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Vuelo de una poética vital
(sobre Algunas alas, de Xavier Oquendo Troncoso)

sábado 18 de mayo de 2024
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Xavier Oquendo Troncoso
Xavier Oquendo Troncoso, poeta imprescindible en esta zona ecuatorial y latinoamericana, provoca en Algunas alas un torrente hiperbólico de mares y ternuras, de hijos y padres, de dioses celestes y ausentes, de caricia y páramo.

“Algunas alas”, de Xavier Oquendo Troncoso
Algunas alas, de Xavier Oquendo Troncoso (El Taller Blanco, 2021). Disponible para su descarga gratuita en la web de la editorial

Algunas alas
Xavier Oquendo Troncoso
Poesía
El Taller Blanco Ediciones
Cali (Colombia), 2021
73 páginas

Dentro de la necesidad de expresión lírica, queda la certeza de que su orfebre se hace en el ejercicio diario. A ratos, tormentoso, y en otros, esperanzador. ¿Hasta qué punto es perceptible tal oficio? Pues, hasta el nivel en que el poeta requiera del verso como el pan para el hambriento. En esas cotidianidades el vate se sumerge en lo intangible y transmuta sus impresiones en pieza metafórica, como un catalizador de sentido binario: vida-muerte. No le amedrenta el pulso externo, porque lo suyo es la denodada batalla con y por el lenguaje, la misma que debe ser celebrada en su íntima trinchera.

Algunas alas (El Taller Blanco Ediciones, Colombia, 2021) se titula la antología personal (2010-2020) de Xavier Oquendo Troncoso (Ambato, Ecuador, 1972). En sus páginas permea un baile con el tiempo y su prodigiosa labor confeccionada al son de soledades: “En estos días hasta el cielo / está con esa soledad tan azul / que desparrama”. Un recorrido por aquellos fragmentos de luz versal que, a través del lente emocional, el autor ha ido elaborando y reelaborando como rastro poemático: “(...) este cuerpo inaudito que soy / como carne / y esta sangre añeja que soy / como vino”.

Hay una mirada particular que se aproxima precisamente al misterio de la vida y de la muerte. Y que se constituye a partir de la reflexión del sujeto lírico, con marcada autorreferencialidad: “Aquí me reconozco: soy el barro / que quiso ser vasija y fue testigo / del ser que se hizo en mí como postigo / de aquella portezuela en que me amarro”.

El propósito dialogante expone a la segunda persona del singular, sin titubeos: “Tú eres la razón del beso divino / con que uno conoce ese campo ondulante del dolor”. Desde aquel cántaro cargado de imágenes, el esteta invoca a la dulce poesía, inventora del cielo, los volcanes y los campos (o sea del origen de las cosas), en profusa oración salpicada de la savia de Borges, Vallejo y Cernuda, con el afán de alcanzar una fusión indivisible entre el cántico y el poeta: “Porque tú, no sé cómo, estás como petrificada en mí. Estás como si fueras el uno”.

Ya reitera Oquendo con certeza: “el poema se necesita en el poeta”. Y este hacedor de versos y remiendos retóricos sabe bien que “(...) lo todo no es la poesía. / Sólo es la chispa de la piedra que brota. Que no la piedra. / Que sólo lo que queda del instante de la piedra”.

Textos de aliento extendido en donde confluyen ríos, amaneceres y afectos entre abrazos, cartas y fotografías. Con tono irónico y manifiesta melancolía. Con hondo martillazo de cavilación en donde sobresale la referencia de otros poetas y registros artísticos (destacan los homenajes a Jorge Enrique Adoum y Juan Gelman). El poeta asume la angustia “de azúcar” como elemento indisoluble en la inventiva, cuya estructura alcanza un elogiado hallazgo estilístico: “Dónde hallará dolor mi poesía, / color, el homenaje de alguna monja muerta / de alguna flor sin niño que la arranque / sin verde que le hereden / sin ojos que se queden cíclopes y tuertos”.

Xavier Oquendo, poeta imprescindible en esta zona ecuatorial y latinoamericana, provoca un torrente hiperbólico de mares y ternuras, de hijos y padres, de dioses celestes y ausentes, de caricia y páramo; música que entona con savia porfiada la dicha tan esquiva, luna callada y pálpito de viento con alas abiertas a la fecundidad poética. “Eso: la palabra. La que canta. La que baila. La que mata. / La que es antídoto para hacerte inmortal...”.

Aníbal Fernando Bonilla
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