Saltar al contenido

Tierra seca

domingo 19 de abril de 2026
¡Comparte esto en tus redes sociales!

Sólo una noche más y Valente se iría al norte. Pilar lo miró con sus ojos repletos de tristeza; su mirada, oscura como el café recién tostado, reflejaba el declinar de la tarde. Los últimos rayos del sol pintaban el horizonte como el sorgo maduro.

—Valente, piénsalo... —dijo mientras el viento dispersaba el aroma dulzón de las vainas del mesquite.

—Ya no llores, Chatita, mira que el tiempo pasa pronto, sólo un par de años y me retacho de regreso.

Ella guardó silencio, repasó todas las palabras, argumentos, promesas que ya le había recordado. No encontraba nada nuevo que decir. “Debo serenarme, dos años pasan rápido, cuando esté sola chillaré a mis anchas”, pensó, mientras hacía una mueca que intentaba ser una sonrisa.

—Bueno, ya vamos a cenar, te voy a preparar unos bocolitos con harto chile porque dicen que allá sólo hay comida de gringos —lo abrazó y con la blusa se limpió la nariz.

Empezó a trabajar intentando distraerse porque, cada vez que su vista se topaba con la mochila junto a la puerta, sentía que una roca se atoraba en su cuello, haciendo difícil incluso respirar.

Esa noche estuvo poblada de recuerdos, como la vez que se hicieron novios, el día de san Isidro, cuando el pueblo celebraba las fiestas patronales; con la plaza principal decorada con banderines multicolores que colgaban desde el kiosco hasta los árboles que rodeaban la plaza. Estuvieron hablando hasta que a él lo venció el sueño. Pilar no pudo dormir, los recuerdos siguieron desfilando en su mente hasta que amaneció.

—Quisiera ser rica pa’ que no te fueras —le dijo, con voz quebrada—, no se te vaya a olvidar el número de teléfono pa’ que me llames a la casa de la comadre. Cuídate mucho... prométeme que regresarás pronto.

—Verás que pronto pasa el tiempo, yo tampoco me quiero ir, pero si me quedo nos morimos de hambre. No llores que me vas a hacer llorar también y se van a burlar de mí en todo el camino.

Un grito a la distancia apresuró la despedida.

Pilar observó a su marido alejarse y perderse entre la polvareda que levantaba el viento. Mientras, la vieja promesa que tanta seguridad le había dado en el pasado, seguía retumbando en su mente. “Te prometo que siempre juntos, tendremos un corralito con gallinitas, y yo sembraré la milpa de mi apa, le diré que me deje un cachito y con eso tenemos, para qué pedir más, con que tengamos salud y nos queramos mucho. ¿No crees, Chatita?”.

Los almanaques se fueron renovando. Los amigos no supieron dar razón, los polleros jamás se aparecieron de nuevo y la duda no daba tregua, ¿estará muerto, preso, tendrá otra mujer? Los temores se alternaban entre imaginar sus huesos abandonados en el desierto o en brazos de otra, y Pilar no sabía cuál era peor.

Con el tiempo las esperanzas se hacían más lejanas e imposibles, tan imposibles como lograr que la tierra endurecida y estéril permita el germinar las semillas.

Algunas veces, mientras atisbaba hacia el norte, la sorprendía el recuerdo de su madre; “qué miras, ama”, le preguntaba. “Nada”, le respondía para rápido regresar a sus labores en ese pueblo de escasos varones, la mayoría niños y unos cuantos viejos.

La vieja milpa ahora era un terreno de tierra dura, al igual que su rostro. Las palabras se fueron secando hasta que dejaron de salir de sus labios. Una tarde, se miró en el espejo amarillento y despostillado, ya no se parecía a la novia sonriente cuya foto estaba en el buró. Observó cómo el tiempo comenzaba a blanquear algunos cabellos. Y se preguntó quién era ahora: no era viuda, ni divorciada; la única palabra que encontraba parecido con su realidad le dejaba un sabor amargo en la boca.

La confirmación vino cuando la escuchó en la calle, así de pasada, a sus espaldas. Al oírla se revolvió como un animal herido, quiso arañar a las que lo decían, pero sólo preguntó.

—¿Qué dijeron?

Las mujeres callaron y bajaron el rostro.

Pilar continuó su camino con esa palabra clavada en el corazón.

“Dejada”; la palabra, como espina, punzaba.

Los años que habían pasado habían sido como un temporal que destrozó el campo. Ese día cargó a cuestas esa palabra, “dejada”, como la tierra cuando se le desprecia y no se siembra, como la planta que no se cuida y se seca. Como ella, hasta ese día.

Ese mediodía las flores amarillentas de mesquite desprendían su aroma a recuerdos y semillas latentes. Pilar buscó una pala, removió la tierra, empezó a cavar y no se detuvo hasta que el sol languideció. Entró a la casa decidida.

 

A la mañana siguiente, al salir de su hogar, algunas mujeres del pueblo se acercaron. Ella las saludó. Caminó erguida; al fondo de su terrenito, sobre la tierra removida, había algo nuevo. Una cruz hecha de palos.

Samara Yazmín del Toro Arvizú
Últimas entradas de Samara Yazmín del Toro Arvizú (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio