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De cantos de cuna arredondianos

lunes 22 de agosto de 2022
Inés Arredondo
Inés Arredondo (1928-1989) evitaba, a toda costa, ser relacionada con el feminismo.
Me inclino sobre mi vientre y escucho.
Estamos solos. Y todo vuelve a comenzar.

I

Cuando cumplí diecisiete años decidí no ser madre. La maternidad se sintió siempre como un concepto ajeno a mí; como si fuera un espectro que invade mi casa y del cual intento escapar, pero noto que me acecha, impaciente. Mi abuela, madre de tres, me pidió que no dijera barbaridades cuando le conté por primera vez que en mis planes futuros no había hijos. Como una de sus tantas predicciones, me aseguró que era muy joven y que el tiempo me haría cambiar de opinión. Pero los años pasan y yo mantengo mi postura: los hijos, para vivir una vida justa, los deben tener quienes los desean.

Mientras tanto, el espectro continúa invadiendo mi casa. La invade el mismo día de cada mes, durante la madrugada; la inunda en medio de la conversación matutina en la que me juran que un hijo te cambia la vida; me acecha cuando me sueño a mí misma con un bebé en brazos. Varias personas me han dicho ya que hay tres cosas que es indispensable hacer antes de morir: escribir un libro, plantar un árbol y tener un hijo. Por mi parte, considero, sólo habrá más hojas repletas de letras y más naranjos en el mundo.

 

¿Una madre que le vende su hija a un viejo? Crudo, asqueroso, pero real. ¿Qué madre haría eso?

II

La primera vez que leí a Inés Arredondo estaba comenzando mi tercer semestre de universidad. En mi clase de literatura mexicana del siglo XX abundaban viejos amigos de mi biblioteca personal —Castellanos, Garro y Rulfo, por mencionar algunos—, y había otros cuyos nombres resonaban en mi cabeza con aires de intriga. De Arredondo no había escuchado jamás, mucho menos la había leído. ¿Por qué no se habla tanto de ella como de las Elenas, o de Rosario?, pensé. El primer cuento con el que leí a la sinaloense fue “Sombra entre sombras”. El relato formaba parte de la selección de lecturas del curso. Perverso. ¿Una madre que le vende su hija a un viejo? Crudo, asqueroso, pero real. ¿Qué madre haría eso? Muchas, desde siempre, hoy en día, en todas partes. Es un secreto a voces. No busqué ni encontré a Inés más allá de ese cuento durante algún tiempo, pero al terminar el semestre, comenzaba ya a germinar la semilla que la escritora que apenas unos meses antes era una desconocida entre mis lecturas había plantado en mí.

 

III

Después de un momento de sequía literaria, decidí reencontrarme con Arredondo. Leí “Estío” y “Estar vivo”. Madres perversas de nuevo. Su narrativa poco a poco me invadía como hiedra. Luego adquirí lo que me restaba por leer de su obra. No me sorprendió darme cuenta de que también era una excelente ensayista. Una vez que terminé Cuentos completos, y como toda admiradora neófita que quiere saber hasta el más mínimo detalle de su nueva autora favorita, me desconcerté al descubrir una declaración contundente que me hizo sudar frío: Inés Arredondo evitaba, a toda costa, ser relacionada con el feminismo. Consideraba que al ser puesta entre las mejores cuentistas de México, en femenino, la ideología la separaba de sus compañeros varones de oficio, a quienes buscaba superar tanto como a sus contemporáneas. Pero su narrativa me hace pensar que el movimiento, que apenas comenzaba a gestarse en México en aquella época, cobijaba su literatura sin querer, porque las madres, uno de sus grandes temas, son más libres, más decisivas, más activas en sus relatos. Son más feministas.

En un mundo, y un país en los sesentas del XX, en específico, donde asumirse como feminista es y ha sido muchas veces —irónicamente— comparable a ser partidaria del nazismo, no es sorprendente que incluso una escritora que radiaba libertad y denunciaba los años de sumisión de las mexicanas se sintiera ajena al movimiento. Sin embargo, su literatura fue una de las primeras que abrieron la conversación sobre la feminidad, su lado oscuro y lo que ésta conlleva, al menos, en los países hispanoamericanos. Arredondo, como pocas, retrató en sus relatos a mujeres de todos los estratos, de todas las ideologías y todas las formas de hacer una familia; mujeres de la urbe y también de la ruralidad. Pero si hay algo que no hizo fue darse cuenta de que al escribirlas estaba alimentando y fortaleciendo el monstruo feminista al que tanto le huía. Y ahora está entre mis escritores favoritos. Así, sin distinción de género. He ahí su brillantez. Hacía incluso sin querer hacer.

 

IV

Descubrí “Canción de cuna” hace no mucho, cuando consideré hacer mi tesis de licenciatura sobre las mujeres que habitan la narrativa de Arredondo (al final me decidí por realizarla sobre la maternidad en este cuento en particular). Fue el último relato que leí en Cuentos completos. También fue una revelación. El final del cuento me dejó paralizada. Toda mi vida había leído historias de madres entregadas, amorosas, cuyo instinto maternal era inigualable. En mis libros favoritos abundaban mujeres como Úrsula Buendía, madres modelo quienes, contra lluvias eternas, gringos bananeros y vientos huracanados, protegían a sus familias de las amenazas que los presagios gitanos les lanzaban. Madres que querían, buscaban y amaban maternar. Pero con Arredondo me encontré con una narrativa distinta. Un mundo lúgubre, frío, oscuro, donde la maternidad no es una bendición, sino una cruz por cargar. Las madres de “Canción de cuna” ni siquiera tienen un nombre; sólo una de ellas se exenta de esta característica. Carecen de identidad. Lo único que poseen son su historia y su soledad. En la realidad que habito he conocido muchas innombradas y pocas Úrsulas.

 

Hay, probablemente, incontables estudios y búsquedas del significado real no sólo de la maternidad, sino de cómo asumirla.

V

Dicen que en la mesa no se debe hablar de política ni de religión. A la lista de temas incómodos de conversación agregaría la maternidad. Ya sea que se hable sobre querer ser madre o sobre no serlo, el asunto es delicado; the elephant in the room. Hay, probablemente, incontables estudios y búsquedas del significado real no sólo de la maternidad, sino de cómo asumirla. Mientras realizaba una breve investigación para darme una idea de aquello a lo que me enfrentaría si hiciera un trabajo recepcional sobre las madres en los cuentos de Arredondo, encontré distintos artículos y tesis que planteaban una incógnita pesada que yo venía cargando: ¿existe una relación incómoda entre la maternidad y el feminismo?

Intenté responder a la pregunta yo misma desde hace tiempo, y me topé con un dilema. Para mí, una maternidad plena va siempre de la mano con el feminismo, porque antes de asumirse como madre, es importante que una se asuma como mujer. Por su parte, Marcela Lagarde, una de las más importantes académicas e investigadoras mexicanas, y quien ha dedicado parte de su obra a explorar y descubrir lo que implica ser una mujer, considera que “desde la racionalidad de la cultura patriarcal, locas entre las locas son las feministas” (Lagarde, 2021, p. 575). El feminismo siempre es catalogado como una cualidad delirante de las mujeres por parte de los actores de la cultura patriarcal, y, desafortunadamente, muchos de estos actores son, en realidad, actrices. Es por eso que no sorprende que la relación engorrosa que se cree existe entre la maternidad y el feminismo provenga de la creencia de que el feminismo, en sí, es incómodo.

Al encontrarme con la crítica y los estudios de género, supe que la incomodidad del tema es irrefutable. La mayoría de las autoras que leí (Lagarde, Adrienne Rich y Marta Lamas, entre otras) consideran que el sentirse madre va más allá de procesos biológicos: es un hecho que se lleva a cabo de manera social, cultural e incluso política. Conocer sus respuestas a la incógnita planteada me recordó a Inés: el feminismo influye, inconscientemente y en los aspectos menos esperados, a las madres que desean la maternidad y la asumen, pero también a las no-madres que poseen otras aspiraciones respecto a sus vidas y sus cuerpos. Siempre he pensado que los personajes de Arredondo son accidentalmente feministas. Después de leer sobre el tema desde un punto de vista más crítico y menos idealista —como suele pintarlo la literatura—, consideré que tal vez no sería tan incómodo discutirlo a la hora de la comida si lo sacáramos del cajón de los tabúes y comprendiéramos que la maternidad se da (o no) de manera distinta en todas las mujeres, porque todas somos diferentes.

 

VI

Desde que decidí no ser madre, antes de dormir, en la oscuridad de mi habitación, cierro los ojos y me imagino a mí misma en diez o quince años, en un universo alterno donde la ternura invade mi pecho. En mi cabeza estoy sentada en la mecedora de madera de mis abuelos, donde hoy en día mi abuela —una Úrsula en este Macondo veracruzano— cuenta sus penas y se preocupa por sus hijas. En ese futuro ficticio, casi arredondiano, el cansancio invade mi cuerpo; mi cuerpo adolorido, mi cuerpo que ya no es sólo mío. En mis brazos, un bebé. Una niña. Cuando pensaba que sería madre, siempre quise una niña, Ofelia. El nudo que aprieta mi garganta me impide cantar una canción de cuna. Mis senos pesan. La niña llora. Estoy sola. No sé cómo calmarla. He aprendido a amarla, pero no quiero tenerla en mis brazos. Abro los ojos. Comienza de nuevo la vida, y mi vientre está vacío.

 

VII

El argumento principal de la mayor parte de los estudios que abordan la relación entre maternidad y feminismo es que entre las muchas cosas que posee la maternidad está la diversidad. Este es, también, el rasgo primero de las madres de Arredondo. A pesar de que todas, o la mayoría, comparten el rechazo a maternar —por factores naturales o sociales—, son mujeres diversas. En “Estar vivo” se nos presentan dos tipos de madres: una que disfruta serlo y otra que renuncia a asumirse como tal. En “Canción de cuna” hay tres: la que se asume como madre pero no lo es, la que es despojada de su rol materno, y la que se encuentra en el período de gestación. Por otra parte, la madre en “Estío” es una que desea sexualmente a su hijo.

Los cuentos de Arredondo son una fiel representación del argumento de la diversidad. La maternidad en su narrativa se da de muchas maneras, todas válidas y todas diferentes. Y es así como sucede también fuera de la literatura. La historia de una mujer puede no ser la misma que la de otra, pero la maternidad, irrefutablemente, nos afecta a todas, incluso cuando queremos huir de ella. Y es que todas somos fruto de este proceso. Las mujeres somos el resultado de una línea matrilineal que nos une a las madres de nuestro pasado.

Tiempo antes de que la escritora mexicana escribiera “Canción de cuna” en Uruguay durante un viaje de trabajo en 1962, en un continente, una lengua y una época distinta, Virginia Woolf ya afirmaba que “si somos mujeres, miramos el pasado a través de nuestras madres”. El eco de las voces maternas que han formado parte de nuestras vidas y nuestras familias, así sean diferentes entre sí, resuena en nuestras historias como un grito que nos recuerda que, en la inmensidad del mundo, hubo mujeres que vivieron y maternaron antes de nosotras, y sus historias están lejos de ser ajenas; éstas fueron el hilo que tejió las de sus descendientes. Las diversidad de las madres funge como una manera de descubrirnos a nosotras mismas, las hijas, las otras, las mujeres que van después.

 

¿No nos cambia la maternidad y nos bendice con ríos de lágrimas, con renuncia y entrega total? ¿Acaso no vinimos al mundo a dar vida?

VIII

Las maternidades de Arredondo fueron revelación en mí. ¿No es ser madre el más grande logro y la principal misión de las mujeres? ¿No nos cambia la maternidad y nos bendice con ríos de lágrimas, con renuncia y entrega total? ¿Acaso no vinimos al mundo a dar vida? Así son las madres de García Márquez —a diferencia de sus abuelas perversas—, a quien he leído y releído hasta el cansancio. Pero es hasta que abrimos los ojos y ponemos atención que nos damos cuenta de lo fantasiosa que puede llegar a ser la maternidad literaria cuando no la escribe una mujer. Lo cierto es que el mundo ya se encuentra irremediablemente escaso en Úrsulas Buendía.

 

IX

Hace unos meses le pedí su opinión sobre “Estar vivo” a una amiga, quien también leyó Cien años de soledad y lo disfrutó como nunca, y al terminar su lectura me dijo que la había puesto triste. Sonreí con desánimo. Después de todo, ese es el efecto esperado de cualquier dosis de un gran escritor: hacer sentir algo; lo que sea, pero algo. Su literatura entristece. Lo hace porque se escribió hace cincuenta años y hoy las mujeres siguen muriendo por interrumpir sus embarazos en la clandestinidad. Porque todavía hay madres que venden a sus hijas. Porque yo he conocido mamás entregadas y amorosas que pierden el sueño —y los sueños— mientras los padres de sus hijos se mantienen ausentes. Porque hay hijos que siguen robados mientras sus madres cantan una canción de cuna en soledad. Arredondo también me pone triste, porque al llegar al punto final de sus relatos, la realidad es la misma y las historias de las mujeres que me rodean se parecen mucho a las suyas.

 

X

Anoche cerré los ojos y volví a imaginarme a mí misma en el futuro incierto que me acecha. En aquella realidad lejana tengo setenta años. No fui madre. El espectro de la maternidad desapareció con mi juventud y su ausencia trajo consigo bochornos insoportables. Recuerdo a las madres de mi vida. Pienso en mi bisabuela, madre de seis, dolor en silencio; en mi abuela, madre de tres, hipertensión peligrosa; en mi mamá, madre de una, parto natural. Pienso en ellas y les admiro el haber sido madres por convicción. Pero también pienso que fueron y son más que sus maternidades.

Mi bisabuela, Reyna, iluminaba con su risa cada habitación de la casa. Mi abuela, Concepción, era una magnífica profesora, y sus alumnos, ya adultos, la recuerdan con cariño y la siguen llamando para agradecerle lo que aprendieron de ella. Mi madre, Silvia, tiene incontables talentos que se consuman en su capacidad mágica de saber, en segundos, cómo se dice una misma palabra en distintos idiomas. No son innombradas. Son mujeres, como yo. Es por eso que también pienso en mí. Montserrat como mujer, como no-madre, como eterna amante de las letras. En mi futuro ficticio, la predicción de mi abuela sobre mi maternidad, como pocas, no se cumplió. Escribí un libro. Planté muchos árboles. Jamás sentí un vacío en mi cuerpo. Pero hoy tengo veintiún años. A los diecisiete decidí no ser madre. Toco mi vientre. Inés tenía razón; estamos solos. Abro los ojos, lo decido de nuevo, y todo vuelve a comenzar.

 

Referencias

  • Arredondo, Inés (2011): Cuentos completos. Ciudad de México, México: Fondo de Cultura Económica.
  • Lagarde, Marcela (2021): Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas. Ciudad de México, México: Siglo Veintiuno.
Montserrat Báez Jiménez
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