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Stefan Zweig, el hermano eterno

lunes 15 de septiembre de 2025
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Stefan Zweig, el hermano eterno, por Diego Firmiano
Según Zweig, todo lo pesado en la vida se torna más liviano cuando es llevado en común.
“Donde mora el sufrimiento es tierra sagrada”.
Friedrich Nietzsche

Como una estructura arquitectónica, la tetralogía de Stefan Zweig compuesta por los títulos Tres maestros (1919), La lucha contra el demonio (1925), Tres poetas de su vida (1928) y La curación por el espíritu (1931) fue redactada buscando una proporción divina. Una mística literaria propia de la tradición judía que buscaba la medida, el peso y la forma en todas las cosas, incluidos la vida y el destino de aquellos hombres, que el autor, como buen hijo de su tiempo, no pudo eludir. A esta tetralogía o “comparatismo”, trabajada al calor de casi tres décadas, Zweig insistió en llamarla Los constructores del universo, y pretendía con ella priorizar al hombre histórico, pero también resaltar las pasiones de grandes y reconocidos personajes de la historia atenazados por la razón, la imaginación y la locura individual.

Así, una summa literaria de esta envergadura tuvo que demandar inspiración y transpiración, además de mucha lectura y pasión, y por ello fue imposible esperar menos de un artista del verbo que un día dejó la filosofía, la vida sibarita y hasta su herencia paterna para dedicarse a escribir sobre los hombres y sus destinos, es decir, la capacidad de tomar una decisión de fe para convertir su prestigio, influencia y dinero, en belleza artística. Vocación escritural que la periodista Friderike Maria Winternitz nos confirma en aquella biografía redactada luego del 22 de febrero de 1922, cuando Stefan Zweig, su esposo, en un posible pacto de suicidio consciente y convenido de antemano junto al escritor Joseph Roth y el editor austríaco Erwin Rieger, se despachó ordenadamente con su segunda esposa, Lotte Altmann, en Petrópolis, Brasil.

Sean cuales hayan sido las razones que lo empujaron hasta aquel trágico final (con todo el derecho que tiene alguien de irse en pleno mediodía), este meteorólogo del espíritu de su época, este filósofo de las capitulaciones humanas, manifestaba con profundidad en sus obras literarias “[un] amor a los hombres... [una] curiosidad por comprenderlos y conocer los rincones más recónditos de sus almas, [pues esto] constituía un suelo cálido y fecundo...”. Un interés genuino y humanista guiado por un amor fati que le permitiera sustraer de la grosera materia de la vida elementos finos, espirituales y delicados, pues creía en la “ciudad de los buenos”, en la kallipolis ideada por Platón, aunque más allá este sentimiento literario descansaba en aquel chesed (חֶסֶד) judío, o esa bondad, lealtad y misericordia profesada a los otros, ya que entenderlos, según su filosofía, era perdonarlos.

No es extraño, entonces, que Stefan Zweig en vida haya sido equiparado a Erasmo de Róterdam en su capacidad de tolerancia, o a un Émile Verhaeren, quien veía flores en la noche, y tampoco es coincidencia que se graduara con una tesis doctoral, en la Universidad de Viena, sobre Hippolyte Taine, aquella figura que encarnaba todos los ideales del humanismo renacentista, además de ser éste un modelo, junto a Ernest Renan, del intelectual europeo por antonomasia. Ejemplos que siguió hasta las últimas consecuencias para poder cantar con sus hermanos, y a una sola voz, aquella “Oda a la alegría” de Friedrich von Schiller, más recordada por la composición de Beethoven en su “Novena Sinfonía”:

Rettung von Tirannenketten,
Großmut auch dem Bösewicht,
Hoffnung auf den Sterbebetten,
Gnade auf dem Hochgericht!
Auch die Toden sollen leben!
Brüder trinkt und stimmet ein,
Allen Sündern soll vergeben,
und die Hölle nicht mehr seyn


Salvación de las cadenas de tiranos,
Magnanimidad también para el villano,
Esperanza en el lecho de muerte,
Piedad en el juicio supremo.
¡Hasta los muertos vivirán!
Hermanos, bebed y entonad conmigo
Que los pecadores sean perdonados
Y que el infierno deje de existir.

La “Oda a la alegría” (An die Freude, en alemán) es una composición poética lírica escrita por Friedrich von Schiller en noviembre de 1785 y publicada por primera vez en 1786.

Su cruzada por hablar acerca de los hombres y los personajes de la historia no sería fortuita, pues deseaba mostrar con su pluma y talento las situaciones, destinos y estados interiores de aquellos cuyos momentos decisivos resultaron ignorados u olvidados por la historia: Castellio contra Calvino, Honoré de Balzac contra sus deudores, Mendel contra los nazis, Fouché contra la libertad, Dostoyevski contra los demonios; es decir, resaltar esa lucha feroz del fuerte contra el débil, del elefante contra el mosquito, y el triunfo del espíritu sobre la fuerza bruta.

Por eso es que, en una de sus novelas menos leídas, Amok (1922), hace hablar a uno de sus personajes como si fuera él mismo:

Los enigmas psicológicos han ejercido siempre sobre mí un inquietante poder de atracción. Siento que la sangre me hierve por averiguar las relaciones ocultas de las cosas, y [que] una persona que tenga algo de raro o extraordinario [sea] capaz, con su simple presencia, de originar en mí una pasión por aclarar su misterio, una pasión no menos intensa que la que se puede sentir por poseer a una mujer.

Un instinto humano y cultural que desarrolló al contacto con los libros y las personas y que lo llevó a descubrir que su corazón tenía una fibra que lo unía al corazón del hombre universal, pues en cuanto ellos sufrían por una injusticia, era inevitable que él no fuera golpeado por los mismos dolores. Y así es que como psicólogo del alma se encamina desde el borde de la vida hasta lo profundo donde reina la luz humana, socavando la muralla de los prejuicios y la comprensión racional, para encontrar una pepita de oro en el muladar del mundo.

El bien y el mal era, según su concepto literario, un asunto terrenal, y por lo tanto debía desentrañarse acá, denunciarse en la contemporaneidad. Por eso Zweig es el hombre que busca un significado en sus novelas, y así afirma con plena conciencia que

el crear es una actividad invisible que se desarrolla tras la pared del cráneo, y la etimología de inspiración —inspiratio— muestra ya de por sí claramente que se trata de una “insuflación”, es decir, de un fenómeno totalmente inmaterial que no cabe captar con los ojos, oídos o el tacto corporal, sino que es una transferencia desde el mundo espiritual al de los sentidos, desde la concepción interna a la realidad.

El misterio de la creación artística (1940).

Este fue su secreto, su “fe mística” en el hombre y en la creación literaria, que más allá de ser una simple idea se convirtió en una pasión que lo obsesionaba como buen heredero del humanismo clásico renacentista. Asimismo, aquella desesperación oculta de Stefan Zweig, esta situación límite de los adoloridos de la historia que lo interpelan diariamente, incluso el sino trágico de los perdedores, ignorados, acusados o trabados en las ruedas del sistema, se convertirán en el objetivo, a tiempo completo, de su entrega narrativa.

Por su parte, y de cara a los lectores europeos, nada de crear novelas estéticas como Arthur Schnitzler para ser leídas en salones burgueses, o elaborar tratados médicos como su amigo Sigmund Freud que revelan heridas ocultas, ni mucho menos promulgar un sionismo al estilo del Theodor Herzl político. Su meta es emular a un dios demiurgo que restaura al hombre con el verbo divino, echando al demonio Belfegor de su lugar, pues un creador no es uno que se adelanta a su generación, sino que es el primero de sus contemporáneos que toma conciencia de lo que le está ocurriendo a su generación y actúa, denuncia o compromete el arte a totalidad.

De ahí entonces el fastidio íntimo que experimenta por la ingente correspondencia recibida de sus lectores, quienes desean preponderar en él las figuras de confesor, abogado, psiquiatra de cabecera, y hasta el albacea de sus experiencias singulares; sin embargo, sus novelas y narraciones insisten en ser exploraciones creadoras y psicológicas sobre el hombre, en un tiempo donde la prosa y el verso se encontraba secuestrado por el romanticismo, los salones privados, la beligerancia del naciente siglo, y los cambios estéticos vertiginosos que no rozaban ni en lo mínimo la situación trágica de los otros. Todas sus obras literarias, las novelas, los ensayos, los cuentos, incluso los poemas, serán una filacteria del Talmud cuando dice: “Quien salva una vida, salva al mundo entero”.

Finalmente, la palabra, como ya se dijo, el verbo en la perfección formal y estética, sería el vehículo empleado para revelar la verdad humana inherente en cada individuo, para visibilizar lo grande oculto en lo pequeño, porque según Zweig, todo lo pesado en la vida se torna más liviano cuando es llevado en común. Y a partir de este sentimiento, de su experiencia con la guerra y la decadencia moral de Europa, su escritura tan limpia y directa, tan juiciosa y justificada en ese estilo de conjunciones y adjetivos, será el elemento vicario y artístico para representar la hermandad de todos los hombres en la tierra, ya que todos, y ellos mismos, son uno solo en sus dolores, miserias, o en sus glorias pasajeras.

Stefan Zweig se convierte en un hombre simbólico y con su vida y obra interpretará los valores y las experiencias de su generación para trastocarlos, llevando en su seno aquellas palabras de fuego y limitantes proferidas por el viejo Job: “Vosotros sois el pueblo, y el pueblo morirá con su sabiduría”, y también siendo consciente del pensamiento de Stendhal de que: “Cuanto más un hombre vive para su tiempo, tanto más muere con él”. La suerte está echada para él, y él lo sabe, y gracias a eso el final de su existencia será tan interesante como sus inicios artísticos, cuando creía que el mundo era un buen lugar para que los hombres convivieran juntos y en armonía.

No le interesaba describir la existencia ni usar el arte más que en ese sentido, es decir, sufrir con los que sufren y llorar con los que lloran, tal como reza el Salmo: “Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas”. De ahí entonces que una frase del Goethe admirado sea una hoja de ruta para su vida, obra y muerte: “Yo soy de los de esa raza que se afana por la luz desde el seno de las tinieblas”, pues el descubrimiento de la grandeza o nimiedad del hombre depende de lo que signifique a los ojos de un hermano eterno, un extraño que practique la compasión, o un complemento otro que mira de lejos.

Diego Firmiano
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