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Poemas
Graciela Wencelblat
La lluvia no cesa.
Sacude los vidrios
en este otoño
que arrasó los sueños.
Ahora,
partieron los trenes
se hundieron
todos los barcos.
¿Tendrá
acaso
que colgar el mapa del olvido?
Cuando los objetos se achican,
¿será el despertar de la locura?
Cerca de la rosa, del lirio,
adentro del eucaliptus,
cava buscando el poema.
Sólo hay silencios
que chocan entre sí:
una realidad desconocida.
Toda la tarde
esperando,
mirando la puerta.
Si la abre y sale
¿qué habrá del otro lado?
Si desde afuera entra,
¿estará el lugar que dejó?
Porque cada cosa es otra,
donde pasó el abandono
algo queda
algo muere
algo
se resiste a cambiar.
Al borde de la tarde,
siguiendo la caída de las hojas,
invoca nombres,
se quiebra, se deshace.
Va a caer donde dobla el viento,
pero el tropiezo ya sucedió:
al borde de la tarde.
No hay que arreglar nada más.
No hay que soldar
podar las plantas
ni limpiar.
Hacerse el desentendido:
que los vidrios se rayen
los relojes no den más la hora.
Porque todo parte sin remedio,
hacia un lugar anclado
en el silencio.
Es cuestión de apretar.
Apretar con fuerza
y seguir
sin asco sin piedad
hasta que caiga
la palabra que hiere,
lo atragantado.
Es posible
que detrás
aparezca una luz
y el corazón
se abra.
Tantas cicatrices
en su cuerpo.
Por eso
cuando camina
deja en el aire
rayos
y
truenos.
El corazón,
¿se achica cuando duele
gotea?
Esto explicaría,
algunos días,
el charco debajo de su cuerpo.
Hay algo en ella
como si no estuviera.
Aislada en su esplendor,
reposa.
Abre la noche
mide suavemente el infinito.
El corazón no se mueve,
la piel tejida sobre escombros
resiste
la oscuridad
las válvulas gastadas.
Desamada:
tira la rosa marchita
cuelga el vestido
abre puertas y ventanas:
encara la distancia.
Esa mujer
escribe
para
no
hablar.
Esa mujer
tiene
el susto
pegado
a la garganta.
Esa mujer:
la gota que rebalsa el pensamiento.
Meten palabras
en su boca.
Cuando habla
dice las palabras
de los otros.
Distraída
atraviesa la pared
y sangra.
Muda:
esclava de su
aparente inocencia.
Recorre la casa,
busca vestigios del derrumbe,
huele la tierra,
—no es tierra firme
ni tierra prometida—
Va hacia las orillas
a recoger las redes.
Después,
caminará hacia otras islas,
dejará de preguntar
dónde quedó la vida.
Porque no saben
que el barco la dejó
en una isla desierta.
Ellos no saben
que el otoño cayó
sobre su nombre
borrándole la historia.
No saben
que llegó muy lejos:
hasta la sed y el exilio.
Que la dejen en paz.
No hay palabras:
partieron
con el tránsito del agua,
no hay engaño.
Cuando arrancaron el rosal
se cerró para siempre,
pero todos estaban distraídos.