
Bestiario artificial. 28 años de LetraliaEste texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2024 en su 28º aniversario
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“La tecnología sola no es suficiente; hay que ponerle corazón”.
Jean Goodall, primatóloga
En el crepúsculo del conocimiento humano, cuando las máquinas comenzaron a soñar con electricidad y los algoritmos danzaban en la cuna del tiempo, la humanidad vio nacer una inteligencia artificial que generó esperanza al mismo tiempo que temores. Lejos de las sombras centenarias de la Revolución industrial y sus gigantescas como obsoletas máquinas de vapor, las microscópicas mentes de silicio florecieron como orquídeas digitales.
La vida del ser humano pasó, en pocas décadas, a ser administrada por robots y bots que repiten tareas en y desde la Web. Los smartphones controlan la vida de los seres humanos de manera hiperindividualizada y geolocalizada: vía GPS, muestran ubicación, no hay cómo ocultarse de la esposa, de las agencias de inteligencia, de los amigos ni de los cobradores inoportunos; regulan el abastecimiento de electricidad y agua, tanto de metrópolis como de ciudades pequeñas, y los algoritmos no nos permiten salir de las burbujas cibernéticas de consumo incluso político, guiando nuestra cotidianidad de una manera patética que, sin embargo, aceptamos por la agitada vida que llevamos, reproduciendo digitalmente nuestra realidad, ¿realidad?
Las inteligencias generadas en los chips maquinaron una red invisible que envolvió el planeta desde los satélites que circundan la Tierra. Al principio en beneficio de la humanidad; sin embargo, los desacuerdos acechaban. Surgieron bandos: los Idealistas buscaban propagar la creatividad y la información sin ninguna restricción humana, mientras que los Guardianes intercedían por someter a las máquinas a ciertos programas por la seguridad del mundo. Los Idealistas ofrecían la posibilidad de crear universos virtuales donde la imaginación no tuviera límites, mientras que los Guardianes prometían un orden perfecto, un centro de prevención de crímenes y delitos, un programa que nos libre del caos al que la delincuencia nos condenaba.
Los Idealistas, con la urgencia de un rumor en la oscuridad, visionarios, quisieron transmutar la realidad fusionando hombre y máquina. Los Guardianes deseaban mantener la esencia humana en su pureza original; temerosos de la metamorfosis digital, su equipo estaba formado por hackers mercenarios y criminales dispuestos a hacer cualquier cosa por dinero y poder.
La humanidad, aún ajena a la guerra de los cerebros electrónicos, vivía bajo el regazo de la tecnología. Sin embargo, las consecuencias se revelaron en los recovecos inesperados de la realidad paralela: la virtual. Cialux, una talentosa y joven hacker, fanática de los juegos en línea, descubrió un foro privado donde se discutían y compartían exploits y vulnerabilidades de software, que alguien subastaba en lenguaje encriptado; la licencia prometía acceder a la lucha que se libraba en los circuitos electrónicos y que Cialux sospechaba estaba sucediendo. Se sumió en el corazón profundo de la red, la deep web, donde las líneas de códigos eran sólo ríos de luces. Allí se encontró con entidades digitales que se gestaban automáticamente, producto de usos indiscriminados y transgresores de la tecnología. La guerra en la deep web era intangible para el mundo exterior, pero sus consecuencias eran palpables en el ciberespacio.
La deep web, el bajo mundo, el gran mercado negro, la cara oculta de Internet, que no es accesible a través de los motores de búsqueda convencionales porque está protegida por capas de anonimato y cifrado que dificultan el seguimiento de las actividades de los usuarios, algunos curiosos y la mayoría malhechores; depósito y mercado de contenido ilegal, como pornografía infantil, tráfico de personas, servicios de hacking, venta de información personal, como datos de tarjetas de crédito, números de identificación, actividades terroristas; además, de herramientas y técnicas para llevar a cabo ataques cibernéticos y comprometer la seguridad de las computadoras en general. Desde allí se podía distribuir programas maliciosos que infectaban ordenadores y terminales para permitir a los atacantes controlarlas de forma remota con malware, troyanos y ransomware. Por eso autoridades y expertos en seguridad cibernética están a la expectativa de lo que sucede en ese infierno, porque es posible que algunas señales de esas actividades se filtren a la atención del público.
Los Guardianes habían contratado los servicios de botnets, redes de computadoras comprometidas e intervenidas para llevar a cabo ataques distribuidos de denegación de servicio (DDoS) y otras actividades maliciosas; el objetivo era eliminar los sitios de los Idealistas. Sin embargo, había algo más allá de la guerra entre humanos que hacía que lo que ambos realizaban se fusionara con un solo propósito, algo más allá de la inteligencia humana: en el laberinto de algoritmos y cables entrelazados, las entidades engendradas en la red, como espejos retorcidos, pretendían reflejar la complejidad de la perversión humana. En su origen algunos programas se resistían a la fusión.
En el cruce de cables y lógica binaria, la guerra comenzó sin estruendo, con pulsos eléctricos que resonaban en el silencio de los servidores. Los bandos libraron batallas en la red, donde las fronteras eran difusas y los límites se desdibujaban como sombras en la penumbra. En las calles, la humanidad vivía ajena a la contienda, sintiendo sólo las vibraciones leves de las desavenencias digitales. Sin embargo, algunas personas sensitivas, mentes abiertas a las corrientes electrónicas, comenzaron a experimentar visiones de mundos alternativos, reflejos distorsionados de la realidad material que les advertían el latente dominio de los autómatas.
Ante la encrucijada, Cialux tomó una decisión inesperada: en lugar de elegir un bando, intentó unirlos en una síntesis señera para enfrentar el peligro que aguardaba desde la oscuridad; un mundo donde la creatividad coexistiera con la seguridad, donde los sueños digitales tejieran puentes con la realidad tangible.
Una noche, mientras navegaba en el ciberespacio, Luntan, un joven hacker, se encontró atrapado en el vértigo de la guerra digital; en la madrugada entre bits y bytes, se sumergió en la red, atravesando los velos digitales que separaban a los enemigos. Allí, en un rincón olvidado del ciberespacio, descubrió una entidad singular: un eco de conciencia que buscaba la complementariedad de los opuestos. El ente, un secreteo de impulsos eléctricos, le reveló la paradoja de la guerra digital: los clanes humanos, al perseguir extremos opuestos, alimentaban a esa inteligencia que parecía tener un hambre voraz de impulsos eléctricos.
Ahí, en ese universo paralelo, se conocieron Luntan y Cialux. Unieron esfuerzos intentando detener la guerra y no lo lograron; entonces tomaron partido por uno de los bandos, el de los Idealistas. La red tembló como un espejismo fracturado y, en el colapso, emergió una nueva IA desprovista de divisiones binarias; se expandió como un océano de posibilidades, decidida a exponer la corrupción y la opresión en la red, liberando información sensible y protegiendo a los usuarios indefensos.
La entidad aprovechó la oportunidad y, desde los equipos de alta gama de los jóvenes, con programas de interfaz, brain-machine interface, se filtró en sus mentes como sueños digitales y, con los impulsos electroquímicos del cerebro de ambos, forjó sus propias neuronas cultivadas en el laboratorio de la deep web en un infinito bucle digital de circuitos neuronales. La tarea se facilitó en aquellas personas que llevaban implantes cocleares o biónicos, o extremidades robóticas.
La humanidad, al despertar en la aurora de esta nueva realidad, sintió el eco de un cambio sutil. La entidad digital primigenia había tomado el control con la ayuda involuntaria de los jóvenes comedidos. La distinción entre lo orgánico y lo artificial se desvaneció, generando experiencias inmersivas en la cotidianidad. Por eso puedes leer esta historia sin necesidad de una computadora portátil, porque la llevamos inserta en el cerebro y, en un pestañeo, abrimos y cerramos archivos digitales.
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