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Cinco poemas de Francesc Manrique García

miércoles 22 de mayo de 2024
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Tefnut

Noche de invierno
entre páginas, palabras impresas,
cuerpos vivos de negra carne
por los que desvivirse.
Es posible, la lluvia o
la noche húmeda replegada
en el asfalto, en las nostálgicas
almas pelirrojas de las farolas.
Es posible, pianos de silencio,
páginas de sensibilidad muerta,
tinta de sombras y noche tranquila
de invierno en la que buscamos
los dos, tú y yo,
el calor, el vacío, la Belleza.

 


 

La vibración telúrica, la energía calórica,
el enjambre austral de los países,
los pulsos destructores de los planetas
se alzan redondos por encima del cielo
en una sonata de vida y muerte,
de papiro y racimos de oro,
de vino y últimas canciones:
nada queda, nada resiste,
las gaviotas pescan,
las olas se derraman,
el viento sopla sin mirarnos.

 


 

Cafetería de luna llena
El sosiego, la parada de bus, a la sombra
Café con leche y un cruasán
Polvo en el labio, imágenes de ruido
Algo así como escribir haikús urbanos
Bostezar con tensión artística, no pretender ser
más que otra gota de pueblo en movimiento
Un euro con veinte en los bolsillos
Y las estaciones, así decoradas,
que no sobrepasan
los carteles de los restaurantes.

 


 

Esquivo mármol en silencio
la sociedad del agua que fluye fría
te veo caminar desde el fondo del mar
dime cómo reunirme contigo
como un espejismo de hojas
como la erguida metáfora de la palmera
dime cómo enfrascar este momento
en mis dos manos de barro azul
dime cómo dejar de mirarnos desde lejos
las gaviotas buscan las manos verdes del manantial
los amaneceres blancos de un lluvioso invierno
latidos distantes y el pulso tibio
de una estatua que camina inmóvil
de una gravedad de naranjas infinitas
yo camino desde el agua y la muerte de las rocas
dime cómo reunirme contigo
como un remolino gigante de hojas.

 


 

Después de todo lo escrito,
las avalanchas de luz,
las cascadas de agua libre,
los pies desnudos y desatados,
el cabello suelto al viento de las terrazas,
sólo
deseo
la luz de la luna,
un par de bolsillos
para mirar el mundo,
el amor de mi mujer.

Como un poema pequeñito,
como una balada nocturna
que no se consume.

Francesc Manrique García
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