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Disparidades de los cerros

Liza Rosas Bustos

Cuando él se me acercó para ofrecerme una piscola en aquel restaurante del exilio, estaba yo demasiado perdida en ese pasado de mezclas, su pelo flameando largo y sus pómulos casi dibujados, como para decir sí o no con demasiada autoridad.

Creí haberlo visto antes. No sé si en Italia o Estocolmo, de vacaciones o durante mis viajes de trabajo. Estaba segura de que lo había visto, o cateado, de casualidad en algún restaurante de la añoranza, con marido o no. Aquella noche me limité a sentarme y disfrutarlo mientras él bailaba al ritmo de alguna salsa en adopción, algún rock español o algún alucinógeno.

Recuerdo que su esfinge y su español intachable de chileno en destierro voluntario me quedaron dando vuelta por algún tiempo. Durante aquellos tres años, había estado en diferentes puestos diplomáticos que me habían llevado a unos esporádicos encuentros con chilenos que, como yo, se habían entregado al trabajo sedentario, al cigarro y los cafés. También habían sucumbido al relajo de distintos tipos de español. En lo que muchos podrían llamar "un trabajo de suerte" habíamos perdido tanto el acento como la agilidad de cuerpo. Era el último año antes de volver. Había estado en Chile brevemente sólo para visitar a mis hijos, a la nana y a mi marido, Pedro, uno de esos que uno se ve en la obligación de escoger para adornar el apellido. No había tiempo para aventuras y aprovechaba los últimos meses de libertad antes de tomar una decisión definitiva. Esa noche me dejé llevar por los mares de la nostalgia y busqué en las páginas amarillas un lugar con algún nombre familiar tal como lo hago cada vez que me enfrento a una ciudad. Encontré un lugar conocido, algo así como un boliche improvisado de algún suburbio cuyo nombre hoy me cuesta recordar. Así que junté el resto de energías que me quedaban para rematar el día, me vestí resaltando lo que aún me quedaba de mis encantos de lola, me armé de valor y fui.

Recuerdo que ganas de bailar no tenía. Pasiva y paciente pedí un pisco sour y adjudiqué un puesto de ventaja para poder comparar el lugar con algún otro bar chileno en el extranjero y me dediqué a estudiar cada una de las caras que bailaban atiborrados en una especie de trance. La ropa, el pelo, la forma de pararse, de bailar y de moverse por el piso acusaban a los caribeños, los chilenos y los "nos". Éste que yo había visto antes era un chileno liberado. No estaba el pantalón de tono neutro ni la camisola planchada. Tampoco estaba el perfume ese para seducir. Bailaba desarmado y sin la pulcritud de rigor. Además, usaba pantalones cortos y la camisa abierta mostrando el ombligo, algo que en Chile sólo unos pocos se atreven a mostrar a campo abierto. ¿Cómo poder olvidar ese cuerpo de paisano inconfundible? ¿Cómo desentenderme de los lagos de mi sur?

"Hola, yo soy del Cerro Cárcel. ¿De qué parte de Chile soy tú?", preguntó mientras llamaba al mozo sin esperar una respuesta. "Yo, yo soy de dos cerros más allá", contesté.

Encaramada en un banco, me limité a hacer que él se hiciera cargo, le ofrecí una de mis mejores sonrisas y me dejé llevar.

Con él fue un poco como recibir un pequeño pasajito ida y vuelta a Chile. Cuando me miraba, me sentía caminando en pelotas por la Avenida del Mar. A saber por su indisoluble acento, lo pronostiqué salvaje y apegado a su tierra, a la nuestra. Recuerdo que mucho no hablamos. No hubo edades ni trabajos, tampoco estado civil, sólo el acomodarse en el bar mientras la gente ordenaba tragos conocidos dividiendo con sus manos nuestro estrecho espacio. De la conversación no recuerdo demasiado. Tanteamos el terreno común de "cuántos años afuera", "cuándo volver", "empanadas y mariscos" y nos entendimos cuando yo le dije que era hora de marchar. En un pestañear de ojos se deshizo de un par de amigos que lo miraban entre risas, pagué la cuenta y nos subimos al primer taxi que pudimos encontrar.

Qué maravilla llevármelo al hotel que me hospedaba y sentir el sabor de su pelo sabor a la tierra mía, la tierra nuestra. Aún me parece escucharlo respirándome entre mis senos, escudriñándome los muslos con la boca, despertándome de un invierno en Helsinki que había sido demasiado tedioso como para recordar que había existido. Mientras murmurábamos lo inmurmurable y tomábamos los diferentes tipos de vuelo que permite la cama de un desabrido hotel de primera categoría, dejó escapar un par de palabras que me sonaron como hace tiempo no me sonaban las cosas. "Somos vecinos. Los vecinos se saludan", dijo y me sumergió en un beso que me alejó del hotel y del mundo. No sé si fue una oración profética o un simple piropo íntimo, pero a mí me sonó a poema. ¿Es que en Chile acaso sólo los universitarios tienen permiso para ser poetas? Quise explicárselo a él pero las palabras estaban sencillamente de más. Se lo expliqué con mis manos que tomaban las suyas y las deslizaban por donde yo sabía él habría de encontrarme. ¿Para qué contarle que yo no vivía un cerro más allá, sino unos cuantos? ¿Para qué entorpecer ese entonadito chileno que llevaba a cuestas borrado de mi voz entre tan intenso quehacer diplomático?

Nos dormimos felices. Al despertar tuve la impresión que me había soñado caminando las veredas del cerro Alegre que mi familia y yo nos habíamos permitido explorar para evitar robos y asaltos innecesarios que abundaban en los otros. Aun así, cuando llegaba algún visitante a la casa, orgullosos mis padres le contaban que conocían hasta el último rincón de Chile, sin mencionar que no se atrevían a conocer mucho de Valparaíso, el patio de atrás. Yo copiaría las mismas frases para las tertulias políticas con mi marido de las que me aburrí demasiado pronto. Después de casada, mis hijos me llenaron de distracciones y la televisión se convirtió en un mejor lugar para divisar los cerros Polanco, Monjas y por supuesto el Cerro Cárcel, el más temido de los patios de atrás, por sus maleantes y gente de mala vida según advertían los entendidos medios de comunicación.

No sé si fue el horario del trabajo o el del hotel, la cosa es que muy a mi pesar me vi en la obligación de hacerlo despertar. Su cara se le llenó de luz cuando me vio encaramada en su cuerpo. "Hola, vecina", me dijo. "Hola, vecino", rebatí. Él no tenía que trabajar esa mañana, según contó cruzando los brazos por detrás de su cabeza. El restaurante no abría sino hasta las 4. En eso estaba cuando volteó para mirarme de lado, advirtió la fotografía del velador y me vio diez años más joven rodeada por los brazos de un hombre demasiado conocido y dos niños pequeños. A nuestras espaldas se veía demasiado claro el relojito ese famoso a los pies del exclusivo Cerro Castillo de Viña del Mar. Sentí que algo se le apagó en los ojos.

No me atreví a preguntar por qué.

Cuando me vio poniéndome el traje sastre y el maquillaje confirmó sospechas. Mis arrugas mañaneras y mi anillo de casada le acabó por cerrar el rompecabezas. "¿Así que no eras vecina?", me dijo, mientras buscaba entre la almohada y reunía su pelo largo bajo un elástico de esos para amarrar billetes. No pude explicarle lo de los viajes diplomáticos como excusa para despabilarme, no pude explicar lo de las disparidades de los cerros, lo del divorcio parcial y provisorio, pero informal. Taciturno aún por el ajetreo de la noche, se bajó de la cama, se puso los calzoncillos, los blue jeans y se amarró la camisa alrededor de la cintura. Me sentí tentada a llamar al trabajo y fingir algún contratiempo para darme el tiempo necesario para explicar. Pero pronto cambié de opinión cuando él me miró ensimismado arrojando ráfagas de sonrisa y desencanto. Nuestros pies decidieron bajar 8 pisos sin tomar el ascensor. Me esperó a que dejara las llaves en el hotel y caminamos las alfombras sin hablar. Ambos habíamos crecido entre cerros, ambos habíamos cruzado el Atlántico buscando algo y arrancando de algo. La única diferencia era que habíamos entrado al exterior por puertas diferentes. Quise convencerlo de las mil formas que encontré disponibles, pero algo, un borbotón de saliva se me atascó en la garganta. Cuando llegamos a la puerta, apelé a la ternura y traté de darle un abrazo de compatriota. No solidarizó.

"No te puedo perdonarte", me dijo y se fue.

Han pasado diez años de eso. Los niños están grandes, las cosas se van arreglando con Pedro que ya carga 55 y aún me pregunto qué fue exactamente lo que no me perdonó. A veces pienso que fue por mis arrugas mañaneras, esas porfiadas que aquella mañana en particular me hicieron ver 5 años mayor que la noche cuando me conoció. Pero no. Presiento que su enojo tuvo que ver con el tipo conocido de la foto, ministro entonces y presidente hoy, ése que se acuesta aquí a mi lado.


       

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