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La luna, el viento, el año, el día, de Ana Pizarro:
un prototipo para la redención de lo perdido a través de la memoria

lunes 28 de septiembre de 2020
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“La luna, el viento, el año, el día”, de Ana Pizarro
La luna, el viento, el año, el día, de Ana Pizarro (Fondo de Cultura Económica, 1994).

La luna, el viento, el año, el día
Ana Pizarro
Novela
Fondo de Cultura Económica
Ciudad de México, 1994
ISBN: 978-9567083251
184 páginas

El grupo que no consigue desligarse de la conmemoración obsesiva del pasado, tanto más difícil de olvidar cuanto más doloroso, o aquellos que, en el seno de su grupo, incitan a éste a vivir de ese modo, merecen menos consideración: en este caso, el pasado sirve para reprimir el presente, y esta represión no es menos peligrosa que la anterior.
Tzvetan Todorov

El universo y horizonte narrativo donde la literatura establece un gran alcance para contar, decir y desmenuzar intereses humanos, por medio de la mezcla entre ficción, fantasía y relatos, abre también una ventana para pensar y reconstruir la identidad y pertenencia ancestral inscritas en los acontecimientos vividos que, posteriormente se podrán descubrir y visualizar, se mostrarán inmersos, sigilosamente dentro de las narrativas, resguardados por la huella del pasado, la memoria.

En tal sentido, la narrativa se revela como una plataforma que permite la recuperación de tiempos idos; se establece un diálogo con el pasado, el cual se recrea como una especie de evocación que emerge entre la creatividad y la imaginación por medio de los hechos que se van contando, como dando alusión a un testimonio verosímil. Es entonces que, a partir de allí, algunas emociones, acontecimientos lejanos, épocas pasadas, temporadas y situaciones particulares que dialogan con las huellas históricas, encuentran el puente para conmemorarse, como lo describe Ricoeur (ob. cit.) a partir de la literatura. Por tal razón, el campo literario ofrece un espacio para contar vivencias y sucesos ancestrales; una suerte de expresión subjetiva desbordada por el propósito de plantear hechos y circunstancias dirigidas a intereses particulares donde la identidad y las memorias familiares hacen acto de presencia.

Los sucesos latentes que regresan de la memoria al presente son impulsados por un interés de restablecer el pasado.

Llegados a este punto, se concibe la utilidad de los textos literarios para replantear la historia de la identidad; conforme a ello, se da la aparición de situaciones cargadas de acontecimientos típicos de las líneas culturales, costumbres, intercambios humanos y sociales que generalmente puntualizan en escenas cargadas de elementos cotidianos y usuales acerca de aquellos seres y lugares icónicos que fueron escogidos para ser objeto de redención a propósito de hacer referencia a ese pasado imborrable en medio de las producciones narrativas.

Ahora bien, la reconstrucción del pasado viene dada por la carga de una memoria que ha sido golpeada para ser traída de manera intermitente mientras se da la evocación, descrita por Bergson (ob. cit.), y podría ser por el hecho de que es latente en el presente, según el impacto que impulsa la percepción; en este sentido y con respecto a la memoria, Todorov (2000) explica: “El restablecimiento integral del pasado es algo, por supuesto, imposible (…). La memoria, como tal, es forzosamente una elección: algunos rasgos del suceso serán conservados, otros inmediata o progresivamente marginados, y luego olvidados” (p. 16).

En correspondencia con lo anterior, los sucesos latentes que regresan de la memoria al presente son impulsados por un interés de restablecer el pasado, el cual justifica y tiene lugar en la percepción, así lo indica Bergson (ob. cit.), la cual permite que en el proceso de evocación se reconstruyan los recuerdos propios mientras se narran y se cuentan para revelarse en un texto mediante un llamado al pasado, en una especie de rescate de su propia identidad.

Con base en lo expuesto hasta aquí, permítasenos analizar el narrar literario como una ventana para restituir acontecimientos idos que han marcado, en forma contundente, a la humanidad; ese pasado lejano o remoto que dejó huellas insustituibles las cuales, con gran insistencia, comienzan a revelarse para restablecer los tiempos idos. Así lo explica Todorov (2000): “Cuando los acontecimientos vividos por el individuo o por el grupo son de naturaleza excepcional o trágica, tal derecho se convierte en un deber: el de acordarse y testimoniar” (p. 18).

En lo que viene desencadenando, se visualiza el carácter de la literatura como una suerte de confesión de lo emocional con respecto a los procesos sociales e históricos, una mirada desde el sentimiento y la reflexión que van idealizados a partir de un referente puntual histórico y pertinente de acuerdo a un contexto determinado. Esto no es más que una demostración de las costumbres cotidianas y de identidad misma. En este punto se hace relevante citar a Carlos Andújar (2016), mientras complementa con lo que sigue:

Todo discurso sobre la identidad ha encontrado en la literatura un verdadero aliado, que con la fragilidad que le acompaña, nos presenta otra fenomenología del discurso identitario, del sentimiento de diferencia y del apego a símbolos patrios y al sentido de pertenencia. La literatura los plasma desde las historias de personajes, procesos sociales, figuras y movimientos culturales, es decir, desde las orillas del acontecer social, desde lo cotidiano: hoy un método indispensable para repensar la historia y donde la literatura ha encontrado una manera de hacerse presente (s/n).

De todo lo referido hasta aquí, se construyen unas bases y fundamentos para pensar y repensar lo autóctono; esa gama de elementos que caracterizan lo aborigen de los pueblos presente en las producciones literarias; la revelación de las costumbres sociales latinas tiene lugar a partir de la verosimilitud y la ficción estética que ofrece la literatura mientras recupera y retrotrae la identidad.

La necesidad de exponer situaciones pasadas, en oportunidades se determina en varios grupos de personas, quienes llevan inserta la marca de un acontecimiento que palpita en la memoria y remueve épocas anteriores. Tal es el caso de la novela La luna, el viento, el año, el día (1994), de la escritora chilena Ana Pizarro (Concepción, 1941), una obra que se narra dando a luz vivencias y acontecimientos que fundamentan el pasado del personaje protagonista, donde su propia memoria hace presente la vida lejana; su niñez y juventud resurgen a plenitud mediante la combinación de imágenes y detalles coloridos dando alusión a sus recuerdos con vivencias que añora y que, a su vez, recrea en el contexto narrativo a partir de la descripción de escenas que ahora hacen que, mientras reaparecen, armonicen el pasado recuperado para contar.

Es así como se reivindica la infancia de este personaje, cargada de costumbres hogareñas, una suerte de imaginario social donde se resalta esa vida familiar repleta de protección y correspondida por las actividades inherentes al respeto y la rectitud; ese interactuar seguido de los valores típicos de la convivencia hogareña que se construye en medio de la humildad y envuelta en la cotidianidad pueblerina de un pequeño grupo social.

La luna, el viento, el año, el día, de Ana Pizarro, permite apreciar el alcance positivo que implica la memoria fundamentada en el buen uso.

Sin embargo, la recuperación del pasado establece un patrón lineal dentro de la novela; la protagonista evoca constantemente vivencias particulares y puntuales de su infancia y juventud. Todo el propósito de narrar es para contar y reconstruir su pasado como una manera de amarrar y retener su niñez; esas épocas que conformaron su desarrollo y paso a la madurez y adolescencia, al presente, y hacerlo insustituible, incluso para sí misma.

Así, el rescate insistente del pasado, en la mencionada novela de Ana Pizarro, llama poderosamente la atención pues se hace necesario descubrir y obtener respuesta sobre la evocación constante de recuerdos. Se requiere pensar y analizar hasta qué punto la memoria evocada se determina y restituye en la literatura determinando e influenciando el presente, y para fundamentar este planteamiento es necesario mencionar a Todorov (2000), quien dice al respecto:

¿Existe un modo para distinguir de antemano los buenos y malos usos del pasado? O, si nos remitimos a la constitución de la memoria a través de la conservación y, al mismo tiempo, la selección de informaciones, ¿cómo definir los criterios que nos permitan hacer una buena selección? ¿O tenemos que afirmar que tales cuestiones no pueden recibir una respuesta racional, debiendo contentarnos con suspirar por la desaparición de una tradición colectiva que nos somete y se encarga de seleccionar unos hechos y rechazar otros, y resignándonos por consiguiente a la infinita diversidad de los casos particulares? (p. 30).

No obstante, se hace necesario acotar que toda orientación repetida e intermitente por tiempos lejanos, por el pasado, puede representar una gran afección en el presente. Los recuerdos que se recrean de manera permanente en la memoria dependen de un gran afecto e incidencia en las emociones y actitudes de las personas; esa conservación de los recuerdos puntualizados, la gran lucha por retener y materializar constantemente vivencias idas, podría interrumpir la concordancia en la prosecución de la existencia con respecto al reconocimiento de la realidad y del porvenir a nivel emocional. Aunque los recuerdos sean de gran bienestar, de gran provecho, estar atado a los recuerdos resulta tormentoso y de poca utilidad para la vida misma.

De lo que se ha venido planteando surgen las siguientes interrogantes:

  • ¿Es posible que la conservación obsesiva de los recuerdos sea una situación nociva aun mientras golpean constantemente en la memoria?
  • ¿Significa la memoria una amenaza definitiva que obstaculiza el reconocimiento de la realidad en las personas?

En el presente artículo me propongo a visualizar, en La luna, el viento, el año, el día, de Ana Pizarro, el alcance positivo que implica la memoria fundamentada en el buen uso y la importancia de la escogencia de la memoria ejemplar ante la memoria literal, dentro del marco de la teoría de la memoria amenazada propuesta por Tzvetan Todorov.

 

El buen uso de la memoria presente en La luna, el año, el viento, el día, de Ana Pizarro (1994)

Esta obra es un ejemplar maravilloso donde se da la recreación de puntuales vivencias que, con colorido y esplendor, surgen para contar y narrar la experiencia de la protagonista, la cual evoca y revive su infancia con mayor lucidez y satisfacción; en su memoria se encuentra arraigada cada experiencia de su infancia y juventud y así lo muestra, a continuación, Pizarro (1994):

Mucho más tarde, con los años, sabrás que aquello es felicidad, ahora no lo sabes, porque la felicidad casi nunca se reconoce de inmediato. Con las piernas abiertas te paras sobre el triciclo, te pones en puntillas para alcanzar a ver el nuevo brote por allí y sobre todo ese cactus que lanza —por la noche, dice Pepa— su única y esplendorosa floración anual, en una especie extrañamente bella que al día siguiente ya se cierra para desaparecer. Hay que poner cuidado para mirarla porque a veces la gente se queda ciega. Ha mostrado su flor una vez y luego se ha puesto terco, por eso lo estás permanentemente espiando (p. 14).

Por lo detallado en lo anterior, se visualiza un posible diálogo con la reconstrucción de sensaciones gratas que pudieran señalar el impacto de alguna reminiscencia y la añoranza de volver a tener ese estilo de vida. Mas el pasado, por muy importante e inolvidable que resulte, no merece tener un lugar excepcional en el presente, mucho menos determinarlo. En este aspecto, Todorov (2000) explica:

La recuperación del pasado es indispensable; lo cual no significa que el pasado deba regir el presente, sino que, al contrario, éste hará del pasado el uso que prefiera. Sería de una ilimitada crueldad recordar continuamente a alguien los sucesos más dolorosos de su vida; también existe el derecho al olvido (p. 25).

Los recuerdos, aunque muy intermitentes, pueden situarse en un lugar excepcional en la memoria e incluso extender las experiencias del presente.

El ser humano debe tener la voluntad de hacer uso de sus recuerdos en pleno juicio. Dejarse caer en una constante angustia y nostalgia invocando al pasado inscrito en la memoria, hasta el punto de que el lector es también sumergido en ese cúmulo de recuerdos y sensaciones invocadas. Todo recuerdo, toda situación evocada, son pertenecientes a un propósito; no resulta sano comprender que las personas permanezcan esclavizadas a su memoria, a ciertos recuerdos. Obviamente que el presente va determinado por la experiencia; ésta no desaparecerá por completo de los recuerdos de las personas, más bien los determina; sin embargo, los recuerdos dolorosos actúan como una suerte de tormento y tortura en aquellos que padecen y sufren algún tipo de abandono o desarraigo; será difícil desprenderse de esas sensaciones. En este orden, Todorov (2000), con respecto al tema, continúa:

(…) no quiere decir que el individuo pueda llegar a ser completamente independiente de su pasado y disponer de éste a su antojo, con toda libertad. Tal cosa no será posible al estar la identidad actual y personal del sujeto construida, entre otras, por las imágenes que éste posee del pasado. El yo presente es una escena en la cual intervienen como personajes activos un yo arcaico, apenas consciente, formado en la primera infancia, y un yo reflexivo, imagen que los demás tienen de nosotros —o más bien de aquella que imaginamos estará presente en sus mentes. La memoria no es sólo responsable de nuestras convicciones sino también de nuestros sentimientos. Experimentar una tremenda revelación sobre el pasado, sintiendo la obligación de reinterpretar radicalmente la imagen que uno se hacía de sus allegados y de sí mismo, es una situación peligrosa que puede hacerse insoportable y que será rechazada con vehemencia (p. 26).

Ciertamente que en la memoria también se da la confluencia de los recuerdos que se tienen en grupo; los recuerdos acerca de la apreciación que tienen todas las personas que conforman parte de nuestra infancia y vida pasada, lo que implican los sentimientos y la nostalgia colectiva, adquieren campo y contexto para afianzarse más en las emociones personales. Cabe aquí destacar la importancia de la valoración histórica del pasado, rescatando las vivencias familiares y costumbres que sólo pueden abrirse paso en la literatura en la medida en que se narran los hechos y se describen las acciones, rescatando la memoria de los tiempos idos. Es importante acotar que un buen uso de la memoria debe repercutir en la posibilidad de mantener un estado óptimo emocional en los pensamientos. En lo que sigue se muestra un acercamiento sobre la importancia en cuanto a que los recuerdos estén fundamentados en la memoria ejemplar mas no en la memoria literal, para conservar la rectitud de la normalidad en las personas con respecto a los pensamientos.

 

La memoria ejemplar versus la memoria literal, un ideal para categorizar los recuerdos en La luna, el año, el viento, el día

Los recuerdos, aunque muy intermitentes, pueden situarse en un lugar excepcional en la memoria e incluso extender las experiencias del presente. En La luna, el año, el viento, el día, la protagonista parece introducirse en una dimensión temporal mientras desenreda de sus recuerdos los espacios más coloridos y agradables que constituyen su infancia para volverla a vivir y experimentar las sensaciones que ello implica. En este orden, escribe Pizarro (1994):

Curiosa sensación que confirma tu nueva perspectiva. Cuando tu vida fue el pueblito del norte, tu comarca estaba centrada en ella misma. Más tarde, en el campo y la ciudad del sur el mundo se amplió desde los pinos a la lluvia y el mar. Pero la percepción de la comarca como centro de la existencia y de la historia te la entregó también la relación con la gente. Pertenecías a un universo que sabía de la existencia de un más allá de las fronteras, pero era sobre todo una noción. Les habían centrado sobre sí mismos con curiosas compensaciones (…). Todo esto te llena de ternura y te hace sonreír en un gesto que disimulas rápido… (p. 21).

Los recuerdos no siempre tienen el deber de lastimar y perjudicar dolorosamente al ser humano a través de la memoria; recordar nuestra época, nuestra infancia feliz, y desearla con ansias, apego y tristeza, podría ser una herramienta de fortaleza que facilite la fe de que se ha vivido a plenitud, de que, ante todo, los recuerdos traen y justifican aquellos tiempos de reunión y compartir familiar, en el campo, en el pueblo, dentro del contexto étnico, y he aquí la reivindicación de lo perdido. Si en situaciones difíciles y abruptas un ser humano experimenta el tormento de perder y ser arrancado (de una manera u otra) de su hábitat social y cotidiano, al que ama, entonces tiene la posibilidad de que sus recuerdos le devuelvan constantemente los momentos y las imágenes maravillosas acerca de donde pertenece, y de que las raíces amorosas, familiares, de identidad, no se rompan con la distancia ni con el cambio de entorno; son éstas las que van a asegurar las emociones más placenteras mientras se esté convencido de que hay una vida y un lugar de origen; nadie pierde sus raíces sentimentales y étnicas a menos que lo decida, nadie deja de ser algo si no se lo propone.

Debido a lo que se viene planteando, los recuerdos pueden, entonces, ser manipulados para bien y, en este punto, Todorov (2000) señala:

El acontecimiento recuperado puede ser leído de manera literal o de manera ejemplar (…). Supongamos que un segmento doloroso de mi pasado o del grupo al que pertenezco es preservado en su literalidad (lo que no significa su verdad), permaneciendo intransitivo y no conduciendo más allá de sí mismo. En tal caso, las asociaciones que se implantan sobre él se sitúan en directa contigüidad: subrayo las causas y las consecuencias de ese acto, descubro a todas las personas que puedan estar vinculadas al autor inicial de mi sufrimiento y las acoso a su vez, estableciendo además una continuidad entre el ser que fui y el que soy ahora, o el pasado y el presente de mi pueblo, y extiendo las consecuencias del trauma inicial a todos los instantes de la existencia (p. 31).

La memoria literal, en la literatura, también esclaviza al individuo a vivir y ser prisionero de su pasado.

Es de gran riesgo para todo ser humano pasarse la vida juzgando el pasado mediante el recuerdo y el dolor inscritos en la memoria; tal situación no da impresiones emocionales estables. Apegarse a lo perdido a través del recuerdo para sufrir y lastimarse implica, en alguna medida, un poder de autodestrucción, pues el daño recae más y más en los propios pensamientos, porque el objeto juzgado y enjuiciado (el causante del dolor, la pérdida) tuvo lugar hace mucho, mas no en el reclamo del presente y de lo actual. La memoria literal, según Todorov, es aquella que esclaviza al individuo mediante su convicción para sobrevivir o padecer en el dolor de sus recuerdos, mientras que la memoria ejemplar es liberadora y produce progresos significativos; así explica, textualmente:

…la memoria literal, sobre todo si es llevada al extremo, es portadora de riesgos, mientras que la memoria ejemplar es potencialmente liberadora. Cualquier lección no es, por supuesto, buena (…). El uso literal, que convierte en insuperable el viejo acontecimiento, desemboca a fin de cuentas en el sometimiento del presente al pasado. El uso ejemplar, por el contrario, permite utilizar el pasado con vistas al presente, aprovechar las lecciones de las injusticias sufridas para luchar contra las que se producen hoy en día, y separarse del yo para ir hacia el otro (p. 32).

La memoria literal, en la literatura, también esclaviza al individuo a vivir y ser prisionero de su pasado; esa memoria, donde habita su pasado y experiencia desgarradora, es el carcelero más implacable. Queda demostrado que, aunque ficcional, el campo literario pertenece a un territorio netamente subjetivo donde la expresión de un ser humano, mediante los signos lingüísticos, permite contar a través de la escritura su propio mundo. Es posible, entonces, hacer de los recuerdos una herramienta para fortalecer las emociones y aumentar el entusiasmo, quedando explícita la importancia de la memoria ejemplar en el avance y la fructificación emocional del ser humano mientras se repone a una pérdida o situación impactante y aprende y hace útiles sus raíces; se mantiene firme y experimenta otra visión de la realidad que ha lastimado por medio de sus recuerdos. Pizarro (1994) complementa esta idea en lo siguiente:

Al partir tuviste la lección —a veces desgarrada— de un mundo plural en donde te asentaste con dificultad, tratando de entender. Ahora por lo menos sabes que tu comarca no es el mundo, sino que se inserta en él bajo ciertas formas. En poquísimo tiempo más, sólo unas centenas de minutos, tendrás la nueva experiencia y el contacto antiguo y nuevo ya te está despertando vivencias (…). Reminiscencias de una memoria… (p. 21).

El origen de nuestras vidas, el pueblo, el contexto, renacen para acentuar la marca y permanecer constituyendo nuestra identidad. El dolor brota, todo recuerdo produce nostalgia aun cuando sea feliz; el regreso a una época dentro de los pensamientos involucra directamente las emocionales personales, también revive la interacción cotidiana y costumbres étnicas típicas de un núcleo social curtido y caracterizado por experiencias particulares y el entorno circundante.

El pasado da fe de que hay un origen y un inicio en un determinado contexto, un punto de partida; de allí se prosigue mediante a unos parámetros culturales que caracterizan nuestro modo y estilo de vida; el pasado, aunque lejano, es esa línea que podría o no marcar para continuar, es la partida. Parece y resulta incomprensible permanecer en el pasado aun en contra de las leyes naturales. El mundo y la materia no se detienen. La literatura abre una ventana inédita (desde el punto de vista subjetivo y ficcional) para recuperar lo que ya no está; en este universo todo es posible, no queda reducido a lo que ya fue, tal como asevera Ricoeur (ob. cit.). La colosal novela La luna, el viento, el año, el día, de Ana Pizarro, pone al descubierto el gran reto que implica poder identificar en la memoria usos esclavizantes y también un modelo idóneo para poder combatir los posibles retos, editando el cierre de situaciones dolorosas donde el ser humano pudiera estar debatiéndose mientras le es negada la mayor posibilidad de continuar su vida en armonía.

 

Referencias bibliográficas

  • Bergson, Henri (2006): Materia y memoria. Primera edición. Buenos Aires: Cactus.
  • Carrasco, Sergio (2009): Metodología de investigación científica: pautas metodológicas para diseñar y elaborar el proyecto de investigación. Lima: Editorial San Marcos.
  • Iser, Wolfgang (1987), “El proceso de lectura: enfoque fenomenológico”, en: Estética de la recepción, Arco Libros, Madrid.
  • Pizarro, Ana (1994): La luna, el viento, el año, el día. Fondo de Cultura Económica. México, D.F.
  • Ricoeur, Paul (1999): La lectura del tiempo pasado: memoria y olvido. Universidad Autónoma de Madrid, Arrecife. España.
  • Todorov, Tzvetan (2000): Los abusos de la memoria. Barcelona, Paidós.
  • White, Hayden (2003). El texto histórico como artefacto literario y otros escritos. Barcelona, Paidós.
    (2010): Ficción histórica, historia ficcional y realidad histórica. Barcelona, Paidós.
Dina Alejandra Ortega Seijas