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Lluvia

sábado 25 de abril de 2026
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Aquí la lluvia cae sin ton ni son, sólo cae, gota a gota, imparable, irrepetible. No nos cansamos de verla, aunque repetida y sin sentido. Y cae mientras nos miramos entre todos, mientras pensamos si salir de este pueblucho. El polvo ya vuelto barro, antes nube que nos impedía la vista a lo lejos. Tras esas montañas, donde quizás haya algo más... yermo quizá. Aquí todo es vestigio, mudanza, adioses estancados en el aire. Aquí no prospera ni la maleza. Y sin embargo seguimos viendo las gotas derramarse tras los cristales del bar. Una cerveza tras otra hace más llevadero el asunto. Bajo una media luz nos contamos en el bar las penalidades, así acallamos incluso hasta el dolor más profundo. Estos días nadie quiere atreverse a más. Sentimos el deterioro reptar por nuestras venas. Y nadie se atreve más que a mirarlo mientras empina el codo y echa un vistazo a la calle. Así es todo acá. A medias. Los pocos que se han aventurado a ir por el camino que lleva a la montaña regresan cabizbajos. Nunca han querido responder preguntas. Pero esos pocos son muy pocos, casi nadie. ¿Y qué hay allá como para moverse?, preguntan los más incautos. Nada, dicen precisamente los que nunca se han movido del bar. Entonces nos miramos, recelosos, alicaídos, retadores. Esto da movimiento a toda la escena, pero en cuestión de segundos todo se va al carajo, porque alguien observa que sigue la lluvia cayendo, dice así, “cae, sigue cayendo”, y entonces las manos se aquietan más que nunca, todos lo percibimos. Hay tal vez un intento de levantamiento de ceja en una de las caras más optimistas, pero sólo es eso, algo que transcurre en un parpadeo de tiempo, nada que nos lleve a tomar resoluciones que cambien nuestro estado. Llega otra ronda de cervezas y ahora se agita un poco el vidrio de una de las ventanas del bar. Arrecia la lluvia. Y el único comentario audible en medio de esa tarde aturdidora es “cae, más”. Todos notan incluso cómo también las palabras van escaseando. Ya entonces nos tocamos los bolsillos y percibimos que pronto tendremos que embriagarnos con el poco aire respirable que gravita alrededor de estas cuatro paredes. Hasta que llega un momento en que todo se aquieta. Alguien nota que ha parado de llover, pero no lo dice, sólo mira a los demás. Es quizá un reto. El umbral de la aventura. Ese alguien pareciera incitar a cruzar la puerta del bar y lanzarse como poseso a recorrer un camino infinito que lo lleve quizás a otro lugar donde no tenga que ver la lluvia caer tontamente sobre un pedazo de tierra ínfimo. Pero los segundos pasan y desmienten la arremetida. Uno de nosotros pide otra ronda de cerveza y mira a los demás, asegurándose, es claro, de que nadie tenga chance alguna de observar hacia la calle.

José Ignacio Escobar
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