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Lo picaresco en “El Rey Zamuro”, cuento de Arturo Uslar Pietri

lunes 11 de septiembre de 2017
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Arturo Uslar Pietri
A través de la intertextualidad literaria e histórica, Arturo Uslar Pietri trasplanta una figura española del siglo XVI al presente histórico de nuestra realidad.

Parte I. Composición picaresca

A lo largo de los siglos, mucho se ha escrito en lo referente a lo picaresco; tanto, que podemos crear un caos a lo borgeano de dichos estudios. Y en la actualidad no es precisamente lo picaresco un género que predomina, pero existen obras que “sin ser clásicamente picarescas, presentan una visión picaresca y una actitud picaresca por parte del autor” (María Casas de Faunce, 1977), y precisamente partiendo desde este punto de vista, es lo que podemos ver en la escritura de Arturo Uslar Pietri, en especial en este cuento, “El Rey Zamuro”. Por su estilo, por su técnica y por su temática, este cuento se puede considerar un cuento picaresco, un cuento que por la intertextualidad literaria nos conecta con la literatura española del Siglo de Oro, por su desdoblamiento de un pícaro a un criollo y por la visión de un antihéroe, que nos remiten a un tipo de literatura que en Arturo Uslar Pietri tuvo una gran influencia y, en consecuencia, en la literatura venezolana. Para nadie es un secreto que Arturo Uslar Pietri no recrea la realidad a partir de una visión inmediata, sino que su arte es partir del arte, de la historia y del pasado, para colocar esos refractores que alumbren el presente histórico. Él no juzga ni critica el pasado, lo asume y lo vive, es el mismo instrumento que utilizan autores como Miguel Ángel Asturias y Alejo Carpentier, exploran el tiempo, la guerra del tiempo, los hombres y sus circunstancias, y extraen de esta técnica al hombre universal presente en nuestro mundo criollo. El personaje de “El Rey Zamuro” es anónimo, es anónimo porque es una referencia del hombre de todos los tiempos, escrito obviamente en primera persona. A partir de este truco, Arturo Uslar Pietri nos descubre y nos conecta con el arte universal, con la historia española y universal y con el drama humano (guerras políticas y religiosas, germen de la literatura picaresca).

Nuestro personaje, una referencia del hombre del tiempo, ha viajado, ha recorrido “mundos”, y esto le permite comparar a su contrafigura con otros personajes.

Vamos a tomar en cuenta algunos elementos propios de la picaresca presentes en el cuento “El Rey Zamuro”, de Arturo Uslar Pietri:

1. Primera persona. Para un pícaro, la narrativa en primera persona tiene dos aspectos importantes, propios de su ego y de su supervivencia. El primer aspecto es dramatizar en lo humano su propia vida, hacer sentir que ese ser humano marginado de la sociedad está dotado de ardides para combatir a esa misma sociedad que lo margina. Él, como individuo y como ser social, emerge del caos de una sociedad, es un antihéroe, sin valores aparentes; pero que tiene los suyos propios para crear un ambiente para su propia hazaña. El otro aspecto es el ascenso social. Una vez cumplida la hazaña de su picardía, el pícaro (ahora trastocado en un caballero), asciende a la intelectualidad, dejando como patrimonio “sus confesiones” escritas y bien documentadas de un personaje real y social. Así lo deja ver el personaje en primera persona de “El Rey Zamuro”: “Vale la pena recordar aquella visión”.

2. El viaje. El viaje en la picaresca es un camino real que tiene connotaciones simbólicas. Para la literatura castellana del Siglo de Oro, los personajes eran movedizos, se movían en la geografía y en el tiempo, buscando experiencias políticas y religiosas, que permitieran percibir la hazaña del protagonista. Don Quijote de la Mancha recorría España, el Lazarillo de Tormes viajaba y don Pablos, de El Buscón de Quevedo, también viajaba. Este viaje, a lo profundo del personaje, marcaba su existencia y le permitía visualizar los diversos estratos sociales y dramas de la sociedad en la cual les tocaba vivir. Nuestro personaje, una referencia del hombre del tiempo, ha viajado, ha recorrido “mundos”, y esto le permite comparar a su contrafigura con otros personajes, tanto populares como con personajes de la guerra: “Ni entonces ni después me atreví a decírselo, pero me recordó las figuras de los que representaban al diablo en mi pueblo, en las funciones de entradas de Jerusalén”. Puede el narrador de esta hazaña comparar la figura de “El Rey Zamuro” con otras figuras porque ha conocido el mundo. Pero un aspecto esencial en este punto del viaje es el viaje por las propias tierras, de donde emerge como una figura del caos social; él ha recorrido un país en guerra, destruido y sin instituciones aparentes, caos que le permite al personaje aprovecharse de las circunstancias para sobrevivir, hasta llegar a la escena de “El Rey Zamuro”. Y esta experiencia le permite tomar una decisión crucial, que es donde nace el cuento, aislarse. Él había decidido apartarse de todo aquello, después de largos viajes, para emprender el oficio de la picardía, único ardid de supervivencia en un ambiente desintegrador: “Sin pensarlo más, di media vuelta y, a la carrera de la mula, comencé a alejarme de aquello”. Dentro de una desintegración política, social y económica, emerge él, este personaje en primera persona, de un viaje, para contar nuestra realidad. El viaje y la picardía son elementos coherentes en este relato, al igual que en la picaresca española.

3. Nivel social. En la literatura picaresca, el nivel social del personaje es el reflejo del statu quo presente en la sociedad, son los marginados, los desheredados sociales y familiares, los rebeldes sin causa, los viajeros andantes con connotaciones políticas, sociales y religiosas. Es lo opuesto a lo oficial e institucional. No es un caballero en el sentido amplio de la palabra, no es un jurista ni un militar de renombre, es sencillamente un Sancho Panza cualquiera. A través de la intertextualidad literaria e histórica, Arturo Uslar Pietri trasplanta una figura española del siglo XVI al presente histórico de nuestra realidad, lo cual lo podemos visualizar a través de la presentación de una imagen social, andaba en mula y era vieja. El animal, como medio de transporte, denotaba jerarquía y figura ante las diversas circunstancias que vivían los hombres de entonces. Para este tipo de personaje, la vestimenta trastocaba al personaje en lo político, económico y social, y el caballo o la mula lo decían todo. El personaje de Arturo Uslar Pietri, una réplica del pícaro español, cumple con los requisitos sociales de este género: “No fue larga la carrera porque la mula era vieja, estaba cansada y no daba para mucho. Al rato iba al trote y poco después al paso”. Esta imagen política y social del personaje lo semeja al picaresco, que se lo hace ver como un resultado del caos social del cual emerge.

4. Ascenso social. Para un pícaro las aspiraciones de un ascenso social están siempre presentes en su pensamiento. Es un personaje que no resiste su actual condición social, es un “andante” constante por sus aspiraciones políticas y sociales, no es el típico leguleyo político que habla a las masas de una redención política, económica y social, sino que él busca resarcir en su persona y en su rango las injusticias sociales presentes. Tal vez fracase, pero no en su imaginación, en su percepción de ver lo humano y lo social. Aun en las peores circunstancias, este ideal está presente, y en este personaje de “El Rey Zamuro” esta aspiración es una premisa: “En algunos días de pelea me había torturado la idea de que me iban a matar y, en otros, en cambio, me había sentido lleno de confianza y como predestinado a un risueño porvenir de jefe poderoso. Sería un general, el gobernador de una región, el dueño de grandes propiedades de café, con caña, con ganado. Pero ahora estaba allí miserable y abandonado, casi reducido a mendigar, tan pobre y tan maltrecho que si los míos me vieran no me podrían reconocer…”. Es el drama del pícaro, la apariencia familiar y social, aunque su presente sea una ruina. Es hombre que en la sociedad caballeresca y en la industrial busca su promoción social, único aliciente para su satisfacción personal y social, lo que en la sociedad moderna se denomina “éxito”. Esta deformación en el hombre le viene de su quiebre con los valores cristianos al ver que el paraíso terrenal era una falacia en la tierra y que había que luchar mucho para ganar indulgencias y el Reino de Dios. Para él, el fin justifica los medios.

5. El antihéroe. En la picaresca no existe el héroe oficial, el guerrero dotado de cualidades divinas y guerreras para combatir el mal. Es, al contrario, un bufón que le saca provecho a la sociedad y deja cuestionados los valores imperantes en esa sociedad. Don Quijote de la Mancha es una parodia de la literatura caballeresca y el Lazarillo de Tormes es un drama social que denota los valores de esa sociedad, él es una crítica, un cargo de conciencia que revela el fracaso. Esta intertextualidad literaria e histórica, realidad presente en el siglo XVI y XVII español en la narrativa de Arturo Uslar Pietri, revela la conexión de este autor con la picaresca. Muchos de los personajes trabajados por Arturo Uslar Pietri denotan esta cualidad, el ejemplo de Presentación Campos en Las lanzas coloradas, oposición del héroe oficial; la figura de don Simón Rodríguez, donde Arturo Uslar Pietri traza la trayectoria de este personaje como un antihéroe, como un vagabundo que se echa al mar buscando ilusiones que no se pueden anclar en el puerto de la realidad. En realidad, la picaresca cosecha frutos en la literatura hispanoamericana y en Arturo Uslar Pietri es notable.

El personaje de “El Rey Zamuro” es un antihéroe, es un fracaso, sale huyendo, es un soldado en derrota, no tiene más salida que la retirada: “Sin pensarlo más, di media vuelta y, a la carrera de la mula, comencé a alejarme de aquello”. Fríamente lo revela, no está en él la cualidad del guerrero, la reivindicación social, el interés por los valores de la guerra y de la felicidad. Aquellos “valores” políticos y sociales que han sumergido en el caos a la sociedad de la cual él emerge, le son ajenos, no en el sentido literal de la palabra, sino que como personaje picaresco debe ser fiel a sus propios valores. Él es un fracaso, tal es la percepción que se desprende de los valores picarescos, fracaso que aprovecha para su propia subsistencia, que es lo que hace este personaje. La circunstancia histórica, cual epidemia de lepra, revela en él la fiebre por la apropiación de lo indebido como único medio de subsistencia (vaya, pareciera este cuento profético del presente histórico venezolano), lo cual lo convierte en un personaje siniestro cuando se lava las manos como Pilatos y huye como Judas con las treinta monedas de plata en el bolsillo: “El retumbar de una descarga subió desde el pueblo. Debía ser el fusilamiento de Zamudio. Entonces apreté el paso, huyendo verdaderamente. Vislumbrando en cada recodo, en cada cuesta de arboleda, la borrosa silueta de un jinete de altas botas de hule y afilado bigote que se desvanecía antes de que yo pudiera llegar y explicarle lo que solamente él debería saber para poder quedar yo libre y en paz. Al paso rápido me tintineaban las monedas de plata en los bolsillos”. Lo acosa un cargo de conciencia, pero es más fuerte su cobardía y su ardid para huir que la restauración del orden y del mensaje esperanzador. Nada tiene que ver con un Héctor vengador o un Simón Bolívar de las guerras suramericanas.

6. El desdoblamiento. Esta técnica, muy común en la literatura actual, no es tan contemporánea ni es una hazaña del presente literario, ha sido trabajada por la literatura picaresca de todos los tiempos. Se logra desdoblando un solo personaje en varios personajes paralelos, paralelos en el tiempo y en el espacio. Es la repetición constante de la misma historia lo que convierte al cuento o a la novela en un plan infinito de opciones. Es el dilema de san Agustín con el tiempo, el “hoy”, que es un fluir de acciones, del presente al pasado, del futuro al presente, ¿y cómo decir si hay futuro si no lo vemos? ¿Y cómo hablar de tiempo presente si en este instante ya es pasado?

Ante el pícaro, el traje es un símbolo de prosperidad, es un referente político, económico y social. Un escudero, un caballero, un sacerdote… son figuras que denotan importancia para el pícaro, cada uno en su tiempo y en su circunstancia y cada uno con su propia historia. Es lo que logra ver el personaje pícaro de este relato ante las tres visiones que tiene de “El Rey Zamuro”: “Yo no sabía quién era Reinoso, ese nuevo personaje que de pronto ocupaba el sitio y la persona de lo que yo creía Zamudio. Ni tuve en esta ocasión tiempo de saberlo o de averiguarlo”.

El pícaro, como personaje de ficción, ahora trastocado en persona real que cuenta una historia o un cuento, logra a través de un “instrumento” escrito ese ascenso social por el cual había luchado tanto.

 “Delante de Zamudio, que era ahora Reinoso, el jefe”. “El asombro me dejó paralizado y sin saber qué responderle. Era como si de una manera mágica acabara de transformarse en otro ser delante de mis ojos”. Es decir, actúan tres personajes paralelos, uno oculto detrás del otro: el coronel Zamudio, el Rey Zamuro y Reinoso, el jefe, tres figuras en una sola persona, cada uno con un campo de acción, una yuxtaposición de hazañas que revelan una sola realidad. Esta técnica propia de la picaresca se logra gracias al cambio de traje y de oficio, el coronel Zamudio es un vagabundo que aparece en la vida del personaje para meterlo en el cuento, en el drama y, gracias a su astucia, se convierte en otra figura. Es altivo y de alta alcurnia: “Paseó una mirada despreciativa por la mula y por mí, que constituíamos como un monumento risible de fatiga y miseria”. Se deja entender que el personaje misterioso procede de alguna alcurnia. Luego, deviene en la figura del Rey Zamuro, un volatín de oficio. Tiene gracia y es hábil para seducir con sus palabras: “El vocerío y el tambor se acercaban por la calle y el coronel, casi a gritos, continuaba contando sus hazañas de volatín”. Es el típico criollo hablador, dicharachero y embustero que formula promesas ante los pueblos para aprovecharse de la ingenuidad de la gente. Y por último, se descubre que este gracioso y simpático personaje de circo era un oficial amarillo, un feroz caudillo sentenciado a muerte, es Reinoso, el jefe. Finalmente es ejecutado sin fórmula de juicio. Son tres figuras de una sola persona que marcan la vida del personaje en primera persona, que hemos comparado con un pícaro por sus características principales, tanto por el personaje como por el cuento. El pícaro de este cuento ha tenido tres “amos”, a los cuales ha servido en un drama político y social cuyo desenlace fue la muerte y la huida del pícaro a otras tierras, dando inicio de nuevo a su aventura: “Dejé la plaza, tomé una de las calles que subían, pasé por las últimas chozas diseminadas en la cuesta y comencé a andar por el camino estrecho que faldeaba el monte. Todo estaba solo y como sin vida y yo caminaba lentamente, como si esperara algo, algo irremediable para mí, que iba a ocurrir, que tendría que ocurrir”.

La acción del personaje es cíclica, “que tendría que ocurrir”; es decir, que el personaje en primera persona se revela como un pícaro al cual siempre le suceden “cosas” de la misma naturaleza. Es como un destino, “algo irremediable para mí”, en él hay una sucesión de acciones que lo remiten siempre al mismo nudo de los hechos, andar y desandar y viceversa. Es la historia del eterno retorno, es nuestra historia repitiéndose cada ciclo, con personajes embaucadores que señalan a los prototipos de nuestra historia. Es fascinante este episodio.

7. El texto. El texto, las crónicas, las confesiones o las narraciones escritas por el mismo personaje son aspectos de un mismo tema. Al leer cualquiera de estas pruebas escritas, se tiene la impresión de que el personaje de ficción fue realmente una persona real y social, que alienta a otros a escribir sus propias hazañas y memorias; de esta manera el tema es infinito, es humano, es social. El pícaro, como personaje de ficción, ahora trastocado en persona real que cuenta una historia o un cuento, logra a través de un “instrumento” escrito ese ascenso social por el cual había luchado tanto. Es su legado real a la humanidad, es el testimonio escrito de un tiempo y de una historia. Oficio que desempeñaron a carta cabal los cronistas de Indias y novelas como las escritas en el Siglo de Oro español. Para este personaje, “vale la pena recordar aquella visión”. Pero la visión sería materia de un texto que daría fama a su autor, a un autor desconocido, en este caso. Sólo así adquiere validez el texto, como crónica y testamento de un tiempo.

 

Parte II. La intertextualidad

En la primera parte analizamos algunos elementos de la composición de una novela picaresca y cómo esos elementos son utilizados por nuestros escritores para lograr una obra de calidad. En esta segunda parte vamos a analizar la relación del cuento con otros textos, a la luz del estudioso francés Gérard Genette (1930), con su famosa teoría de la transtextualidad. Al aplicar algunas ideas del crítico francés, no quiere decir que colocaremos su estudio debajo del cuento para alumbrar lo cierto o falso de la relación del cuento con otros textos, solamente son vías para entenderlo mejor. Vamos a tomar en cuenta sólo la intertextualidad, como un aspecto de una categoría de cinco (intertextualidad, paratextualidad, metatextualidad, architextualidad e hipertextualidad); no obstante, el estudioso dice que todos guardan relación entre sí. Para Gérard Genette la intertextualidad es la presencia de un texto en otro texto, que se deja ver por el lector cuando quien lo lee lo percibe. En el caso de “El Rey Zamuro” no sólo se perciben otras relaciones y presencias, sino que hay un fondo histórico del personaje y un compromiso literario con quien nos dio el idioma como instrumento de conocimiento con el mundo. El personaje en primera persona de “El Rey Zamuro” no surge por generación espontánea y, si al caso vamos, precisamente ahí está el genio de Arturo Uslar Pietri como cuentista cuando logra que su personaje no sea sólo una mera referencia nacional y tradicional de una costumbre local, sino un personaje extraído del tiempo, a través de la intertextualidad, para colocar su acción en medio de esas costumbres. Lo hizo Joyce con Ulises, lo hizo Virgilio con la Eneida.

Al leer y estudiar el cuento “El Rey Zamuro” lo primero que impresiona son la acción del personaje, su travesía y sus peripecias, similares a un personaje de la picaresca española. Él viaja, es el viaje el vehículo que utiliza el autor para darle movilidad a la acción y al personaje, con características plenamente identificadas con las de un pícaro. Según el escrito, el personaje-protagonista emerge del caos de una guerra, de una desintegración, lo cual le produce miedo y huye, buscando mejores condiciones de vida. Sin embargo, ante la circunstancia del momento, no hay salida para aquel caos, el cual le plantea al personaje una técnica de supervivencia y no es otra que la picardía, la viveza criolla como se ha dado a conocer. Para este personaje, típico de la picaresca, las instituciones son objetos de burla, de degradación, tal vez por una mala experiencia anterior, o porque las considera las causantes de los males reinantes. La soledad, la desesperanza y la amargura colocan a estos personajes en el papel de la herejía, justamente cuando ésta se castigaba con la quema. Aquí, en “El Rey Zamuro”, esta característica típica del pícaro medieval es ilustrativa: “La fachada de la iglesia, de encalado blanco y puertas verdes, parecía una cara de bruja…”. “…El infierno del sermón del cura…”. Estas expresiones son típicas del hombre medieval, cuya protesta por la institución eclesial tenía una vieja data. Pero hay más. Por lo general, el pícaro es muchacho, es joven, cualidad que lo identifica y lo acredita para la acción; de lo contrario, o sería un héroe o un mendigo, pero no un pícaro en acción. El Lazarillo de Tormes y don Pablos, de El Buscón de Quevedo, son muchachos, son jóvenes, provenientes de valores no siempre respetuosos, ni asimilados por las clases sociales. El personaje de “El Rey Zamuro” también era un muchacho: “…yo era apenas un muchacho metido en aquella aventura de la guerra sin saber cómo…”. En su angustia existencial, él no revela su origen, sino que deja este origen a la percepción del lector. Y en fin, hay más paralelismos.

En consecuencia, la intertextualidad, vale decir, la relación con otros textos, tiene su razón de ser en obras como El Lazarillo de Tormes, El Buscón de Quevedo y en otras obras de similares características. No sería la intención del autor, pero su actitud es típicamente picaresca. El ardid de este cuento y el genio de Arturo Uslar Pietri estuvieron en la genialidad de extraer un personaje universal, de la cultura española, para insertarlo en la cultura nacional, nada despreciable si hay datos que genios como Joyce y Virgilio también trabajaron de esta forma (Gérard Genette, Palimpsesto, 1981). El personaje, sus acciones y el estilo son transportados a nuestra geografía y a nuestra literatura, es decir, el truco, la técnica, aunque ese personaje sea típicamente venezolano. Más tarde, autores como Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez, ambos premios Nobel, dieron un tratamiento similar a sus obras levantando a sus personajes y sus peripecias a través de la técnica. Estos autores, al concedérseles el premio Nobel, agradecieron, sin ningún tipo de miedo, a sus maestros por ayudarlos a escribir sus obras. ¿Qué sería de los personajes y de las peripecias de Cien años de soledad sin el aporte de William Faulkner? Igual para el autor de La casa verde, cuya temática sería aburrida e infinita de no ser por la técnica magistral con la que la elaboró. En el cuento “El Rey Zamuro” hallamos un antecedente técnico a todo este boom que luego vino en la literatura latinoamericana. Por esta razón, Arturo Uslar Pietri es un precursor de la nueva narrativa, porque aporta elementos que en la literatura anterior otros escritores no se habían atrevido a aportar.

El otro punto que guarda relación con la intertextualidad es lo referente a las crónicas de Indias o a narraciones españolas del siglo XVI y XVII. El estilo y la forma de narrar en primera persona deja en claro que era el estilo utilizado por los cronistas para dejar constancia de hechos y personajes de ese tiempo determinado. Se nota, se percibe en el personaje-narrador un cierto sabor a castellano al describir las formas del pueblo y sus andanzas. El narrador en primera persona realmente se luce como un cronista al pintar el pueblo de su acción: “El pueblo era pequeño y poco alumbrado. Casi no había gente en las calles empinadas y tortuosas que subían a anudarse en la pequeña plaza, donde se alzaba la iglesia. De una que otra puerta salía una bocanada de humo y un vago olor de cocina”. Esta magistral reseña es ilustrativa de un cronista español o de Indias. Incluso la arquitectura y el diseño del pueblo son típicamente españoles. Se tiene la sensación de transitar por un pueblo medieval, tan sólo con una iglesia como referencia, como símbolo de la implantación de la cruz de Cristo. Lo que describe es una estampa española transportada a la América española. Es un castellano (en este caso el narrador) el que está describiendo una estampa típicamente española, en relación con la nuestra. La intertextualidad no sólo sería literaria, sino cultural e histórica. El personaje-narrador, de pronto, deviene en cronista y deja constancia de un trasfondo político, social y económico, pero no necesariamente es un cronista oficial. Hay una relación cultural y geográfica. Autores como Alejo Carpentier, Carlos Fuentes, Miguel Ángel Asturias, sin duda que recurrieron a las crónicas americanas para sustentar sus trabajos, para convertir, según Gérard Genette, sus obras en una operación transformadora. Al descubrir esta relación, esta intertextualidad en el cuento de Arturo Uslar Pietri, lo coloca en el mismo oficio de una operación transformadora de la cuentística y de la novela latinoamericanas. Esta relación, esta intertextualidad, de la cultura española con la americana, es un claro reflejo de ese mestizaje del cual se ha hablado tanto. Arturo Uslar Pietri habló del mestizaje como el único proceso propio de nuestra historia.

Sin embargo; hay otro punto que surge de toda esta relación, que es el compromiso con la literatura y con la historia como una especie de intertextualidad que tiene relación directa con la cultura española y universal. La relación con la cultura española lo rubrica el compromiso de hombres como Arturo Uslar con el idioma y la cultura que dieron origen a su identidad. El compromiso con las raíces es otra intertextualidad, es otra relación, que refleja que nuestra literatura tiene un fondo y una forma, que no salió del vacío. Nuestra literatura tiene fondo y tiene forma porque existe un sustrato cultural llamado España. Pero sólo en el compromiso, y no en la ruptura abrupta, es posible hallar esta intertextualidad. Error cometido por posteriores generaciones de escritores que quisieron echar al cesto de la basura toda relación con el pasado, saltando al vacío y al experimentalismo caótico. Arturo Uslar Pietri asume (en lo literario) con orgullo su identidad, sus raíces españolas y mestizas, y las convierte en operaciones transformadoras. Un trabajo comoEl Rey Zamuro” sólo era posible bajo un pacto de caballeros, bajo un compromiso y una acción valiente de reconocer de dónde venimos sin complejo de ninguna índole. Con un cuento como “El Rey Zamuro” se abre un eslabón con la cultura española, abierto por parte de España desde el siglo XV. Es decir, que el proceso del mestizaje cultural sigue dándose en eso que Gérard Genette llamó operaciones transformadoras, y volvemos al ejemplo anterior, un Joyce y un Virgilio, uno moderno y uno antiguo, transitaron por esta vía sin ningún pudor para hallar sentido en su presente histórico a sus acciones, con raíces profundas. Este cuento aquí en estudio es una muestra de esta ardua tarea que emprendió Arturo Uslar Pietri para hallar raíces con la universalidad, con la tragedia humana y social, sin caer en inmediatismos y localismos, que devinieron en falsos nacionalismos criollos, como el caudillismo y las dictaduras.

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Por medio de la literatura, que es el oficio de Arturo Uslar Pietri, él establece esa relación con la historia, con la historia de todos los tiempos y de todos los hombres, sin olvidar la historia local.

Dentro de este panorama, se abre ahora la relación con la historia, el compromiso con la historia, que es otra forma de intertextualidad. La historia, según este cuento, no es la contada desde los púlpitos de las academias de la historia ni desde los paraninfos legislativos, sino la historia como arte. La narrativa de Arturo Uslar Pietri, sus novelas emblemáticas (Las lanzas coloradas, El camino de El Dorado, La isla de Róbinson) y sus célebres cuentos, no son la historia oficial del país ni de Latinoamérica, sino que son obras que van transformando la visión de la realidad a través del arte. Lo importante no es lo que sucedió, sino la posibilidad de ver el mundo, o nuestro mundo, desde otras perspectivas, y no desde la perspectiva oficial. Al menos desde la perspectiva del arte; otros podrán observarla desde el punto de vista sociológico, político y hasta religioso; pero el compromiso de Arturo Uslar Pietri con la historia es a través del arte. La sustancia de la historia sufre una transformación a través del arte; incluso, dice Gérard Genette, la imitación es un proceso transformador.

Por medio de la literatura, que es el oficio de Arturo Uslar Pietri, él establece esa relación con la historia, con la historia de todos los tiempos y de todos los hombres, sin olvidar la historia local. El compromiso con la historia le llega a través del arte, lo que le da al autor la libertad para elegir estructuras de la historia que bien pueden ayudarnos a resolver ciertos problemas locales. Los hechos, la historia de “El Rey Zamuro” son locales; pero la estructura de esa historia es la estructura de una historia medieval, universal. La elección de esta perspectiva abre la posibilidad de ver la historia local desde varios ángulos, sin absolutismos ni académicos ni políticos. El personaje se mueve dentro del escenario nacional, pero abierto a una libre interpretación en razón de la estructura aplicada al cuento, que no es otra que la estructura de una historia española o universal. A través de este compromiso con la historia, que es arte también, el autor pone en perspectiva nuestra historia ante cualquier hombre de la historia. Lo trasciende y le da carácter universal. Esta relación, esta intertextualidad, explica el hecho de la identidad cultural a través de una estructura que proviene del gran pensamiento del mundo occidental. Esta metodología de trabajo es perceptible, también, en El Siglo de las Luces (1962), de Alejo Carpentier. Alejo Carpentier aplica la estructura histórica de la Revolución Francesa a la historia antillana para abrir ese mundo a otras posibilidades. Carlos Fuentes aplica la estructura de la Revolución Mexicana y de la Guerra Civil Española (1936-1939) a su obra La muerte de Artemio Cruz (1962). La estructura histórica de “El Rey Zamuro” es la estructura de la historia medieval. Es la intertextualidad con la historia, es la relación con la historia, es el compromiso con la historia lo que convierte en arte cualquier suceso histórico elegido por Arturo Uslar Pietri para convertirlo en obra transformada. Sólo así, la historia vuelve a ser arte y no simple historia.

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En el Nuevo Mundo las palabras están asociadas a rituales. No es lo mismo la palabra “lluvia” en Europa que en el trópico del Caribe o en la América Hispana. La palabra “yuca” no es sólo una vitualla en el sentido literal de la palabra, o el simple razonamiento de ser un alimento, sino que su pronunciación tiene otras connotaciones, un sentido invocatorio. Al ser mencionada, despierta el espíritu para el ritual de las ceremonias sagradas y paganas, señala la acción y el sentido de la convivencia. Su pronunciación abre las puertas de una cosmovisión abierta al misterio ancestral. Frente a este misterio, la dificultad está en la elaboración de un código lingüístico que transmitiera todo ese sentido de la vida misma de esta parte del mundo. Tarea nada fácil que llevó a muchos de nuestros narradores del siglo XIX a naufragar por no dar con la prosa adecuada. Las investigaciones de escritores como Arturo Uslar Pietri, Alejo Carpentier y Miguel Ángel Asturias, tres mosqueteros en acción de principios del siglo XX por España y París, parte de esa búsqueda de lo real y autóctono se centró en esta tarea. Lo primordial no era escribir sino cómo escribir, a tal grado que aquella prosa diera con el ser y el misterio del hombre del Nuevo Mundo.

Esto lo explica la intertextualidad. La transmisión de este código escrito por parte de España plantea la tarea de asumir el compromiso con el idioma y con la palabra mítica a la vez. Entonces, para poder transmitir “nuestro mundo”, el mundo del mestizo o del criollo, la prosa ha de ser viva y genuina. La palabra debía de ajustarse al contexto político, económico y social. Y pensadores y narradores como Arturo Uslar Pietri tuvieron que estudiar la posibilidad de una relación a través de la intertextualidad o de una hipertextualidad, que sería más abarcadora entonces. La prosa de “El Rey Zamuro” es la prosa castellana de la picaresca y no la simple recolección de localismos criollos de una parte de la historia del país. La prosa de “El Rey Zamuro” es la prosa de la picaresca, pero sufre lo que hemos dicho de Gérard Genette, una operación transformadora. Es la prosa de los cronistas de Indias, pero sufre el mismo efecto. La operación transformadora se da cuando se percibe que hay un mundo sospechado dentro de aquella prosa picaresca, un mundo alterado por las palabras de profundas connotaciones míticas. La fascinación por el personaje del volatín, “El Rey Zamuro”, es atrayente porque hay una relación mítica entre la palabra que denota al animal y el pueblo: “Venían de las chozas metidas en el monte o de las casas del pueblo con una expresión aniñada y feliz, como si esperaran algo maravilloso”. “Algo maravilloso” que despertaba en ellos la palabra “zamuro”, por ser un animal que tiene relación con todos ellos, un sentido mítico y real. La acción del cuento viene alterada por las palabras que identifican al personaje con animales con sentido ritual, como el báquiro o el morrocoy. La prosa genuinamente castellana y picaresca sufre alteración por la palabra “zamuro” con sentido mítico. Nuestro mundo, ese mundo sospechado, aparece por la aparición de una prosa que ha sufrido una transformación, como ya se ha señalado. En tal sentido, tenemos una estructura del castellano picaresco aplicada a la realidad nuestra, pero con resultados alterados por la acción que viene del poder mítico de las palabras. En este campo, la percepción de que hay un mundo subyacente, hondo y misterioso, muy nuestro, se deja ver a través de la relación con la prosa castellana como estructura de fondo, con la prosa picaresca en el caso de “El Rey Zamuro”.

Nada de esto hubiese sido posible sin una intertextualidad, una relación directa con la prosa castellana. No se hubiese dado esa conjunción entre aquella prosa castellana picaresca y estas palabras con sentidos rituales y ceremoniales, si no es porque hay un compromiso ético y literario para comprender el extraordinario aporte de la prosa castellana a la nuestra. La prosa del cuento “El Rey Zamuro” es una prosa que se enriquece con la prosa castellana de la picaresca, pero al mismo tiempo la acción del personaje va tejiendo un mundo mítico sólo entendible a través de las palabras con sentido ritual. La palabra “zamuro”, aplicada al volatín, tiene el efecto real de abrir una gran escena, sólo posible en el subconsciente de aquel pueblo: “Pero ahora se alzaban nuevos gritos clamorosos y aplausos. Me subí sobre la silla y vi al Rey Zamuro que saludaba al público en medio del espacio abierto. De un salto se subió a una mesa y de otro se puso sobre la tensa soga. El balancín cabeceó como un aspa de molino y hubo un momento de angustia en que todos callaron. Parecía que iba a caer, pero pronto se irguió de nuevo sobre sus lustrosas botas y comenzó a deslizarse sobre la cuerda”. En la memoria colectiva del pueblo no está presente el volatín, sino la presencia mítica del zamuro, animal con el que están relacionados todos desde los tiempos ancestrales. Son las peripecias rituales del animal con las cuales se identificaban todos, con una antropología fantástica y una religión arcaica, con la cual han elaborado su tabla de valores. Entre el “pueblo” y “El Rey Zamuro” se abre un mundo mítico, se activa la nostalgia para exhumar la historia de aquellos pueblos que viven en la memoria colectiva para reinventarse. No obstante, la prosa de “El Rey Zamuro” es una pieza al mejor estilo de la picaresca, con su sentido universal. Este cuento es una arquitectura literaria que tuvo su esplendor, ciertamente después.

 

Parte III. Otras insinuaciones

Las tendencias actuales de la crítica literaria consisten en ver el texto como una red compleja de relaciones con otros textos, fenómenos y situaciones, en lo que se ha venido llamando un palimpsesto. A todo esto se le llama posmodernidad y es posmodernidad porque son sistemas abiertos, donde la intertextualidad aplicada por primera vez por Julia Kristeva dio con la posibilidad de ver el texto como un juego de metáforas, desde Homero, al decir de Jorge Luis Borges, para tener la eventualidad de otros sucesos. El cuento de Arturo Uslar Pietri, “El Rey Zamuro”, es posmoderno porque en él hallamos una red de relaciones con otros textos, fenómenos y situaciones abruptas que señalan mundos sospechados. La estructura histórica de la picaresca, la prosa castellana y la palabra mítica del Nuevo Mundo, por tan sólo nombrar tres relaciones, despiertan la percepción de mundos sospechados, de situaciones que reconstruyen la memoria colectiva al pasar por nuestros recuerdos. Y ciertamente, parte de la tarea de Arturo Uslar Pietri como venezolano y como escritor fue su compromiso con el presente y la historia, con la literatura, con la política y con la identidad nacional. Pero este oficio no fue desde la ideologización de la historia ni cuestionando los hechos como sucedieron, sino desde la perspectiva del arte, que era su operación transformadora. A él le tocó la reconstrucción de la memoria colectiva exhumando nuestra historia del panteón del olvido, para presentarla como un eterno presente agustiniano, como mensaje inaplazable hacia el futuro. Desde Barrabás y otros relatos, pasando por Las lanzas coloradas o La visita en el tiempo, la obra de Arturo Uslar Pietri fue un transitar por la posmodernidad, entendida como la relación con otros eventos, con otros textos, con otros fenómenos. Su obra no se puede entender sin ese vasto y complejo mundo que es la cultura occidental e hispanoamericana, para localizar a ese hombre en su contexto natural, ya sea en la selva, ya sea en el llano, en la ciudad o en el universo. El personaje-narrador de “El Rey Zamuro” es un hombre del tiempo, un hombre del presente pasado de san Agustín, que exhuma una historia a través de la memoria: “Vale la pena recordar aquella visión”, dice el personaje, para reconstruir una historia escondida en la memoria colectiva. Sólo así hay posibilidad de existir a través de la antropología fantástica.

Nos amparamos en el sueño y en la añoranza para resistir, pero a la vez es una resistencia constructiva, de exhumación de la historia y de la memoria para construir un presente con base al pasado.

Esto nos lleva a sospechar que en la obra de Arturo Uslar Pietri se filtra la filosofía de san Agustín, con su famosa teoría del tiempo. En su vida como escritor se siente esa angustia de palpar el presente lleno de reminiscencias del pasado, en el sentido de que toda obra del pasado es un eterno presente para reconstruir. Pero también en la obra, especialmente en el cuento analizado, el personaje-narrador cuenta la historia no desde la inmediatez, sino desde una exhumación de la memoria, partiendo del presente pasado de san Agustín, en el sentido de que todo puede ocurrir en este constante ahora que es nuestro presente. Él lo ha expresado: “Vale la pena recordar…”. Para el santo de Hipona, el tiempo presente es el ahora compuesto por un presente pasado, presente de presente y presente de futuro. El presente carece de espacio y pasa a ser ausente porque al instante es pasado, sólo perdurable por la acción de la memoria, la atención. La sospecha de que se mueven muchas cosas en el tiempo rompe la barrera de lo inmediato, pero necesita de una memoria para ordenar los eventos transitados. La reconstrucción de la memoria colectiva de nuestros pueblos pasa por ordenadores de los eventos y situaciones que hemos vivido desde nuestra fundación hasta el presente. La memoria política, social y económica de nuestros pueblos debe reconstruirse a cada instante y la teoría del tiempo de san Agustín ha venido a convertirse en una aliada formidable. Nada más palpable de la reconstrucción de la memoria que Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez: la novela arranca con una remembranza, con un remoto recuerdo, aquel día en que José Arcadio Buendía llevó al coronel Aureliano Buendía a conocer el hielo. A partir de la memoria, ordenadora de los eventos: sueños, guerras, amor, fracaso, autoritarismos… se reconstruye una realidad, frágil en el tiempo, pero exhumada por el recuerdo y la añoranza, cualidad muy nuestra.

Otra relación del cuento con otras corrientes humanas y artísticas en las que se ve la construcción del cuento es ciertamente el sueño y la añoranza. El sueño y la añoranza son percepciones del hombre acerca de una realidad personal o colectiva, muy usada incluso por la Biblia: el sueño de José con respecto a la Virgen María y al Niño Jesús. Gracias a un sueño, se forja una religión de millones a través del tiempo. Siendo una condición humana, en nuestro contexto histórico y social, esta relación viene reforzada por la evangelización cristiana católica, la devoción a los santos y a las fiestas religiosas, pero al mismo tiempo el sueño y la añoranza vienen a formar parte de un escudo de resistencia frente a la opresión y a los totalitarismos oficiales de cualquier cuño. El sueño es una vía de escape para transformar la realidad, los sueños de José y de Daniel transformaron la historia de sus pueblos. El sueño y la añoranza de nuestro pueblo son las sustancias de la música, de la literatura, de la pintura e, incluso, de la política y de la religión. Nos amparamos en el sueño y en la añoranza para resistir, pero a la vez es una resistencia constructiva, de exhumación de la historia y de la memoria para construir un presente con base al pasado. Los personajes de Onetti, de Gabriel García Márquez, de Mario Vargas Llosa, de Juan Rulfo, de Miguel Ángel Asturias, de Alejo Carpentier, son personajes que transitan por una zona de tinieblas, de reminiscencias, de suelo movedizo y perdidos como Adán y Eva después del pecado, arrojados a una zona que no tiene límite, pero peligrosa. Para los escritores del siglo XX, la filosofía de san Agustín marcó el trabajo de estos narradores, en el sentido de que la teoría del tiempo, redescubierta, entre otros, por Jorge Luis Borges, contribuyó a abrir nuevos espacios para la visión de nuestra realidad. En el cuento “El Rey Zamuro”, Arturo Uslar Pietri se vale de la añoranza para escribir el cuento y se constituye en la estructura sobre la que descansa la acción. Todo nos viene dado por la añoranza del personaje principal.

Pero al mismo tiempo, nos remite a la historia, a dos versiones, la versión oficial de la guerra y la versión del personaje narrador. En la versión oficial de la guerra hay victoria, en la versión del personaje-narrador hay derrota, retirada, lo cual permite contar dos versiones de un solo hecho. Por lo general, la historia la cuentan los vencedores, pero en este caso la historia del cuento la narra un derrotado. Es evidente que tenemos un juego de versiones acerca de un solo hecho. Hay documentos oficiales de la guerra, pero hay testigos. Es indudable que hallamos filtrados documentos, versiones, percepciones y hasta manipulación de los hechos por parte del personaje-narrador. Este juego de versiones no extingue el interés por el cuento; al contrario, estimula su lectura y su reconstrucción, que es un precepto de la crítica y de la narrativa posmoderna. Siendo arte e historia lo que cuenta Arturo Uslar Pietri a través de “El Rey Zamuro”, no hay un veredicto final de los hechos, un inicio, un desarrollo y una conclusión, sino que se abre un compás de versiones donde hasta el lector participa para aportar la suya. ¿Será cierto que existió el Rey Zamuro? ¿No será un cuento popular insertado en medio de la historia de la guerra? ¿Será un cuento del personaje-narrador para contar la historia de su fracaso? ¿Será un oficial derrotado, de aquellos que quisieron forzar una batalla y fueron sacrificados por sus propios soldados? ¿Estará él escondiendo su fracaso a través de la figura del Rey Zamuro? ¿O será que él es el Rey Zamuro y trastocó la historia haciéndolo fusilar en el cuento para contar él la historia de su aventura? ¿A quién le teme escondiéndose detrás del Rey Zamuro? En la historia de un fracaso militar, la figura del Rey en el cuento la convierte en una parodia de la realidad para resaltar en la imaginación una victoria que nunca ocurrió. Es decir, la historia de un fracaso está recubierta con versiones e historias de fantasía como la vida del Rey Zamuro para ocultar a un fracasado. El personaje-narrador se niega a fracasar en la verdadera historia y triunfa a través de la picaresca en la ficción. En fin, podríamos pensar muchas hipótesis, que a medida que se van pensando nos van dejando sin respuestas y la posibilidad del cuento se va hacia lo inextricable. Pero todas las hipótesis tienen un punto de partida y un desenlace en una sola persona, el personaje-narrador, percibidor abstracto del mundo al decir de Jorge Luis Borges, anclado en un eterno presente agustiniano.

 

Parte IV. Conclusiones

El cuento “El Rey Zamuro” es una versión picaresca de un hecho venezolano. En él está presente la preocupación de un narrador como Arturo Uslar por la renovación de la cuentística y de la narrativa hispanoamericanas que tanto angustió a figuras de la talla de Jorge Luis Borges y Alejo Carpentier. Al llamarla “una versión picaresca”, adquiere las dimensiones de una obra universal y la coloca en la versión borgeana de revitalizar las metáforas de la literatura de todos los tiempos. Esto indica que Arturo Uslar Pietri fue un escritor del siglo XX venezolano e hispanoamericano con una labor artesanal a través de las letras para darle al cuento y a la novela venezolana la dimensión de arte y no de instrumento político. Por eso su obra salta las épocas y se convierte en reflectora de nuestra historia. Su novela Las lanzas coloradas forma ya parte de ese corpus narrativo de escritores del siglo XX que se convirtió en un reflector para otros escritores del laureado siglo de las letras hispanoamericanas. Si España y la cultura universal tienen un Siglo de Oro, América Latina tiene su siglo de oro narrativo, y Arturo Uslar Pietri fue uno de esos artífices. En el corpus narrativo de Arturo Uslar Pietri hallamos muchas relaciones, conexiones y transmisiones que lo convierten en un sistema abierto, dispuesto a interpretaciones no siempre absolutas, porque su arte no fue absoluto, sino abierto a la especulación humana. El cuento analizado pone de relieve este artificio de la narrativa del autor y nos brinda el testimonio de un hombre cuyo compromiso con el país y con la literatura fue asumido con verdadera valentía. Las relaciones que hallamos en este cuento, la intertextualidad, no fue sólo literaria, sino de compromiso y de identidad. No fue una “intertextualidad” artificial, sino real. Con este cuento, Arturo Uslar Pietri deja rubricado su compromiso ante la historia y alerta el origen de sus raíces con la cultura española, de donde venimos como pueblo. Esta semejanza en el oficio y en el compromiso está tácitamente rubricada en escritores como Jorge Luis Borges y Alejo Carpentier.

Jorge Luis Borges, en su corpus narrativo señala el origen de su narrativa, el compromiso con sus raíces y su universalidad. A Alejo Carpentier para comprenderlo hay que meterse de fondo en la cultura mediterránea (en especial la francesa) y en el mundo americano; Miguel Ángel Asturias rubrica su compromiso con la historia y con la cultura a través de El Señor Presidente, una metáfora revitalizada de Tirano Banderas de Ramón del Valle Inclán. Arturo Uslar Pietri revitaliza una metáfora de la picaresca y la convierte, no sólo en un compromiso, sino en una herramienta de trabajo. Señala una continuidad cultural y un compromiso con la historia que lo vio nacer. El autor de “El Rey Zamuro” nos salvó de un desierto cultural, de un salto abrupto al vacío cultural, que en lo político engendró el caudillismo y las dictaduras de Venezuela en los siglos XIX y XX. Arturo Uslar Pietri fue novedoso, pero lo novedoso no significa un salto al vacío, una ruptura abrupta, la ruptura puede ser de actitud, pero no de aptitud. Esta abrupta ruptura con el pasado ha devenido en autoritarismos contra la cultura de ayer, y el aliciente de una renta petrolera trajo el concepto de que para llegar a la “modernidad” había que romper con todo compromiso con la cultura de ayer. Venezuela es, quizá, el único país de América Latina que ha destruido en un alto porcentaje su legado arquitectónico, literario y pictórico en aras de una nueva modernidad que no explica nada; o sí, la cultura del pícaro por falta de compromiso con la identidad y la nación. La obra narrativa de Arturo Uslar Pietri cuestiona una cultura emergente que salió abruptamente de los azares del petróleo y de la modernidad. El petróleo y la modernidad crearon nuevos códigos de nuestra lengua y una sociedad emergente en lo cultural que no se afinca en lo universal de todos los tiempos, sino en salidas inesperadas atraídas por sonidos de tambores de cambio. Habría que ver qué nos dejaron estas “novedades”.

“El Rey Zamuro” es una pieza magistral de la narrativa de Arturo Uslar Pietri. Al leerlo y releerlo no podemos menos que admirarnos de esa maestría con la que el autor lo trabajó y señaló un rumbo que desembocó en un auge de la literatura hispanoamericana. Nos corresponde a nosotros, lectores de otra generación, darle el lugar que le corresponde, que sin duda es muy significativo.

 

Bibliografía

  • Anónimo: El Lazarillo de Tormes.
  • Borges, Jorge Luis: El jardín de senderos que se bifurcan.
  • Genette, Gérard: Palimpsestos, la literatura en segundo grado, traducción de Celia Fernández Prieto, Editorial Taurus, 1989.
  • Quevedo, Francisco de: La vida del Buscón.
  • San Agustín: Confesiones.
  • Uslar Pietri, Arturo: El prójimo y otros cuentos, Editorial Bruguera, SA. 1978.
Édgar José Marcano
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