
Se suele asegurar sin ningún sonrojo en la piel que Stephen King es el rey del terror. Que sus novelas logran congregar dosis exactas de misterio, miedo, violencia, sangre, suspenso y terror. Lo grotesco parece ser parte de su imaginario. Aunque la fantasía también convoca el interior de muchas de sus historias, existe, sin embargo, una fuente que no ha sido totalmente tratada en su narrativa.
Esa fuente establece que cada una de sus novelas es un retrato complejo y completo de una estructura social. King hace lo que un buen etnógrafo realiza: investiga, se aferra a los datos duros proporcionados por la historia y completa lo que está en medio a través de una representativa muestra de visiones orales que explican el porqué y el cómo de los acontecimientos.
Lo oral marca el rumbo de cada subjetividad de la cual King hace uso para mostrar y hacer evidente un estado de situación. Sus novelas trabajan sobre un terreno que no siempre es usual en la literatura. Trata la historia contemporánea como una mitología en continuo proceso de avance.
Los mitos que identifica son los repertorios culturales de toda sociedad. La escuela, la música, el cine, los automóviles, la ropa y ciertas bebidas. Y quizá dentro de todas estas la que mejor aparece representada sea la propia literatura. Las referencias literarias de King son amplias, desde la novela de misterio y detectives hasta la gran literatura, afianzadas en la poesía de Coleridge o las novelas de John Irving.
Y no es casual tampoco que muchas de las grandes escenas que King plasma sobre el papel tengan como telón de fondo canciones que sostienen la tensión o desinflan la emoción. Las canciones son el gran repertorio emocional de la prosa de King y es bien sabido que la música es la filosofía de los pobres, y por ello, prestarle atención a cómo surte efecto dentro de sus escritos nos podría demostrar que estamos ante un escritor que piensa el texto como parte de una realidad compleja que debe dar forma y que tiene lugar en el corazón de los lectores. Entonces todas las referencias son de utilidad para hacer que el lector se conmueva y se interese por lo que King escribe.
Así, novelas como Misery no tratan solamente sobre la violencia, ni sobre la dominación de una mujer fanática sobre un hombre que sólo desea convencer para ser libre. Habla del mundo literario, de cómo los autores son también sometidos —al buscar la fama y la fortuna— bajo los designios de un mercado que es implacable con ellos. Les arrebata la libertad y les empieza a cercenar el alma.
Carrie, que si bien es novela de instituto y de violencia, también es el rechazo a toda forma de mediocridad, conservadurismo y miramientos. No se puede ir más lejos en la postura de identificar al agresor como aquella faceta social en la que todo puede ser criticado a partir de un juicio moral que mira desde muy arriba cualquier actitud y es incapaz de verbalizar el verdadero dolor o las cosas que de verdad importan.
Apocalipsis es intrigante porque se adelanta a su tiempo. Entre su escritura y la pandemia del Covid-19 hay muchísimas décadas de por medio y, sin embargo, lo que se narra con tintes dramáticos y tétricos es en gran medida una transfiguración de lo que se vivió por aquellos años. Aunque su verdadera visión está enfrascada en la lucha entre el bien y el mal, como arquetipos, lo que hay bajo esa superficie fácil de identificar no puede sino ser identificado como una sociedad en crisis, transformación y reorganización. Es quizá la novela más sociológica de King, porque todas las estructuras sociales, desde la religión, la familia, la escuela y los miedos, además del sexo y la jerarquía de poder, se ven involucradas, y cada una de ellas está representada por un personaje. Por lo cual la novela debería ser pensada como artefacto de cultura en los salones de clase donde se imparten contenidos referidos a las ciencias sociales.

Con El resplandor, King nos demuestra que la familia, lejos de la idea de Tolstoi, es más que sólo infeliz a su modo, sino que también es capaz de crear monstruos que no pueden ser domesticados con el amor ni con el ensanchamiento de la genealogía. Aquí, todo tiene un destino que se evidencia desde el primer momento, y la visión del marido golpeador, y que desatiende a su hijo y esposa gracias a la influencia que tiene el alcohol sobre él, es tan sólo una nota de color: lo que se juega en esta novela es mucho más complejo, porque es cómo los miedos se proyectan y cobran cuerpo y nos atenazan en la existencia, condicionando nuestras percepciones.
King lleva en esta novela el terror al ámbito de nuestra mente interior, y al hacerlo nos muestra el modo en que nuestras ideas se van formando. Lo cual le sirve también para ingresar en un nuevo escenario cuando decide retomar la historia de la familia Torrance —protagonista de El resplandor— y acercarnos a lo que ocurre en la vida de Dany, el hijo de Jack, el padre alcohólico que quiso asesinarlos tanto a él como a su madre. Y para ello, la continuación, Doctor Sueño, va un poco más allá al mostrarnos que al bien siempre habrá contingentes de personas que querrán encapsularlo y destruirlo.
En contra de toda esperanza, la novela se resuelve de manera lenta y llena de detalles para mostrar y ejercer en el lector la impresión de que nada está perdido del todo o de que la historia no tiene por qué repetirse en cada ocasión. Que, así como hay fuerzas que actúan para que todo salga mal, también hay fuerzas que impulsan a que todo salga bien. Y esto ocurre porque hay en la vida momentos límite sobre los cuales la capacidad de decisión y autonomía del ser humano son igual o más grandes que las concepciones que lo han limitado hasta ese momento. Se puede remontar el marcador y se puede construir un destino a partir de una toma de conciencia sobre el destino que cada persona debe cumplir. Así, esta novela nos ayuda mejor a comprender esa forma en la que King establece un pacto con el lector para demostrarle en todo momento que su vida puede cambiar para bien a pesar de las implícitas consecuencias.
Y la puesta en materia de este efecto es 22/11/63. En esta novela, que juega con el reiterativo tema del viaje en el tiempo, lo que King hace es un ejercicio triple de pensar el mundo que edifica a través de la palabra.
Por un lado, crea una representación absoluta y fidedigna del mundo en 2011; luego, hace una elaborada reconstrucción histórica, política y cultural de casi toda una década que va desde 1958 hasta 1963. Y luego, vislumbra un mundo destrozado por las consecuencias del cambio histórico producido por el personaje en 1963. La excusa es simple: evitar que Lee Harvey Oswald asesine a J. F. Kennedy. Sin embargo, esa excusa se revela como el motor narrativo de la novela, pero no el único, ya que en esta novela se conjugan también la novela de espías, la novela de instituto, la novela amorosa y erótica y la novela especulativa.
Cuando King se compromete de este modo con la historia de su país, el mundo parece ser algo que también tiene sentido porque todos los efectos colaterales de evitar el asesinato de Kennedy se edifican como una estructura que tanto puede ser leída desde el materialismo histórico como desde el dialéctico para ejemplificar que la historia no se repite ni como tragedia ni como farsa, sino como algo peor. Y que sí, el sueño de la razón engendra monstruos, y esos monstruos actúan en ocasiones con la mejor de las intenciones.
La prosa de King puede ser sofisticada si el tema lo amerita. Y si la historia además merece expandirse hasta suplantar el mundo real, tampoco él volteará la cara. Eso sucede con It, que es quizá la novela Moby Dick, el Quijote, el Ulisses de King, ya que muchos hablarán de ella sin siquiera haberla leído y guiándose por lo que saben de su historia por las películas que vieron y por los comentarios de la gente que sí la leyó. It convoca todo en su historia. Es el terreno que preparó Cuenta conmigo y Carrie, pero también es la exploración del mundo a partir de una ciudad. Derry es el escenario de la mayoría de sus libros. Es un sitio que se va ensanchando y completando con cada novela publicada. Y es el proyecto de King en definitiva: dar forma al mito de origen de toda la literatura: ¿qué significa nuestra ciudad natal a la hora de pensarnos como seres humanos? Muchas cosas. Entre ellas el miedo al pasado, y en partes iguales, el momento de mayor felicidad de nuestras vidas, sobre todo cuando se atraviesa la primera adolescencia. Y no es casual que haya distintas y varias conexiones entre It y Stranger Things. Pero esas conexiones sólo aparecen cuando se sabe que tanto el payaso como Vecna son fruto de un momento único en la historia de sus vidas: la infancia.
Y lo que resuelve y lleva adelante la historia no es tanto el mal al que hay que enfrentarse, sino la amistad que sostiene el mundo entre sus manos, cuando el mundo parece lo primero que se disolverá.

Los adultos que postula King en sus narraciones en muchas ocasiones no saben muy bien por qué hacen lo que hacen, pero los niños y los jóvenes saben exactamente cómo es que suceden las cosas del mundo.
Resuelven los problemas y los privilegios no siempre se reparten en partes iguales. Pero esto no es sino el refuerzo que sobre su prosa hace King de las estructuras elementales de toda sociedad. La exclusión por discriminación racial, generacional o asentada en el género y la locación geográfica. Sin embargo, luego de ese pantallazo de realidad, la fantasía en King es doblar esas estructuras y hacerlas funcionar en su contra. Como si cada estructura tuviera en su interior el botón que hiciera que todo el bloque pudiera ser derrumbado y toda lucha social ya no fuera necesaria porque la estructura se ha consumido a sí misma a partir de sus propios miedos. Tal como el payaso en It, que pierde todos sus poderes en el momento en que dejan de mirarlo y tenerle miedo.
Y este movimiento en la prosa es mucho más efectivo del que se puede decir que es realizado por escritores que gozan de mejor reputación literaria que él, lo cual nos hace pensar en el problema que tiene King para asegurarse un lugar no dentro del Nobel de literatura, sino dentro de la literatura seria y literaria.
Es alejado de esas etiquetas no tanto por el género que ejerce, que a sabiendas puede ser desmontado demostrando que el terror, la fantasía y lo grotesco son sólo anécdotas que encubren un problema mayor.
Tampoco la pésima imagen que tiene está dada por las referencias culturales que utiliza en todo momento, dado que otros escritores igual las han usado y sus efectos en la prensa, en la crítica y en la academia hicieron que se los canonizara.
King tiene problemas porque su prosa es limpia. No ofrece casi dificultades, escribe casi sin atención a un estilo, pero eso es también un mito que se desmorona de a poco, ya que si se leen con atención sus novelas también hay un dejo de experimentalismo en ellas. El uso de guiones, paréntesis y cursivas es sólo un rasgo manifiesto de este estilo.
Y aunque no parezca suficiente, King establece coordenadas narrativas de múltiples referencias textuales y simbólicas en sus libros. La pintura, la fotografía, el cine, citas de libros y personajes de novelas de otros escritores, notas de prensa, poemas citados en extenso, e incluso representaciones de las figuras históricas que han gobernado el mundo, son puestas para agilizar la trama y darle espesor a la prosa.
Pero de nuevo, todas esas variantes y datos son extensiones de estructuras sociales con las que trabaja. Si Pierre Bourdieu escribió Las reglas del arte después de una elaborada lectura de La educación sentimental, no estaría de más preguntarnos qué tipo de libro de sociología del arte y la cultura se podría escribir si se le prestara la suficiente atención a King y a Derry.
Pero incluso eso estaría un paso detrás de todo su proyecto y programa narrativo, porque lo suyo es postular un mundo que sea lo suficientemente autónomo como para vivir en él sin desmedro del real en el cual habitamos.
Bajo ese principio es que en el presente King cobra, de a poco, otro tipo de notoriedad, y las películas basadas en sus novelas por fin hacen justicia a sus novelas. Lo cual implica pensar una vez más el rol social que tienen sus novelas y el carácter que King adquirió como autor ya no de culto, ni como rey del terror, sino como un escritor que es capaz de jugar con la sensibilidad de los lectores contándoles historias como si fuesen fábulas de un mundo que está desapareciendo de a poco. Y que su labor no es otra que ser testigo de esa memoria colectiva que se arrastra desde tiempo atrás y que llega hasta nuestros días a través del canto y escritura de otros. Ser un puente es lo suyo. Puente entre generaciones, épocas, visiones políticas y fantasías, den miedo o no.
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