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Julia

Oscar Ortiz

Julia nunca había tenido amigos. Solía mirar largas horas hacia el horizonte. Montañas y un viento cuasi omnipresente eran cosas comunes en su día, y los disfrutaba ambos. La casa se encontraba centrada en un inmenso valle verde amarillento donde pastaban vacas negras y una pinta. Doscientas negras y una pinta.

¿Ella? Ella se peinaba de trenzas francesas cuidadosamente adornada con flores del campo. Margaritas. Olía a violetas en las mañanas y a azucenas al atardecer; las únicas dos eau de toilet sobre el tocador de su recámara que hacían un reflejo endeble frente a un espejo opaco de la época victoriana. En su enjuto y suave rostro no asomaba maquillaje alguno. Nunca. Vestirse para Julia no era un momento de indecisiones. Lunes, túnica azul hasta media pantorrilla. Miércoles, un traje veraniego largo blanco con bordados rosados. Viernes, una falda de diseño navajo y una blusa verde clara algo gastada. El resto de los días: pantalones vaqueros y una camisa de algodón blanca. Calzaba sandalias de cuero añejado con todo ajuar.

Cuando el sol se ponía y todo lucía anaranjado con tintes lilas o rosados, la cabaña se llenaba del intenso aroma a café moca que humeaba lento en una cafetera negra de pintas blancas que había comprado en una tienda de segunda. Lo tomaba lento asegurando que cada sorbo rindiera el placer de la azúcar morena en la taza de porcelana gris.

La ventana cerca del piano dejaba escapar melodías hasta entrada la noche. Sonatas del pasado recorrían lentas a través del verjado de madera y alambrados mezclándose en fórmulas transparentes con constelaciones y nébulas. Casiopea. Mozart. Uno solo. Algunas noches sí y otras no, o quizás, también.

Las memorias de Julia no eran intensas todo el tiempo. Sus ojos negros examinaban casualmente sin agitarse las imágenes que aparecían sin esfuerzo productos de una vida contada en veintitrés años. Manos firmes que salían de una polo de mangas largas blanca de casimir la alzaban una y otra vez pausando para traerla hacia sí. Un abrazo y ahora un hombro que hacía de borde para una grama verde como jade. Más allá... árboles y niños retozando con una inmensa bola de colores. Bistros aparecían y desaparecían de foco cada vez que la zigzagueaban. Sólo uno de ellos, a la izquierda, sentaba una persona. Una mujer de pelo negro con sombrero de ala ancha. Meneaba su mano así saludándola en cada oportunidad que sus ojos negros se encontraban con los de Julia. De pronto en el suelo intentaba divisar el rostro que frente al sol sólo era una cabeza negra con halos brillantes que llegaban hasta los hombros anchos de donde acababa de descender. Al encender el cirro que guardaba el umbral de la puerta a su alcoba, se apagaban los recuerdos. Su cama de madera tosca construida por ella la recibía para concluir otro día.

En las tardes rociaba muy seria cada grupo de flores que se esparcían de manera esporádica detrás de la cabaña. Pasaban mozalbetes a caballo por el camino real y le sonreían de lejos abanderando los brazos con pasión. Julia les devolvía el saludo a manera de reina de belleza. Algunos aventuraban a aproximarse. Todos eran bienvenidos a entrar, a quedarse, a disfrutar. Algunos, tímidos, prometían regresar. Otros, audaces y de mirada pícara aceptaban, honrados por su presencia. Las estrellas les daban en la cara y sentían que el pulso se les iba lento y que la punta de los dedos resbalan trémulos por la cintura trigueña de Julia. Julia, que de niña gritaba en octavas altas que la soltaran, que dolía. Y mamá que la amaba tanto guardaba dinero en su nombre para cuando fuera mujer y escapara. Nunca vio el rostro de papá porque se le nublaba la vista cansada de gritar. Gritos de hombre que se confundían con el mugir de vacas y se evaporaban entre las hectáreas de árboles y jardines. Cuando la madrugada aclaraba los recuerdos se oscurecían y trapos olientes a fuerte amonia recogían las últimas manchas de sangre del encerado piso de cedro.

El sudor hacía un triángulo entre los senos sobre la camiseta blanca, se limpiaba la frente dejándola sucia y continuaba paleando la tierra. En el hueco, primero iba el estiércol, segundo el cuerpo y encima polvo de piedra caliza para romper el barro rojo que no dejaba penetrar las raíces de las plantitas, tierra negra, fertilizante y coronando las nuevas flores. Esta vez serán tulipanes. Llevando los útiles consigo se dirigió al río a bañarse por el resto del jueves. Mañana se vestiría de falda india con blusa verde y miraría al camino en expectación. Papá pasaría a caballo como de costumbre a visitarla, porque después de todo, Julia no tenía amigos.

15 de diciembre de 1998
Monroe, Carolina del Norte


       

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