“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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La miel y Mandelstam

lunes 15 de agosto de 2016
persefone
“Las abejas de Perséfone” (2016). Composición fotográfica de Patricia Martínez Lugo

I. Rastro de miel

La dorada hidromiel tan espesa y lentamente de la botella
se derramaba que el ama de casa acertó a decir:
—Aquí, en la triste Táuride, adonde el destino nos arrojó,
nunca nos aburrimos —y miró por encima del hombro.

Todo aquí está al servicio de Baco, como si en el orbe
sólo guardianes y perros hubiera; vas y a nadie ves.
Como pesados toneles ruedan tranquilos los días.
A lo lejos, en una choza se oyen voces: no entiendes, no contestas.

Tras el té, salimos al vasto jardín de color canela,
como pestañas, los estores oscuros caían de las ventanas.
Pasando ante las blancas columnas, fuimos a las viñas;
allí, un cristal de aire durmientes montañas bañaba.

Y yo dije: En las viñas viven antiguas batallas,
crespos caballeros en rizado orden combaten.
Aquí, en la pétrea Táuride, está el saber de Hélade:
doradas fanegas de herrumbrosos arriates.

Y en la alcoba blanca como un bastidor permanece el silencio.
Un olor a vinagre, pintura y vino fresco sube de la cava.
¿Te acuerdas? En la casa griega: ¿Cuánto tiempo bordaba
la mujer a quien todos amaban, no Helena, sino la otra?

Vellocino de oro, ¿dónde estás, vellocino de oro?
En todo el viaje murmuraban pesadas las olas,
y dejando la nave, fatigado de los trabajos del mar,
regresaba Odiseo, pleno de espacio y de tiempo.

1917 (traducción de Jesús García Gabaldón)

 

Hermanos sois, iguales sois, pesadez y ternura.
La pulmonaria y la abeja liban la pesada rosa.
El hombre muere. La arena caliente se enfría.
Y el sol de ayer en negras parihuelas portan.

¡Ah, los pesados panales y las tiernas redes!
Es más fácil levantar una piedra que repetir tu nombre.
Sólo me queda una preocupación en la vida: la preciosa preocupación
de desprenderme del peso del tiempo.

Cual agua turbia bebo el aire turbado.
El tiempo fue labrado y la rosa se hizo tierra.
En un lento remolino las pesadas y tiernas rosas,
las rosas de la pesadez y la ternura, en dobles coronas se trenzaron.

1920 (traducción de Jesús García Gabaldón)

 

Toma, para tu gozo, de mis manos,
un poco de sol y de miel,
como nos ordenaron las abejas de Perséfone.

No soltar una barca a la deriva,
no sentir en la piel la sombra de una bota,
no vencer al dolor en esta vida dormida.

Sólo nos quedan los besos,
afelpados como abejitas
que mueren lejos de la colmena,

y que murmuran en la transparente espesura de la noche,
su patria es el bosque dormido de Taigeto
y su alimento, el tiempo, la pulmonaria y la menta.

Toma para tu gozo mi regalo salvaje,
este feo y seco collar
de abejas muertas que convirtieron su miel en sol.

1920 (traducción de Jesús García Gabaldón)

A través de los tres poemas presentados he seguido un rastro de miel espesa, que comenzó en el poema que habla del regreso de Odiseo (escrito en 1917). Siguiendo ese rastro de miel, hallé dos poemas más (escritos en 1920) que hablan directamente de las abejas, pero éstas no son abejas comunes y corrientes, son las abejas que convirtieron su miel en sol.

Ha sido difícil distinguir las citas de los tres poemas seleccionados, porque no poseen título o alguna numeración (me disculpo, porque no sé hasta qué punto esto afecte la fluidez de la lectura del presente ensayo). Lo cierto, es que para mí estos tres poemas van uno detrás de otro, muy unidos, como si se tratase de un solo gran poema, que Mandelstam comenzó a escribir en 1917 para terminarlo en 1920.

La dorada hidromiel tan espesa y lentamente de la botella / se derramaba que el ama de casa acertó a decir: / —Aquí, en la triste Táuride, adonde el destino nos arrojó, /nunca nos aburrimos —y miró por encima del hombro (Mandelstam: Tristia. Selección, p. 3).

La miel espesa no sabe de tiempo ni de gravedad, tampoco sabe que “Aquí, en la triste Táuride, adonde el destino nos arrojó, / nunca nos aburrimos” (Mandelstam: Tristia. Selección, p. 3). Hay que preguntarse: ¿de dónde sale esa miel? ¿Viene acaso de las abejas de Perséfone? Tratándose de “Aquí, en la pétrea Táuride”, todo puede ser, recordemos que aquí está el saber de la Hélade.

Todo aquí está al servicio de Baco, como si en el orbe / sólo guardianes y perros hubiera; vas y a nadie ves. / Como pesados toneles ruedan tranquilos los días. / A lo lejos, en una choza se oyen voces: no entiendes, no contestas (Mandelstam: Tristia. Selección, p. 3).

Los viñedos y la hidromiel (licor fuerte) pertenecen al ámbito de Baco, los cultivos de la vid casi siempre están al cuidado de perros y espantapájaros. El poeta también está desconcertado por esas voces que oye y no entiende, voces que quizás se dirigen a él, pero es mejor dejar pasar aquello que no entendemos, porque lo que nuestros oídos no entienden no puede tener significado para nosotros.

La miel no es lo único que cae lentamente, el tiempo no transcurre como en otros lugares, porque “como pesados toneles ruedan tranquilos los días” (Mandelstam: Tristia. Selección, p. 3). Si así pesan los días, ¿cuánto no pesarán veinte años? Por cierto: “¿Te acuerdas? En la casa griega: ¿Cuánto tiempo bordaba / la mujer a quien todos amaban, no Helena, sino la otra?” (Mandelstam: Tristia. Selección, p. 3). Sin ser nombrada todos sabemos quién es “la mujer a quien todos amaban, no Helena, sino la otra”, es un largo epíteto para quien responde al nombre de Penélope.

Nosotros probamos la miel, no una vez, sino mil veces; tal vez por eso nos llaman mortales. La muerte tiene un sabor dulzón.

En el segundo poema continua el rastro de esa “hidromiel” que estaba en Táuride, nos acompaña hasta encontrarnos con “¡Ah, los pesados panales y las tiernas redes!” (Mandelstam: Tristia. Selección, p. 6). Donde seguro “la pulmonaria y la abeja liban la pesada rosa” (Mandelstam: Tristia. Selección, p. 6). Este poema ya no se sitúa en Táuride, pero aquí las rosas también son muy pesadas, incluso “es más fácil levantar una piedra que repetir tu nombre” (Mandelstam: Tristia. Selección, p. 6). Hay hombres que arrastran su piedra hasta el fin del mundo, suben una y otra vez llevando su piedra a cuestas; pregúntale a Sísifo si continúa con su tarea. ¿Acaso hay otra piedra? Sí la hay, si por piedra el poeta se refiere al poemario Kamen (que en español significa Piedra), que contiene los primeros poemas publicados por Mandelstam; este poemario tiene 36 páginas, y con esa cantidad de páginas no ha de ser un libro muy pesado.

El tercer poema dice: “Sólo nos quedan los besos, / afelpados como abejitas / que mueren lejos de la colmena, / y que murmuran en la transparente espesura de la noche” (Mandelstam: Tristia. Selección, p. 6). Las abejas que mueren lejos de la colmena, es decir, lejos de casa. Las abejas tienen cuerpos afelpados, pero no sé si sean como besos, tampoco puedo decir exactamente qué es un beso, como Ossott dijo: “No puedo decir exactamente qué significan, así como no puedo explicar lo que sea un beso” (Ossott, Cómo leer la poesía, p. 16). Si uno no puede explicar qué son los besos, tampoco puede saber qué están murmurando en la transparente espesura de la noche.

—¿De qué se alimentan las abejas de Perséfone? ¿Qué hace que su miel sea tan espesa?

—Si tanto quieres saberlo, pues te digo que: “su patria es el bosque dormido de Taigeto / y su alimento, el tiempo, la pulmonaria y la menta” (Mandelstam: Tristia. Selección, p. 6).

—Con que esa es la receta de las “abejas muertas que convirtieron su miel en sol” (Mandelstam: Tristia. Selección, p. 6). Se han burlado de todo el mundo, en especial del dios Helios, porque, según recuerdo, enfurecido una vez amenazó con traer la luz del sol a los muertos (fue aquella vez que los compañeros de Odiseo se comieron algunas vacas de su rebaño). Las abejas son creaturas pequeñas, trabajadoras al servicio de Perséfone. Y por eso ellas consiguieron convertir su miel en sol, la imagen de esta miel brillando en el inframundo, pequeños faros en medio de las tinieblas, con ellas allá abajo no debe ser tan oscuro como creíamos.

—Yo que nunca he probado ni probaré la ambrosía, te digo que prefiero mil veces esta miel: “Toma para tu gozo de mis manos / un poco de sol y de miel, / como nos ordenaron las abejas de Perséfone” (Mandelstam: Tristia. Selección, p. 6). Ahora que sé de dónde sale la miel, no creo poder regresar al Táuride. Ella probó la semilla de granada; nosotros probamos la miel, no una vez, sino mil veces; tal vez por eso nos llaman mortales. La muerte tiene un sabor dulzón.

 

II. Zonas oscuras

En la primera parte he tratado de responder las preguntas que surgieron en mi lectura, con las palabras de otros poemas también pertenecientes a Tristia. Digamos que en la poesía de Mandelstam hay algunas zonas oscuras, que no siempre vamos a esclarecer. En lugar de tratar de llevar luz a esos rincones, pienso que es mejor andar tanteando el terreno, adoptar el método del Stalker (personaje de una película con el mismo nombre, dirigida por Tarkovsky en 1979). Su método consistía en arrojar una piedrita con un pañuelo atado, entonces hay que seguir por donde ha caído la piedrita, no hay un camino por dónde ir, porque con cada lectura surgen cosas nuevas que en principio no estaban ahí, cosas que no vimos antes. Como en esa estrofa llena de imperativos, órdenes que nos dieron las abejas de Perséfone: “No soltar una barca a la deriva, / no sentir en la piel la sombra de una bota, / no vencer al dolor en esta vida dormida” (Mandelstam: Tristia. Selección, p. 6).

El poeta nos entrega como ofrenda a las abejas muertas.

La primera orden de las abejas es “No soltar una barca a la deriva”. Parece que tiene relación con otro poema de Mandelstam, “Meganon”, que dice: “¿Por qué confiamos a una barca / el peso de una urna fúnebre / y arrojamos rosas negras / a las aguas de amatista?” (Mandelstam: Tristia. Selección, p. 3). En ambos fragmentos el poeta nos habla del rito fúnebre de soltar una barca a la deriva, porque así se honraba a los muertos en otro tiempo, despidiéndolos desde una orilla. La barca también es un símbolo en el inframundo, porque en ella Caronte transportaba a las almas que le pagaban una moneda para cruzar las aguas de Estigia.

La segunda orden de las abejas me desconcierta más que las otras; quizás sea porque no sé cómo se siente en la piel la sombra de una bota.

El tercer mandato de las abejas es “no vencer al dolor en esta vida dormida”. Como yo lo veo, sentir es estar vivo, el dolor es un signo de que hay vida en el cuerpo; dicho de otra forma, padecer es estar vivos.

En la última estrofa de este mismo poema, el poeta nos entrega como ofrenda a las abejas muertas: “Toma para tu gozo mi regalo salvaje, / este feo y seco collar / de abejas muertas que convirtieron su miel en sol” (Mandelstam: Tristia. Selección, p. 6). Es un “regalo salvaje”, porque viene de la naturaleza: las abejas pertenecen al “bosque dormido de Taigeto”, el poeta no elogia el collar, todo lo contrario, menciona sus defectos, es como el orfebre que nunca está contento con su trabajo.

 

Referencias

  • Mandelstam, Osip. Tristia y poemas de 1921-1925 (selección).
  • Ossott, Hanni. Cómo leer la poesía. Bid & Co. Editor. Caracas (2005).
Patricia Martínez Lugo