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Arrinconados

Alberto Sánchez Danza

Un rincón, pensándolo bien eso era, un rincón. En una esquina del espacio de tierra que acompañaba a las vías del ferrocarril; esos tres metros con fronteras bien precisas: de un lado las toscas piedras sobre las que se apoyaban los durmientes, del otro lado la calle, a ambos costados los altos matorrales. Ellos habían creado el lugar, limpiaron los yuyos, trajeron el tambor donde encendían fuego, para mitigar el frío, o quizás imitando la escena de alguna película.

Allí, arrinconados, pasaban largas tardes los cinco adolescentes: Sergio (Tacho), alto, de desdibujadas facciones y un rictus de permanente indolencia, dieciocho años, secundaria con dos años repetidos; Mauro (Roña) incoherente aprendiz en un taller mecánico, circulando vertiginosamente hacia un alcoholismo desenfrenado; Facundo (Facu), veinte años de fracasos, zapatillas rotas y pelo desgreñado; Esteban (Colo), pelirrojo, mirada torva, desde que su madre gozaba de su tercera pareja prácticamente vivía allí, entre la maleza; Braian, pelo ensortijado con trencitas tipo rasta, siempre con pantalón y camisa de mangas largas, hasta a él mismo impresionaban sus famélicos miembros, drogadicto desahuciado y proveedor del grupo.

—La policía no ve eso... —comentó doña Sara a su vecina, señalando al grupo desde la vereda de enfrente. A ellos hacía rato que había dejado de incomodarlos las miradas de los vecinos. Lo único que los preocupaba era tener cerveza, y algo más. Al principio, quizás las miradas también formaran parte del arrinconamiento, pero ahora ya...

—¿Che, alguno tiene vento?, yo aporto cincuenta guitas...

Largo hurgar de bolsillos.

—Tres pesos; alcanza para dos birras en el almacén. Andá Colo que yo le debo guita a la vieja —dijo Braian después de recolectar.

Martita pasó por ahí, siempre pasaba: por la vereda de enfrente, por la calle, junto al cordón, bastante cerca de ellos. Martita miraba, inflamada de infantonovelas televisivas. La madre le había prohibido, pero ella con su rebeldía de juguete seguía pasando. Martita tenía casi catorce, pero esto debía ser un balance, porque a su cuerpo parecía sobrarle lo que a su mente le faltaba. Ella se creía una mujer, discutía permanentemente con su madre; a la más mínima negativa, seguía un concierto de contestaciones iracundas, portazos, llanto y veladas amenazas.

—Vamos a tener que rajar de acá —dijo Facu, sentándose en un pedazo de tronco que usaban de banco—. Ayer, con éste, le afanamos la bicicleta a un pibito del otro lado de la vía...

—¿Qué hicieron con la bici? —preguntó Braian iluminándosele el rostro.

—Nada, está tirada ahí atrás —contestó Facu.

—Dámela, voy a ver si consigo algo...

Facu se paró, miro a ambos lados y después se introdujo en la maleza; reapareció con una bicicleta de nene.

Braian, con extraña agilidad, montó el pequeño rodado y marchó sin mirar atrás, vociferando:

—En un rato vuelvo...

Martita pasaba otra vez. Insinuadora, la remera blanca aprisionaba resaltando sus nacientes senos, la pollerita corta dejando libres las piernas casi de mujer.

—Chaaau —le dijo Facu, todavía en el medio de la calle.

Ella no contestó, pero le dedicó una sonrisa y siguió su camino.

—Viste la pendeja ésa —comentó Facu volviendo al grupo.

—Se la pasa yendo y viniendo, está buscando que la vacunen... —dijo Esteban mirándola alejarse.

—¡Che, es una nena...! —acotó Mauro arrojando hacia atrás la botella de cerveza que acababa de vaciar.

—¡Ma qué nena!, sabés cómo se la traga ésa —reafirmó Esteban parándose para verla irse.

La conversación intrascendente y abúlica llenó un indefinido lapso de tiempo, esperaban que Braian regresara pero éste se demoraba. Las primeras sombras cruzaban la calle y pisaban el rincón.

Lo vieron llegar caminando, meneando la cabeza y apoyándose en la pared; se derrumbó sobre la hierba ante ellos, los ojos le brillaban acuosos.

—¿Trajiste algo para nosotros?

—¡Qué va a traer el hijo de puta, se la metió toda! No lo ves.

Braian, en su delirio, les alcanzó dos porros y una petaca de licor que traía en los bolsillos; luego balbuceó:

—No más, viejo...

Siguieron con la cerveza, la yerba y el whisky.

—Mirá, ahí viene la nena —dijo Facu, en medio de frases incoherentes.

—¡Dejámela a mí! —dijo Esteban entonado. Se paró, sin seguridad caminó hasta el medio de la calle, se detuvo en medio de la sombra que proyectaba el edificio de enfrente—. ¡Hola! ¿Cómo te va?

Martita acababa de ver un largo y romántico beso de pantalla. Había salido de casa sin que su madre lo notara. Sentía algo de miedo, pero la rebeldía de juguete volvió a imponerse y contestó:

—Hola.

—Hace mucho que te veo, y siempre quería hablar con vos.

—Habláme... —contestó ella, adquiriendo seguridad.

—Ya me parecía que vos eras uno de nosotros, no le des bola a lo que dicen todos los viejos...

—¿Qué hacen ahí, en ese rincón?

—Nos divertimos, por eso en el barrio nos tienen bronca, ¿querés venir?

—No, acá estoy bien...

Esteban le habló del colegio, de la modernidad, de los mayores que los coartaban y no dejan vivir en libertad. Le hablaba lentamente, no la presionaba. Sin dejar de charlar se acercó a Sergio y Facundo, guiño un ojo y les pidió el porro.

—¿Fumás? —ofreció Esteban.

—No, mejor no —contestó Martita, con un principio de duda.

Esteban, a pesar de la droga y la bebida, aún se mantenía lucido, notó la indecisión de ella. Miró los florecientes pechitos, comenzó a sentir la erección.

—Dále, no me vas a decir que tenés miedo...

—No, miedo no... —contestó ella en uno de sus arranques.

—Se hace así, mira...

Finalmente ella lo imitó. La primera bocanada tímida pasó inadvertida, pero la segunda... las luces comenzaron a palpitar enardecidas a su alrededor...

Encontraron para ella un resto de polvo en los bolsillos de Braian. Fue suficiente; Martita se convirtió en un alado dragón multicolor; como un dominante monstruo liberado, se entrelazó de dolor y placer entre ellos...

Sola, aún mareada, se frotó los dolores; se acomodó la sucia pollerita, y levantó del piso los restos de su ropa interior. Abandonó la densa oscuridad de la maleza ultrajante. Comenzó el lastimoso camino de vuelta a casa, ansiaba llegar a su habitación. Rogaba no tener que hablar con nadie. Lentos pasos de infructuoso arrepentimiento, dudas agobiantes, hasta que ya en el rincón de su futuro, llegó a la resignada decisión de callar.


       

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