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5 de abril
de 1999
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Se fue el último de los amorosos

Jaime Sabines Jaime Sabines era la voz más representativa de la poesía mexicana contemporánea y uno de los escritores más importantes de Latinoamérica. Su muerte ocurrió a las 11:30 de la mañana del 19 de marzo, a causa de un tumor canceroso en el cerebro y otros problemas de salud que lo mantuvieron en constante lucha en los últimos tiempos, particularmente el último año, cuando tuvo que ser intervenido quirúrgicamente en varias ocasiones. Sabines era casado con Josefa Rodríguez Zabadúa —a quien cariñosamente llamaba Chepita— y tuvo cuatro hijos: Julio, Julieta, Jazmín y Judith.

Sabines, de 72 años, había nacido en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 25 de marzo de 1926, hijo de Ruth Gutiérrez y Julio Sabines —un mayor libanés que, según el poeta, le leía Las mil y una noches en los ratos de ocio. Su carrera poética ya daba de qué hablar en sus años de estudiante, cuando recitaba poemas en la escuela, y más tarde, con la publicación de sus primeros textos poéticos en el periódico escolar El Estudiante. Pero su primer éxito en la poesía fue una travesura: le daban un premio por un poema titulado Fugas, escrito realmente por su hermano Jorge.

Después de interrumpir sus estudios de medicina en Ciudad de México, y de una corta estadía en Chiapas, regresa en 1949 a la capital para estudiar Lengua y Literatura Española en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (Unam). En entrevista con Graciela Atencio, publicada en el diario mexicano La Jornada, dice respecto a su época en la Escuela de Medicina, que fue "un trauma" que lo lastimó muchísimo. "Cuando vine a estudiar a México tenía un concepto romántico de la medicina, pensaba que descubriría cosas. Luego me di cuenta de que hay que pasarse 25 años detrás de un microscopio para descubrir algo. No es cuestión de labor creativa ni nada, sino de paciencia y observación. La medicina me decepcionó, pero no podía salirme porque creía que mis padres deseaban tener un hijo médico. Ese fue mi conflicto, odiaba la escuela y era hasta una sensación física de rechazo la que me embargaba".

En esa época publica Horal (1950), su primer poemario, y La señal (1951). Tenía listo ya Adán y Eva, que mantuvo sin embargo en silencio hasta una década después. En 1952 vuelve a Chiapas, donde se hizo cargo de la tienda El Modelo, un expendio de telas de su hermano Juan. En 1956 publica Tarumba y recibe, en 1959, su primer premio, el Premio Chiapas una distinción que concede su estado a personajes de la cultura. En 1960 empieza a trabajar repartiendo alimentos con un camión en Ciudad de México, labor que le daría el sustento sin impedirle continuar con su producción poética, pues en 1961 publica Diario semanario y poemas en prosa. En la entrevista con Atencio dijo: "Desde el 59 al 80 pasé la mayor parte de mi tiempo en una fábrica de alimentos para animales, sólo mis ratos libres se los dedicaba a la poesía, pero la poesía nunca me dio de comer".

Tras la enfermedad que acabó con la vida de su padre, ese mismo año de 1961, Sabines escribe Algo sobre la muerte del mayor Sabines, que no será publicado completo hasta 1973. Por esos años publica Poemas sueltos y, en 1967, Yuria, del que Rosario Castellanos escribiría, en 1968, que el libro era un "poderoso monumento en que un hombre graba su protesta, su esperanza y su desesperanza, su sabiduría y sus oscuridades, aguardando a que venga el otro y lo descifre y lo comparta".

En 1970 Octavio Paz escribía de Sabines: "Es un poeta expresionista y sus poemas me hacen pensar en Gottfried Benn; en sus saltos y caídas, en sus violentas y apasionadas relaciones con el lenguaje (verdugo y enamorado de su víctima, golpea a las palabras y ellas le desgarran el pecho), en su realismo de hospital y burdel, en su fantasía genésica, en sus momentos pedestres, en sus momentos de iluminación. Su humor es una lluvia de bofetadas, su risa ternura en su aburrimiento, su cólera es amorosa y su ternura, colérica. Pasa del jardín de la infancia a la sala de cirugía. Para Sabines todos los días son el primero y el último día del mundo".

Sus siguientes libros fueron Mal tiempo, de 1972, y Otros poemas sueltos, de 1977. Además, veía crecer con los años un libro cuya última edición apareció en 1998, Recuento de poemas. En 1983, su país reconocería su trayectoria literaria al otorgarle el Premio Nacional de Letras.

Sabines también se involucró en la política, y bajo la bandera del Partido Revolucionario Institucional (PRI) se convirtió en 1976 en diputado federal por Chiapas, responsabilidad que mantuvo hasta 1979, y volvería a ser diputado en 1988 por el Distrito Federal. Se situó en oposición al levantamiento zapatista, con el que no estaba de acuerdo, y en 1996 recogió enemistades cuando declaró desde Guadalajara que los chiapanecos involucrados en la revuelta servían de monaguillos al obispo Samuel Ruiz. Pese a sus problemas en la arena política, ese mismo año un homenaje en el Palacio de Bellas Artes, con motivo de sus 70 años de edad, le puso frente a tres mil personas que quisieron escucharlo como poeta.

Sobre su paso por la política, Porfirio Muñoz Ledo declaró ante el féretro de Sabines: "Cometí el pecado de invitarlo a ser diputado hace 23 años, porque cuando estaba en el otro partido quería diputados externos, independientes, progresistas; por eso invité también al poeta Carlos Pellicer a ser senador por Tabasco. A lo mejor acerté, nunca supe, pero Jaime estuvo contento, la prueba es que después volvió".

El presidente de México, Ernesto Zedillo, al conocer de la muerte de Sabines, propuso velar el cuerpo en el Palacio de Bellas Artes. La viuda y los hijos del poeta se negaron; había exigido que, a su muerte, le trataran "como cualquier otra persona".

Recordemos al poeta en un breve paseo por su obra. Una selección más amplia está a disposición de los lectores de habla hispana en la página de Julen Garritz, así como en http://www.class.udg.mx/~rvalenci/sabines/sabines.html.


Yo no lo sé de cierto (Horal, 1950)

Yo no lo sé de cierto, pero supongo
que una mujer y un hombre
un día se quieren,
se van quedando solos poco a poco,
algo en su corazón les dice que están solos,
solos sobre la tierra se penetran,
se van matando el uno al otro.

Todo se hace en silencio. Como
se hace la luz dentro del ojo.
El amor une cuerpos.
En silencio se van llenando el uno al otro.

Cualquier día despiertan, sobre brazos;
piensan entonces que lo saben todo.
Se ven desnudos y lo saben todo.

(Yo no lo sé de cierto. Lo supongo.)


Los amorosos (Horal, 1950)

Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.
Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.

Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.
Les preocupa el amor. Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se están yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.
Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los amorosos son los insaciables,
los que siempre —¡qué bueno!— han de estar solos.

Los amorosos son la hidra del cuento.
Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan
también como serpientes para asfixiarlos.
Los amorosos no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos.

En la oscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.

Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota como sobre un lago.

Los amorosos son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.

Los amorosos salen de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que aman a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el amor como una lámpara de inagotable aceite.

Los amorosos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.

Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.

Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
a mujeres que duermen con la mano en el sexo, complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida,
y se van llorando, llorando,
la hermosa vida.


No quiero paz, no hay paz (La señal, 1951).

No quiero paz, no hay paz,
quiero mi soledad.
Quiero mi corazón desnudo
para tirarlo a la calle,
quiero quedarme sordomudo.
Que nadie me visite,
que yo no mire a nadie,
y que si hay alguien, como yo, con asco,
que se lo trague.
Quiero mi soledad,
no quiero paz, no hay paz.


¿Qué putas puedo..? (Tarumba, 1956)

¿Qué putas puedo hacer con mi rodilla,
con mi pierna tan larga y tan flaca,
con mis brazos, con mi lengua,
con mis flacos ojos?
¿Qué puedo hacer en este remolino
de imbéciles de buena voluntad?
¿Qué puedo con inteligentes podridos
y con dulces niñas que no quieren hombre sino poesía?
¿Qué puedo entre los poetas uniformados
por la academia o por el comunismo?
¿Qué, entre vendedores o políticos
o pastores de almas?
¿Qué putas puedo hacer, Tarumba,
si no soy santo, ni héroe, ni bandido,
ni adorador del arte,
ni boticario,
ni rebelde?
¿Qué puedo hacer si puedo hacerlo todo
y no tengo ganas sino de mirar y mirar?


Autonecrología V (Yuria, 1967)

Te quiero porque tienes las partes de la mujer
en el lugar preciso
y estás completa. No te falta ni un pétalo,
ni un olor, ni una sombra.
Colocada en tu alma,
dispuesta a ser rocío en la yerba del mundo,
leche de luna en las oscuras hojas.

Quizás me ves,
tal vez, acaso un día,
en una lámpara apagada,
en un rincón del cuarto donde duermes,
soy la mancha, un punto en la pared, alguna raya
que tus ojos, sin ti, se quedan viendo.
Quizás me reconoces
como una hora antigua
cuando a solas preguntas, te interrogas
con el cuerpo cerrado y sin respuesta.
Soy una cicatriz que ya no existe,
un beso ya lavado por el tiempo,
un amor y otro amor que ya enterraste.
Pero estás en mis manos y me tienes
y en tus manos estoy, brasa, ceniza,
para secar tus lágrimas que lloro.

¿En qué lugar, en dónde, a qué deshoras
me dirás que te amo? Esto es urgente
porque la eternidad se nos acaba.

Recoge mi cabeza. Guarda el brazo
con que amé tu cintura. No me dejes
en medio de tu sangre en esa toalla.


No es que muera de amor (Poemas sueltos, 1961)

No es que muera de amor, muero de ti.
Muero de ti, amor, de amor de ti,
de urgencia mía de mi piel de ti,
de mi alma de ti y de mi boca
y del insoportable que yo soy sin ti.

Muero de ti y de mi, muero de ambos,
de nosotros, de ese,
desgarrado, partido,
me muero, te muero, lo morimos.

Morimos en mi cuarto en que estoy solo,
en mi cama en que faltas,
en la calle donde mi brazo va vacío,
en el cine y los parques, los tranvías,
los lugares donde mi hombro acostumbra tu cabeza
y mi mano tu mano
y todo yo te sé como yo mismo.

Morimos en el sitio que le he prestado al aire
para que estés fuera de mí,
y en el lugar en que el aire se acaba
cuando te echo mi piel encima
y nos conocemos en nosotros, separados del mundo,
dichosa, penetrada, y cierto, interminable.

Morimos, lo sabemos, lo ignoran, nos morimos
entre los dos, ahora, separados,
del uno al otro, diariamente,
cayéndonos en múltiples estatuas,
en gestos que no vemos,
en nuestras manos que nos necesitan.

Nos morimos, amor, muero en tu vientre
que no muerdo ni beso,
en tus muslos dulcísimos y vivos,
en tu carne sin fin, muero de máscaras,
de triángulos obscuros e incesantes.
Muero de mi cuerpo y de tu cuerpo,
de nuestra muerte, amor, muero, morimos.
En el pozo de amor a todas horas,
Inconsolable, a gritos,
dentro de mi, quiero decir, te llamo,
te llaman los que nacen, los que vienen
de atrás, de ti, los que a ti llegan.
Nos morimos, amor, y nada hacemos
sino morirnos más, hora tras hora,
y escribirnos y hablarnos y morirnos.


       

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