifican, borrándose como seres autodeterminados e independientes, que tratan a los otros como una masa amorfa. “De ahí que lo primero que habría que hacer es procurar que la frialdad tomara conciencia de sí misma, de las condiciones que la generaron” (p. 90). Una frialdad que se define por la incapacidad por identificarse con el otro, una incapacidad que también se da en personas educadas y cultas.

Es ahí cuando las posibilidades de inclusión tienen que jugar un papel determinante para evitar las políticas concentracionarias y de eliminación. Adorno no es muy optimista al respecto ya que hay quienes aún dicen hoy que las cosas no fueron tan graves, porque por muchas que sean las medidas que se tomen en el ámbito de la educación, seguirán surgiendo los que denomina asesinos de mesa de despacho, que sitúan el derecho del Estado por encima del de sus miembros asentando potencialmente el terror; además, porque aquellos sujetos que han perdido su autodeterminación son aquellos que estarían sin duda dispuestos a colaborar si algo así ocurriera nuevamente.

Aunque hay esperanzas claro está y es romper la conciencia cosificada, “esta conciencia es, ante todo, una conciencia que se ciega frente a todo ser devenido, frente a toda penetración cognitiva en lo condicionado de uno mismo, una conciencia, en fin, que absolutiza lo que es-así. Si se lograra romper este mecanismo compulsivo, algo se ganaría” (Adorno, 1998, p. 88).

Esta decosificación puede lograrse a través de la literatura, una estrategia que, como sugiere Adorno, debe comenzar a emplearse desde la primera infancia. El autor alemán no habla propiamente de la literatura, deja la pregunta ciertamente abierta, y su inquietud está más enfocada a plantearle a la educación cómo no permitir que Auschwitz suceda nuevamente; lo que sí refiere directamente es que el trabajo es predominantemente con la primera infancia, algo que denominó el viraje al sujeto, educándolo desde el inicio en la autorreflexión crítica y en la autonomía, para evitar el sufrimiento que los colectivos infringen, sobre todo al principio, en las primeras experiencias en la escuela (Adorno, 1998); es ahí donde el sujeto puede comenzar a educársele para que más adelante no se convierta en una cosa obediente sin criterio ni juicio incapaz de diferenciar aquello que está bien de lo que no.

Las formas de violencia y exclusión encuentran su raíz en la imposibilidad de reconocer la diferencia con el otro. Al homogeneizar la condición humana se parte del supuesto de que todos deben ser iguales aunque permeen en ellos las divergencias inherentes a las relaciones humanas. Benjamin (2001) se pregunta si es posible la resolución no violenta de conflictos. Sin dudar dice que sí ya que las relaciones entre personas violentadas ofrecen abundantes ejemplos de ello. Donde quiera que la cultura del corazón haya hecho accesibles medios limpios de acuerdo, se registra entendimiento y acuerdo. Y es que a los medios legítimos e ilegítimos de todo tipo, que siempre expresan violencia, pueden oponerse los no violentos, es decir los medios limpios. A éstos Benjamin los definió como la cortesía sincera, la afinidad, el amor a la paz, la confianza y todo aquello que haga parte de la bondad humana, y todos estos brotan de una misma raíz. “De ello se desprende que existe, precisamente en la esfera de acuerdo humano pacífico, una legislación inaccesible a la violencia: la esfera del mutuo entendimiento, o sea, el lenguaje” (p.34).

La literatura tiene un fuerte poder de inclusión precisamente porque confronta e incomoda, dice verdades de manera sutil pero no por ello menos contundentes a los grandes poderes y a las maquinarias del horror.

Roberto Burgos Cantor
En Burgos Cantor el sujeto histórico se elimina pero da lugar a otro sujeto.

Vásquez (2014) afirma que la literatura entraña un raro sistema de conocimiento porque es a la vez ambiguo y contradictorio pero por ello imprescindible, bajo la premisa de que un lector serio debe haber sentido una vez en su vida que algún libro le ha permitido enfrentarse a una adversidad o iluminar una incertidumbre. La ficción no es algo banal e inofensivo, la literatura siempre ha querido molestar, subvertir, incomodar, sacudir, abrir los ojos donde los demás prefieren cerrarlos, y así poder viajar a las oscuridades de nuestra naturaleza y darnos, enseguida, el privilegio de saber lo que sucede allí.

Burgos Cantor (2009), en la novela La ceiba de la memoria, se vale del relato ficcional y de las voces de múltiples personajes para retratar dos momentos históricos, experimentando y mezclando la memoria con la imaginación. Vemos a Benkos Biohó, Alonso de Sandoval y Pedro Claver, entre otros, a través de la voz del autor, entretejiendo la época de la esclavitud y la Shoah, con una permanente búsqueda de la identidad a través del sufrimiento y la libertad. En La ceiba de la memoria Benkos Biohó, líder de los esclavos cimarrones, hace un llamado que traspasa en forma de grito el texto literario:

Gritar para que los dioses acudan y estén al frente y me ayuden a poseer este mundo ajeno donde los blancos matan a los indios, nos venden a nosotros, nos destruyen y a la fuerza quieren convertirnos en lo que no somos (p. 46).

Pero en la tragedia que narra Burgos Cantor, a diferencia de la que expone Levi, en la esclavitud al hombre no se le extermina abiertamente, y aunque se le quite la humanidad, se anule como hombre, se despoje de nombre y se impresione un credo y una creencia, el sujeto histórico se elimina pero da lugar a otro sujeto, uno animalizado, cosificado pero que aún es útil, es moneda de comercio, por lo cual su valor es proporcional al trabajo que pueda desempeñar, algo que no sucedía en los campos de exterminio y en este punto la diferencia es clara.

Gérard Wajcman (2001) busca el objeto o la obra que mejor resuma el siglo XX. Su elección es la ausencia, aquella emparentada con las ruinas, como la destrucción sin rastros que pretendía Auschwitz, esa maquinaria tan perfecta para fabricar la muerte, construida en el siglo tecnológico por el hombre de ciencia moderno, por el hombre más que sapiente. Esa destrucción sin rastros, esa única libertad que se difuminaba por las chimeneas de los hornos crematorios, es la imagen del siglo XX, que supera con creces la ya de por sí infame esclavitud. Wajcman descubre en el siglo XX la ausencia como imagen, la misma que ya se venía percibiendo en los relatos de Vosgonian y Burgos Cantor sobre el pueblo armenio y la esclavitud, respectivamente.

El relato y el horror viajan por el tiempo, se actualizan, se recargan y conectan en un punto intermedio, van y vienen siempre encontrando actores similares con nombres y nacionalidades distintas, pero cada uno de los protagonistas hace parte de las raíces tubulares y las capas de corteza que recubren la ceiba de la memoria.

Hay dos puntos neurálgicos en el tema de la exclusión y la barbarie que se evidencian claramente en los textos de Burgos Cantor, Vosgonian y Levi, cuyas motivaciones son diversas (políticas, raciales, económicas, militares, religiosas) pero que se concretizan para atizar el salvajismo porque, como apunta Marx (1989), “lo concreto es concreto por ser la síntesis de muchas definiciones, o sea, la unidad de aspectos múltiples” (p. 150). El primero, que es causa de toda fallida resolución pacífica de conflictos, es la incapacidad manifiesta de los personajes por reconocer en su totalidad el punto de vista del otro, relacionado con la aún más enquistada imposibilidad de ceder un ápice en las propias posturas. Lo vemos acá en lo que le dice Benkos Biohó a Pedro Claver: “Gritar para contarle a Pedro que podemos ser amigos siendo distintos” (p. 48). El segundo es que, al no ceder, se le endilga la culpa al otro de los males y conflictos presentes siempre en las dinámicas colectivas; por lo tanto, el único método válido de resolución es la eliminación del otro, que pierde su carácter diferenciado de contrario con derechos, convirtiéndose en el enemigo al cual desvirtuar, en el caso de los textos, deshumanizar, convertir, exterminar y cosificar por completo.

La toma de una postura pacífica que reconozca al otro apunta a lo que afirma Adorno: lo fundamental que es entrenar la capacidad de autodeterminación en el ser humano, asumiéndonos como sujetos de derecho con responsabilidades para evitar que algo como lo narrado en los textos de interés vuelva a suceder.

Esa especie de estoicismo presente en las explicaciones superfluas de la barbarie es común cuando éstas se lanzan desde trincheras conceptuales impersonales que no buscan involucrarse con nada. Situación que no pasa con la literatura de La ceiba de la memoria, Si esto es un hombre, El libro de los susurros y La escritura o la vida. Al escribir, los autores se toman el relato muy en serio, con verdadera indignación. Se adentran en la historia bajo el precepto de Wajcman (2001) de que al ser el olvido un crimen, la memoria es un deber. Pero esa inmersión la hacen los autores con mesura, sin llegar a desbordar las emociones para no permitir que falsos sentimentalismos hagan mofa de las personas ausentes que dieron su vida en favor del testimonio.

Uno de los narradores sin nombre en La ceiba de la memoria es un viajero que con su hijo visita Europa en una época reciente; específicamente van a Auschwitz, conectando ambas tragedias, la de la esclavitud en el Caribe colombiano y la Shoah, ya que por medio de la memoria el dolor deja de ser propio, local, y pasa a ser universal; su entendimiento es una cuestión de todos:

Siento que esta tragedia es de todos. Los edificios vacíos de humanidad y cargados de las huellas del sufrimiento entregan un símbolo terrible y premonitorio. El despojo de los seres humanos que allí fueron destruidos y la suma de angustias al desconocer el porqué del odio y el desconsuelo infinito cuando el silencio de oprobio continúa a pesar del desconcierto inocente. Suma escandalosa de preguntas que se perdieron en la devastación (p. 280).

Todos sabemos algo de los conflictos, y en cierta medida generamos una serie de respuestas hacia a ellos; buenas, malas, ilusorias, inverosímiles, eso es otra cuestión. Pero las responsabilidades políticas y éticas de todos han estado desde siempre, pero en algún momento debemos apropiarnos de dicha responsabilidad para en verdad transformar la barbarie. La primera estrategia para combatir la exclusión es la memoria y mi apuesta particular es la memoria que recorre la literatura.

Proust (2010) dice que el acto de despertar de un sueño es como una especie de resurrección que se parece a lo que ocurre cuando recuperamos un nombre, un verso o un refrán olvidado, pero sobre todo da a entender que “la resurrección del alma después de la muerte es concebible como un fenómeno de la memoria” (p. 91).

Jorge Semprún
Semprún quiso darse al olvido, no pudo y la escritura regresó. Daniel Mordzinski

En esta misma línea de ideas, Jorge Semprún (1995), el escritor español que fue confinado en el campo de concentración de Buchenwald, no por su condición racial como a Levi, sino política debido a su militancia en el partido comunista y por hacer parte de la resistencia francesa durante la ocupación nazi, usa la escritura literaria en su libro La escritura o la vida para transformar esa dolorosa experiencia, donde no sólo la escritura se reduce a describir el horror. El texto es una disección de las emociones humanas en situaciones extremas; Semprún retorna del silencio autoimpuesto por casi cinco décadas ya que quería darse al olvido para aliviar un dolor que jamás le abandonó, para mirar otra vez de frente el abismo insondable donde se aloja el mal absoluto, haciendo a su vez una reflexión misma sobre el acto de escribir:

Tenía que escoger entre la escritura y la vida, había escogido ésta. Había escogido una prolongada cura de afasia, de amnesia deliberada, para sobrevivir (p. 212).

Todo volvería a empezar mientras siguiera vivo: resucitado a la vida, mejor dicho. Mientras tuviera tentaciones de escribir. La dicha de la escritura, empezaba a saberlo, jamás borraría este pesar de la memoria. Todo lo contrario: lo agudizaba, lo ahondaba, lo reaviva. Lo volvía insoportable.

Solo el olvido podía salvarme (p. 177).

Y aunque Semprún quiso darse al olvido no pudo; las palabras y los recuerdos fueron más poderosos. No pudo acallar completamente el dolor, el olvido estalló y la escritura regresó: una escritura memoriosa capaz de mirar de frente al Mal.

La escritura de Semprún rescata lo perdido, la memoria se deleita con la poesía y la música; es una experiencia estética para enfrentar el horror, porque para enfrentarlo no hace falta únicamente describirlo, es necesario también rescatar del olvido aquello que fue arrebatado con la humanidad: la voz, la mirada, la libertad, los aromas.

Semprún sabe que la escritura tiene un poder inigualable, pero es algo doloroso, que no siempre es placentero pero resulta necesario. ¿Respuesta? ¿Verdad? No hay una sola en el acto literario, pero ahí radica el dilema pero también la posibilidad de la representación y del entendimiento de conflictos tan poliformes y complejos desde la literatura.

Siendo el olvido la elongación del crimen y no la respuesta como le sucede a Semprún, en el colosal documental Shoah de Claude Lanzmann vemos que los testigos se obligan a recordar, no sólo las victimas sino también los perpetradores, los que intuían algo y los que alejaron la vista. La técnica del documental se estructura en la entrevista, se privilegia el relato oral, ya que no hay imágenes de archivo ni musicalización como en el documental de Alain Resnais Noche y niebla. El gran logro de Lanzmann es que va más allá de Resnais. El primero usa la palabra pronunciada de manera literaria; el otro necesita la imagen para reforzar el testimonio. Y aunque ambos son necesarios y tienen sus propias virtudes, la apuesta de Lanzmann es más potente, mucho más humana. El testimonio es puro y logra lo que apunta Semprún, explora el alma humana desde los diferentes actores con lo que dicen y callan. Aunque Shoah sea un video (se hizo un libro después con los diálogos y reflexiones del documental) en su esencia es un relato literario que contrasta varios puntos de vista del conflicto. Como espectadores nos apropiamos del relato en cuerpo y mente cuando Lanzmann hace hablar los lugares y los silencios, todos apropiados y que contribuyen al ritmo narrativo junto con los rostros impávidos, incómodos y dolidos de las decenas de protagonistas que se obligan a recordar. El documental es un ejercicio que termina siendo físicamente exigente, no es fácil ver las más de diez horas que tiene, y aunque transita sin ritmos vertiginosos por los caminos del dolor, su recorrido lento es honesto y no le quita fuerza al horror de la barbarie. Exactamente esos son los aciertos de los libros de Vosgonian, Levi, Burgos Cantor y Semprún.

La literatura de estos autores representa a las víctimas y los muertos. Las narrativas, sin ser relatos plenamente históricos, visibilizan las múltiples historias que por una u otra razón no fueron o no quisieron ser escuchadas. Según Galtung (citado por Calderón, 2009), contar con una imagen consciente y cabal del conflicto, con todos sus aspectos profundos y sus condicionantes históricas, será determinante para la transformación del mismo. El proceso de concientización evitará la cosificación de los actores haciendo de ellos protagonistas del proceso de resolución del conflicto, es decir, “un actor consciente será capaz de dirigir esa transformación incluyendo la propia” (p. 72).

Un sujeto se apropia violentamente de los derechos de otro y, al no reconocérsele, la exclusión es manifiesta y la eliminación, punto más radical de la exclusión, es ya un hecho; la barbarie está servida, la violencia se desplaza y rebota en forma de venganza. La memoria pondrá la primera piedra para comenzar a reconstruir las ruinas de la barbarie, y si la violencia precisa del olvido para perpetuarse, la memoria fortalece la identidad del sujeto y la capacidad de autorregulación de la que habla Adorno.

Y pese a tener la literatura, pese a tener el diálogo y la memoria la pregunta es: ¿cuántas más barbaries tendrán que ser aún escritas, cuántas veces más tendremos que entrar al Corazón de las tinieblas?

 

Referencias

  • Adorno, T. (1998). Educación para la emancipación. Conferencias y conversaciones con Hellmut Becker (1959-1969.) Madrid: Ediciones Morata.
  • Baudrillard, J. & E. Morin (2004). La violencia en el mundo. España: Paidós.
  • Benjamin, W. (2001). Para una crítica de la violencia y otros ensayos. Iluminaciones I. España: Taurus.
  • Bourdieu, P. (2001). Contrafuegos 2. Barcelona: Anagrama.
  • Burgos Cantor, R. (2009). La ceiba de la memoria. Colombia: Seix Barral.
  • Calderón, P. (2009). “Teoría de conflictos de Johan Galtung”. En: revista Paz y Conflictos. 2 (1). 60-81.
  • Galtung, J. (2010). Trascender y transformar. Una introducción al trabajo de conflictos. México. Editorial Quimera.
  • Izquierdo, N. (abril de 2014). “El libro de los susurros o el poder mesiánico-revolucionario de la rememoración. Narración y cultura popular versus historiografía”. En: Argus-a. 3 (12).
  • Levi, P. (2005). Trilogía de Auschwitz. Si esto es un hombre. España: Editorial Océano.
  • Marx, K. (1989). Contribución a la crítica de la economía política. México: Editorial Progreso.
  • Proust, M. (2010). Por la parte de Guermantes. España: Debolsillo.
  • Rodríguez, N. (3 de agosto de 2013). “Las violencias”. En: El Espectador.
  • Semprún, J. (1995). La escritura o la vida. España: Tusquets.
  • Vásquez, J. (31 de julio de 2014). “Peligro, la literatura sobre la vida”. En: El Espectador.
  • Vosgonian, V. (2011). El libro de los susurros. España: Pre-textos.
  • Wajcman, G. (2001). El objeto del siglo. Buenos Aires: Amorrortu Editores SA.
Oskar Gutiérrez Garay

Notas

  1. Tomado del escrito titulado Primo Levi, el testigo sin descanso, hecho para el prólogo del libro Trilogía de Auschwitz (2005), que recopila los libros Si esto es un hombre, La tregua y Los hundidos y los salvados, publicado por la editorial Océano.
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