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El ideologema del mestizaje en el voto universal

lunes 21 de octubre de 2019
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El ideologema del mestizaje en el voto universal, por Claudia Campuzano
La sociedad abigarrada ha estado dividida en polos, sectores disímiles entre ellos, con una tradición y costumbres diferenciadas. Por un lado, los indígenas, y por otro, los mestizos.

¿Son o no los políticos representantes de la sociedad que los elige o figuran sectores excluyentes? ¿En qué se constituye la identidad boliviana, utilizada como herramienta de unificación del país?

El indígena debía adoptar un perfil ideal del mestizo-blanco; de élite, de familia y de Iglesia, digno de imitar.

A lo largo de la historia de Bolivia han existido rebeliones, insurrecciones y alzamientos, con problemas identitarios en su trasfondo; la sociedad abigarrada ha estado dividida en polos, sectores disímiles entre ellos, con una tradición y costumbres diferenciadas. Por un lado, los indígenas, y por otro, los mestizos. Estos últimos tuvieron un beneficio fundamental y básico, la participación en la vida pública, que les otorgó la posibilidad de ser escuchados y les dio la preeminencia por sobre los otros. Sin embargo, presentan rasgos reflejados, tanto en el indígena como en el español, sin llegar a ser ninguno a cabalidad, lo cual resulta en un agudo conflicto; una identidad confusa e imprecisa. Entonces, ¿su voz a qué sector representa? Este dilema identitario, de acuerdo con Rivera Cusicanqui, es la causal de que las “reivindicaciones comunarias no tengan cabida en un proyecto cuyo principal objetivo era crear una nación culturalmente homogénea y amasada con ingredientes del mestizaje, la castellanización y el mercado interno” (Rivera Cusicanqui, 1984: pp. 128-129). Es un conflicto heredado desde la colonia; esto ha engendrado una actitud de autodesprecio. Un complejo de inferioridad ante el europeo o norteamericano, que nos atestan con publicidades idóneas de la “abundancia”: un modelo social, económico y político al que buscamos adaptarnos (Rivera Cusicanqui, 2015: pp. 92-96).

Tales diferencias devienen en la discriminación del otro, fenómeno presente en nuestros días. Observar diariamente esta interacción social permite su reconocimiento y da lugar a la tentativa de indagar en el pasado, donde se encuentran acentuadas. Nos situaré en el primer gobierno del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), cuando a través de su discurso de “inclusión” del indio se intentó demostrar que, al formar parte de una misma nación, merecemos los mismos derechos. Esto, llevado a la práctica, se tradujo en la realización de ciertas medidas, como la reforma agraria, la nacionalización de las minas y el voto universal. Sin embargo, comenzó una contradicción: la “inclusión” no era más que la pretensión de adaptar al indígena: “¿Cómo se volvieron hegemónicas esas nociones de la identidad basadas en el ideologema del mestizaje?” (Rivera Cusicanqui, 2015: pp. 92-96). El indígena debía adoptar un perfil ideal del mestizo-blanco; de élite, de familia y de Iglesia, digno de imitar. Rivera Cusicanqui señala que esta era la propuesta del MNR:

La propia idea de “mestizaje” propuesta por el MNR —e incuestionada, entonces y ahora, por la izquierda— suponía una adscripción unilateral a los valores, la lengua y los modos de pensamiento occidentales del criollaje y excluía cualquier forma de multiculturalismo o multilingüismo (Rivera Cusicanqui, 1984: p. 129).

Antes de la Revolución Nacional, la clase social campesina estaba sumida en la opresión. Su discriminación era un fenómeno que se suscitaba día a día y provocaba su exclusión. Dentro de esta lógica, el MNR buscó la hermandad de clases sociales. A partir de la unidad y la integración nos constituiríamos como una auténtica nación, en la que se transformarían las relaciones de poder. Todos serían capaces de incidir en las decisiones gubernamentales, esto gracias a las reformas que tenían por objetivo saldar una deuda histórica y, de esta forma, devolver la dignidad a un sector siempre contemplado con una mirada peyorativa (Sandoval Morón y otros, 2006). Este intento se tradujo en el voto universal, que por primera vez reconocía la participación de los ciudadanos (que cumplan con la mayoría de edad) en las decisiones primordiales del Estado.

El voto se vería transformado en obligación, en tanto el Estado, como padre, tiene potestad ante nosotros.

El advenimiento de la participación en la política del pueblo —incluyente y no excluyente entre sus sectores— significó un verdadero acto revolucionario; fue el primer paso a la democracia; la admisión del “gobierno del pueblo”. El MNR acogió una imagen paternalista; debía resguardar los derechos de “sus hijos”, quienes estarían bajo su tutela y amparo; bajo esta premisa debían unificarse y asumir su “hermandad”. Su herramienta sería la conformación de una identidad nacional que confiriera dignidad a los ciudadanos, junto con la conciencia de sus obligaciones y derechos con el Estado, siendo el derecho a voto uno de los más significativos, “que habría logrado no sólo expulsar los restos coloniales que impedían la constitución nacional, sino también constituir el Estado-nación capaz de administrar históricamente esa integración (Antezana, 1991: 122). La identidad nacional, de acuerdo con Zavaleta Mercado, sustentará la realidad histórica boliviana, buscando como fin último la nación boliviana, que pese a su diversidad, se respalda en la democracia.

En su ponencia Cuatro conceptos de democracia, presentada en el seminario latinoamericano (1984) en la ciudad de Oaxaca, dicho autor reflexiona sobre este aspecto:

El principio de autodeterminación de la masa está hablando de la grandeza de la especie. No se necesita repetirlo. El hombre no acepta la proposición de lo externo, o sea su inercia, sino cuando ha intervenido en ello. Pero el acto de la autodeterminación como momento constitutivo lleva en su seno al menos dos tareas. Hay en efecto, una fundación del poder, que es la irresistibilidad convertida en pavor incorporado; hay, de otro lado, la fundación de la libertad, es decir, la implantación de la autodeterminación como una costumbre cotidiana. Es aquí donde la masa enseña el aspecto crítico de su propia grandeza (H. Antezana, 1991).

De modo tal, el voto se vería transformado en obligación, en tanto el Estado, como padre, tiene potestad ante nosotros. Existe un compromiso que exige nuestra voz y voto; este cumplimiento es la evidencia de nuestro vínculo, de nuestra condición de “hijos”. A su vez, es un derecho, en tanto nos concede la libertad de elegir nuestro destino. Nuestra capacidad de decisión guiará el curso que tome la historia boliviana. Eso nos garantiza el acceso a la libertad, un auténtico “poder ser” y ejercer.

A través de diversos medios, como la castellanización, el mestizaje y la aculturación, se intentó “homogeneizar” la sociedad boliviana.

No obstante, en los hechos se impusieron las ideas de la élite occidental. El voto era cualificado y le otorgó preponderancia cuantitativa al apoyo que recibió el MNR (Mayorga, 2003: 11). Es preciso esclarecer que no sólo requería cumplir con la mayoría de edad, sino también aprender a leer y escribir, de lo cual se encargó la reforma educativa; para lograr la integración social era preciso enseñar el español, la lengua del colonizador, que, como señala Rivera Cusicanqui, devino en el despojo de la identidad histórica particular de cada clase, la cual se vio despersonificada a partir del “ideologema del mestizaje” que constituye en la forzosa necesidad de seguir un “arquetipo” del boliviano (Rivera Cusicanqui, 1984: pp. 229-231).

Es evidente entonces que, a través de diversos medios, como la castellanización, el mestizaje y la aculturación, se intentó “homogeneizar” la sociedad boliviana. Nos convertimos en objetos —y no sujetos— de un proceso de “integración” que, más que ser producto de una lucha nacional, lo fue de una tentativa de adoptar modelos foráneos, los cuales niegan sistemáticamente “la diversidad de lenguas, culturas, tradiciones históricas y formas de organización y de trabajo”. En relación con esto, se debe cuestionar si el voto universal fue o no el resultado de una lucha conjunta; en palabras de Rivera Cusicanqui, “si bien nos permitió una mayor participación política, se desvirtuó porque nos quisieron manejar como a una sumisa masa electoral” (Rivera Cusicanqui, 1984: pp. 241-242). Es así que tenemos el deber de reconocer nuestra identidad histórica, construirla a partir de una conciencia social pasada, presente y futura. De esa forma, la libertad de elegir nuestro destino no será un obsequio del gobierno de turno, ni consecuencia de una ideología política, sino el fruto de nuestra lucha, que pese a comprender y respetar nuestras diferencias, actúa de manera conjunta.

 

Bibliografía

  • Antezana, Luis H. (1991). “Dos conceptos en la obra de René Zavaleta Mercado: formación abirragada y democracia como administración”. En: Pluralismo epistemológico. Maryland: Latin American Studies Center. Recuperado el 28 de junio de 2018.
  • Mayorga, Fernando (2003). “La revolución boliviana y la participación política”. En: Tenemos pechos de bronce… pero no sabemos nada, memorias de la Conferencia Internacional “Revoluciones del siglo XX, homenaje a los 50 años de la Revolución Boliviana”. La Paz.
  • Rivera Cusicanqui, Silvia (1984). “El ciclo rebelde de 1947”. En Oprimidos pero no vencidos. La Paz: La Mirada Salvaje.
    (2015). Sociología de la imagen. Miradas chi’xi desde la historia andina. Buenos Aires: Tinta Limón.
  • Sandoval Morón, Oscar; Bedregal Gutiérrez, Guillermo; Richter Ascimani, Guillermo; Oporto Castro, Henry; Bustamante García, Mirtha; Martínez Sempértegui, Marcela, y Cosío Romero, Orlando (2006). Movimiento Nacionalista Revolucionario. Recuperado el 28 de junio de 2018.
Claudia Campuzano
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