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Autómata II

martes 21 de mayo de 2024
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Autómata II, por José Gregorio Bello Porras
Las intenciones de Marcus Roadney, como se llamaba el inventor agrícola, eran las de liberar, más aún, del trabajo degradante a quienes permanecían en la esclavitud.
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El 4 de septiembre de 1845, en un pequeño recuadro de la revista Scientific American, se publicaba, más como curiosidad que como información, un logro consumado de la ciencia: el hallazgo de un agricultor de Kansas, convertido por vocación y destino al cultivo del arte del invento. Había construido un modelo viable de autómata al servicio de la agricultura y la ganadería.

El modelo tenía dos versiones. La primera dedicada al cultivo del trigo, del que decía su inventor sería la mayor fuente de producción, no sólo del lugar sino de todo el país. Y la otra, dedicada al trabajo con el ganado bovino, cosa esta que verían los vaqueros con gran desconfianza. Por lo que no había desarrollado esta última totalmente.

Las intenciones de Marcus Roadney, como se llamaba el inventor agrícola, eran las de liberar, más aún, del trabajo degradante a quienes permanecían en la esclavitud, cosa extraña en esos terrenos, y, por extensión, hacer rendir el tiempo a los granjeros y ganaderos que empezaban a proliferar en esas tierras.

Rufus Porter, editor científico, al escribir la nota en referencia en su novedosa publicación, no alentaba mucho la posibilidad de que el invento fuese exitoso en lo inmediato. Más bien, había un pequeño dejo de ironía en sus palabras finales: Tal vez este invento desplace, de una vez por todas, las fatigas del duro trabajo a quienes se quejan de ampollas en las manos.

Extraña frase esa en un divulgador de los avances de la ciencia. Pero, al parecer, no tomó demasiado en serio la noticia que le suministró el mismo Roadney en una extensa misiva ilustrada con dibujos del prototipo, según el autor, ya puesto en funcionamiento y debidamente patentado, para evitar equívocos.

El aparato —o habría que decir el ente— creado por Marcus Roadney era en apariencia física un hombre mecánico. Semejante a una armadura y movido por una infinidad de engranajes que le daban a su desplazamiento un sonido de ronroneo felino. Sus movimientos eran precisos y no exentos de cierta cordialidad campesina. Bien aceitado y cubierto de una especie de traje de balatá sin excentricidades, únicamente para prevenirlo del óxido, se trasladaba libremente por los campos, segando mieses a una velocidad fantástica, sin peligro de herirse ni cometer equivocaciones graves.

Con igual o mayor destreza que un humano, detectaba animales e intrusos y les hacía una advertencia sonora parecida al profundo eco de un corno inglés, cosa que espantaba incluso a las aves randas de semilla.

El autómata trabajaba, prácticamente, todo el día y toda la noche, pues lo único que necesitaba era un mantenimiento y recarga de aceite una vez a la semana. Del resto su mecanismo de reloj perpetuo lo mantenía en una faena constante.

No lo incomodaban las condiciones del tiempo pues estaba protegido contra ellas. Y no se dedicaba a una sola actividad, pues no solamente segaba las mieses, sino que recogía los haces, los juntaba en el sitio dispuesto, hacía el desgranado y separación de las semillas y la paja, así como del afrecho y, finalmente, reunía todo el producto en el granero, siendo capaz, incluso, de empacarlo en fardos de peso exacto que él mismo medía.

Seiscientos quintales a la semana, para un solo individuo, era una producción considerable, imaginaba Marcus. Así que, si llegaba a tener un pequeño ejército de cincuenta o cien de estos seres mecánicos, recoger una cosecha sería cosa de poco tiempo. Igualmente preparar y replantar de nuevo el campo sería otro rápido paso.

Mientras tanto, si quería, o debía, por necesidad de la naturaleza, dejar un tiempo entre una y otra cosecha, los seres mecánicos podían dedicarse a la construcción de graneros, a la siembra de hortalizas u otras muchas tareas programadas.

Porque el secreto interior, o uno de ellos, en los seres mecánicos, era componer debidamente y colocarles, en una caja muy protegida dentro de su tórax metálico, unos rollos perforados, similares a los de las pianolas.

Para cada actividad, un rollo de estos bastaba. El autómata interpretaba toda la acción como una pieza orquestada, con sus diversos tiempos o movimientos.

La delimitación de sus radios de operación y de lo que podría llamarse la percepción de cada ser mecánico —o del prototipo, que era el único existente— estaba dada por servomecanismos de agujas sensibles imantadas, cápsulas de mercurio y agua en clepsidras diminutas.

Además, el gran secreto de Marcus, no revelado en su promoción al editor, estribaba en haber domesticado unas levaduras que servían de pilotos al ser mecánico, guiándolo en su labor, orientando su movimiento, que de otra manera sería totalmente insensato y hasta disparatado. Las diastasas, para total economía, se sostenían con los residuos del trigo cosechado.

Marcus había probado su invento en dos campos distintos, ambos de su propiedad, y en diversas condiciones, encontrando que en las dos oportunidades el ser mecánico se comportaba como el mejor de los trabajadores.

Ya había logrado convencer en su reticencia a varios granjeros para que Felix Unit —así bautizó al autómata— les hiciese la siembra y la siega.

Accedieron a que realizara una prueba. Al menos de la cosecha, que era lo inmediato en esa temporada. Tan sólo les cobraría un diezmo de la semilla recogida. Pero siendo tres los contratos, ello le facilitaría la vida durante un tiempo suficiente. Además, sus propios campos ya estaban recogidos y la semilla vendida le garantizaba, desde ya, la construcción de nuevas unidades de trabajadores mecánicos.

La noche anterior a la siega en el primero de los campos en los que habría de utilizar a Felix, Marcus se entregó a las cavilaciones filosóficas sobre su invento, mientras observaba una enorme luna roja que parecía hundirse en el inmenso horizonte, a la hora en la que debería estar ascendiendo ese astro hacia el cénit.

Entre sus pensamientos calculadores aquella señal pasó sin dejar huella.

Marcus evaluó la recogida y supo que ninguno de quienes lo contrataran podían subestimar sus cultivos, ya que los pesos del grano recogido quedarían impresos en el mecanismo de Felix, con lo que le sería fácil calcular los beneficios.

En esas elucubraciones, quedó adormitado en el porche de su casa, cuando un estruendo le despertó sobresaltado. Antes de que pudiera tomar y cargar su fusil Dreyser, estaba rodeado de varias sombras que le apuntaban con sus armas. Llevaban antorchas que daban diversas oscuridades oscilantes a sus rostros cubiertos de pañuelos.

No pudo identificarlos como cuatreros, no era posible, ya que él no poseía ganado. Tampoco tenían las señas de esclavistas extraviados o, de sus contrapartes, de esclavos liberados. Eran simples ladrones de ocasión. Tres en total.

Marcus se creyó perdido. Le arrebataron su fusil, un arma valiosa y totalmente nueva en esas latitudes. En sus ojos veía asomarse la muerte.

Levantó las manos y los guio —no tenía opciones— hasta el granero donde guardaba lo que le quedaba de cereal y toda la ganancia de su cosecha.

Ya se veía muerto y enterrado, si le tenían piedad a su cadáver. Sus propiedades arderían en un infierno que le prefiguraba el lugar a donde él iría a parar.

Apenas abrió las puertas del depósito, con gran amargura, vio su invención. No se llegaría a probar más allá de sus campos ni nadie lo podría producir masivamente para beneficio de la humanidad.

Entró con paso calmo, manteniendo las manos elevadas. Atrás, ruidosos y amenazantes, sus captores. Al observar a Felix los forajidos quedaron perplejos, petrificados.

El descuido fue aprovechado por Marcus para penetrar velozmente en la oscuridad del granero y esconderse entre fardos y utensilios, rogando una oportunidad de vida. Uno de los malhechores le disparó a Felix rozando su cabeza con el plomo de la bala. Ese simple movimiento inició el ronroneo que indicaba su funcionamiento.

Las teas que llevaban los bandidos se apagaron en medio de la sorpresa, como si las soplase un gigante. Se oyeron no menos de diez disparos y algunos pocos gritos, mientras la confusión se apoderaba de la tiniebla. Luego, sobrevino un largo silencio.

Marcus aguardó inmóvil, casi evitaba respirar.

Un haz de luz de luna penetró lentamente por la puerta del granero. Su resplandor plateado, manchado de rojo, fue regando el piso.

Allí yacían los tres forajidos, arrojando, como fuentes ornamentales, los últimos borbotones de toda su sangre.

Sus cabezas apiladas, más allá, en un montículo, parecían mirar con horror los cuerpos de las que fueron arrancadas.

Con un pedazo de tela de saco, Felix limpiaba, cuidadosamente, la sangre de la hoz.

José Gregorio Bello Porras
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