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Bufones de Nueva York

sábado 18 de mayo de 2024
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Somos bufones, nos gustan los chistes,
llevamos peluca y un gran narigón,
cantamos, bailamos carracas en ristre.
Dom, dom, dom.
Iremos al centro con Ted y con Barbra,
con Andrew y con Nicholas, el genio zumbón,
vendrán a aplaudirnos de todo Manhattan.
Dom, dom, dom.
A mis padres y hermana, por haber aguantado todos estos años al bufón.

Las vueltas que da la vida. Ya ven, hace treinta años no me imaginaba a mí mismo trabajando en una compañía de seguros. No me interpreten mal, es que uno es gafe y atrae el mal fario, o como dicen por aquí, el siniestro. Soy como la piedra en el zapato. Mi rutina es un compendio de sucesos desafortunados y desgracias recurrentes. Y así ando yo, envuelto en problemas.

—Mi gato ha muerto.

—Lo lamento mucho, señora Margaret.

—He revisado las cláusulas de mi seguro. Es la 828z. Ahí lo dice claro.

—La 828z es para animales de granja. ¿Tiene usted una granja de gatos?

—Joven, no intente tomarme el pelo. Estoy segura de que su muerte fue accidental y eso vale una pasta.

—Señora Margaret, ¿está usted completamente segura de que su gato no se suicidó?

Hace no tanto tiempo mi sueño era seguir vinculado al mundo del humor de alguna forma, no me pregunten cuál. Creo que aún lo sigo estando, sólo que de otra manera.

—Me han roto un jarrón chino, un desaprensivo.

—¿Dispone de la denuncia?

—No hay denuncia. Me lo han roto a mí, en la cabeza.

—¿Alguien de su entorno?

—Mi vecino, es un hombre insoportable.

—¿Había pasado algo previamente? ¿Algo que motivara esa reacción?

—Le devolví su palo de golf.

—¿Y qué ocurrió?

—Estaba arqueado.

—¿Cómo de arqueado?

—Arqueado del todo.

—¿Lo arqueó usted?

—Tuvimos una discusión sobre rugby. Soliviantó mis ánimos. No, señor, no soporto una mentira, venga de donde venga. Trabajo de redactor jefe en un periódico local, ¿lo entiende?

—Comprendo, veré qué puedo hacer.

Disculpen, creo que todavía no me he presentado. Mi nombre es Andrew C. Aaronson. Nací en la pequeña Italia hace un montón de años (según mi madre, todavía no se había inventado la salsa carbonara). Mi padre, hombre de gran talento culinario, hacía los mejores farfalles de la ciudad. Se trataba de farfalles personalizados, auténticas obras de arte que el gran público engullía sin reparar en aquello que iba a parar directamente a su esófago. Yo no seguí sus pasos. Me decidí por el mundo del arte, más o menos. Soy bufón o, al menos, es lo que contesto cada día en la oficina de empleo o cada vez que me piden la hora.

A los veinticinco años mis padres me preguntaron qué es lo que esperaba de la vida junto al solemne busto de Julio César (es curioso lo del busto, cada vez que te ponías a mirarlo fijamente te entraban unas ansias irrefrenables de conquistar Europa). Respondí que un buen chiste o, en su defecto, un productor antipático atado de pies y manos frente a una batería de pasteles de nata. Tras la respuesta, alguien que se identificó como mi representante (en realidad mi tía) intentó colocarme una camisa de fuerza. Vaya día. Tan alterado estaba mi padre que no fue suficiente con el típico dardo tranquilizante y hubo que recurrir a un grupo de coristas hawaianos.

De hecho, la vocación me había llegado ya unos pocos años antes, a los dieciocho. Recuerdo aquel día con nitidez porque hacía un día de perros. Los truenos hacían cola y las nubes se impacientaban, exageraban sus contornos como globos de chicle o portadas de escándalo. Mientras caminaba sin rumbo fijo el viento acariciaba mis sienes como un guante helado. Sentí divagar mis cuatro pelos con la fuerza de un huracán, así que me refugié en una galería de arte del Soho. No se lo van a creer pero aquella gente me confundió con un potencial cliente. Me enseñaron un bidet corriente junto con un rollo de papel higiénico brillante de tres metros, un espejo instalado a la inversa y una escobilla en miniatura. Algo no casaba y decidí preguntar. Quería saber, conocer, cultivarme. Me llamaron grosero, eso es todo. No me convenció para nada la explicación y acabé enzarzado en una discusión inútil pero al menos hablamos de culos. En otras palabras, le encontré el gusto a la irreverencia. Ese día me sentí por primera vez un humorista. Ni que decir tiene que me echaron a patadas (uno de ellos a punto estuvo de estrellarme un Picasso en la cabeza).

Las cosas no marcharon como yo esperaba, al menos al principio. En el primer monólogo que hice no se rio nadie a pesar de que me vestí de Robespierre y me puse un montón de pecas en la cara. Debieron pensar que volvía a pasar la varicela o que era, sencillamente, imbécil. Menos mal que mi hermana estaba allí para aplaudir. Tenía la friolera de treinta años cuando conseguí ser monologuista en un pequeño bar de Coney Island. Estuve allí trabajando, con más pena que gloria, hasta que el local fue derribado a tomatazos tras un interminable chiste sobre calvos (¿qué quieren que les diga?, aquello parecía una bolera). No me desanimé. Eran los años setenta, los años del “humor libre”, años de luminosa libertad, y las carteleras bullían con películas como Annie Hall o El jovencito Frankenstein.

En algún momento el humor pasó de ser una mera afición a una rutina de trabajo. Algunos humoristas noveles frecuentábamos a finales de la década un bar del sur de Brooklyn. No recuerdo su nombre, quizá nunca lo tuvo. Además de contar a todo el mundo nuestras penas y nuestras glorias efímeras, hacíamos proyectos y madurábamos chistes frente a un chocolate caliente o unos jugosos bocadillos. Era un sitio lujoso, limpiaban la mesa con la corbata y hacían otras cosas igual de finas. En el rincón, sobre una pequeña tarima, solía tocar un pianista con aire despistado que improvisaba cualquier cosa por un dólar, marcha fúnebre incluida, siempre y cuando no se consumiera su habano (a efectos anatómicos una extremidad más).

Los jueves tenía la costumbre de almorzar en el bar con mi colega Nicholas, un cómico de primera que trabajaba en un local de tercera. No recuerdo cómo nos conocimos pero una tarde de febrero de hace cincuenta años hallé sus tentáculos enredados en mi plato de pasta. A los que nunca han oído hablar de él les diría que Nick era un bufón de los mejores. Era tan gracioso con sus chistes que en cualquier momento podía darte un ataque de risa, incluso en medio de una entrevista de trabajo o una conferencia sobre Kandinsky. Su problema es que era demasiado culto. En algunas ocasiones (pocas) sus chistes sólo los entendía él.

—¿Sabe una cosa, joven? Mi barbero dice que si en la época del Imperio romano hubiera existido Primo Carnera, Julio César habría cruzado el Rubicón de una bofetada.

—Pues qué bien. ¿Qué desea hoy, margarita o siciliana?

—Cualquiera de las dos, pero que sea pequeña. La última vez se me cayeron las gafas en la pizza y tuve que subirme a una silla para localizarlas.

Su profesora de literatura en Harvard lo tenía claro, decía que tenía un talento innato para las estupideces aunque su madre lo seguía definiendo como “un brownie esmirriado pasado por almidón de azúcar”. A veces, en el descanso de las actuaciones, se quedaba dormido sobre la silla, con la típica escalera de color entre las manos, y se incorporaba de un salto con los ojos saltones y una frase ingeniosa en la boca que había de anotar apresuradamente. Y es que Nick vivía para el humor. Su especialidad eran los relatos breves, que remataba siempre con un gag inesperado y surrealista. Escribía maravillosamente pero su antiguo editor, un tipo con cara de lechuga, decía que eran excesivamente vulgares. Creo que las palabras exactas que utilizó fueron: “No vuelvas a traerme esa basura”. Editar sus relatos se convirtió en un problema. No en vano la última vez que Frank intentó hablar con su agente literario este se hallaba en una cornisa del Empire State con una depresión de caballo, las gafas precipitándose en el vacío y síntomas inequívocos de padecer rinitis.

Congenié enseguida con el viejo Nick y decidimos unir nuestras fuerzas en su local, un antro de jazz de los tiempos de la ley seca. Luego vinieron los espectáculos en bares de la zona este en los que acabamos actuando juntos con notable éxito. A veces se nos unían dos colegas más, Ted y Barbra, que llevaban en esto desde los sesenta. Fue nuestra mejor época, aunque todo pasó en un abrir y cerrar de ojos. Como sucede siempre o casi siempre, ninguno de nosotros saboreó las mieles de la fama. Nick tuvo, no obstante, algo de éxito en la elaboración de guiones para programas de la televisión; incluso le dejaron interpretar un día al señor mofeta.

Siempre digo lo mismo, el humorismo no es una ciencia como las matemáticas o la física, donde hay verdades absolutas e inmutables y los números son los que son, ni más ni menos, incluido el cero patatero. En el humorismo un chiste puede hacer gracia o no dependiendo del oyente y además no hay libros de texto que muestren cómo desarrollarlo o hallar la raíz cuadrada de una estupidez. Por eso la vocación de bufón es la más difícil e irracional de todas. Actuar, dibujar, rodar, escribir algo digno, sin pretensiones, lleva una enormidad de tiempo, al menos al principio. Es lo que los científicos llaman método de prueba y error y mi padre un montón de lentejas en la cabeza, aunque no sé a qué se refiere exactamente. En momentos importantes tiene la costumbre de hablarme en términos culinarios. Recuerdo en 1990...

—¿Cómo te va en la aseguradora?

—Bien. A propósito, he escrito una novela de humor que parece odiar todo el mundo. Está pasando sin pena ni gloria de una editorial a otra. Es lo más parecido a una pelota de golf.

—¿Sabes lo que haría? Yo desecharía la novela y estaría más atento a los ingredientes, como en una sopa minestrone.

Fue un primer intento, como un tubérculo enterrado o la primera flor de una patata. Y salió mal, pero no quise verlo. La rehíce hasta la extenuación. No sé cómo pero acabé enviándola a todas las editoriales del país como un helecho que pone toda su fe en sus escuálidas esporas. No creció nada, ni una mísera carta de contestación. Probé suerte entonces con los relatos. Los relatos son importantes. A fin de cuentas un relato es como la vida misma: corto, desnudo, intenso, arriesgado, sesgado a veces, lleno de trampas, esclavo de una trama y, al fin, de un desenlace. La verdad es que no me ha ido mal desde entonces. Ni bien. Bueno, ¿para qué engañarse?, me ha ido de pena. Tan es así que mi sección de chistes ha sido sustituida por el anuncio de una funeraria. Eso sí, he seguido con mis monólogos de siempre en locales de mala muerte. Hasta mi novia cree que estoy acabado. El otro día me comentó que debería olvidarme de todas estas tonterías. Le dije, indignado: “Pero, ¿has perdido el juicio?, ¿por quién me has tomado?, ¿acaso quieres que deje de ser el hazmerreír de todos?”.

¿Qué es lo que me atrae todavía de ser bufón después de tantos lustros en activo? Muy sencillo, me encanta pensar que ahora mismo, en alguna parte, alguien instalado en la butaca de su porche empezará a agitarse como una carraca, pondrá en fuga a las ardillas y exclamará feliz, mientras lee la sección de chistes:

—¡Cariño, escucha la tontería que acabo de leer!

—¿Qué ocurre? ¿Ha llegado ya la propaganda electoral?

Sí, amigos lectores, la vida da más vueltas que una peonza pero aquí sigo, en este mundo de locos con mis viejos sueños intactos. En tardes como esta, proclives a la nostalgia y a los viejos proyectos, suelo volver a casa caminando. Es una forma de oxigenarse y saborear los gélidos otoños neoyorquinos. Me gusta olfatear las últimas flores del paseo, dar volteretas y agitar los brazos como un gorrión hasta acabar exhausto. Entonces, feliz y sudoroso, suelo sentarme en la orilla del río y me dedico a contemplar aquella línea azul, frágil y desdibujada hasta impregnarme de su peculiar melancolía. Luego saco el cuaderno de la chistera y espero a que emerja del bolígrafo alguna historia interesante.

Precisamente hace unas semanas, en uno de mis paseos por la orilla del río Hudson, me acordé de Bertie, mi amigo de los años mozos, un amigo de verdad, de los de entonces. Me parece que ahora es otorrino o catedrático de Lengua en la universidad del estado. Decía haber descubierto un error en una ecuación de Einstein. Me contaba, visiblemente emocionado, que la “v” de la fórmula era en realidad una “b” y que eso lo cambiaba todo. Por entonces ya deseaba ser humorista a toda costa. Recuerdo haberle hablado una infinidad de veces de mi admirado Woody Allen, el genio de las gafas de pasta. Aquel amigo me dio un gran consejo en la Academia de Isaac W. Schmitz, un genio de los polinomios: no te rindas nunca, acuérdate de las Termópilas. Y allí, de pronto, a la orilla del río lo vi. Era la imagen de Woody Allen y me hablaba.

—Hola, no te asustes. Soy Woody Allen y acabo de materializarme gracias al transmutratón, un invento de sobra conocido por la ciencia ficción. En realidad, en este preciso instante estoy en mi casa de Upper East Side comiéndome una macedonia.

—No sé qué decir.

—Verás, lo que quería decirte es que perseveres, que no abandones el mundo del humor. Tu amigo Bertie me ha dicho que andas algo turbado últimamente.

—Sí, es cierto, tengo en mente la publicación de un libro pero tenía dudas. Quiero que sepas que para mí eres un genio maravilloso.

—Lo sé, sé que me admiras.

—Dime, ¿qué me aconsejas?

—Lo mejor será que escribas un poco de todo. Los clásicos son importantes, ellos te enseñarán el camino. Perelman o Groucho, por ejemplo. Yo haría una miscelánea, algo variado. Es conveniente alguna salida de tiesto. Hay que hacerse notar. Esto es humor con un punto satírico, no lo olvides. Y no te apures por los melindrosos, el mundo siempre ha tratado de domesticarnos.

—Entiendo.

—Mucha suerte, Andrew. Y ahora me voy, hay un productor muy pesado esperando por la otra línea y existe el peligro real de que explote el teléfono.

Pues eso, que nunca es tarde para tomar uno u otro derrotero si es lo que uno desea realmente. Gracias, Woody.

Aarón Andrés
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