
A los doce o trece años, mi padre me entregó el libro de Rivera, seguramente con la certeza de que me deslumbraría su lectura, como a él.
Fue un pesado ladrillo que cargué por unos días y que al final no sé si terminé de leer. Hoy, celebrando cien años de su publicación —cumplidos en 2024—, he tenido la oportunidad de enfrentarme a esta obra maravillosa y de grandes alcances estilísticos y sociológicos, devorándola con verdadero placer y reconociendo su vigencia.
Arturo Coba, protagonista y narrador presente, desde el principio se muestra quién era y cuál la naturaleza del personaje que encarnaría.
Poético, lírico, romántico y en lucha existencial. Contrapuesto, si se quiere, a una vida ordinaria, está dispuesto a transitar hacia la aventura para resolver su problema judicial. Y lo hace desdoblándose como maestro de las hipocresías generalizadas y comunes en el escenario de la novela.
A Alicia la describe como frágil. Vulnerable, melindrosa, débil. Niña de casa planteando las diferenciaciones de clase y de género en la sociedad de su tiempo.

La vorágine
José Eustasio Rivera
Novela
Linkgua Ediciones
Barcelona (España), 2024
ISBN: 978-8498169409
324 páginas
En todo caso, el relato avanza como el camino al exilio de los protagonistas, apareciendo personajes anecdóticos en principio, pero luego descubiertos como parte de la realidad socioeconómica y política del territorio. Territorios exuberantes en sus paisajes y sus contenidos biodiversos. La descripción que Arturo Coba hace de ellos es detallada y precisa; cuadros y escenas verdaderamente idílicos, salvajes, sí, pero poéticos. Una novela que, según algunos, abre las puertas a un estilo narrativo regionalista. Espacios virginales y prístinos, pero de un realismo sobrecogedor pues visibiliza a la gente de la selva, nativos y colonos, en una violenta relación de intercambio y explotación, abuso y dominación del más fuerte.
Los personajes van transformándose, y la relación entre los dos amantes se adentra en la comprensión, en la solidaridad y el cuidado mutuo. Es como una respuesta a la tragedia, no tanto con resignación, sino con tolerancia y adaptación a la nueva vida: la manigua.
Sin embargo, la historia sigue progresando y nos va descubriendo al protagonista como un personaje siniestro. Cargado de machismo y resentimiento, irracional: sus actitudes de bajeza y ruindad contradicen las cualidades del supuesto poeta. Alicia, su mujer, presumiblemente encinta, es objeto de muchas agresiones, así que el hechizo se rompe y la desconfianza prospera, aunque se verán enfrentados a la vorágine de su destino.
Puede ser que Arturo Coba esté enfrentándose a sí mismo para salir indemne de las adversidades y los peligros, surgidos de la selva y sus creaturas.
La narración es una historia a veces fragmentada o discontinua, por la minuciosa descripción de escenas y circunstancias, a veces marginales, que exigen mucha atención al lector, poniendo en riesgo la claridad de la historia.
También el léxico accidenta una lectura llana y fluida.
La primera parte del libro termina con una relación pormenorizada y detallada de episodios locales, que conectan análisis sociológicos, históricos y políticos, invitándonos a reflexionar sobre las conexiones e implicaciones de ese período histórico y lo que hoy vive la sociedad colombiana y sus territorios.
Muchos encontramos en la obra de Rivera un filón poético. Ciertamente, José Eustasio juega entre las dos vertientes más importantes de la literatura. Por un lado, una prosa fogosa, llena de descripciones que sorprenden por su minucioso tejido de elementos, circunstancias y actores, pero también por la deriva poética, ese curso narrativo donde la estética, la emoción y la crudeza de las escenas son diestramente conseguidas con metáforas pertinentes y precisas.
Reconocida como una obra icónica en la literatura hispanoamericana, el argumento que sostiene la novela puede presentar algunos deslindes en su línea narrativa. El regionalismo, el léxico, la redacción de diálogos y el traslape de los tiempos y los hechos, siguen siendo atendidos por los académicos y editores haciendo revisiones y explicaciones de los asuntos gramaticales de la época, sin alterar su original.
Continuando con la segunda parte, en un monólogo interior desde el fondo del alma de Arturo Coba, aparece el poeta que dice ser, pero que en la práctica lo contradice. Hay una búsqueda interior de su sensibilidad. Explora los efluvios de un misticismo sumo y de un lirismo existencialista que nos recuerda al poeta Novalis con sus largas lucubraciones, buscándose a sí mismo y a la plenitud de una existencia pura.
Busca la venganza en medio de la selva plagada de bellezas, de esplendores, de sobrecogedoras formas, deambulando por los extravíos de la naturaleza idílica, viva y vibrante, que somete también al hombre quien a su vez mancilla su pureza y su virginidad. ¿Dónde quedan los hombres mendaces, sanguinarios y astutos, dónde el hervidero de pasiones en el que todos andan disputándose el poder y el amor?: regodeándose en la hipocresía y la mentira.
La tiene fácil Arturo Coba empeñado en encontrar la razón de su penar en la reflexión existencial profunda, y en el ejercicio de la empresa retributiva en los llanos orientales de Colombia: lugar de ensueño y conjunción de la potencia de los elementos y de las sutilezas y devaneos de un alma que también quiere vivir poéticamente. ¿Será una búsqueda inútil de sí mismo dentro de su propio yo?
Sigue vagando, pues, en la incertidumbre de su destino y, por qué no, de su propio origen. ¿No era el amor por Alicia lo que lo empujó a indagar por la felicidad en otras tierras? ¿Acaso ahora, perseguido por la justicia, según la sospecha de homicidio y otros delitos, habría de enfrentar el exilio y la fuga hacia un refugio miserable en el seno mismo de la selva exuberante y deslumbrante del desierto llano? Su corazón parece perdido, alejado de Alicia y, si se quiere, desprendido ya del anhelo de una paternidad responsable, por la creatura que vaga por otras dimensiones de la existencia terrena en las entrañas de Alicia.
El Pipa, personaje con el que la novela nos da un aliento, respira inocencia aun en su primitiva condición. Continúa padeciendo aquí y allá las adversidades, frente a los colonos que llegan al territorio de los indios esclavizados y doblegados a sus intereses. Invadiendo sus tierras sin mediar ningún tipo de respeto o compasión; al fin y al cabo, herederos de los bárbaros invasores europeos, que siguen pateando el hábitat de los aborígenes tres siglos después del infortunado encuentro.
Cuadros narrativos de un preciosismo decantado. Con la estética y la poética del paisaje, también la ética interviene en la descripción espontánea de la naturaleza del nativo en su prístina esencia. Figuras poéticas que no solamente nos permiten ver la escena, sino también sentir y aprehender, con disfrute y emoción, la belleza del buen salvaje. De esa condición de la que Rousseau se vale para definir el estadio más perfecto de la existencia humana, hoy echada a perder por el marketing del holocausto.
Citando a Rivera en el pasaje de las “pollonas”, vírgenes dadas en usufructo libidinoso al colonizador, relata:
El jefe de la familia me manifestaba cierta frialdad, que se traducía en un silencio despectivo. Procuraba yo alagarlo en distintas formas, por el deseo de que me instruyera en sus tradiciones, en sus cantos guerreros, en sus leyendas; inútiles fueron mis cortesías, porque aquellas tribus rudimentarias y nómades no tienen dioses, ni héroes, ni patria, ni pretérito, ni futuro.
Hasta aquí, la experiencia en la lectura es maravillosa en la voz de Arturo Coba. Alicia, de quien se esperaba un protagonismo especial, brilla por su ausencia. Como se ha dicho, aparentemente no fue más que un pretexto de José Eustasio Rivera. Experiencia de rituales sacros, de cosmogonías infinitas en el orbe de la manigua, de conexiones metafísicas y orgiásticas de un atavismo milenario que pervive y se repite en los tiempos siderales, o se confunde en la espiral eterna de los tiempos; viajes fantásticos y psicodelias, desde el impacto del yagé o la coca, hasta el desbarrancadero infernal de la cocaína o el fentanilo de hoy.
¿Quién puede librar al hombre de sus propios remordimientos? La Maporita. Mito poderoso del agua de la cuenca mayor del Orinoco, ensueño y realidad, potencia telúrica, conjunción y borde de la realidad y la fantasía. ¿Cuál el origen del mito? ¿Cuál la fuente para incluir esta historia en el relato de J. E. Rivera?
Locura, lucha interior de las pasiones, tránsito hacia la explicación de lo inefable en la vida de Arturo Coba. Poderosa admonición a la renunciación de lo vivido y de lo por vivir: muerte. El desvarío, la conmoción existencial buscando su realidad, su propio ser, le producía recelo. Eran las fiebres, y su amigo Franco era su línea a tierra.
Las fiebres de la malaria y el paludismo son un tránsito por las más absurdas experiencias, fantasías y desprendimientos. Quienes hemos padecido estos males por haber sido anidados por el Plasmodium vivax o el falciparum (un parásito que sigue vivo en el mundo y cuyo vector es el mosquito anófeles) sabemos de los misterios de la mente al quedar a merced de la locura. Por fortuna, la quina estaba ya al alcance de los nativos y de quienes, por razones de trabajo, se encuentran con la enfermedad.
Intentar llegar a las barracas del Guaracú parecía ser muy mala idea y se lo advirtieron a Arturo Coba. Las caucherías ya estaban consolidadas en esos territorios del sur de Colombia, hasta Manaos, Brasil, pasando por la Amazonía peruana.
Entre tanto la narración es una obra de filigrana que nos permite visualizar o imaginarnos los raudales indomables, los resaltos profundos, los torrentes de agua furiosa y atormentada, rápidos turbulentos, lechos de agua resbaladizos y de mil colores por la presencia de flora y vida acuática de misterioso exotismo.
Aquí podríamos decir que Arturo Coba, en el juego de su corazón al azar, les ganó la vida a las fiebres amazónicas, y se reincorpora a las prácticas sociales del territorio: tierra de nadie, tierra de quien tuviera el gatillo más veloz, la astucia más refinada y la sangre más fría para sobrevivir a las realidades de esa selva, apenas vislumbrada desde las lejanías citadinas. Eran realidades algo parecidas, quizás, a las del viejo Oeste y sus forajidos enfebrecidos por el oro, relatadas en las novelas breves de Marcial Lafuente Estefanía, que mi padre me enseñó a leer para entender el origen de tanta barbarie.
Era la vida salvaje de oleadas de maleantes, capataces, hacendados y colonos, llegados al maravilloso e inmensamente rico “desierto” amazónico, inimitable en su copiosa biosfera, depredando su exuberante riqueza, instaurando perversas prácticas de explotación humana, acudiendo a las prácticas más indolentes de exterminio y dominación.
La vorágine queda escrita como testimonio de un genocidio no concluido, como el esclavismo en África, el desplazamiento forzado en Palestina o el exterminio humano en Nueva Zelanda o Norteamérica, por nombrar sólo casos aislados.
La vorágine nos abre a la investigación, a la búsqueda, a la exploración de la verdad, y a la comprensión social y política de historias reiteradas, replicadas, acumuladas, para desgracia de una humanidad condenada a su autoeliminación por cuenta de la codicia.
“En el fondo de cada alma hay algún episodio íntimo, que constituye su vergüenza. El mío es una mácula de familia: ¡mi hija María Gertrudis dio su brazo a torcer!”, cuenta don Clemente Silva en la novela, que, a este punto, y con su relato trágico, nos puede invitar a sollozar de compasión.
¿A quién se hace alusión en la obra cuando alguien dice “escritorcitos asalariados”? ¿A aquellos autores de grandes best-sellers? ¿A cronistas expertos en el maquillaje de las noticias? Pero hasta el paramilitarismo está insinuado en la novela, por gracia de algún capataz deslenguado de El Encanto.
Esta segunda parte se arrima hasta los bordes del desprecio humano, la agresión, la sumisión y el terror de mundos marginados y sometidos que amenazan a la “civilización”, constructo humano del que el Homo sapiens se siente orgulloso, por cierto, y que Voltaire denuncia en su célebre sentencia: “La civilización no suprime la barbarie: la perfecciona”.
El final de La vorágine es simple y contundente: “Sólo fuimos los héroes de lo mediocre”, dice don Clemente Silva. Un lamento, una súplica, una declaración de la derrota. Un ser vencido, humillado por su propia voluntad, dolido por el sufrimiento propio, de su hijo y de la naturaleza ofendida, depredada, esquilmada y, a su vez, verdugo de sus propios victimarios.
En medio del marasmo selvático, indócil, inclemente, fantasmagórico, letárgico, Arturo Coba camina preguntándose: “¿Cuál es aquí la poesía de los retiros?, ¿dónde están las mariposas que parecen flores traslúcidas, los pájaros mágicos, el arroyo cantor? ¡Pobre fantasía de los poetas que sólo conocen las soledades domesticadas!”.
Pero es en esta parte de la novela donde más se evidencian el canto y el ardor poético de José Eustasio Rivera. Prosa poética: el lenguaje haciéndole los devaneos líricos al paisaje crudo, vivo, que respira pasión, tragedia y regocijo espiritual. Íntima comunión con el curso sideral del cosmos y su trascendencia en el tiempo. Celebración de la poesía de Walt Whitman y de Novalis. Padecimientos en el seno mismo de una selva de inocencias. Una maraña de tormentos en la ruta imprecisa. Quién habría de calcular que el camino a la salvación era la pesadilla o que la salvación era sólo un espejismo.
Al fin vuelve a aparecer Alicia, por quien Arturo jugó su corazón, y que perdió enfrentando la manigua.
Zoraida Ayram despierta la lascivia, el amor carnal que resbala por el dombo de sus flancos y el altivo derrière dispuesto a cautivarnos, así como el abismo de sus senos rutilantes invitando a la cópula por una traición en cada aventura. Sensualidad y lujuria de galanteo profesional, Arturo Coba la rinde al verbo libidinoso y matrero del peor poeta. Es un cuadro magistral donde confluyen el hambre y la carne lasciva. La madona mitigándoles el hambre a los mendigos y a los sedientos de placeres carnales. Contrastes, encuentros del absurdo, contradicciones y dualidades que ocurren sin explicación por las diferenciaciones humanas y sus procedencias territoriales, culturales, existenciales. Qué pesar la connivencia de la comedia y la tragedia y su inextinguible concomitancia.
En San Fernando de Atabapo, cada cual mata por cuenta propia. Es un relato fantasmagórico, cargado de iniquidad, un genocidio, una matazón indiscriminada. Lo único importante allí era el gusto al exterminio. Ni la deuda ni la venganza ni el poder: solamente la sangre derramada en el polvo que queda del exterminio humano. La madona disfrutando de los joyeles de Alicia y de Griselda. Más que el lupanar y la miseria que se destila por las líneas de Rivera, La vorágine es eso, es el escenario donde transcurre la tragedia humana, repetida una y mil veces en su indolencia y su misterio. Y para testimoniar lo dicho, cito las frases del epílogo: “Ni rastro de ellos. ¡Los devoró la selva!”.
- La mecánica del alma, de Carlos Arturo Arbeláez Cano
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