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H. P. Lovecraft La creación de ambientes en la obra de H. P. Lovecraft

Lenina M. Méndez

Las estrellas se hacen tenues en sus lugares,
y la Luna palidece ante mí, como si un velo
hubiera sido corrido sobre su llama.
Demonios con cara de perro se acercan
a la circunferencia de mi santuario.
Se ha levantado un viento...
Las aguas oscuras se agitan...
Este es el libro del Sirviente de los Dioses...
Necronomicón

La literatura de terror siempre ha sido una vertiente menospreciada por la crítica. Tiende a considerársele como un género menor y que pocas veces llega a ser digno de un estudio serio. Según H. P. Lovecraft, esto se debe a que "el alcance de lo espectral y lo macabro suele ser por lo general bastante limitado, ya que exige del lector cierto grado de imaginación y fantasía, una determinada capacidad de evasión de la vida cotidiana; y son relativamente pocos los que pueden liberarse lo suficiente del encantamiento de la rutina diaria para corresponder a las llamadas del más allá". Precisamente es esta cualidad alienante la que hace atractiva a la literatura de horror: el poder acceder a una atmósfera ominosa dentro de un mundo que creemos ya conocido, o peor aún, dentro de nosotros mismos. Porque la maestría de una obra de terror se encuentra en la explotación de los miedos que permanecen ocultos en el hombre, creando una atmósfera macabra que surge de lo que aparentemente es lo normal.

Para configurar este ambiente ominoso, no son necesarios grandes alardes fantásticos que asfixien al relato con una aglomeración de monstruos, brujas, vampiros. Más que la historia en sí misma, es la manera de relatarla lo que le confiere el misterio; es decir, el adecuado manejo del enigma, el mantener al lector en vilo hasta el final del texto, para estremecerlo con el horror supremo. H. P. Lovecraft fue sin duda un maestro del género que supo imprimir en sus escalofriantes relatos toda la caterva de fantasmas que provenían de su propio espíritu atormentado.

H. P. Lovecraft nació en Providence, Rhode Island, en 1890, y murió en 1937 en esa misma ciudad que jamás abandonó. Su padre murió en el manicomio cuando Lovecraft tenía apenas ocho años y él quedó al cuidado de su madre, mujer neurótica y posesiva que volcó sus múltiples insatisfacciones en él. Continuamente le decía que era muy feo, que no debía dar un paso lejos de sus faldas, que la gente era malvada y estúpida, que el país en que vivían era horrible (la joven pareja había emigrado de Inglaterra hacia los Estados Unidos), situación que más tarde se reflejaría en la obra de Lovecraft como un miedo patológico a lo extranjero y a lo grotesco (un buen ejemplo de estos temores se observa en su cuento "La llamada de Cthulhu", donde los practicantes de un terrible ritual necrófago son negros, mestizos, indígenas y esquimales). En su adolescencia, racionalista y lógico cien por ciento, se dedicó a imitar a los escritores góticos, mientras vivía sumido en la soledad más espantosa, con la única compañía de los excéntricos libros que su abuelo materno le había heredado. Su vida, que más tarde se convertiría en una leyenda, fue una existencia de penuria económica, de represión y aislamiento, de amargura y pesimismo. Odiaba la luz del día, pero en las noches parecía renacer para leer, escribir, pasear por las solitarias calles de Providence y soñar.

Su vastísima obra fue una revolución en el campo de la literatura fantástica: con un desbordante uso de su imaginación, creó toda una cosmogonía que se bautizó como los Mitos de Cthulhu, donde reúne un conjunto exhaustivo de dioses, lugares, personajes y hasta libros (como su famoso Necronomicón) completamente apócrifo, que más tarde sería retomado por otros jóvenes escritores norteamericanos en sus propios trabajos. Sus escritos se dividen principalmente en dos vertientes: en relatos fantásticos al estilo de lord Dunsany, y en relatos de misterio y terror referentes a un mundo ultraterreno cósmico; estos últimos se subdividen a su vez en narraciones de Nueva Inglaterra y en narraciones de los Mitos de Cthulhu.

Lovecraft fue un gran maestro en la creación de ambientes macabros, y su cuento "El extraño", que pertenece precisamente a la serie de relatos de Nueva Inglaterra, constituye un excelente ejemplo de esta cualidad. Si nos atenemos a la reconstrucción de los hechos tal como sucedieron, la diégesis resulta de por sí aterradora: un cadáver viviente (no hay que confundirlo con un zombie, que posee otro tipo de naturaleza), encerrado eternamente en su mundo de tinieblas, decide un buen día abandonarlo todo para acceder a la luz del día, para lo cual escala las torres del inmenso castillo donde vive con la esperanza de llegar a lo luminoso. Saliendo de su tumba, recorre los despoblados caminos hasta llegar a otro castillo, donde se celebra una alegre reunión; animado por el espectáculo, el ser penetra en los salones únicamente para aterrorizar a todos con su presencia. Él, inocente de lo que causa el terror, queda perplejo hasta que su fatal destino lo lleva ante un espejo, que le devuelve en toda su repugnancia su propia imagen. Ante la terrible verdad, se aleja del sitio, no para volver a su sepulcro, sino para vagar por el mundo eternamente como un alma en pena.

Si ya en su esencia resulta estremecedor este cuento, su grandeza radica en la manera en que está estructurado el argumento, pues no es sino hasta el final del relato y con la ayuda de escuetos indicios que el lector puede inferir lo que en realidad ha pasado. Es gracias a este tipo de narración dosificada que este relato llega a atrapar al lector en su atmósfera ominosa, de otro modo, ateniéndonos a la diégesis, la narración resulta grotesca pero no pavorosa. El manejo del tiempo y la focalización, subcategorías narratológicas estudiadas por Gérard Genette en su libro Figuras III, son las que imprimen a este texto toda su fuerza creativa.

Empezando por la primera subcategoría, se podría condensar su empleo en el cuento diciendo que se maneja la idea de un "tiempo sin tiempo", es decir, de la eternidad, sin principio ni fin, que siempre estará allí. El lector debe reconstruir la temporalidad de la narración con la ayuda de evocaciones que a veces resultan meros indicios para tratar de llenar la gran laguna que se plantea desde el comienzo del texto. Estamos ante un relato de tipo autobiográfico (más adelante se verá la importancia de este tipo de narrador-protagonista), que parte desde un presente atormentado en que, aparentemente, un ser humano cuenta su historia. Pero esa historia está incompleta, pues comienza desde el momento en que el ser se sabe habitando en un ruinoso castillo, pero sin el menor recuerdo de qué pasó antes de su llegada a él:

    Ignoro donde nací. Lo único que sé es que el castillo era infinitamente antiguo e infinitamente horrible, lleno de oscuros pasadizos y con unos techos muy altos en los que la mirada sólo podía distinguir telarañas y sombras. (...) Debí vivir años enteros en aquel lugar, pero no puedo medir el tiempo. Alguien debió preocuparse de atender a mis necesidades, aunque no recuerdo a ninguna persona, excepto a mí mismo, ni a ningún ser viviente aparte de las silenciosas arañas, ratas y murciélagos...

Así, hay una primera gran elipsis en el cuento: todo lo que sucedió antes de la llegada al castillo. De hecho, esta laguna nunca será resuelta más que por medio de referencias textuales que el protagonista menciona de pasada como descripciones ingenuas (desde su focalización) pero que al lector le ayudan a inferir la verdad de la situación. En ningún momento se hace explícito que el protagonista es un cadáver que por extrañas razones permanece animado, ni jamás se sabe cómo fue cuando aún estaba vivo. A esta conclusión se llega por medio de las mencionadas evocaciones, o como diría Genette, de las analepsis repetitivas. El protagonista, que como ya se dijo creía ser humano, tiene vagos recuerdos de una existencia anterior que incluso a veces llega a confundir con una especie de sueños:

    Creo que quien me alimentó debió ser alguien sorprendentemente viejo, ya que mi primera idea de una persona viva fue la de una burlona réplica de mí mismo, aunque retorcida, encogida y vieja como el castillo; (...) tenía la impresión de ser joven, debido a lo poco que recordaba de mi vida anterior...

Este es un primer indicio que nos da el texto, pues se va configurando cómo era el ser antes de llegar al castillo: un viejo decrépito que debió morir con muchos años encima, y que por lo, podría aventurarse, relativamente reciente de su deceso, había permanecido en su encierro de ultratumba por un tiempo sin medida que lo hacía creer que era joven. Más adelante, conforme el ser va logrando huir de su prisión, sus recuerdos lo asaltan más frecuentemente, aunque sin llegar a esclarecer explícitamente nada de sus lagunas; en el siguiente fragmento, el protagonista, una vez salido de su tumba, se dirige hacia un lugar que parece recordar vagamente, como si sus pasos fueran guiados:

    Ignoraba quién era o qué era yo, y qué podía ser lo que me rodeaba: aunque, mientras seguía avanzando empecé a tener conciencia de una especie de espantoso recuerdo latente que hacía que mi avance no fuera del todo casual. (...) Habían transcurrido más de dos horas cuando llegué a lo que parecía ser el término de mi excursión, un venerable castillo de muros cubiertos de hiedra, en medio de una frondosa arboleda, sorprendentemente familiar. (...) Vi que el foso estaba lleno, y que algunas de las torres se habían caído; en cambio, veíanse unas alas nuevas que confundían mis recuerdos, si es que se trataba de recuerdos...

A partir de estas referencias se puede deducir que el ser, antes una persona viviente, permanecía existiendo en una grotesca réplica de lo que fue su vida tangible: el bosque, los caminos, el castillo, sus habitaciones, él mismo. Es la creación de un mundo paralelo, bizarro, donde se llega a la culminación de esa eternidad: con la muerte no se acaba la existencia, sino que ésta continúa en un tiempo inconmensurable como una burda imitación de lo que primero se fue. Este paralelismo se hace palpable cuando el protagonista evoca (pero recuerda para él, sin mencionar qué es lo que llegó a su mente), ante la vista del espantoso monstruo que hizo huir a los moradores del castillo, quién fue él en su vida anterior; en una vida que era luminosa y alegre como la de aquellos que escaparon, y que ahora es también una farsa como todo lo que lo rodea:

    Y en aquel mismo instante algo pareció desgarrarse en mi cerebro y me sentí inundado por una avalancha de recuerdos. En aquel terrible segundo supe todo lo que había sido, recordé el otro lado del terrible castillo y de los árboles, y reconocí la impía abominación que me estaba mirando fijamente mientras yo apartaba con precipitación mis manchados dedos de los suyos...

La narración retrospectiva del protagonista termina aquí, para remitirnos a su actual estado de resignación metafísica, de vagar por el mundo aún sin su principio y sin la esperanza de un final. No pertenece al universo de los vivos, pero tampoco vuelve ya a su oscuro encierro de existencia grotescamente imitativa, adoptando una vida aparentemente de resignación, pero en la cual el tormento es que jamás se podrá saber si tendrá algún término. Aunado a esto, el recuerdo de su propia imagen deformada y mancillada por la muerte, será una tortura que nunca lo abandonará. Para lograr este efecto de un final opresivo y macabro, la narración se vale de un recurso muy socorrido en la literatura de horror: dejar la información más impactante hasta las últimas líneas del texto. En el caso de "El extraño", esta impresión se realiza por medio de lo que Genette llama una paralipsis, esto es, "el relato no salta, como en la elipsis, por encima de un momento, sino que pasa junto al dato". Cuando el protagonista se encuentra frente a frente con el espantoso ser que se le muestra en toda su repugnancia, tratando de protegerse, sin saber a ciencia cierta cómo hacerlo, levanta su brazo para ocultar a sus ojos la terrible visión y entonces "...mis dedos tocaron la putrefacta garra del monstruo detrás del arco dorado...". La narración continúa, y en realidad no ha omitido ningún dato: efectivamente el protagonista tocó la mano del terrible ser y se sintió aterrorizado por lo que sintió, obligándolo a huir de sus propios recuerdos; pero se pasó junto a una referencia que imprime su mayor fuerza al relato: al tocar a la abominación, lo que palpó fue un espejo que le devolvía su propia imagen destruida por la muerte:

    ...a pesar de que el nepente me ha tranquilizado siempre, sé que soy un extraño. Un extraño en este siglo y entre aquellos seres que todavía son hombres.

    Lo he sabido desde que alargué mis dedos hacia la abominación que se encontraba detrás de aquel arco dorado; desde que alargué mis dedos y toqué una fría y firme superficie de pulido cristal.

Aunado a este manejo del tiempo como si se tratara de recuerdos confusos, otro de los grandes aciertos en la construcción del relato es el de la focalización. La narración es hasta cierto punto sencilla en este aspecto, pero precisamente en esa aparente ingenuidad se encuentra su mayor valor. Es inmediatamente identificable que nos estamos enfrentando ante un narrador-protagonista, por lo cual sólo accederemos a los hechos que él quiera relatar, sin ninguna intromisión externa que agregue alguna luz sobre los misterios que se tratan. La presencia de este narrador-protagonista nos lleva necesariamente a concluir que se realiza lo que se denominaría en la terminología de Genette como una focalización interna fija, es decir, los acontecimientos se presentan a través de la mirada del mismo protagonista casi todo el tiempo. Este casi se explica de la siguiente manera; según Genette: "el narrador sabe casi siempre más que el protagonista, aun cuando el protagonista sea él, y, por tanto, la focalización en el protagonista es para el narrador una restricción de campo tan artificial en primera como en tercera persona". En el texto, el narrador está hablando desde un presente, cuando ya ha pasado toda su tragedia y anda "cabalgando con los burlones y amigables vampiros"; sin embargo, en el relato retrospectivo, historia que el narrador obviamente ya sabe cómo empieza y termina, la focalización que se presenta es la que el protagonista tenía antes, mientras le estaban sucediendo los eventos. Esa visión primera, un tanto ingenua, del protagonista ante los hechos, es lo que ayuda a la creación del ambiente ominoso dentro de la obra, pues el lector va descubriendo junto con él los terribles acontecimientos. De este modo, tenemos varias descripciones hechas por el narrador-protagonista mientras la focalización se da en el personaje en su primera etapa, que nos permiten inferir la naturaleza del ser que narra:

    ...y en todas partes había un olor horrible, como de montones de cadáveres que se hubieran acumulado durante generaciones...

    ...todo lo que vi fueron unas amplias estanterías de mármol que sostenían unas odiosas cajas oblongas de tamaño inquietante...

    ...en vez de una perspectiva de copas de árboles contemplados desde una elevada eminencia, detrás de la verja había ni más ni menos que el sólido suelo, sembrado de losas y de columnas de mármol oscurecido por la sombra de una antigua iglesia de piedra...

    ...mientras estaba de pie en el centro de la iluminada estancia, solo e intrigado, escuchando los pasos precipitados de los que tan misteriosamente acababan de huir, temblé al pensar en lo que les había aterrorizado y que yo no había sido capaz de ver...

En una lectura atenta, por medio de estas alusiones se logra inferir la atmósfera de muerte que rodea al protagonista, pero como se puede apreciar en los párrafos antes citados, la focalización que hace el protagonista de los hechos es la que tuvo en el momento en que ocurrieron, no la que tiene cuando está narrando lo sucedido tiempo después. Este juego de desdoblamiento de un mismo personaje, que es en primera instancia narrador-protagonista que ya sabe todos los hechos, y el préstamo que hace de la voz al protagonista que vivió esos eventos, es uno de los elementos primordiales para construir el efecto de misterio e impacto final: el lector vive con la misma intensidad y sorpresa el macabro descubrimiento como lo vivió el protagonista en su momento.

"El extraño" es un cuento de una factura perfecta en torno a lo ominoso; la creación del ambiente opresivo, cargado de muerte y putrefacción, y la configuración de su único personaje a través de los juegos de focalización llenan de fuerza expresiva al discurso macabro. Aunado al hecho de ser uno de los mejores relatos de horror existencial que escribió Lovecraft, la crítica moderna también ha querido ver una proyección del autor en la soledad y aislamiento de su personaje, una identificación (según el estudio de enfoque psicoanalítico de Marjorie Farber "Subjectivity in modern fiction") de la existencia de aquel con su propia infancia pasada en una oscura mansión atestada de viejos libros. Empero, independientemente de las connotaciones psicológicas que se quieran buscar a la obra de Lovecraft, lo que se deduce del texto en sí es su gran capacidad para llevar a los límites de la grandeza este tan mal apreciado género. Lovecraft reformó todas las estructuras estéticas y psicológicas de la literatura del terror que han sentado las bases del actual tratamiento del tema por los jóvenes escritores, no sólo de su país, sino de todos los rincones del globo; su arduo trabajo nos conduce a una reformada apreciación de esta literatura, dejando atrás arcaicos prejuicios que limitan su comprensión, como él mismo concluye: "cualquier obra maestra que mañana pueda surgir de los fantasmas y el terror, deberá su aceptación más bien a la calidad de su estilo que a la simpatía del tema. ¿Acaso podemos afirmar que el tema tenebroso es un handicap? Radiante de belleza, la Copa de Ptolomeo estaba labrada en ónice".


Bibliografía

S/A, El Necronomicón, Ed. EDAF, 2ª ed., España, 1992, 287 págs.

Genette, Gérard, Figuras III, Ed. Lumen, 1ª ed., España, 1989, 338 págs.

Lovecraft, Howard Phillips, "El extraño" en Cuentos de terror, Ed. Andrés bello, 3ª ed., Chile, 1995, 247 págs.

Lovecraft, Howard Phillips, "El extraño" en El horror de Dunwich, estudio preliminar de August Derleth, Alianza Editorial, Biblioteca de fantasía y terror, 1ª ed., España, 1998, 216 págs.

Lovecraft, Howard Phillips, El horror sobrenatural en la literatura, Ed. Fontamara, 1ª ed., México, 1995, 107 págs.

Llopis, Rafael, Los mitos de Cthulhu. H.P. Lovecraft y otros, Alianza Editorial, 1ª ed., México, 1995, 530 págs.


       

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